El Cazador (Vrix nº 3) 25. Capítulo Veinticinco #3
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25. Capítulo Veinticinco #3

Telok agarró los hombros de su compañera para estabilizarla. Sintió los temblores que recorrían su cuerpo. Cada uno de ellos le oprimió los corazones.

Lacey levantó la mirada hacia él, con el rostro desencajado.

—Dime que esto no acaba de pasar de verdad. Por favor, Telok. Por favor, dime que no estoy aquí de pie con semen bajándome por las piernas después de haber estado enganchada a tu polla mientras tú luchabas contra una manada de bestias rabiosas. Dime que esto es un mal sueño y despiértame.

Las mandíbulas de Telok descendieron.

—¿Me pides que mienta?

Lacey gimió, encogiendo los hombros mientras se cubría la cara con una mano.

—¿No puede abrirse el suelo y tragarme? —gimió Lacey.

—No permitiré que te lleve.

Telok recorrió su cuerpo con la mirada. Buscó heridas de arriba abajo.

Por delante. Por detrás. Ignorando las insistencias entre dientes de Lacey asegurando que estaba bien.

Su piel estaba salpicada de sangre. Y aunque ninguna de sus heridas era la fuente de aquella sangre, Telok encontró demasiadas marcas.

Moratones que comenzaban a aparecer en sus caderas, cintura y trasero.

Pinchazos de garras en aquellos mismos lugares. Y una mordedura en el hombro.

Todas provocadas por él.

Un zumbido grave y triste sonó en el pecho de Telok.

Nunca había querido hacer daño a Lacey. Y odiaba que una parte de él sintiera satisfacción al contemplar las marcas que había dejado.

Porque proclamarían a cualquiera que la mirase que era suya.

Que él la había conquistado. Que la había reclamado.

Su mirada descendió hacia la humedad que corría por el interior de las piernas de Lacey. A Telok le picaron los dedos con el deseo de recoger la semilla que escapaba y volver a introducirla en su abertura. No dejar que se perdiera nada. Asegurarse de que echara raíces.

Su mano inferior se extendió hacia ella.

—Toma, humana —dijo Gai’Tahk Var desde detrás de Telok.

Telok se volvió hacia el danzavientos con un gruñido. Sus dedos se curvaron, preparados para utilizar las garras. Pero Lacey atrapó su muñeca extendida y lo detuvo antes siquiera de que hubiera completado medio giro.

Var retrocedió. Sus ojos violetas estaban abiertos de par en par. Una manta de seda marrón colgaba de su mano levantada.

—No —gruñó Telok, desplegando las mandíbulas—. Ella es mía.

El calor se deslizó bajo su piel mientras observaba a Var dejar lentamente la manta sobre el suelo y retroceder con los brazos apretados entre sí en señal de disculpa.

Telok deslizó hacia atrás una pata trasera, enganchó la manta con la punta y la lanzó hacia el vrix que se alejaba.

Cuando volvió a mirar a Lacey, ella tenía los ojos clavados en el suelo.

Se removía incómodamente mientras llevaba su cabello hacia delante para cubrirse los pechos.

No estaba herida. Pero su compañera estaba allí, en mitad de la jungla.

Desnuda. Temblando. Avergonzada. Con demasiados pares de ojos cerca que podrían posarse sobre ella en cualquier momento.

Pero Telok no toleraría el olor de otro macho sobre su piel.

Se agachó sobre su bolsa y la abrió. Metió una mano y arrancó de su interior su propia manta. La desplegó con un brusco movimiento de muñecas y la pasó por detrás de Lacey, colocándola sobre sus hombros. Ella agarró rápidamente la tela con ambas manos y la apretó contra sí para cubrirse.

Garahk y quienes lo habían seguido volvieron hasta ellos. Droztar y Koss transportaban entre ambos una kurghest muerta, atada a dos lanzas.

—No llegó muy lejos antes de caer —declaró el cráneo-espina blanco—. Las manos de Cole fueron firmes y sus ojos certeros.

—No voy a mentir, ese disparo me hizo sudar —respondió Cole con una risita.

Tas emitió un murmullo y habló con una incredulidad apenas disimulada.

—Tres… Telok luchó contra tres a la vez —dijo Tas.

—Yo… jamás había presenciado una forma de luchar así —dijo Ayali con vacilación.

—Ni yo. Bajo el sol y el cielo, cierto es —dijo Okkor gorjeando.

—Desde luego aparearse vuelve a los vrix… posesivos y salvajes —dijo Sophia.

—Necesito irme —susurró Lacey mientras intentaba pasar junto a Telok.

Él la recogió inmediatamente en brazos y la apretó contra el pecho. Lacey forcejeó y empujó contra él, pero no consiguió escapar de su agarre.

—¡Telok! —gritó.

—Por fin Telok y Lacey se han apareado —dijo Garahk con un trino—. Todo Kaldarak se alegrará.

—Oh, Dios mío… —gimió ella.

Se cubrió el rostro con la manta y se acurrucó contra Telok como si quisiera desaparecer entre sus brazos. Con la voz amortiguada por la tela, dijo:

—Por favor, mátame.

—Nunca —gruñó Telok.

Todo su cuerpo, sus corazones y su mente se rebelaron ante la mera idea.

La abrazó de forma protectora, se agachó para recoger sus cosas, recogió las botas de Lacey y sus lanzas antes de emprender el camino hacia Tovuunshai.

—Eh, Lace, al menos vuestra primera vez juntos ha sido inolvidable —gritó Cole.

—Uf… —gimió ella. Oleadas de calor irradiaron desde el cuerpo de Lacey mientras se escondía todavía más dentro de la manta—. Entonces mátalo a él.

Telok gorjeó.

—Pregúntamelo otra vez más tarde y quizá lo haga, vi’jatai.

«Por ti… cualquier cosa».