El Cazador (Vrix nº 3) 26. Capítulo Veintiséis
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26. Capítulo Veintiséis

CAPÍTULO VEINTISÉIS

Telok llevó a Lacey a través de Tovuunshai con rápidas zancadas, dejando atrás a los demás hacía ya rato.

Ella permanecía acurrucada contra él, envuelta en la manta, con únicamente los pies desnudos sobresaliendo por encima de uno de sus brazos y algunos mechones despeinados rozándole el pecho.

Telok no habló ni estableció contacto visual con ninguno de los danzavientos que encontró por el camino.

Cada vez que alguien los saludaba, sentía cómo Lacey se encogía un poco más, y unas enredaderas espinosas se cerraban alrededor de sus corazones en respuesta.

El olor de su apareamiento era intenso. Se aferraba a ambos y hacía que tentáculos de deseo rozaran los límites de la mente de Telok.

Aunque contenía muchos elementos familiares, era un aroma nuevo. Uno que habían creado juntos. Uno que marcaba su vínculo. Uno que pertenecía únicamente a Telok y Lacey. Y, por los Ocho, le despertaba un hambre feroz.

Telok flexionó las manos inferiores, apretando las correas de las bolsas y las astas de las lanzas que transportaba.

Su apareamiento había sido interrumpido por los kurghests.

Y había sido culpa suya. Se había resistido durante tanto tiempo...

Había evitado aparearse con ella allí fuera, en la Maraña.

Siempre había conocido los peligros. Pero había permitido que su necesidad instintiva de conquistarla y reclamarla aplastara sus propios instintos de supervivencia.

La había llevado a un lugar apartado donde ambos habían bajado por completo la guardia.

Aquella vez no había habido forma de detener el frenesí de apareamiento.

Y había estado devastadoramente cerca de reclamar a Lacey y perderla apenas unos instantes después.

Y, sin embargo, no podía negar la verdad de sus corazones…

Si pudiera elegir de nuevo, no cambiaría nada. Ni siquiera sabiendo que los kurghests atacarían. ¿Qué clase de compañero lo convertía eso? ¿Qué clase de protector?

—¿Puedes llevarme a la ducha? —preguntó Lacey.

Su voz suave y amortiguada hizo añicos los pensamientos de Telok. Él apretó los dientes, reprimiendo tanto el gruñido como las palabras de protesta que amenazaban con escapar. ¿Quería eliminar aquel aroma? ¿Quería limpiar de su cuerpo las huellas de lo que habían compartido?

Después de expulsar lentamente el aire por los orificios nasales, Telok asintió con un gruñido y cambió de dirección hacia la ducha más próxima a su guarida.

Un danzavientos macho y dos hembras se encontraban en el recinto cerrado, conversando mientras fregaban grandes trozos de tela con cubos de agua a sus pies.

Su atención se volvió hacia Telok cuando entró.

Sus ojos se iluminaron primero con la calidez de un saludo…

Y enseguida se abrieron con preocupación.

—Por sus óctuples ojos, ¿estáis bien? —preguntó el macho en vrix mientras avanzaba hacia ellos.

Una de las hembras miró rápidamente entre Telok y la humana envuelta entre sus brazos.

—La humana, ¿está…?

—Marchaos —gruñó Telok, desplegando las mandíbulas.

Los danzavientos se encogieron y recogieron apresuradamente sus sedas y cubos, haciendo que el agua se derramara por los bordes. Pasaron junto a Telok sin volver a mirarlo.

—Deben de haber encontrado kurghests —dijo el macho en voz baja.

—Será mejor que vayamos a comprobar cómo están los demás —respondió una de las hembras—. Puede que haya más heridos.

Telok dejó sus pertenencias y las de Lacey junto a la entrada y se internó más en el recinto.

—¿Se han ido? —preguntó Lacey, separando ligeramente la manta para asomar la cabeza.

—Sí —contestó, con el tono más suave que pudo.

—Vale. Ya puedes bajarme —dijo ella.

No quería hacerlo. Al parecer, sus brazos tampoco. Durante varios latidos se negaron a moverse, permaneciendo rígidos alrededor de ella. Aquella era la única forma en que podía garantizar que estaba a salvo. La única forma de protegerla. En cuanto la soltara…

Telok resopló y se obligó a poner a Lacey sobre sus pies. Se obligó a apartar las manos. Se obligó a bajar los brazos a los costados para impedir que volvieran a buscarla.

Lacey se quedó inmóvil y gimió.

—¿Hay más? —preguntó Lacey.

Telok inclinó la cabeza.

—¿Más?

—De tu… semen.

Sus mandíbulas se crisparon y su polla palpitó tras la abertura.

—Ah…

Lacey retiró la tela de la cabeza y estudió el nuevo entorno. Había cierta inestabilidad en sus movimientos que iba mucho más allá de los temblores que Telok había sentido mientras la llevaba. Ella inspiró profundamente, expulsó el aire poco a poco y se volvió hacia él.

—Gracias. Puedo… —dijo. Sus ojos se abrieron de par en par—. Oh, Dios mío, Telok…

Bajo su mirada, las heridas de Telok palpitaron con calor y sus dolores se extendieron más profundamente por su cuerpo.

—Estoy bien —dijo Telok.

—Y una mierda —contestó Lacey.

Lacey se acercó a los estantes de la pared, donde había telas dobladas, tarros de aceite y cestas llenas de hojas de limpieza. Cogió un paño y se volvió hacia Telok.

—No estás bien. Me has llevado todo el camino hasta aquí y yo estaba tan metida en mi mundo que ni siquiera me he dado cuenta de que estabas herido y sangrando todo este tiempo.

—La próxima vez puedes llevarme tú y estaremos en paz —bromeó él.

—¿Por qué siempre encuentras tu sentido del humor en los peores momentos? Podrías haberte hecho todavía más daño, Telok. Hay… muchísima sangre.

«Aunque me hubieran arrancado las patas, te habría llevado de vuelta sin una sola queja. Mientras tú estuvieras a salvo».

Telok extendió los brazos hacia los lados y giró el torso por la cintura.

Algunos de los muchos cortes que había sufrido volvieron a abrirse con el movimiento, enviando punzadas de dolor a través de él.

—No hay dolor —dijo Telok.

—Ya van dos veces que me mientes —contestó ella.

Los brazos de Telok descendieron. De repente fue consciente de un enorme peso oprimiéndolo, volviendo pesadas sus extremidades.

—Mi dolor no es tuyo para cargarlo.

—¡Te hiciste esas heridas protegiéndome! —gritó Lacey, fulminándolo con la mirada.

—Y llevaré las cicatrices con orgullo.

—Tú… ¡Arg! Cállate y ven aquí —dijo Lacey. Señaló con un dedo el suelo bajo uno de los surtidores.

Telok negó con la cabeza.

—No tienes que…

Lacey le siseó. Su rostro se deformó de enfado mientras enseñaba sus dientes blancos y romos. Apuntó aquel dedo directamente hacia él.

—¡Ni una palabra más! —le gritó.

Telok tuvo que tragarse un gorjeo. Avanzó hasta ella y se detuvo bajo el surtidor.

Lacey extendió una mano, atrapó la cuerda de seda que colgaba y tiró.

Agua fresca cayó sobre Telok. Él expulsó el aire con fuerza, haciendo saltar agua de su rostro, mientras un estremecimiento lo recorría.

Muchas de sus heridas ardieron con punzadas agudas.

El dolor estaba tan extendido que no podía identificar un único origen.

Agachó la cabeza y pasó una mano por su cabello, recogiendo los mechones sueltos hacia atrás.

Lacey soltó la cuerda y detuvo el agua. Se acercó y utilizó el paño mojado para limpiar la suciedad y la sangre de la piel de Telok, secando con cuidado alrededor de las heridas. Aunque su contacto era delicado, le temblaban las manos y una arruga de preocupación marcaba el espacio entre sus cejas.

—Estoy bien. Necesitas descansar, mi nyleea —dijo Telok, cubriendo una de sus manos con la suya para detenerla.

A pesar de todo lo ocurrido, aquella palabra seguía sintiéndose dulce sobre su lengua.

—Deja de mentir —contestó Lacey soltándose.

Telok volvió a atraparla y le sostuvo la barbilla, obligándola a encontrarse con su mirada. Sus ojos estaban enrojecidos y húmedos. Otro zumbido retumbó en el pecho de Telok.

—Estás a salvo. Eso es todo lo que necesito para estar bien.

—Pero estás herido y sangrando. Y podría haber sido peor. Muchísimo peor. Solo… déjame hacer esto —Lacey retiró la barbilla y la mano del agarre de Telok y continuó limpiando sus heridas—. Déjame cuidarte.

Una calidez vibró a lo largo de su hilo del corazón. Aunque Telok apenas deseaba otra cosa que hundir los dedos en su cabello, inclinarle la cabeza hacia atrás y besarla, bajó los brazos y solo movió el cuerpo para ayudarla a llegar donde necesitaba.

Lacey volvió a tirar de la cuerda para eliminar los restos de suciedad y la sangre fresca que había brotado de las heridas más grandes.

Cuando terminó, la manta que llevaba estaba húmeda y manchada de sangre, aunque Telok sabía que las peores manchas probablemente se habían producido mientras la transportaba.

Lacey extendió la palma.

—Seda pegajosa del culo —dijo Lacey.

—No es del culo —respondió él mientras extraía de sus hileras un pegote de seda adhesiva y lo depositaba sobre la mano que esperaba.

—Como si lo fuera —contestó ella.

Sus palabras carecían de la mordacidad habitual. Las mandíbulas de Telok descendieron.

Lacey arrancó una pequeña porción de la seda que le había dado y la aplicó sobre una de las heridas más grandes.

Trabajó en silencio, concentrada en su tarea, con las comisuras de su boca ligeramente inclinadas hacia abajo mientras iba cerrando las heridas una a una.

Durante todo el proceso, sus ojos se llenaron cada vez más de lágrimas.

Hasta que finalmente una de ellas escapó y descendió por su mejilla pálida y pecosa.

La mano de Telok salió disparada para atraparla con un dedo curvado y secarla. Tenía tensos tanto el pecho como la garganta.

—Cargas con un dolor que no puedo ver.

—No deberías tener que sufrir tanto —dijo ella en voz baja—. Todas esas cicatrices… Y ahora tendrás más por mi culpa.

—Si cada porción de mi piel debe quedar cubierta de cicatrices para evitar que tú recibas siquiera una más, las aceptaré de buen grado.

Lacey levantó la mirada y lo fulminó. El fuego volvió a prender en sus ojos.

—Pues yo no quiero que hagas eso —dijo ella.

Telok bajó el rostro hacia el suyo.

—Protejo lo que es mío —contestó Telok. Le sujetó la barbilla, asegurándose de mantener sus miradas unidas—. Y tú eres mía, Lacey.