El Cazador (Vrix nº 3) 26. Capítulo Veintiséis #4
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26. Capítulo Veintiséis #4

Cuando Tas y él llegaron a la plataforma central, esta bullía de conversaciones entusiastas.

Aunque todavía no habían dispuesto comida, estaba casi tan abarrotada como durante la cena de la noche anterior.

El resto del grupo de caza estaba disperso entre la multitud.

Cráneo-espinas y danzavientos hablaban como viejos amigos.

Cole y Sophia descansaban sobre unos cojines junto a Shir, jugando con sus crías.

Ayali estaba sentada sobre un nido de cojines a unos diez segmentos de distancia, volviendo a asegurar cuidadosamente la punta de su lanza con hilo nuevo.

Ess y Zesh estaban sentados frente a ella.

Por la forma en que se sacudían los hombros de Ayali, Telok supuso que estaría gorjeando ante lo que los dos machos le estuvieran diciendo.

La mayor concentración de vrix se encontraba en el extremo más alejado de la plataforma.

Más allá del borde, los cadáveres de los kurghests habían sido colgados de una rama superior.

Los tres se balanceaban y giraban lentamente con la brisa.

La brasa del interior de Telok volvió a calentarse.

Aquellas bestias habían intentado matar a su compañera.

No podía volver a matarlas… Pero quedaban otras para cazar.

Otras que habían matado a compañeros. A hermanos y hermanas.

A padres. A amigos. Otras que habían arrebatado seres queridos a los danzavientos.

Garahk se encontraba cerca del centro de la plataforma, sobresaliendo por encima de los danzavientos agrupados a su alrededor.

Sostenía un instrumento de cuerda que parecía ridículamente pequeño entre sus enormes manos mientras un danzavientos le enseñaba cómo tocarlo.

Los demás tenían instrumentos propios, que pulsaban y rasgueaban como si estuvieran probando sus sonidos y buscando una armonía.

Dos estaban sentados con tambores y tocaban ritmos breves y cambiantes.

No tardaría mucho en surgir música animada para elevar todavía más el ánimo de aquellos vrix ya alegres.

—Ven, Telok —dijo Tas, guiándolo hacia Shir y los humanos.

Si la plataforma hubiera estado despejada, Telok habría recorrido la distancia en unos pocos latidos. Pero con cada paso llegaba el reconocimiento de algún danzavientos. Otro lo vitoreaba. Otro le agradecía. Otro lo saludaba con los nudillos contra la cresta.

Cuando finalmente llegaron a su destino, estaba más que preparado para marcharse. Aquellas reuniones eran más agotadoras que las cacerías de varios días.

Tas se sentó junto a Shir. Telok se acomodó al lado de ambos, directamente frente a Cole, que lo observaba con cautela y los ojos entrecerrados.

Solo después de haberse sentado reparó en que las tres pequeñas crías de Shir y Tas estaban alrededor de Cole, contemplando a Telok con sus propios ojos convertidos en rendijas para imitar al humano.

—Nuestra prole —dijo Shir con un trino—. Shir’Tas Virai, Shir’Tas Lei y Shir’Tas Tahl.

Las pequeñas crías eran adorables. Tenían ojos grandes y brillantes, y su pelaje parecía fino y esponjoso, suavizando sus rasgos.

Virai y Lei eran hembras, con la misma piel gris oscura que su madre y ojos azules como los de su padre.

Su hermano de cría, Tahl, era de un gris más pálido y los colores y dibujos de sus cuartos traseros apenas comenzaban a manifestarse.

Resultaba extraño ver crías de tres años tan diminutas.

Pero todos los danzavientos eran pequeños.

Si Lacey y Telok tenían crías, ¿serían tan pequeñas como aquellas? ¿Serían igual de adorables?

«Más. Serían las únicas criaturas de cualquier mundo capaces de rivalizar con la belleza de su madre».

Telok apenas se relajó mientras el grupo conversaba.

Solo hablaba cuando alguien se dirigía directamente a él.

Sus ojos continuaban recorriendo los alrededores.

Su atención cambiaba constantemente. La inquietud crepitaba en sus extremidades.

¿Estaría bien Lacey? ¿Necesitaría algo? ¿Y si lo necesitaba a él, pero no podía oírla desde aquella distancia y con todo aquel ruido?

Más de una vez se descubrió girando la cabeza hacia la guarida que compartían.

Completamente fuera de la vista desde aquella plataforma.

Y la última vez que lo hizo, al volver la cara hacia delante, su mirada se encontró con la de Shir.

Los ojos de la danzavientos brillaban con comprensión.

Era la misma forma en que Rekosh lo miraba a veces.

Sin juzgarlo. Pero atravesando con facilidad las capas y barreras que Telok mantenía alrededor de sus corazones.

Shir inclinó la barbilla, llevó una mano al pecho y dio unas suaves palmadas sobre su piel antes de desplazar la mirada hacia Tas.

Telok comprendió el significado hasta lo más profundo del alma. Ella también lo sentía. La preocupación. La ansiedad. La desesperación cuando estaba separada de su compañero.

Aunque aquello no silenció las emociones de Telok, sintió cierto consuelo al saber que no era el único que las experimentaba. Y agradeció que Shir pudiera comunicar todo aquello. Conectar con él. Sin necesidad de palabras.

«Quizá podría enseñarle a Rekosh…»

Las mandíbulas de Telok se elevaron ligeramente en una sonrisa al pensarlo.

Varios golpes rápidos y fuertes de tambor se alzaron sobre los demás sonidos.

El murmullo de las conversaciones se apagó y fue reemplazado por otro emocionado que recorrió la reunión.

Los vrix comenzaron a despejar apresuradamente el centro de la plataforma.

—¿Va a haber otro baile? —preguntó Cole mientras se levantaba y tendía una mano a Sophia para ayudarla.

—No he oído que nadie mencionara sus intenciones —respondió Shir.