21. Capítulo Veintiuno #2
Lacey se apartó de Telok. Él no quería nada más que arrastrarla de nuevo hacia sí, llevársela a algún lugar apartado y aprovechar que todos estaban distraídos para reclamar tanto aquel momento como a su compañera.
Pero en lugar de eso, la siguió hasta los demás y se colocó junto a ella mientras se detenía para contemplar el espectáculo por encima de las cabezas de los danzavientos sentados.
Sobre ellos, el macho suspendido mantuvo el cuerpo completamente inmóvil mientras extendía lentamente cuatro de sus patas. Las delanteras apuntaron hacia abajo. Las intermedias se extendieron rectas hacia los lados. Las traseras se movieron. Una de ellas cortó una de las cuerdas.
Varios tambores estallaron en un ritmo vivo y atronador mientras el macho se balanceaba sobre la multitud.
Movió brazos y patas para modificar la trayectoria, haciendo que su cuerpo girara sobre el extremo de la hebra mientras trazaba un amplio círculo en el aire.
Sus dibujos destellaban a una velocidad vertiginosa y sus extremidades dibujaban formas fantasmales, pareciendo muchas más debido a la rapidez de sus movimientos.
—¡Guau!… —susurró Lacey.
Aunque el giro del macho mantuvo la velocidad, el círculo de su balanceo se fue reduciendo conforme continuaba descendiendo.
Cuando estuvo apenas a un par de segmentos sobre la plataforma, dobló el torso para agarrar la hebra con las manos superiores, recogió las patas y comenzó a girar sobre sí mismo.
Cada vez más rápido. Hasta que su cuerpo no fue más que una mancha de colores centelleantes.
Cuando perdió impulso, se volteó y giró en el aire para aterrizar con elegancia sobre las patas, habiendo cortado ya la cuerda. Su cabeza se volvió de golpe hacia una hembra sentada cerca, que lo contemplaba con enormes ojos naranjas resplandecientes.
Los tambores volvieron a cambiar. El ritmo se hizo más lento. Pero también más pesado. Siguiendo la música, el macho volvió a moverse.
El pelaje de sus cuartos traseros se elevaba y descendía mientras bailaba, alterando el dibujo y la forma en que captaba la luz de los fuegos, centelleando como el sol sobre un río. Complementaba a la perfección la suavidad y fluidez de sus movimientos. El efecto era sensual. Seductor. Primario.
Los brillantes ojos amarillos del macho no se apartaron de la cautivada hembra ni durante un solo latido.
Telok miró a Lacey. Estaba completamente fascinada por el espectáculo, con el asombro escrito en el rostro. ¿Había parpadeado siquiera una vez?
Un gruñido retumbó en el pecho de Telok, ahogado por los tambores. Su compañera estaba cautivada por otro macho. La furia instintiva prendió dentro de él. Apretó los dientes y luchó contra el impulso de lanzarse hacia delante y responder directamente al desafío.
«No».
Telok negó bruscamente con la cabeza y hundió las patas delanteras contra los tablones de madera bajo él. No podía permitirse hacer aquello. No podía destruir la nueva amistad entre los danzavientos y Kaldarak por un único impulso.
Pero, que los dioses le concedieran fuerza. Tampoco podía permanecer inmóvil mientras aquel bailarín hipnotizaba a su compañera.
Telok se acercó más a Lacey, deslizó un brazo alrededor de ella y la atrajo contra sí, colocando su cuerpo entre la pata delantera y la intermedia.
Utilizó además la primera como barrera entre ella y el bailarín.
Lacey se acomodó distraídamente contra él y apoyó las manos sobre su pata flexionada sin apartar la vista de la danza.
Los dedos de Telok se flexionaron y las garras le pincharon suavemente la cadera.
El danzavientos que bailaba se acercó a la hembra de ojos naranjas y extendió las patas delanteras hacia ella. La hembra las rozó con las suyas. Entonces él enganchó sus patas alrededor de las de ella y la hizo levantarse.
Giraron juntos. Sus manos se encontraron palma contra palma. Los dedos se entrelazaron. Sus cabezas descendieron hasta que las crestas se tocaron.
Telok se inclinó hacia delante para estudiar el rostro de Lacey. Había una sonrisa cálida en sus labios. Una luz suave en sus ojos verdes. La luz de quien sueña. De un anhelo silencioso.
Telok miró a los dos danzavientos, que continuaban bailando entrelazados. Volvió a mirar a Lacey. Y repitió varias veces hasta que los hilos de su mente terminaron conectándose.
Sus mandíbulas se crisparon. Sus músculos se relajaron.
Ella no estaba contemplando al otro macho con deseo.
En absoluto. Lo que había cautivado a Lacey no era el bailarín.
Era la danza, y lo que representaba. La cercanía y devoción compartidas por los dos danzavientos. La intimidad con la que se movían.
Eso era lo que quería su Lacey. Aquella conexión. Aquel entrelazamiento de dos almas, como el que Telok había visto entre sus amigos y sus compañeras. ¿Podría darle aquello? ¿Podría darle… amor?
Solo los humanos podían tomar una palabra tan sencilla y cargarla de un significado tan inmenso, poderoso e imposible. ¿Cómo podía una palabra tan pequeña contener tanto y, al mismo tiempo, explicar tan poco?
Aunque sus conocimientos sobre compañeros eran escasos, Telok sabía que aquellos vínculos exigían que ambos individuos desnudasen sus espíritus.
Que compartieran por completo su khahal, la verdad de sus corazones, sin importar lo oscura o dolorosa que fuera.
Significaría que el hilo del corazón de Telok quedaría unido al de Lacey.
Que las barreras que había mantenido alrededor de sus corazones y de su espíritu caerían para siempre. Significaría sentirlo todo con ella. Y significaría que perderla sería su final.
«¿Acaso no me siento ya así?»
Mientras Telok contemplaba a su hembra, deseó que ella volviera el rostro hacia él. Que sus ojos brillaran por él. Que su sonrisa se ensanchara por él.
Enganchó con una garra un grueso mechón de su cabello y lo colocó detrás de aquella delicada oreja redondeada, recorriéndola después con el dedo.
Los corazones de Telok vacilaron cuando Lacey volvió hacia él aquellos ojos y aquella sonrisa.
Y entonces lo vio. Vio cómo sus labios se suavizaban sutilmente.
Vio su propio anhelo reflejado en la mirada de ella.
La música terminó. Inmediatamente estalló una oleada de vítores, gorjeos y golpes de manos y patas contra los tablones.
Una vez más, la atención de Lacey fue arrancada de Telok. Miró a los dos danzavientos, comenzó a aplaudir y sumó su propia voz al estruendo.
Telok se obligó a respirar lenta y profundamente. La distracción pasaría. Y encontrarían otro momento.
—¡Lacey! —gritó Cole, apenas audible por encima del ruido.
Telok dirigió bruscamente la mirada hacia el humano, que se apresuraba hacia ellos.
Lacey dejó de aplaudir y volvió a apoyar las manos sobre la pata de Telok mientras Cole se detenía frente a ambos.
—Joder, Lace, necesito tu ayuda —dijo sin aliento—. No sé qué hacer.
—¿Qué ocurre? —preguntó Lacey frunciendo el ceño.
—Es Sophia —dijo Cole.
Lacey se tensó y miró hacia la mujer.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
—Nada ha pasado. No… todavía —contestó Cole.
—¿Qué quieres decir?
Cole inspiró profundamente y soltó el aire poco a poco.
—Sophia… Joder. Quiere follarme.
—Cole, ¿estás…? —dijo Lacey mientras le señalaba con un dedo
—¡Palabras suyas, no mías! —se apresuró a decir él, agitando las manos delante de sí como si intentara protegerse de la reprimenda que Lacey estuviera a punto de lanzarle—.
Y yo… —se pasó los dedos por el cabello y gimió mientras levantaba la mirada hacia el cielo—.
¿Qué hago? Acabamos de conocernos y no sé si es lo correcto, aunque ella quiera.
Telok jamás había visto a Cole comportarse de aquella forma. Normalmente, el humano era tranquilo, seguro y de buen humor. Bromeaba con frecuencia y rara vez permitía que nada lo alterase. En sus propias palabras, simplemente se dejaba llevar.
Lacey rio.
Cole la fulminó con la mirada.
—¡No tiene gracia! Estoy hablando en serio. Es jodidamente sexy y la deseo. ¿Qué probabilidades había de que encontráramos a otra mujer humana superviviente? ¡Ninguna!
—Bueno, obviamente no eran cero —dijo Lacey con una sonrisa.
—Sí, pero debían de estar jodidamente cerca —Cole volvió la mirada hacia Sophia.
Ella estaba reclinada sobre los codos, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos y extendidas frente a sí. Pese a la postura relajada, sus hombros y cuello estaban visiblemente tensos, y una pequeña arruga de preocupación marcaba el espacio entre sus cejas.
—Joder, Lace… —dijo Cole—. De verdad, de verdad no quiero cagarla.
—Tú quieres. Ella quiere. No es difícil, Cole —gruñó Telok.
Muy lentamente, Cole volvió la cabeza hacia él. Sus cejas descendieron.
—¿En serio? ¿De verdad acabas de decir eso? ¿Esas palabras han salido de tu boca?
Lacey se cubrió la boca con una mano para ahogar la risa.
Telok dejó caer las mandíbulas y miró al hombre.
—¿No comprendes? —preguntó Telok.
Cole negó con la cabeza.
—Oh, lo comprendo perfectamente. Dime, colega, ¿qué tal te ha funcionado ese consejo hasta ahora? —preguntó Cole.
Telok entrecerró los ojos y se inclinó hacia delante.
—Estamos hablando de ti. No cambies el objeto —contestó.
—Sujeto —corrigió Cole, retrocediendo cuando Telok gruñó—. Tranquilo, tranquilo. No me mutilarías en un momento como este, ¿verdad?
Lacey apoyó una mano sobre el pecho de Telok y lo empujó suavemente hacia atrás.
—Vale, chicos, calmaos —dijo Lacey. Después miró a Cole—. Sabes, en realidad Telok no se equivoca. Sois dos adultos que consienten, ¿no?
—Sí, pero yo solo… —Los hombros de Cole descendieron—. No quiero que se arrepienta, ¿sabes? No quiero que piense que me estoy aprovechando ni nada parecido.
—¿No es ella la que quiere lanzarse sobre tus huesos? —preguntó Lacey.
Telok inclinó la cabeza. ¿Qué tenía que ver saltar sobre huesos con aparearse?
Cole se rascó el vello de la mejilla.
—Bueno, sí… —dijo Cole.
—Entonces ¿quién se está aprovechando de quién? —preguntó Lacey—. Porque tú pareces ser la única polla humana disponible por aquí.
Cole resopló.