18. Capítulo Dieciocho
CAPÍTULO DIECIOCHO
Telok no se había relajado cuando todos se reunieron en el campamento.
Mientras observaba a sus compañeros intercambiar nombres con los desconocidos, la ira y la inquietud se agitaban dentro de él, y los finos pelos de su piel se erizaban bajo la mirada del larkhet de Tas, que lo contemplaba desde lo alto de una de las grandes raíces que formaban una barrera natural alrededor del campamento.
Aunque los recién llegados no habían mostrado ni el menor indicio de malas intenciones, Telok no podía ignorar la verdad.
Aquellos pequeños vrix habían observado y seguido a su grupo al menos desde la noche anterior, cuando Lacey había reparado por primera vez en Garra Veloz.
Y lo habían hecho sin ser detectados. Los compañeros de Telok eran cazadores experimentados, guerreros curtidos, y ninguno de ellos se había dado cuenta de que los estaban vigilando.
Telok no se había dado cuenta.
Y aquella falta de vigilancia había permitido que un desconocido se acercara a Lacey hasta quedar a distancia suficiente para atacar. Telok reforzó el agarre sobre la lanza y apretó a Lacey contra su pecho.
«Podría haberla perdido».
«Podrían habérsela llevado».
«Podrían haberla matado».
Telok se había distraído. Su mente y sus instintos habían estado tan consumidos por la necesidad de reclamar a Lacey que había puesto en peligro tanto a ella como a todos sus compañeros.
¿Y si en lugar de Tas hubiera sido una bestia hambrienta?
¿Y si hubiese sido un vrix todavía leal a Zurvashi, decidido a vengar a su reina caída?
Había fracasado en su deber como cazador. Había fracasado como… compañero.
¿Cuántas señales había pasado por alto? ¿Cuántas amenazas se le habían escapado? ¿Cómo podía confiar en sí mismo para mantenerla a salvo?
En su mente vio sangre. La olió. Oyó el estruendo de una matanza resonando desde un pasado lejano. Algo oscuro y frío le oprimió el pecho, ahogándole la respiración y haciendo que sus corazones vacilaran. Las antiguas cicatrices de su rostro y cuello comenzaron a palpitar.
Por pura casualidad habían evitado el desastre aquella vez, pero Telok conocía demasiado bien las consecuencias de no reconocer un peligro. Le había costado todo…
Y, dioses, aquel día podría haber ocurrido de nuevo.
Lacey le sostuvo un lado del rostro y lo volvió hacia ella, obligándolo a apartar los ojos de los recién llegados.
—No pasa nada, Telok.
«Sí, sí que jodidamente pasa».
La sinceridad era evidente en su voz suave, en su delicado contacto y en aquella mirada compasiva, pero Telok no consiguió encontrar consuelo en sus palabras.
—Nunca esperé ver a cráneo-espinas y acechasombras caminando juntos —dijo Tas, recuperando la atención de Telok.
Garahk se acercó a él.
—Durante mucho, mucho tiempo, no lo hicimos. Pero los hilos enredados del destino unieron a los nuestros. Jamás pensé que esos hilos llegarían a conducirme hasta los vuestros. Solo conocía a los danzavientos por historias tejidas cuando mi madre de cría acababa de salir del cascarón —dijo Garahk.
Danzavientos.
Ahora que había oído pronunciar el nombre, a Telok le parecía evidente.
También él había escuchado historias sobre aquella especie, pero ni siquiera cuando había vivido en la Maraña siendo una cría había llegado a ver a uno.
Aunque Telok sabía que eran adultos, los danzavientos parecían vrix jóvenes comparados con los cráneo-espinas.
La más alta de ellos, una hembra de pelo negro, piel gris oscura y ojos púrpura a la que Tas había presentado como su compañera, Nes’Kahn Shir, apenas superaba a Cole por el ancho de un dedo.
La otra hembra estaba a la misma altura que el humano, y todos los machos medían aproximadamente lo mismo que Lacey.
Mientras los cráneo-espinas tenían cuerpos poderosos, de constitución ancha y con duras púas sobre los hombros y las crestas, los danzavientos eran esbeltos, y su pelaje les proporcionaba un aspecto mucho más suave.
Los dos grupos se estudiaban con abierta curiosidad, aunque la de los danzavientos estaba empañada por cierta cautela.
Todos salvo los dos compañeros machos de Tas.
Aquellos dos contemplaban a Ayali como si estuvieran evaluándola de una forma muy distinta, con los ojos brillando de interés e intriga.
Tas emitió un zumbido triste y miró a los demás danzavientos.
—Nuestro Nedrayas permanece oculto. Somos pocos, y cada año somos menos.
Durante mucho tiempo hemos observado a vuestras especies desde lejos.
Hemos visto a cráneo-espinas, acechasombras y ojos de fuego hacer la guerra.
Hemos visto a jinetes de espíritus cazar vrix para arrastrarlos a la oscuridad —dijo Tas.
Sus brillantes ojos azules se volvieron hacia Telok—.
Vimos a vuestra reina atravesar vrix como una hoja atraviesa la hierba y llenar de sangre la ciénaga.
Y supimos que una guerra así significaría nuestra destrucción, por lo que hicimos lo mismo de siempre.
Permanecer ocultos y observar con todos los ojos.
—¿Y cuando intentaste llevarte a Lacey? —exigió Telok—. ¿Eso era esconderse u observar?
Lacey le dio unas suaves palmaditas en el pecho y habló en voz baja, solo para él.
—Sé amable.
«¿Amable?»
Wen’Xal Tas todavía respiraba. Eso era todo lo amable que Telok podía ser.
Tas inclinó la cabeza y juntó los brazos delanteros.
—Solo intentaba protegerla.
Las mandíbulas de Telok se desplegaron y necesitó hasta el último hilo de su fuerza de voluntad para no moverse.
—Yo soy su protector —rugió Telok.
La atención del danzavientos se desplazó hacia Lacey, haciendo que un calor furioso recorriera la piel de Telok, antes de regresar a él.
—Contemplé vuestra guerra con mis ocho ojos. Vi el salvajismo. La crueldad. Protegería a mi Nedrayas de aquello, y también protegería a los humanos. No pertenecen a este mundo y no merecen enfrentarse a semejante horror.
Cole resopló.
—Supongo que conocéis nuestro idioma, pero no nuestra historia —dijo Cole.
—Espera, espera, espera. ¡Vuelve atrás! —Lacey se revolvió entre los brazos de Telok y empujó contra su pecho hasta que él, a regañadientes, la dejó bajar.
En cuanto sus pies tocaron el suelo, caminó rápidamente hacia los danzavientos.
—¿Tenéis otros humanos con vosotros? ¿Más gente de la Somnium? —preguntó Lacey.
Conteniendo un gruñido, Telok avanzó tras Lacey, le rodeó el cuerpo con un brazo y la atrajo contra su costado.
Ella levantó la mirada hacia él.
—Telok, ¿qué…?
—Te mantengo a salvo —gruñó mientras dirigía los ojos hacia Tas.
Las mandíbulas del danzavientos se crisparon.
—No le haremos daño.
Los corazones de Telok atronaron en su pecho y el fuego se arremolinó en su vientre. Sus instintos insistían en que Tas era un rival. Una amenaza.
Sin embargo, podía oír la sinceridad en la voz del danzavientos y…
Nes’Kahn Shir estaba justo junto a Tas, con una pata delantera enganchada alrededor de una de las suyas, rozándolo distraídamente. Eran compañeros. Tas no estaba intentando quedarse con Lacey. Nadie estaba intentando arrebatársela.
Ketahn, Rekosh y Urkot le habían hablado de aquello. Del enfrentamiento entre la razón y el instinto. De cómo la posesividad podía transformar a los amigos en enemigos.
Cada uno de ellos había tenido aquella batalla interior, y ahora Telok se enfrentaba a su propia lucha contra sí mismo.
Su necesidad de reclamar a Lacey estaba imponiéndose a todo lo demás.
Lo devoraba. Y seguiría haciéndolo hasta que actuara de verdad.
Hasta que su reclamo sobre ella quedara consolidado y su vínculo estuviera sellado.
—Estos humanos son nuestros. Nuestra tribu. Nuestra familia —afirmó Telok.
Telok bajó la mirada y se encontró con los ojos de Lacey.
«Y ella es mía».
—Lo entendemos —dijo Shir—. Nuestra humana también es nuestra familia. Nuestra Nedrayas.
Lacey frunció el ceño.
—¿Humana? ¿Solo… una?
Tas suspiró. Su postura se hundió como si un enorme peso tirara de él hacia abajo, y asintió.
—Mierda —dijo Cole con voz ronca mientras se pasaba los dedos por el pelo—. Supongo que una es mejor que ninguna, ¿no? Y significa que podría haber más supervivientes por ahí. Quizá muchos más.
—Puede —dijo Lacey—. Pero no tenemos forma de saber dónde estarían, suponiendo que quede alguno. Por lo que sabemos, partes de la nave podrían haberse dispersado a lo largo de cientos de kilómetros.
—Buscamos durante meses —dijo Tas—, pero no conseguimos encontrar más restos. Vuestra nave se estrelló hace muchos años. La jungla se tragó sus huesos hace mucho tiempo.
Telok sintió la tristeza y la decepción que emanaban de Lacey.
Suavizó el abrazo alrededor de ella y acarició su trenza con la mano superior, siguiendo su longitud por la espalda.
—Sentémonos como amigos y compartamos palabras —dijo Garahk en vrix. Caminó hasta la entrada del campamento, donde apoyó la lanza contra la pared de ramas y zarzas.
Los demás cráneo-espinas siguieron su ejemplo y dejaron sus armas junto a la de él.
Los danzavientos intercambiaron miradas vacilantes e interrogativas. Telok bajó los ojos hacia su lanza. Hacia el mechón de cabello rojo que colgaba de ella.
Por muchas razones, le desagradaba profundamente la idea de separarse del arma.
Garahk regresó al centro del campamento y se acomodó sobre el suelo, con las patas traseras plegadas contra los cuartos traseros y las delanteras flexionadas ante él. Volvió las palmas hacia el cielo.
—Los míos ofrecen paz a los tuyos dentro de nuestra guarida en la naturaleza, Wen’Xal Tas.
Un recuerdo se agitó en la mente de Telok.
Ciclos lunares atrás, cuando acechasombras y cráneo-espinas no habían conocido nada salvo la guerra entre ellos, Ketahn había llevado a un cráneo-espina solitario hasta el campamento de su tribu.
Garahk había elegido rodearse de quienes habían sido sus enemigos.
De aquellos que habían matado a sus amigos y familiares.
Porque él y Ketahn habían visto una oportunidad para la paz. Para la amistad.