El Cazador (Vrix nº 3) 25. Capítulo Veinticinco
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25. Capítulo Veinticinco

CAPÍTULO VEINTICINCO

Sosteniendo contra sí el cuerpo tembloroso de Lacey, Telok levantó el torso hasta quedar erguido y se sentó sobre los cuartos traseros. La nueva posición hizo que el peso de ella descendiera sobre él, obligando a su miembro y su nudo a penetrarla todavía más.

Lacey gimió y movió la pelvis contra la suya, frotando sus aberturas.

Una nueva oleada de placer atravesó a Telok y lo hizo estremecerse. Sus tentáculos palpitaron dentro de ella y los cierres se apretaron alrededor de sus muslos.

—Se siente tan bien —dijo Lacey, con sus respiraciones entrecortadas rozando el agitado pecho de Telok.

Su apretado sexo continuaba contrayéndose alrededor de su polla, prolongando las sensaciones, manteniéndolo en aquel punto máximo e inundándolo de una felicidad interminable.

Telok cerró los ojos y la abrazó con fuerza, acariciándole la espalda para tranquilizarla y pasando las garras entre su cabello suelto y desordenado mientras sus cierres rozaban sus muslos.

Si hubiera existido alguna forma de hacer que aquel momento durara para siempre, la habría utilizado sin dudarlo.

Que se jodieran las consecuencias. Disfrutaba de la sensación de la carne húmeda de sudor de Lacey mojando su piel.

De cómo se aferraba a él en pleno éxtasis.

De sus suaves pechos, con los pezones endurecidos, apretados contra su pecho.

Ansiaba explorarlos. Explorarla a ella como debía.

Recorrer todo su cuerpo con las manos y aprender cómo se sentía. Aprender su sabor.

El cuerpo de Telok se tensó cuando más semilla brotó de su miembro. Gimió y las manos inferiores se cerraron sobre el culo de Lacey para estrecharla todavía más contra sí.

«Esas exploraciones tendrán que esperar».

—Eso es… muchísimo semen —dijo Lacey sin aliento mientras deslizaba una mano entre sus cuerpos y la apoyaba en la parte baja del vientre.

Telok emitió un trino y frotó el rostro contra el costado del suyo.

Entonces cayó en la cuenta. Su semilla —su semen— estaba llenando a su compañera.

¿Daría aquel apareamiento como resultado una cría?

No podía negar la alegría y la emoción que le provocaba imaginar cómo crecería el vientre de Lacey con una nueva vida en su interior.

Una vida que ellos habían creado. Pero tampoco podía ignorar el miedo y la incertidumbre que acompañaban aquel pensamiento.

Según los humanos, el embarazo implicaba muchos riesgos tanto para la madre como para la cría. Riesgos que ninguna habilidad, ferocidad o determinación de Telok podría vencer.

Si Lacey y él tuvieran una cría, habría otro hilo unido a sus corazones. Uno delicado. Indefenso. Vulnerable. Otra posible pérdida capaz de destrozar su espíritu. ¿Podría proteger a Lacey y a su cría?

Telok frotó la boca contra la sien de Lacey mientras reforzaba su abrazo.

No. No permitiría que ninguno de aquellos hilos se cortara.

Toda su fuerza, todos sus corazones y toda su alma estarían dedicados a proteger a su compañera y a su cría.

Mientras la vida siguiera latiendo por sus venas, los defendería con una ferocidad capaz de hacer retroceder a la propia Maraña.

Inspiró profundamente, llenándose los pulmones con el aroma de su compañera. Con el olor de su apareamiento. Pero ahora aquella fragancia estaba teñida de sangre.

Levantó un poco la cabeza y contempló la marca de la mordedura sobre el hombro de Lacey.

El orgullo le hinchó el pecho al mismo tiempo que la culpa se anudaba en su estómago.

Aquello dejaría una cicatriz. Y esa cicatriz la marcaría como suya ante todos los que la vieran.

Su Lacey. Su compañera. Su hilo del corazón.

Pero había tenido que hacerle daño para dejarla allí. Había añadido otra cicatriz a su cuerpo cuando ella cargaba con todas las demás entre tristeza y arrepentimiento.

Con delicadeza, Telok lamió la herida. Lacey se estremeció e inclinó la cabeza, ofreciéndole mejor acceso. Telok pasó la lengua por las marcas, limpiando la sangre, y después ascendió por el lateral de su cuello hasta dibujar un círculo bajo su oreja. Ella suspiró suavemente.

Sus dedos se introdujeron entre el cabello de Telok antes de que moviera las caderas y volviera a dejar caer el peso sobre él. Telok gruñó y reforzó el agarre sobre sus caderas en señal de advertencia.

—Lacey…

—No puedo evitarlo. Esos tentáculos se sienten demasiado bien. ¿Cuánto tiempo vamos a estar engan…? —Lacey jadeó—. Oh… oh… ¡Oh, Dios, está pasando otra vez!

Con un gemido agudo, le rodeó el cuello con los brazos y se aferró a él mientras temblaba y se retorcía, con sus paredes internas contrayéndose alrededor de su miembro.

Telok gruñó ante la placentera presión de su cuerpo mientras el suyo se tensaba.

Hundió una mano en el cabello de Lacey y se perdió en su propio clímax, derramándose una vez más dentro de ella.

Su polla vibró. Los tentáculos aletearon.

Y el sexo de Lacey succionó su miembro, bebiendo con avidez su esencia.

—Ah, kir’ani vi’jatai. Mi Lacey —ronroneó.

En todos sus años, ¿había habido algo que se sintiera tan bien como ella? ¿Algo que siquiera se acercara?

«No. Y nunca lo habrá».

Aquellas sensaciones lo mantuvieron suspendido en lo alto.

Por encima del suelo de la jungla. Por encima del espeso techo de hojas y ramas.

Por encima del propio cielo. Dejándolo flotar junto a su compañera entre las estrellas.

Hasta que un sonido, percibido durante el fugaz silencio entre respiraciones pesadas y corazones atronadores, atrapó la atención de Telok y lo arrastró de vuelta hacia el suelo.

Los finos pelos de sus patas se erizaron. La maleza crujió detrás de él.

«Mía».

Aferrando a Lacey contra sí con los brazos izquierdos, Telok se inclinó bruscamente hacia un lado, recogió las armas del suelo con las manos derechas y blandió la lanza en un amplio arco mientras giraba sobre las articulaciones flexionadas de sus patas.

Lacey soltó un grito sobresaltado.

La bestia, que había conseguido acercarse hasta quedar a dos segmentos de él, retrocedió rápidamente y se apartó del arma con un gruñido.

Llegaba a la altura de los hombros de Lacey, y probablemente superaría incluso a Telok si se alzara sobre las patas traseras.

Su pelaje corto estaba moteado en distintos tonos de verde y tenía una textura semejante al musgo.

Garras negras y curvadas remataban sus gruesos dedos.

Unas púas marrones sobresalían de los hombros y del extremo de la cola.

Y el hocico, carente de labios, mantenía sus largos colmillos permanentemente expuestos en un gruñido.

La furia creció dentro de Telok con toda la fuerza y velocidad de un río desbordado por lluvias torrenciales.

—Oh, mierda, ¿eso es un…? —preguntó Lacey tensándose.

—Kurghest.

Una hembra. Adulta.

Telok se impulsó hasta quedar sobre sus patas.

La brusquedad y fuerza del movimiento hicieron que Lacey cerrara la boca con un «clac» y descendiera todavía más sobre su miembro, provocándole una descarga de placer.

En aquel mismo instante, la maleza a ambos lados se agitó violentamente.

Los kurghests no cazaban solos.

—Agárrate a mí —ordenó.

Telok saltó hacia atrás cuando otras dos hembras kurghest surgieron de la vegetación.

Giró el torso para proteger a su compañera de las garras que intentaban alcanzarla.

Pasó apresuradamente la lanza más corta de Lacey a su mano superior izquierda y utilizó las inferiores para mantener a su compañera firmemente apretada contra él.

Una niebla roja volvió a engullirlo. Ira. Pasión. Instinto. Todo se arremolinó en una tormenta caótica de fuego.

Lacey estaba en peligro.

Su compañera estaba en peligro.

La Maraña le había arrebatado todo una vez. Pero no se la llevaría a ella. Ni aquel día. Ni nunca. Mientras sus corazones siguieran latiendo, nada le haría daño.

Las bestias emitieron gruñidos graves y ululantes y cargaron al unísono, con dos separándose hacia los laterales para atacar los flancos de Telok.

Él rugió y se lanzó en movimiento. Las lanzas salieron disparadas más deprisa de lo que podían seguir los ojos.

Una kurghest tuvo que desviarse para evitar resultar herida.

La carga de otra quedó interrumpida cuando Telok le abrió un profundo corte en el hombro delantero.

La bestia del centro saltó directamente hacia Telok. Hacia la espalda de Lacey.

Telok se alzó y levantó las patas delanteras, doblándolas para proteger a su compañera.

El pecho de la kurghest chocó contra las articulaciones de sus patas.

Su impulso y su peso hicieron que Telok se tambaleara.

Las garras de la bestia se hundieron en la piel de sus patas mientras intentaba superar aquella defensa.

En algún lugar lejano, quizá en otro mundo, los graznidos de alarma de un larkhet resonaron entre los árboles.

Los colmillos de la bestia mordieron el aire a apenas un palmo de la cabeza de Lacey.

Ella gritó y se apartó, enterrando el rostro contra el pecho de Telok y apretándolo con todo el cuerpo.

Un estremecimiento lo recorrió.

—Mía —gruñó.

Se impulsó contra el suelo con las otras cuatro patas y lanzó a la kurghest hacia un lado. Antes siquiera de que la bestia golpeara el suelo, las otras dos volvieron a atacar.

«Mata».

Telok retiró los brazos inferiores de Lacey, dejando únicamente los cierres sujetándola mientras giraba y utilizaba todo su cuerpo como escudo.

Pese a que ella se aferraba desesperadamente a él, los violentos movimientos hacían que rebotara sobre su miembro, provocándole oleadas de éxtasis que silenciaban incluso el dolor de las garras desgarrando su piel.

El calor aumentó rápidamente dentro de él. Las llamas no dejaban de avivarse. Y su polla dolía más intensamente que cualquier herida que hubiera sufrido jamás.

Atacó con patas y lanzas. Respondió a cada herida con ocho veces más fuerza y brutalidad. Y los tentáculos de su miembro azotaban a Lacey desde dentro con la misma ferocidad.