El Cazador (Vrix nº 3) 18. Capítulo Dieciocho #2
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18. Capítulo Dieciocho #2

Telok había pensado que ambos estaban locos. ¿Qué podía existir entre sus especies salvo odio después de la guerra de Zurvashi?

Pero la esperanza de Ketahn y el valor de Garahk habían tejido los primeros hilos de un nuevo vínculo entre Takarahl y Kaldarak, uno que ahora estaba ayudando a prosperar a ambas ciudades.

Y todo cuanto había hecho falta para cambiar el mundo había sido ofrecer confianza.

Solo un poco de confianza. Y años de derramamiento de sangre y rencor habían podido quedar atrás.

Los cráneo-espinas se sentaron detrás de Garahk, formando un semicírculo.

Telok inspiró profundamente y dejó escapar el aire con lentitud antes de soltar a Lacey. Ella levantó la mirada hacia él con una ceja arqueada. Telok avanzó hasta donde se acumulaban las armas, añadió la suya antes de poder reconsiderarlo y regresó rápidamente junto a Lacey.

La suave sonrisa que ella le dedicó provocó un revoloteo en su pecho.

—Piel de Cicatrices, Lacey, Cole, uníos a nosotros —dijo Garahk. Les hizo un gesto con una mano superior mientras con las inferiores daba unas palmadas al suelo a ambos lados de sí mismo—. Quiero que vosotros también compartáis vuestras palabras.

Lacey y Telok se sentaron a la derecha de Garahk, mientras Cole se dejó caer a su izquierda con las rodillas levantadas y los brazos apoyados sobre ellas.

Telok miró a Lacey y entrecerró los ojos.

Había demasiado espacio entre ambos. Deslizó un brazo inferior alrededor de ella, la atrajo contra su costado y la acomodó cerca.

Lacey levantó la mirada y buscó algo en sus ojos durante un instante, pero no dijo nada.

Simplemente apoyó una mano sobre su pata delantera y volvió la atención hacia los danzavientos.

Estos permanecían donde estaban, todavía inseguros. Fue Nes’Kahn Shir quien actuó primero. Caminó con una gracia natural hasta la pared, dejó allí su lanza y se volvió hacia sus compañeros. La tensión de Tas desapareció inmediatamente.

Se reunió con ella, seguido de cerca por los otros tres danzavientos. Todos dejaron sus armas antes de regresar al centro del campamento. Shir y Tas se sentaron uno al lado del otro frente a Garahk y volvieron las palmas hacia el cielo. Los demás danzavientos se acomodaron detrás.

—Te damos las gracias, Garahk ki’Tuun, y ofrecemos paz a cambio —dijo Tas, inclinando la cabeza.

Garahk dejó las manos sobre las patas delanteras.

—Quisiera conocer tu khahal.

—¿Khahal? —preguntó Tas inclinando la cabeza.

—Es como… tu verdad —dijo Cole en su idioma—. La verdad de tus corazones.

—Tu carácter y tu konvicihon —añadió Lacey.

—Ah. Comprendo —Tas asintió y volvió al vrix—. Quieres escuchar mi historia y, a través de ella, conocer mi khahal.

—Así es —respondió Garahk—. ¿Cómo encontraste a vuestra humana? Tengo mucha curiosidad, y Lacey y Cole deben de sentirla ocho veces más.

Wen’Xal Tas bajó la mirada como si buscara las palabras.

—Fue por casualidad —dijo Tas.

—Fue el destino —dijo Shir con suavidad.

—Entonces, el destino —gorjeó él mientras tomaba la mano de su compañera y entrelazaba los dedos con los suyos.

Telok inclinó la cabeza y miró su propia mano. Lacey la había cogido de aquella misma forma, como si los estuviera tejiendo hasta convertirlos en uno. Sus ojos se desviaron hacia la mano de ella, que descansaba sobre su pata delantera, y sus dedos se crisparon con el impulso de tomarla.

—Shir se preparaba para poner nuestra primera prole —continuó Tas— y sufría molestias. Quería aliviar su cuerpo y su espíritu. Así que me interné en la Maraña para recoger ojos del Cazador para el dolor y fruta de vid azul porque es su favorita. Sabía dónde encontrar ambas cosas. Sería rápido.

»Pero mientras buscaba la fruta más grande y dulce para mi compañera, no presté toda la atención que debía.

No oí al unac acechándome. Ni siquiera supe que estaba allí hasta que se abalanzó sobre mí.

Sus garras se hundieron profundamente —dijo, levantando los brazos y señalando unas cicatrices pálidas en sus costados—. Pero conseguí liberarme y huí.

Los cráneo-espinas murmuraron entre ellos con respeto.

Los unac eran bestias grandes y feroces, con largas garras y una mordida poderosa.

Incluso un acechasombras o un cráneo-espina solitario tendría suerte de sobrevivir al ataque de uno.

Que Wen’Xal Tas estuviera vivo para contar aquella historia ya era impresionante.

—Lo oía siguiéndome —continuó Tas—. Oía cómo atravesaba la vegetación, enloquecido por el olor de mi sangre. No sabía adónde iba. Solo sabía que no podía permitir que me alcanzara. Yo era más rápido… pero ¿durante cuánto tiempo?

»Entonces encontré una abertura en una extraña roca cubierta de enredaderas y musgo. Pensé que era una cueva. Quizá dentro hubiera algún lugar donde esconderme o un pasadizo tan estrecho que el unac no pudiera seguirme.

»Por dentro era todavía más extraña, pero no tenía tiempo para estudiar la cueva y no había ningún otro sitio al que ir.

Ningún lugar donde esconderme. Así que preparé mi lanza.

La bestia entró a la carga, haciendo chocar los colmillos y desgarrando con las garras.

Mi lanza mordió su piel una y otra vez, pero las heridas no eran lo bastante profundas para detenerla.

Las mandíbulas de Shir descendieron mientras su compañero relataba la historia, y ella acarició su mano con el pulgar.

Un dolor sordo palpitó en el pecho de Telok. Conocía aquella sensación de miedo e impotencia. Conocía el peso aplastante de lo que podría haber ocurrido.

Lacey pasó suavemente los dedos por su pata.

Telok bajó la mirada y vio que ella seguía concentrada en el danzavientos, aparentemente inconsciente de lo que hacía, como si hubiera percibido los pensamientos inquietos de Telok y su instinto la hubiera impulsado a consolarlo.

Pero aquel simple gesto fue un bálsamo para su espíritu.

Tas levantó las manos frente al rostro, con las garras curvadas.

—Me inmovilizó contra lo que yo creía que era una roca, preparado para desgarrarme la garganta.

Envié una última plegaria a los dioses y les pedí que cuidaran de mi compañera y de nuestras crías.

Y entonces… el unac gruñó de dolor. Las patas traseras le fallaron y se retorció para atacar algo que tenía detrás.

»Alguien lo estaba atacando. Vi una lanza y supuse que otro vrix había acudido en mi ayuda.

No perdí tiempo preguntándome quién podía ser.

Me incorporé y me uní al ataque, lanzándome sobre la bestia.

Nuestras lanzas se hundieron una y otra vez en ella, derramando sangre sobre el suelo de la cueva, hasta que finalmente el unac se desplomó y dejó de moverse.

—Tu shar’thai arde con fuerza —dijo Garahk.

Los cráneo-espinas sentados detrás golpearon sus pechos en señal de acuerdo.

—Un unac no es una bestia fácil de abatir —añadió Ayali—. Luchaste bien.

Tas negó con la cabeza.

—No puedo decir si luché bien. Solo sé que quería vivir.

Una vez muerta la bestia, sentí mucho más mis heridas.

Levanté la cabeza para dar las gracias a quien me había salvado y no pude creer lo que veían mis ocho ojos.

No era un vrix quien me miraba. Era algo diferente a todo cuanto había visto jamás.

—¿Qué era? —preguntó Elharat.

Okkor le dio un codazo en el brazo.

—¿No has escuchado? La humana.

Tas asintió.

—Sí —afirmó. Hizo una breve pausa—. Y tenía la lanza apoyada contra mi garganta.

Garahk gruñó y golpeó sus patas delanteras.

—Los humanos son criaturas pequeñas, pero su shar’thai brilla como el sol. La Reina Bebedora de Sangre murió a manos de una humana —dijo Garahk.

—¿La Bebedora de Sangre? —preguntó Ayn’Drost Zesh, el danzavientos macho de ojos dorados.

Telok cerró las manos en puños.

—Zurvashi. La antigua reina de Takarahl, que hizo la guerra contra Kaldarak —dijo Telok.

—La reina hija de puta —añadió Lacey.

Los danzavientos intercambiaron susurros y jadeos de sorpresa mientras contemplaban a Lacey y Cole con los ojos muy abiertos.

—Una vez la contemplé con mis propios ocho ojos —dijo Tas—. Era tan grande como un yatin y más feroz que cualquier bestia.

Jira’Kai Ess, un macho de piel negra y ojos de un intenso color púrpura, señaló a los dos humanos.

—¿Cuál de vosotros la mató?

Cole soltó una risita y respondió en su idioma:

—Por muy cojonudo que hubiera sido, ninguno de los dos.

—¿La… la otra humana murió para conseguir la victoria? —preguntó Shir en el mismo idioma, con las mandíbulas descendidas.

—No —dijo Lacey—. Está viva y bien, está en Kaldarak, con su compañero y su cría.

—¿Cuántos sois?

—Siete.

Los danzavientos soltaron emocionados trinos.

—¡Tantos! —exclamó Dei’Shel Ohn, la otra hembra.

Tenía ojos rojos, piel gris oscura y pelo blanco.

Zesh asintió.

—Sophia se alegrará de saberlo.

—¿Sophia es el nombre de la humana? —preguntó Lacey.

—Sí —respondió Tas—. Sophia Moreno.

Cole cruzó las piernas y se inclinó hacia delante.

—Entonces aquella cueva era la nave, ¿verdad? ¿Y no había nadie más?

—Solo Sophia. Y sí, era la nave. O… parte de ella. Me lo ha explicado muchas veces, pero todavía no lo comprendo del todo.

—¿Cuánto tiempo llevaba allí? —preguntó Lacey.

—Dos ciclos lunares antes de que yo llegara —respondió Tas, volviendo al vrix—. Y pasaron otros tres antes de que se convirtiera en parte de nuestro Nedrayas.

—Debes contar más —dijo Garahk—. ¿Cómo pasaste de tener su lanza en la garganta a convertirla en una de los vuestros?

—Le hablé. Le di las gracias. Y ella respondió.

No entendía sus palabras, pero sabía que eran palabras.

Cuando intenté incorporarme, retrocedió preparada para luchar.

Pero cuando volví a caer, pareció… preocupada.

Dejé la lanza a un lado, me apoyé contra la roca y vendé mis heridas con seda mientras ella observaba desde lejos.

Estaba demasiado agotado para marcharme, así que cerré los ojos y caí dormido.