24. Capítulo Veinticuatro
CAPÍTULO VEINTICUATRO
«Tómame, Telok».
Las palabras de Lacey resonaron a través de él, vibrando a lo largo de cada hilo de su ser.
Palabras sencillas con tanto significado.
Con tanto peso. Pronunciadas como una súplica, como una invitación, como una orden.
Como el reconocimiento, largamente postergado, de aquello que ambos deseaban… De aquello que ambos necesitaban.
Pero una niebla carmesí se había tragado a Telok, ocultando todo salvo sus instintos más primarios.
«Le he hecho daño».
Hundió las garras y las patas en el suelo.
Había sido el grito de dolor de Lacey lo que había atravesado aquella bruma y le había concedido un único hilo deshilachado de autocontrol al que aferrarse.
Si se permitía sucumbir al frenesí, corría el riesgo de volver a hacer daño a su compañera.
Pero aquella atracción instintiva era abrumadora.
Implacable. Y su sexo… Por los Ocho. Estaba tan caliente, húmedo y apretado alrededor de su miembro.
Telok sentía cada diminuto movimiento que hacía, cada respiración que tomaba, cada latido de su corazón, cada contracción de su interior.
Cada una provocaba una pequeña descarga de placer que lo dejaba dolorido de necesidad.
No había encontrado la resistencia que habría esperado al penetrar a una hembra vrix.
Ningún músculo poderoso intentando expulsarlo.
Solo carne suave, húmeda y acogedora. Y su aroma…
La dulce y embriagadora fragancia del deseo de Lacey impregnaba el aire, inundando sus sentidos, invadiendo su mente y espesando la neblina roja.
—Por favor, Telok —lo instó Lacey mientras movía las caderas—. Reclámame. Soy tuya.
La forma en que su sexo se cerró alrededor de él mientras se deslizaba por su miembro rompió el último hilo de resistencia de Telok y permitió que las palabras de Lacey penetraran hasta lo más profundo de su ser.
«Reclámame. Soy tuya».
«Soy tuya».
«Mía».
Telok retiró la pelvis. El éxtasis lo atravesó ante la succión del sexo de Lacey y lo hizo volver a hundirse en ella, persiguiendo de nuevo aquella sensación.
Lacey gritó. Esta vez fue un sonido diferente. Pero el placer que rugía dentro de Telok era demasiado intenso. No podía detenerse.
Embistió contra ella una y otra vez, tirando de su cuerpo hacia sí para recibir cada una de sus brutales embestidas, enterrándose en su compañera mientras su delicioso sexo se estiraba alrededor de las protuberancias de su nudo y lo aceptaba más y más profundamente. Todo en ella era suave. Hermoso.
Telok contempló a Lacey a través de la neblina roja.
Vio cómo parpadeaba. Cómo echaba la cabeza hacia atrás.
Cómo su cuerpo se balanceaba y sus grandes pechos rebotaban.
Contempló con satisfacción primitiva cómo los pétalos rosados de su sexo se estiraban alrededor de él.
Cómo su miembro desaparecía dentro de ella. Reclamándola.
Telok gruñó. El placer creció en su interior y se enroscó con fuerza en su núcleo. Y junto con él aumentó una presión aplastante, casi demasiado dolorosa para soportarla.
«Mía».
Soltó las muñecas de Lacey y apoyó los dos brazos superiores a ambos lados de su cabeza.
«Mía».
Un estremecimiento violento lo recorrió, pero no alteró el ritmo frenético.
«Jodidamente mía».
Telok gruñó mientras la follaba. Sus garras y patas destrozaban el suelo alrededor de ambos.
Los jadeos, gemidos y súplicas de Lacey se mezclaban con sus gruñidos y resoplidos.
Podía sentir cómo el sexo de ella se apretaba cada vez más alrededor de su polla.
Sentía cómo se humedecía más y más. Oía el golpe de su carne blanda contra su piel. Pero nunca era suficiente.
Había deseado a aquella hembra con cada hilo de su ser durante demasiado tiempo. Y aquel deseo jamás sería saciado.
Lacey deslizó las manos por su pecho y abdomen, arañándolo con sus uñas. Telok siseó ante las brasas de placer y dolor que crepitaron sobre su piel.
—Telok… —gimió ella con voz tensa—. Oh, por favor, no pares.
—Nunca —gruñó.
Nunca quería detenerse. Nunca quería que aquella sensación terminara. Nunca quería volver a separarse de ella. ¿Cómo había conseguido resistirse durante tanto tiempo? Aquel vínculo invisible que los conectaba jamás podría haberse negado.
Telok cerró los ojos y apretó los dientes. El fuego ardía dentro de él, extendiendo el calor por su cuerpo y avivándose con cada embestida.
Tomó a Lacey sin piedad. Salvajemente. Vorazmente. Pero de sus labios solo escapaban sonidos de placer.
Ella no era vrix. Pero era perfecta. Había sido modelada para él. Unida a él por los hilos del destino. Y su cuerpo estaba arrancándole un placer que jamás habría podido imaginar.
Telok abrió los ojos y contempló a su compañera.
Su cabello rojo brillante se extendía sobre los helechos y el musgo verdes.
Tenía las cejas fruncidas y los labios, hinchados por sus besos, entreabiertos para dejar escapar sus respiraciones jadeantes.
Su piel pálida, salpicada por todas aquellas pequeñas pecas, estaba enrojecida y reluciente de sudor. Resplandecía. Era hermosa.
Su mirada se posó sobre el hombro y el cuello de Lacey.
«Es mía».
Telok abrió las mandíbulas, bajó bruscamente la cabeza e hincó los colmillos en su carne.
Lacey gritó. Sus manos volaron hasta el cabello de Telok y se aferraron a él, manteniendo su boca contra el hombro. Telok gruñó al percibir el sabor metálico de la sangre sobre la lengua. Gemidos entrecortados escaparon de la garganta de Lacey mientras él continuaba embistiendo su cuerpo blando.
Entonces ella se tensó. Dejó escapar un grito ahogado mientras su sexo se contraía alrededor del miembro de Telok. Un calor líquido brotó de ella y cubrió su polla, produciendo sonidos húmedos con cada embestida.
Las sensaciones fueron abrumadoras. Las llamas del interior de Telok barrieron su mente, reduciendo todos sus pensamientos a cenizas hasta que solo quedaron Lacey y lo que ella le hacía sentir.
Telok se deshizo por completo. Retiró los colmillos, levantó la cabeza y agarró las caderas de su compañera. La sostuvo con firmeza. Gruñó, y embistió una última vez. Hundió la polla profundamente dentro de ella y obligó a su nudo a penetrarla.
La abertura de Lacey se estiró y se cerró alrededor de él. El cuerpo de Telok se tensó cuando la presión de su interior estalló. El éxtasis lo devoró. Su nudo se hinchó. Su miembro vibró. Sus tentáculos se desplegaron y aletearon mientras su semilla se derramaba dentro de su compañera.
Telok tembló mientras las sensaciones lo azotaban. Eran feroces. Abrumadoras. Devoradoras… Eufóricas.
Lacey jadeó.
—¿Son esos…? ¿Así es como se sienten? Oh… Oh, joder. ¡Telok! —gritó, arqueó la espalda, y sus muslos se cerraron alrededor de la cintura de él. Su sexo se contrajo y estremeció alrededor de su miembro mientras alcanzaba otro clímax entre una sucesión de gritos entrecortados.
Temblando, Telok rodeó a su compañera con los brazos inferiores y la estrechó contra sí.
Otra oleada de semilla brotó de su polla y un gruñido ronco y desgarrado arañó su pecho al salir.
La nube roja llenó por completo su visión hasta cegarlo.
Pero sentía a Lacey por todas partes. Sentía su aliento sobre el pecho.
Sus dedos aferrándose desesperadamente a su piel, arañándola.
Su cuerpo contra él. Su sexo convulsionando alrededor de su miembro y exprimiéndolo, arrancándole más y más.
Telok enterró el rostro en su cabello y dijo con voz ronca en vrix:
—Estamos entrelazados para siempre, mi hilo del corazón. Unidos para siempre. Nuestro vínculo no puede deshacerse.