El Cazador (Vrix nº 3) 19. Capítulo Diecinueve
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19. Capítulo Diecinueve

CAPÍTULO DIECINUEVE

Aunque el grupo era lo bastante numeroso como para disuadir a la mayoría de los depredadores, Telok no encontró ni un instante de paz mientras él y los demás seguían a los danzavientos a través de la jungla.

Cada sonido. Cada indicio de movimiento.

Cada sutil cambio en la brisa. Todo hacía que sus ojos se movieran de inmediato y que sus corazones golpearan con fuerza.

Más de una vez creyó detectar en el aire un almizcle enfermizamente dulce y escalofriantemente familiar.

El olor de la sangre y la muerte. El olor de un macho dominante kurghest. Pero siempre desaparecía antes de que pudiera determinar si había sido real o si no era más que un espíritu surgido de sus recuerdos para atormentarlo.

Mantuvo a Lacey al alcance de su mano, y los dedos le picaban constantemente por el deseo de recogerla en brazos. Cualquier distancia entre ellos le parecía excesiva. Incluso medio segmento podía marcar la diferencia entre salvarla o perderla para siempre.

Cuando alcanzaron una zona de terreno escarpado que resultó algo complicada para los humanos, no dudó en ayudarla a subir sobre sus cuartos traseros. Y cuando el terreno volvió a nivelarse, ni siquiera se detuvo para dejarla bajar. Lacey tampoco protestó.

Sentirla apretada contra él, abrazándolo, era su única fuente de consuelo. Pero ni siquiera aquello bastaba para tranquilizarlo. Especialmente cuando el sol descendente comenzó a teñir el cielo de naranja.

Los kurghests cazaban bajo el sol dorado. Cazaban bajo las pálidas lunas y las estrellas centelleantes. Bajo cielos despejados y bajo nubes grises. Y después del ocaso, la ventaja pertenecería a las bestias.

Lacey dio unas suaves palmadas sobre el abdomen de Telok y se incorporó un poco para hablarle en voz baja.

—Estás más callado y tenso de lo habitual. Quiero decir, siempre eres callado, pero esto parece… diferente. ¿Estás bien?

—Estoy vigilando.

—¿Vigilando qué?

—Todo.

El roce de su cabello trenzado contra la espalda y la parte superior del hombro de Telok le indicó que Lacey había girado la cabeza para observar los alrededores.

—¿Has visto algo que te tenga tan alerta o ha sido lo de los kurghests?

—Los kurghests.

—¿Los has cazado antes?

Telok apretó con más fuerza el asta de su lanza mientras algo se anudaba en su vientre.

—Yo no cazaba. Yo… era la presa.

—Oh… —dijo Lacey con suavidad. Sus manos se extendieron sobre la piel de Telok y sus brazos lo rodearon con más fuerza mientras apoyaba la barbilla sobre su hombro—. ¿Qué ocu…?

Ante una orden de Tas, Garra Veloz salió disparado hacia delante. El sonido de sus llamadas y del batir de sus alas desapareció rápidamente cuando el ave se perdió de vista.

En algún lugar lejano, otros larkhets respondieron.

—¿Los tuyos tienen muchos larkhets? —preguntó Garahk, que caminaba junto a Tas.

—Sí —respondió el danzavientos—. Son inteligentes y tienen una vista aguda. Aunque incluso a ellos les cuesta localizar kurghests entre la maleza, nos ayudan durante las cacerías y nos advierten de peligros que nosotros quizá no veamos.

—Quizá los míos también deberían criar larkhets.

—Lo que mi compañero no ha mencionado es que, si no atiendes todos los deseos de un larkhet, no te dejará conocer la paz —dijo Shir.

Tanto Garahk como Tas gorjearon.

—No son diferentes de las crías —respondió Tas.

—Nuestras crías jamás han hecho semejantes sonidos. Los chillidos de Garra Veloz pueden atravesarte hasta los huesos.

Tas volvió a gorjear y golpeó suavemente una de sus patas delanteras contra la de Shir.

—Pero forman parte de nuestro Nedrayas, y seríamos menos sin ellos.

Varios larkhets emitieron chirridos desde las ramas sobre sus cabezas.

—No aprecian tus palabras —dijo Ohn.

Tas soltó un trino divertido y señaló hacia delante.

—Hemos llegado.

Los ojos de Telok siguieron el gesto hasta un árbol enorme.

No parecía diferente de cualquier otro de la jungla, con musgo y enredaderas adheridos a la corteza. Sus ramas inferiores eran grandes y estaban cubiertas de hojas, ocultando cualquier cosa que pudiera haber más arriba.

—¿Llegado adónde? —preguntó Cole mientras miraba a su alrededor—. No veo nada.

—Tovuunshai —respondió Tas.

—Tovuunshai… —Lacey desplazó su peso sobre Telok para mirar a Tas—. Significa «lugar de guaridas», ¿verdad?

—Sí. Tovuunshai es allí donde mantenemos nuestras guaridas.

—Entonces, si montáis una guarida temporal en otro sitio, ¿también se llama Tovuunshai? ¿No resulta un poco confuso? —preguntó Cole, frunciendo el ceño.

Tas gorjeó suavemente mientras los guiaba hacia la base del árbol.

—Tovuunshai es donde habita nuestro Nedrayas.

Si los acechasombras abandonan Takarahl, sigue llamándose Takarahl.

Si los cráneo-espinas abandonan Kaldarak, sigue llamándose Kaldarak.

Cuando nuestro Nedrayas abandone este lugar, esto no será más que otro rincón de la jungla donde los árboles crecen altos.

Tovuunshai estará allí donde decidamos establecer nuestras próximas guaridas.

Cuando el grupo alcanzó la espesa maleza espinosa que crecía alrededor de la base del árbol, los larkhets emitieron gorjeos desde arriba.

Ess y Ohn agarraron parte de la vegetación y la apartaron, revelando una abertura.

Telok avanzó. Una escalera apareció ante él.

Era prácticamente invisible para cualquiera que no estuviera situado directamente frente a ella.

Unos pocos pasos hacia atrás bastaban para hacerla desaparecer de nuevo.

Por uno de sus lados estaba protegida por una pared modelada con la misma corteza cubierta de musgo que revestía el árbol.

—¡Hala! —exclamó Lacey.

—¿Verdad? —Cole comenzó a desplazarse de un lado al otro—. Ahora la veo. Ahora no. Ahora la veo, ahora no.

—Idiota —bromeó Lacey.

—Venid —dijo Shir gorjeando, y les indicó que la siguieran.

Tas y Shir comenzaron a subir mientras Ess y Ohn permanecían a un lado sujetando la vegetación. Garahk fue el siguiente y Telok lo siguió, con Cole y los demás cráneo-espinas detrás, haciendo retumbar los tablones bajo sus patas.

Los escalones ascendían rodeando el tronco.

—Bien construida y bien oculta —dijo Garahk con un murmullo apreciativo—. Puede que los modeladores de madera de Kaldarak tengan mucho que aprender de los vuestros.

—Estoy segura de que nosotros también podremos aprender mucho de los vuestros —respondió Shir.

Más atrás, Zesh dijo:

—Perdónanos, Ayali. Estas escaleras no fueron construidas para alguien de tu poderosa estatura.

—¡Es un honor que camines sobre ellas! —añadió Ess apresuradamente, elevando la voz para hacerse oír.

—No honradas. Forzadas —Ayali gorjeó.

Telok miró hacia atrás, pero la curva de las escaleras impedía que viera a nadie salvo Cole y Okkor.

—Yo me siento honrado de estar en tu presencia, cazadora —declaró Zesh.

—No tanto como yo —replicó Ess.

Lacey rio y se apretó contra la espalda de Telok antes de susurrar:

—¿Están flirteando con Ayali?

Las mandíbulas de Telok se crisparon y emitió un murmullo pensativo.

—Ya parecieron mostrar mucho interés en ella en el campamento —dijo.

Telok jamás había oído hablar de apareamientos entre distintas especies de vrix, pero eso no significaba que no existieran.

Él quería a Lacey como compañera. Y todos sus amigos habían tomado compañeras humanas. ¿Por qué iba a ser diferente entre un cráneo-espina y un danzavientos?

A medida que ascendían, Telok comenzó a vislumbrar las partes inferiores de puentes de cuerda y plataformas de madera por encima de ellos, aunque las ramas seguían ocultándolos demasiado como para hacerse una idea clara del lugar.

Al llegar al final de las escaleras, dos danzavientos que montaban guardia detuvieron al grupo. Con Garahk delante, Telok no podía ver el asentamiento más allá.

Los guardias sonaban tan curiosos como cautelosos mientras hablaban en voz baja con Tas y Shir, y parecían reticentes a dejarlos pasar.

—Están aquí como invitados míos —dijo finalmente Shir, con un tono firme pero amable—. Debemos reunir al consejo para que conozca a nuestros invitados y podamos compartir palabras con ellos como voz del Nedrayas.

—Como digas, Shir —respondió con vacilación uno de los guardias.

El grupo avanzó. De pie a ambos lados de la pasarela, los guardias —un macho y una hembra— contemplaron a Garahk con asombro mientras pasaba junto a ellos.

Después centraron la atención en Telok y sus ojos se abrieron.

El miedo apareció en la mirada del macho.

Retrocedió un paso y orientó discretamente la lanza hacia Telok.

Pero entonces sus ojos se posaron sobre Lacey, todavía acomodada en los cuartos traseros de Telok, y su agarre sobre el arma se relajó.

—¿Otra humana? —preguntó con voz ronca.

La guardia hembra negó con la cabeza.

—Hay dos —dijo la hembra.

Telok miró por encima del hombro mientras Lacey retiraba una mano de su abdomen y la levantaba para saludar.

—¡Hola! —dijo alegremente.

Detrás de ellos, Cole sonrió y levantó la barbilla hacia los guardias.

—¿Qué hay?

—¿Qué hay? —repitió el macho, inclinando la cabeza.

Una vez más, la guardia hembra negó con la cabeza y se limitó a observar mientras Cole continuaba avanzando.

La plataforma se abrió hasta convertirse en un espacio más amplio donde el grupo podía reunirse.

Shir tocó la cresta de Tas con la suya.

—Iré por delante, mi luveen, y reuniré a los demás —dijo Shir.

Tas acunó la parte posterior de la cabeza de su compañera y dejó escapar un trino mientras frotaban sus crestas.

—Te veré pronto, mi canción del corazón. Aunque pronto nunca es lo bastante pronto.

Shir emitió un suave ronroneo al apartarse.

Después de incorporarse e inclinar la cabeza ante los demás, se alejó por un puente hacia la derecha.

Lacey descendió de los cuartos traseros de Telok y ambos se reunieron con Garahk junto a la barandilla, dirigiendo la mirada hacia la aldea.

—Se parece muchísimo a Kaldarak —dijo ella.

Telok asintió.