El Cazador (Vrix nº 3) 28. Capítulo Veintiocho
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28. Capítulo Veintiocho

CAPÍTULO VEINTIOCHO

Lacey despertó aturdida de un sueño profundo cuando unos brazos se deslizaron a su alrededor y la atrajeron contra un pecho cálido y sólido. Gimió suavemente, apoyó las palmas sobre él y acarició aquella familiar piel cubierta de cicatrices.

—¿Telok? —murmuró.

Él la estrechó más, rodeándole las caderas con los cierres, y pasó las garras de una mano por su cabello.

—Duerme, mi nyleea —susurró Telok.

Lacey frotó la mejilla contra el brazo que acunaba su cabeza e inspiró profundamente, absorbiendo el aroma a madera, humo y bosque que la rodeaba.

—No estaba dormida… Te estaba esperando —dijo Lacey.

El pecho de Telok vibró con un gruñido divertido.

—Ahora estoy aquí. La espera ha terminado.

Lacey obligó a abrirse a sus pesados párpados y parpadeó contra el sueño que intentaba arrastrarla de nuevo. La única iluminación era el tenue resplandor naranja del pequeño fuego de savia que ardía en el calentador de piedra, apenas suficiente para resaltar los relieves de la piel de Telok.

No recordaba haberse quedado dormida. Lo último que recordaba era estar sentada en la cama, contemplando ansiosamente la entrada con la esperanza de que la cortina se apartara y Telok apareciera.

Pero la noche había seguido avanzando. Cada vez más fría.

Cada vez más oscura. Hasta que la música de la reunión nocturna se había apagado y solo podía oír los sonidos nocturnos de los insectos y las hojas agitándose. Pero Telok no había regresado.

—¿Dónde estabas? —preguntó mientras observaba sus dedos deslizarse de un lado a otro sobre su piel.

—Con Wen’Xal Tas.

—¿Ah, sí? ¿Todo este tiempo? ¿Por fin te estás ablandando y haciendo amigos? —pregunto Lacey con una sonrisa.

Telok resopló.

—Me estás tocando. ¿Acaso no estoy caliente?

Lacey suspiró, cerró los ojos y se acurrucó aún más contra él.

—Estás muy caliente —contestó ella.

Telok se quedó completamente inmóvil. Sus cierres se apretaron un poco más alrededor de sus caderas, manteniéndola firmemente contra él, donde Lacey sintió un bulto presionando su pelvis.

El pecho de Telok se expandió y contrajo contra sus manos con varias respiraciones lentas y profundas antes de que volviera a acariciarle el cabello y la espalda.

Pero aquellas caricias no tranquilizaron a Lacey.

El movimiento de su palma combinado con el roce de las garras a lo largo de su columna enviaba susurros de placer a través de ella, despertando cada uno de sus nervios y dejando su piel hormigueando.

Sus sentidos se agudizaron. Se volvió intensamente consciente de cada contacto.

Del calor de Telok. De su cercanía. Y de aquel latido persistente y aquella sensación de vacío entre sus muslos.

—¿Te sientes… mejor, Lacey? —preguntó Telok con una vacilación casi entrañable.

El corazón de Lacey dio un vuelco. Sus dedos se quedaron quietos y abrió los ojos.

—Lo siento —contestó.

Telok inclinó la cabeza para mirarla y ella echó la suya hacia atrás hasta encontrarse con su mirada. Sus ojos brillaban con aquel intenso y casi sobrenatural verde.

—¿Por qué? —preguntó Telok.

—Por apartarte. Por hacerte sentir que no te quería cerca. Por hacerte daño —Lacey tragó saliva —. Mi cabeza era un desastre después de todo lo que ocurrió y yo… Por mucho que creyera que quería estar sola, me equivocaba. Cuando te marchaste, lo único que quería era que volvieras conmigo.

—Ah, kir’ani vi’jatai… —dijo Telok rozando su frente con la boca en un beso suave.

—Fui a buscarte, pero no pude encontrarte. Y después esperé aquí, pero no regresabas… Empecé a pensar que realmente lo había jodido todo. Que no ibas a…

—Silencio —dijo él.

Su voz áspera fue suave y autoritaria al mismo tiempo.

Introdujo los dedos entre el cabello de Lacey, acunó la parte posterior de su cabeza y obligó a que sus ojos regresaran a aquella mirada penetrante.

—Nada me mantendrá alejado de ti. Ni palabras que hieran, ni bestias, ni armas, ni fuego ni tormentas —Su pulgar acarició la mejilla y la mandíbula de Lacey—. Ni siquiera los dioses.

Ella dejó escapar una respiración temblorosa.

—Me mantuve alejado de ti durante demasiado tiempo, Lacey. Pero ahora eres mía.

El deseo prendió en el sexo de Lacey ante aquellas palabras. Le gustaba. Le gustaba muchísimo cuando Telok la reclamaba como suya. Cuando lo declaraba sin la menor duda. Sin permitir discusión alguna. Con aquella certeza absoluta e inquebrantable.

Sonrió, segura de que probablemente fuera la sonrisa más estúpida y enamorada que había lucido en toda su vida.

—Vale —dijo ella.

Telok gorjeó y volvió a guiarle la cabeza hasta apoyarla sobre su brazo antes de retirar los dedos de su cabello. Llevó esa mano hasta su rostro y pasó la yema del pulgar por su labio inferior.

—¿Y qué soy yo para ti? —preguntó Telok.

—Eres mío —dijo Lacey sonriendo —. Mi… luveen.

El pecho de Telok vibró con un gruñido hambriento y satisfecho. Sus cierres la apretaron aún más mientras retomaba sus caricias.

—Bien. Ahora duerme, mi nyleea.

Lacey estuvo a punto de resoplar. ¿De verdad esperaba que se durmiera sin más después de aquello?

¿Mientras cada una de sus caricias provocaba una pulsación de deseo en su sexo?

¿Mientras la abertura de Telok permanecía apretada contra su pelvis, irradiando calor, con su polla luchando por escapar?

¿Mientras podía sentir cómo su propio sexo se humedecía por la excitación?

No iba a dormirse ni de puta coña. Al menos no sin alguna distracción de todo lo que sentía. De todo lo que quería hacerle a Telok. De todo lo que quería que él le hiciera.

Con cautela, deslizó una mano por la superficie acorazada de su pecho, intentando ignorar cuánto le gustaba sentir aquella piel bajo sus dedos. Cuando llegó al hombro, la desplazó hasta el cuello. Allí encontró las cicatrices irregulares que parecían haber sido dejadas por las garras de una bestia.

El cuerpo ya rígido de Telok se tensó todavía más. Sus caricias se detuvieron.

—¿Cómo te hiciste estas? —preguntó Lacey mientras recorría delicadamente las cicatrices con las yemas.

Telok levantó la mano de su cabello y le sujetó la muñeca. Ella sintió la tensión recorriéndolo y estuvo segura de que apartaría su mano y volvería a decirle que durmiera.

—Un kurghest. Hace mucho tiempo —dijo Telok. Volvió la cabeza y guio los dedos de Lacey hasta la cicatriz que recorría el lado izquierdo de su rostro—. Y esta.

Lacey frunció el ceño al recordar la inquietud de Telok cuando los danzavientos habían mencionado por primera vez a los kurghests en el campamento de la jungla.

—Dijiste que ellos te habían cazado.

—Sí —afirmó Telok. Deslizó la mano hasta cubrir la de Lacey y presionó su palma contra su mejilla—.

No nací en Takarahl. Mi familia vivía en la Maraña y, desde mis primeros pasos, me enseñaron a cazar.

Mi padre era cazador, igual que mi madre y mis hermanos de cría.

La jungla era dura, pero sobrevivíamos. Éramos felices —Telok permaneció en silencio unos instantes—.

Un día, mi padre me pidió que fuera a buscar agua al arroyo mientras él y los demás se ocupaban de las pieles de nuestra última cacería.

No estaba lejos. En la orilla vi unas huellas extrañas en el barro.

Las había dejado una bestia que yo no conocía.

Antes de poder estudiarlas, un ikita salió corriendo de la maleza. Fui rápido y lo atravesé con mi lanza.

Lacey permaneció inmóvil, escuchándolo.

—Estaba orgulloso de mi presa. Corrí de vuelta para mostrar a mis padres que había conseguido comida para nuestra familia.

Por el camino se me erizaron los pelos y sentí algo reptando bajo mi piel.

Algo iba mal. Pero estaba demasiado emocionado para detenerme —Telok cerró los ojos y recogió las mandíbulas contra las mejillas.

Lacey sintió cómo apretaba la mandíbula. Sintió el estremecimiento que lo recorrió. Los vrix sentían sus emociones con la misma intensidad que los humanos y, aunque no podían llorar, mostraban su dolor de otras formas.

Lacey acarició su mandíbula con el pulgar y frotó la mejilla contra su brazo.

—Está bien —dijo ella.

Telok dejó escapar una exhalación irregular.

—Mi padre nos enseñó una vez una lección a mis hermanos de cría y a mí. Nos dijo que la Maraña lo devora todo. Escuché sus palabras. Las recordaba. Pero no las comprendí… —Sus mandíbulas descendieron—. No hasta aquel día.

El ceño de Lacey se frunció y su estómago se retorció, pero no dejó de acariciarle la mandíbula. Quería mantenerlo anclado al presente. Que supiera que ella estaba allí. Y que él también.

—Los kurghests no toleran amenazas en su territorio —continuó Telok—. Ni otros cazadores. Las bestias me siguieron hasta mi familia. Y entonces atacaron.

Lacey dejó de respirar.

—Su macho dominante, el macho de la manada, cargó primero contra mí. Me volví cuando mi padre gritó una advertencia. Recuerdo mirar las ardientes profundidades de sus ojos justo antes de que sus garras desgarraran mi cuello.

Los dedos de Lacey se detuvieron sobre la cicatriz.

—Mi padre me agarró y tiró de mí hacia atrás antes de lanzarse contra la bestia.

Mi madre gritó a las crías que huyéramos y nos escondiéramos.

Corrió para ayudar a mi padre, pero dos kurghests hembras surgieron de sus escondites y atacaron a mis hermanos de cría —La voz de Telok se volvió más áspera—.

Todo eran rugidos y gruñidos. Gritos y chillidos.

Garras y colmillos. Y sangre… —Emitió un zumbido bajo—. Tanta sangre…

—Oh, Telok… —susurró Lacey. El pecho y la garganta se le cerraron al mismo tiempo. Su corazón pareció hundirse hasta el estómago.

—Mi padre luchó con todo su espíritu, pero el macho dominante era demasiado fuerte. Vi cómo la bestia atrapaba su garganta entre los colmillos y lo arrastraba al suelo. Vi cómo dejaba de moverse. Y con la sangre de mi padre goteando de sus mandíbulas, volvió a mirarme.

Lacey sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.