El Cazador (Vrix nº 3) 21. Capítulo Veintiuno
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21. Capítulo Veintiuno

CAPÍTULO VEINTIUNO

Innumerables cosas competían por la atención de Telok, enredándose en telarañas que amenazaban con atrapar sus sentidos: el rumor de las animadas conversaciones acompañado por la alegre música; los aromas de los vrix reunidos, mezclándose con los de las muchas comidas dispuestas y el humo dulce y sutil de la savia al arder; las llamas naranjas titilantes y las largas sombras inquietas que proyectaban; el despliegue de colores creado por los cráneo-espinas y danzavientos que descansaban y bailaban por todas partes.

Con cada instante que pasaba, la pequeña y tranquila guarida que Telok había reclamado junto a Lacey se volvía más tentadora, llamándolo para que abandonara aquella reunión. Llevaba luchando contra la tentación de regresar allí desde que había empezado la comida.

Pero ninguno de sus compañeros estaba vigilando. Ninguno permanecía alerta. No podía dejarlos sin protección.

«¿Sin protección? Los danzavientos tienen varios vigías repartidos por Tovuunshai. La vigilancia no es la razón por la que sigues aquí, Telok».

Su mirada regresó a Lacey. Su sonrisa era amplia. Sus ojos brillaban. Y Telok sintió cada anchura de hilo que los separaba en aquel momento.

«Podría llevármela conmigo».

«Podría simplemente… tomarla».

Recogió con firmeza las mandíbulas y los cierres mientras el rugido del instinto hacía temblar su cuerpo y su alma.

Sus dedos se curvaron, hundiendo las garras en su propia piel, y apretó la mandíbula con tanta fuerza que le dolieron los colmillos.

Aunque sus patas le exigían avanzar hacia ella, las mantuvo en su sitio incluso cuando empezaron a picarle con un calor punzante.

Lacey se lo estaba pasando bien allí, rodeada de amigos antiguos y nuevos. Telok no interrumpiría aquello por capricho de un deseo que no podía satisfacer. Pero mientras ella permaneciera allí, él tampoco sería capaz de marcharse. No habría forma de escapar de aquella batalla consigo mismo.

Telok obligó a su mirada a apartarse de Lacey y la llevó hasta Cole, que estaba sentado mientras Sophia permanecía frente a él sobre manos y rodillas, con los rostros separados apenas por un aliento.

Sophia levantó una mano y acarició la mejilla enrojecida de Cole antes de echarse hacia atrás y volver a sentarse.

Sin romper el contacto visual, cogió una rodaja de fruta y se la llevó lentamente a la boca.

Los labios de Cole se separaron, con toda su atención fija en los dedos y la boca de la hembra.

Telok no había oído nada de lo que se habían dicho, pero el interés de Sophia por Cole era evidente sin necesidad de palabras. Parecía tan rápido. Tan sencillo. Tan decidido. Tan fácil. Y, sin embargo, nada entre Telok y Lacey había sido ni sencillo ni fácil.

Lacey rio y volvió el rostro hacia Telok, encontrándose con su mirada como había hecho muchas veces durante la celebración. Pero aquella vez su sonrisa se suavizó y la luz de sus ojos pareció más cálida. Más plena.

Apartó la vista, reunió algo sobre una hoja y la dobló antes de darle una palmada en el hombro a Cole y ponerse en pie. Caminó directamente hacia Telok.

Sus corazones golpearon con fuerza, extendiendo calor por todo su cuerpo, y el pecho se le tensó con un ligero revoloteo.

Lacey se había cambiado y llevaba un vestido que Sophia le había regalado.

Era de suave seda azul, con tirantes que se ataban alrededor del cuello y un dobladillo que terminaba justo por encima de las rodillas.

Su largo cabello rojo caía suelto en suaves ondas sobre los hombros y la espalda desnudos, elevándose con la brisa.

Y Telok no deseaba nada más que hundir los dedos en él y atraerla hacia sí hasta que su boca se apretara contra la suya.

Ansiaba volver a sentir aquellos labios contra su piel.

Ansiaba descubrir qué había querido hacer con su lengua…

—No tienes por qué estar aquí solo —dijo ella al detenerse frente a él.

—No estoy solo —dijo Telok. Con movimientos más rígidos de lo que pretendía, señaló a la multitud con la mano superior derecha.

Lacey le clavó un dedo en el pecho con una sonrisa ladeada.

—No seas listillo. Sabes perfectamente a qué me refiero —dijo ella.

Aquel contacto sencillo y fugaz envió una pulsación de deseo directamente hasta su abertura. Telok apretó todavía más los cierres sobre ella.

—Necesitabas tiempo. Tiempo humano. Yo no conocería muchas de vuestras palabras, así que vigilo.

—Mentiroso. Conoces muchas palabras humanas y cada vez aprendes más —Lacey arqueó una ceja—. ¿Has vuelto a intentar evitarme?

La pregunta se enroscó alrededor de sus corazones y se tensó.

—No. Nunca más.

—Entonces ¿por qué no te sentaste a mi lado? —Lacey dio otro paso hacia él y se inclinó ligeramente, entrecerrando los ojos con sospecha—. ¿Huelo mal?

Sin pretenderlo, Telok inspiró profundamente. Casi se estremeció cuando la dulce fragancia de Lacey llenó sus pulmones.

—Todo huele.

Ella arrugó la nariz y apretó los labios antes de reír.

—Capullo.

Lacey retrocedió un paso, levantó la mano y se la tendió. La hoja que descansaba sobre su palma se desplegó, mostrando varios trozos de carne.

—Toma. Come —dijo Lacey.

Telok contempló la ofrenda. Él le había dado comida y agua muchas veces durante el viaje, sabiendo que Lacey no siempre comía y bebía suficiente por sí sola… Y ahora ella hacía lo mismo por él.

Parte de su tensión desapareció cuando el calor abrasador de su pecho se suavizó hasta convertirse en una calidez tierna.

Aceptó la hoja, y su piel hormigueó al rozar la mano de Lacey.

—Gracias, vi’jatai.

Ella le sonrió.

Permanecieron allí, mirándose durante varios latidos, hasta que Lacey tocó el dorso de su mano y la guio hacia arriba.

—No voy a quedarme tranquila hasta que te lo comas de verdad, Telok.

Telok gorjeó, levantó la hoja, echó la cabeza hacia atrás y abrió la boca, dejando caer dentro toda la carne. Mientras masticaba, levantó la hoja vacía para que Lacey pudiera inspeccionarla.

Ella rio.

—Si tienes tanta hambre, puedo traerte más.

Se volvió para marcharse, pero Telok la agarró por la muñeca y la detuvo. Cuando Lacey lo miró, negó con la cabeza.

—¿No? ¿No quieres más comida?

Telok tiró suavemente de ella. Hasta que su cuerpo se apretó contra el suyo. Hasta que las palmas de Lacey quedaron apoyadas sobre su pecho. Le rodeó la cintura con un brazo, bajó la cabeza y enganchó un dedo bajo su barbilla para levantarle el rostro hacia él.

—Quédate.

Los ojos de Lacey se abrieron y ella inspiró suavemente entre los labios separados.

La mirada de Telok descendió hasta aquella boca. Con delicadeza, acarició su labio inferior con el pulgar, deleitándose con lo suave y flexible que era.

—Telok… —susurró Lacey.

Sus dedos se curvaron y sus uñas romas arañaron la piel de él, enviando un estremecimiento por todo su cuerpo que hizo palpitar su polla. El calor irradiaba desde Lacey y se entretejía con el suyo hasta convertirse en algo mayor. Más fuerte. Algo devorador. Algo…

Un fuego cercano se avivó con un fuuush. Telok se volvió instintivamente, dándole la espalda y protegiendo a Lacey con su cuerpo mientras acunaba la parte posterior de su cabeza y la mantenía apretada contra sí. Ella volvió a jadear y sus uñas se clavaron un poco más.

Otro fuego se avivó. Después otro. Y otro más.

Los danzavientos estaban vertiendo lo que debía de ser savia de árbol de espino en los cuencos de fuego. La luz naranja que había bañado la reunión se transformó en un familiar resplandor azul verdoso. El mismo que predominaba en los túneles de Takarahl.

Telok soltó una profunda exhalación y se irguió, aflojando el agarre mientras miraba a Lacey.

Ella apretó los labios como si tratara de ocultar una sonrisa, pero no pudo esconder el intenso rubor que había aparecido en sus mejillas.

Lacey le dio unas palmadas en el pecho y rio suavemente.

—Falsa alarma, ¿eh? —dijo ella.

Susurros emocionados se extendieron entre los danzavientos. Solo entonces Telok se dio cuenta de que tanto la música como las conversaciones habían cesado mientras él sostenía a Lacey.

Consiguió apartar los ojos de ella. Los danzavientos estaban despejando un amplio espacio en el centro de la plataforma, y los dibujos del pelaje de los machos brillaban bajo la nueva iluminación mientras guiaban a los invitados cráneo-espinas hacia los laterales.

La multitud volvió a sentarse formando un amplio círculo.

—¿Qué pasa? —preguntó Lacey.

—No lo sé —respondió Telok.

La confusión ralentizó sus acelerados corazones y apagó sus golpes atronadores, aunque los ecos seguían palpitando por todo su cuerpo.

Un tambor empezó a sonar y los espectadores guardaron silencio. Era un ritmo lento. Constante. Sencillo. No muy distinto de los latidos de un vrix en reposo.

La expectación crecía en el silencio entre cada golpe. La multitud dirigió la mirada hacia arriba. Telok y Lacey hicieron lo mismo.

Una figura solitaria permanecía suspendida sobre la plataforma, visible únicamente gracias al leve resplandor de sus marcas rojas y doradas. Un danzavientos macho colgado boca abajo.

Poco a poco comenzó a descender y su figura fue haciéndose más nítida al acercarse a la luz de los fuegos. Solo unos ligeros destellos sobre él revelaban las dos hebras de seda que lo conectaban con las ramas ocultas por la oscuridad.

Tres golpes rápidos y fuertes. El tambor se detuvo. El macho también.

Quedó suspendido al menos diez segmentos por encima de la plataforma. La expectación crepitó en el aire hasta alcanzar un nuevo punto máximo.

Sus brazos estaban plegados sobre el pecho y las seis patas flexionadas como si estuvieran enganchadas a la hebra principal que lo sostenía.