El Cazador (Vrix nº 3) 17. Capítulo Diecisiete #2
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17. Capítulo Diecisiete #2

—A estas flores les gustan las sombras. Crecen cerca del suelo, debajo de otras plantas. Si miras con todos los ojos, verás rojo.

—Entendido —respondió ella, dedicándole una sonrisa.

Las mandíbulas de Telok se elevaron ligeramente antes de que volviera a erguirse.

Con Garahk y Droztar a la cabeza, el grupo siguió avanzando y amplió su formación más de lo habitual para cubrir una zona mayor.

Lacey dudaba de que fuera demasiado útil encontrando aquellas flores, sobre todo teniendo en cuenta que la vista de los vrix parecía muy superior a la de los humanos.

No pasó mucho tiempo antes de que Garahk encontrara una segunda flor, situada en un pequeño grupo junto a varias más.

Los ojos del Cazador aparecían de forma escasa y dispersa, pero fueron volviéndose cada vez más abundantes conforme avanzaban.

Los cráneo-espinas depositaban las flores que recogían en una gran cesta que Ayali transportaba despreocupadamente sobre la palma de una mano.

—¡Oh, creo que veo algunas! —declaró Lacey, señalando una mancha carmesí entre un grupo de hierbas y plantas arbustivas—. Justo ahí.

Se apresuró hacia el lugar, con Telok avanzando inmediatamente detrás de ella.

Ambos se agacharon junto a las plantas y Telok extendió una mano para apartar el resto de la vegetación, revelando lo que debían de ser al menos quince de aquellas pequeñas flores.

—Bien, kir’ani vi’jatai —dijo con aquella voz áspera que resultaba pecaminosamente sexy.

Las palabras parecieron vibrar directamente hasta el sexo de Lacey, y apenas consiguió reprimir un estremecimiento. Apartando sus pensamientos indecentes para concentrarse en la tarea, empezó a arrancar las flores por los tallos.

Cuando Telok y ella terminaron de limpiar aquella zona, regresaron con los demás y añadieron su cosecha a la cesta de Ayali.

Garahk no tardó en ordenar que montaran su guarida en la naturaleza cerca de un árbol de raíz de vid.

Aunque no era ni de lejos tan grande ni alto como muchos de los otros árboles, sus raíces, que se extendían sobre el terreno formando largos tentáculos retorcidos, cubrían una amplia zona a su alrededor.

Utilizando tanto las características naturales del terreno como ramas recogidas rápidamente, los cráneo-espinas construyeron una barrera para proteger el campamento antes de repartir cestas.

Se dividieron en pequeños grupos. Lacey acabó emparejada con Telok —para sorpresa de absolutamente nadie— y Okkor. Cole y Droztar permanecieron cerca del campamento para recoger semillas de raíz de vid mientras los demás salían a recolectar.

Tras caminar unos minutos, el grupo de Lacey encontró un matorral lleno de arbustos, plantas semejantes a helechos y varias clases de flores de pétalos de colores.

Se detuvo para estudiar la vegetación. Con tanto color y tantas hojas, resultaba difícil distinguir los pequeños destellos carmesí ocultos debajo. Pero estaban allí.

—Parece un buen sitio, ¿no? —preguntó.

—Muy bueno —respondió Okkor alegremente antes de apartarse para empezar a buscar.

Telok atrapó el brazo de Lacey antes de que pudiera avanzar.

—Con cuidado.

Ella rio.

—Lo sé.

De todo lo que había presenciado en aquel mundo alienígena, ver a la vid de fuego atacar violentamente a sus amigos posiblemente había sido lo más inquietante. Y no tenía ninguna intención de convertirse en comida para plantas.

Utilizando la lanza para apartar la vegetación y tantear el suelo que tenía delante, Lacey avanzó. La mano de Telok se apartó, pero él permaneció cerca unos instantes, con su vacilación espesando el aire, antes de dirigirse a otra parte del matorral para buscar.

Cada vez que descubría unos ojos del Cazador escondidos, Lacey hacía mentalmente un pequeño baile de celebración mientras se agachaba para recogerlos.

Con el asa de la cesta enganchada en el brazo, continuó avanzando hasta apartar una planta de grandes hojas en forma de abanico y revelar un enorme grupo de flores rojas.

Telok no había exagerado cuando había dicho que a los ojos del Cazador les gustaban las sombras.

—Premio —dijo. Se arrodilló y dejó la cesta y la lanza en el suelo junto a ella.

La vegetación estaba fresca contra sus rodillas, que los pantalones cortos dejaban al descubierto. Lacey se inclinó y comenzó a arrancar las flores y lanzarlas dentro de la cesta.

Sobre su cabeza sonó un batir de alas, seguido de un suave roce y un gorjeo musical.

Lacey se incorporó y volvió la cabeza.

El larkhet estaba ahora posado sobre una raíz retorcida que sobresalía del suelo.

—Bueno, hola otra vez.

El ave avanzó hasta situarse en el extremo de la raíz e inclinó tanto la cabeza que quedó casi boca abajo.

Lacey rio.

—Eres una cosita curiosa, ¿verdad? ¿Es cierto que si te doy comida llamarás a tus amigos?

El larkhet se animó y las plumas de su cresta se levantaron.

Lacey miró hacia Telok.

Estaba a varios metros, de espaldas a ella e inclinado mientras recorría hábilmente la vegetación en busca de flores rojas. Volvió a mirar al pájaro y bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—Si sabes guardar el secreto entre tú y yo, te daré un premio —susurró.

Girándose de rodillas para quedar frente al larkhet, se quitó la bolsa, la colocó delante y empezó a rebuscar en su interior.

Encontró uno de los paquetes envueltos en hojas, lo abrió y sacó una fina tira de carne seca antes de volver a cerrarlo.

Dejó la bolsa a un lado y levantó la cabeza.

El pájaro la observaba con absoluta atención.

—¿Ves esto? —Lacey agitó la tira de carne—. Comida.

La atención del ave se fijó inmediatamente en ella y dejó escapar una sucesión de chirridos emocionados.

Lacey arrancó un pequeño trozo y sonrió.

—No puedes contárselo a los demás, ¿vale? —dijo y lanzó la carne delante del pájaro.

El larkhet saltó de la rama y la atrapó en pleno vuelo con el pico, batiendo las alas mientras aterrizaba con elegancia sobre el suelo. Echó la cabeza hacia atrás para tragársela. Después volvió a mirarla y emitió otro chirrido.

Lacey rio.

—La verdad es que no pareces tener demasiado miedo de acercarte a mí.

Cuando miró de reojo hacia Telok, él ya la estaba observando.

«Mierda, ¿lo habrá visto?»

—¿Qué estás haciendo? —preguntó.

Lacey sonrió con inocencia.

—Nada, solo estamos hablando.

Los ojos de Telok se desviaron hacia el larkhet y se entrecerraron.

—¿Tú estás… bien?

Algo en su tono hizo pensar a Lacey que no estaba preguntando si se había hecho daño.

—Tengo todo en orden y bien guardado en la bolsa.

Las mandíbulas de Telok se crisparon y él inclinó la cabeza.

—Estoy bien —dijo Lacey entre risas—. De verdad.

Telok resopló y mantuvo los ojos sobre ella durante varios latidos antes de volver a concentrarse en su recolección. En cuanto le dio la espalda, Lacey lanzó una sonrisa cómplice al larkhet.

—Ha estado cerca. ¿Quieres más?

El pájaro emitió un gorjeo melodioso mientras movía la cabeza arriba y abajo.

—Como has cumplido tu promesa, puedes quedarte con el resto. Tengo que volver al trabajo. No quiero que los demás piensen que estoy vagueando —dijo, rompiendo la carne seca en trozos más pequeños—. Se suponía que no debía darte de comer, así que no me metas en problemas, ¿vale?

Después de lanzar la carne hacia el larkhet, Lacey volvió a girarse para continuar con la tarea. Pero se detuvo ante lo que vio. Había algo entre los arbustos altos y densos frente a ella, parcialmente oculto por las sombras. Parecían… Gemas.

Gemas azules de ojo de gato, definidas únicamente por los reflejos más tenues de la luz, con dos más grandes en el centro y otras menores que se extendían simétricamente hacia arriba y hacia los lados.

Lacey inclinó la cabeza. Estaba segura de que no habían estado allí antes…

¿Verdad? De lo contrario, ¿cómo no las había visto?

Mientras las contemplaba, se inclinó inconscientemente hacia delante. Eran hipnóticamente hermosas. Parpadearon.

Lacey dio un respingo. Y entonces asimiló por completo lo que tenía delante. Aquellas… Aquellas no eran gemas. Eran ojos.

«¡Ojos!»

Los de Lacey se abrieron de par en par. Los ojos azules se acercaron, revelando el rostro al que pertenecían. Un rostro de piel gris clara y mandíbulas cubiertas de pelo blanco y rematadas en colmillos negros, recogidas contra las mejillas. Era un vrix.

—Joder… —dijo con voz ronca mientras caía de culo al suelo.

Los ojos del vrix también se abrieron y este se llevó rápidamente un dedo a la boca, como indicándole que guardara silencio. Lacey parpadeó y frunció el ceño. Aquello era… Un gesto increíblemente humano.

El vrix miró más allá de ella antes de sacar una mano gris rematada en garras y apartar suavemente parte de la vegetación, dejando al descubierto tres de sus patas y una parte del cuerpo.

Un macho. Pero un macho pequeño, que no parecía mucho más grande que Lacey.

Estaba claro que no era ni un acechasombras ni un cráneo-espinas, y desde luego tampoco coincidía con la descripción que Callie y Urkot habían hecho de los jinetes de espíritus.

Curvó los dedos para indicarle que se acercara y susurró:

—Ven conmigo, humana.

Lacey jadeó.

—¿Sabes mi idioma?

—¡Shh!

Volvió a llevarse el dedo a la boca y miró en dirección a Telok.

—Nos oirán. Debes venir en silencio.

Lacey negó con la cabeza, intentando ordenar el millón de preguntas que acababan de aparecer en su mente. Estaba hablando con un vrix desconocido, a cinco días de viaje de Kaldarak, que se escondía en un arbusto y le estaba diciendo —en su idioma— que se marchara con él.

Todas sus alarmas ante desconocidos estaban sonando a pleno volumen, pero su curiosidad y su sorpresa gritaban con la misma fuerza. El vrix avanzó un poco y extendió una mano hacia ella.

—Te llevaré a un lugar seguro.

Lacey retrocedió.

—No, yo…

El chillido del larkhet desgarró el aire.

El arbusto se agitó cuando el vrix recogió una lanza que había mantenido oculta en el suelo a su lado y la preparó. Los ojos de Lacey se abrieron y ella levantó las manos.

—¡Espera! —gritó.