El Cazador (Vrix nº 3) 20. Capítulo Veinte #3
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20. Capítulo Veinte #3

—¿Has notado que los machos vrix se comportan de forma diferente contigo cuando estás ovulando? —preguntó Lacey.

La boca de Sophia se abrió y sus mejillas se oscurecieron.

—Oh, Dios mío —susurró Sophia.

—Sí. Al parecer emitimos alguna feromona o algo parecido que los pone cachondos —dijo Lacey.

—Quiero decir, sabía que reaccionaban así, pero no sabía que realmente pudiéramos… —dijo Sophia, negando con la cabeza—. Vale. ¡Oh, vaya!

Cole rio.

—Sí, a nosotros también nos pilló por sorpresa cuando descubrimos que Ivy estaba embarazada. Quiero decir, muchos estábamos acojonados pensando que iba a poner huevos —bromeó Cole.

—¿Los puso? —preguntó Sophia, horrorizada ante aquella posibilidad.

—No —respondió Lacey—. Dio a luz a una cría vrix. La gestación fue más corta que la humana y su aspecto es principalmente vrix, aunque tiene algunas características humanas. Pero es la prueba de que los vrix y los humanos pueden tener descendencia.

—¿Cómo es posible? —preguntó Tas.

—No lo sabemos con seguridad, pero Diego cree que se debe a las inyecciones que recibimos antes de abandonar la Tierra.

—¿Todas aquellas vacunas para el sistema inmunitario y esas cosas? —preguntó Sophia.

—Se suponía que debían ayudarnos a adaptarnos al nuevo entorno. Pero, bueno… al parecer también permitieron que nuestros cuerpos, nuestros óvulos, se adaptaran al esperma vrix.

—Ahmya y Callie también están embarazadas —dijo Cole.

Entre los danzavientos comenzaron a surgir conversaciones silenciosas pero emocionadas.

—Esperamos poder conocerlos algún día y verlo con nuestros propios ojos —dijo Tas—. Esto… Solo puede ser el destino que humanos y vrix hayan terminado juntos. Debe serlo.

Lacey volvió a encontrarse mirando a Telok. Claro que aquello era el destino.

Habían viajado a través de tantos años luz de espacio vacío para que algo golpeara la nave justo en el momento adecuado, exactamente de la forma necesaria para enviar fragmentos de ella hasta aquel planeta con personas todavía vivas en su interior.

Y después dos de esos fragmentos habían sido descubiertos por una especie inteligente.

Y, como si aquello no fuera suficiente, tres de aquellos supervivientes habían encontrado el amor con esos alienígenas…

Y además podían tener hijos con ellos. ¿Cuáles eran las probabilidades astronómicas de que ocurriera todo aquello?

«Y quizá yo sea la cuarta…»

Telok también la estaba mirando, con la cabeza inclinada y las mandíbulas crispándose sutilmente.

Lacey dudaba de que hubiera oído la conversación, pero sin duda había visto las reacciones de Sophia y de los danzavientos.

—Entonces has mencionado a los demás humanos y sus compañeros —dijo Sophia. Movió un dedo entre Cole y Lacey—. ¿Vosotros dos sois…?

—¡Ni de puta coña! —exclamaron Lacey y Cole al unísono.

Entonces se miraron.

—Sin ánimo de ofender —dijeron a la vez.

Sophia estalló en carcajadas.

—¿En serio? —preguntó Sophia riendo.

Lacey hizo una media sonrisa..

—Sí. Nos mataríamos —dijo ella.

Cole rio y se frotó incómodamente la nuca.

—Yo no iría tan lejos. Lacey y yo solo somos amigos —afirmó Cole. Señaló a Telok con el pulgar—. Pero él sí que me mataría sin ninguna duda.

Los danzavientos volvieron la atención hacia Telok. Telok entrecerró los ojos y enderezó la cabeza, tensando la postura.

—Se supone que no tenéis que mirarlo fijamente —susurró Cole.

De la forma más descarada posible, todos los danzavientos apartaron los ojos de Telok como si ni siquiera hubieran reparado en que estaba allí.

—¿Telok es tu compañero, Lacey? —preguntó Tas.

Las mejillas de Lacey se encendieron cuando todos aquellos ojos regresaron hasta ella.

—Eh… No… exactamente.

Cole rio entre dientes.

—¿Se lo estás diciendo o se lo estás preguntando a él, Lace? —dijo Cole.

—No estamos apareados —contestó Lacey.

—Todavía —apuntó Cole.

—Hay… interés mutuo —contestó Lacey.

—Se follan con la mirada todo el puto día, todos los días —dijo Cole, con un bufido.

Lacey le clavó un dedo en el costado y lo hizo apartarse de un salto.

—¡Cállate! No hacemos eso.

Cole rio. Sophia soltó una risita y sus ojos se posaron sobre él.

—Entonces tú no estás… con nadie —le dijo Sophia.

Todo el humor de Cole desapareció a través de una enorme brecha en su habitual seguridad.

—Yo, eh… No. No estoy con nadie —balbuceó Cole.

Las cejas de Lacey se elevaron cuando la sonrisa de Sophia se volvió seductora.

La mujer se inclinó hacia delante, apoyó las manos sobre la manta y comenzó a gatear lentamente hacia Cole. Él la observó, completamente hipnotizado.

Sophia levantó una mano y apoyó la punta de un dedo bajo su barbilla, manteniendo sus miradas unidas. Los ojos de Cole se abrieron y su nuez ascendió y descendió cuando tragó.

Lacey sonrió ampliamente. Jamás había visto a Cole tan callado. Tan nervioso. Tan jodidamente tímido.

Sophia se acercó hasta que su nariz estuvo a punto de rozar la de Cole y dejó que su voz descendiera hasta convertirse en un susurro sensual.

—Pues resulta que yo tampoco —susurró.

—Oh, joder —dijo Cole con voz ronca.

«Joder. Eso sí que es ir al grano»