17. Capítulo Diecisiete
CAPÍTULO DIECISIETE
Por primera vez desde que habían abandonado Kaldarak, el grupo disfrutaba de un respiro del calor. Las nubes cubrían el cielo, impidiendo que el sol castigara la Maraña, y una brisa fuerte y constante hacía que la humedad resultara mucho más soportable.
Por mucho que agradeciera aquel tiempo, Lacey estaba demasiado atrapada en sus propios pensamientos como para disfrutarlo de verdad.
Caminaba detrás de Cole y Koss, que mantenían una conversación animada, pero sus voces parecían lejanas, poco más que un murmullo carente de significado que se mezclaba con los sonidos de la jungla.
«¿Existe algo como el clítoris azul? ¿Clítoris violeta? ¿O sería… un clítoris frustrado?»
Si los hombres podían sufrir de huevos azules, tenía que existir algún equivalente de aquella tortura para las mujeres.
Porque Lacey la estaba sufriendo sin ninguna duda.
Desde que Telok la había bañado y atendido junto al arroyo dos días atrás, vivía permanentemente al límite.
Cada contacto. Cada caricia. Joder, hasta cada mirada de aquel insufrible vrix la excitaba.
Estaba convencida de que lo hacía a propósito.
El único consuelo era saber que ella no era la única afectada.
Por las noches era todavía peor, cuando Telok la atraía contra sí en un abrazo protector, envolviéndola en todo aquel calor y aquella dureza y después simplemente… ¡Simplemente se quedaba ahí tumbado!
No es que Lacey quisiera realmente mantener relaciones sexuales mientras estaban allí fuera.
No tenían ninguna intimidad cuando acampaban y desde luego no quería un público de siete personas contemplándolos.
Pero, Dios, una chica solo podía soportar cierta cantidad de provocación sin llegar al final.
Cada noche antes de dormir, Telok retiraba la seda que le vendaba los muslos y masajeaba aceite de raíz de vid sobre sus cicatrices, repitiendo el proceso cada mañana antes de ponerse en marcha.
Pese al dolor residual, lo único en lo que Lacey conseguía concentrarse mientras él trabajaba su piel eran aquellas enormes manos y aquellos dedos hábiles, ásperos pero reconfortantes.
Y cuando esas manos subían y subían y subían, el deseo de Lacey aumentaba hasta que casi dejaba de importarle que hubiera otros cerca con tal de que Telok le acariciara el clítoris y le proporcionara el alivio que tanto ansiaba.
Sabía que él también podía olerlo. Se tensaba. Sus ojos se encendían. Los pelos de sus patas se erizaban. Y sus cierres se apretaban sobre la abertura.
La excitación que Telok provocaba en Lacey era abrumadora, pero había otra cosa que le hacía sentir todavía con más intensidad.
Era un calor que le impregnaba el pecho.
Un revoloteo en el vientre. Una presión alrededor del corazón.
Era descubrir que sus labios se curvaban por sí solos en una sonrisa con solo pensar en él.
Era aquel pequeño vacío que se abría dentro de ella cada vez que Telok desaparecía de su vista para cazar o explorar.
Lacey no se atrevía a ponerle nombre a aquel sentimiento. No podía. Todavía no.
Un fuerte chillido la arrancó de sus pensamientos.
Levantó la mirada y descubrió un gran pájaro posado sobre una rama baja, observándolos.
Le recordaba a un cruce entre un halcón y uno de aquellos preciosos quetzales, con largas plumas de cola que fluían tras él y un brillante plumaje iridiscente verde, azul y rojo.
Pero, pese a su belleza, estaba claro que era un ave depredadora.
Tenía aproximadamente el tamaño de los aguiluchos que Lacey solía ver alrededor de su casa, con grandes garras y un pico afilado y curvo.
El pájaro había aparecido por primera vez la noche anterior.
Lacey se había dado cuenta de que los observaba mientras ella y sus compañeros montaban el campamento.
Le había llamado especialmente la atención porque desde la tarde anterior apenas habían visto ni oído señales de animales, y ni siquiera Garahk y Telok habían conseguido cazar nada para cenar, obligándolos a recurrir a sus provisiones.
Cuando el grupo se había puesto en marcha aquella mañana, el pájaro los había seguido.
¿Esperaba conseguir restos de comida? ¿O simplemente sentía curiosidad?
Lacey le sonrió.
—Hola, pájaro bonito.
El ave inclinó la cabeza, levantó la cresta de plumas y agitó las largas plumas de la cola mientras un trino melodioso brotaba de su garganta.
Lacey rio.
—Oh, sabes que eres precioso, ¿verdad?
—¿Ahora hablas con los pájaros, Lace? —preguntó Cole por encima del hombro.
—Son una compañía más agradable que tú.
—¡Auch!
Koss emitió un zumbido dubitativo.
—¿Kess ithaa zikarn?
—No, no estoy herido. Salvo en mis sentimientos —Cole se volvió hacia Lacey y fingió secarse una lágrima.
Ella puso una expresión exageradamente triste y se frotó los puños frente a los ojos.
—Oh, buuuaahh… —se burló Lacey.
—Yo puedo causar dolor de verdad —gruñó Telok desde algún lugar detrás de Lacey.
—¡Paso totalmente! —gritó Cole.
Cole volvió rápidamente la cara hacia delante y aceleró para aumentar un poco la distancia entre él y Telok. Koss igualó su ritmo tras un instante de vacilación.
Lacey soltó una risita y miró hacia atrás. Los ojos de Telok se encontraron con los suyos, y la irritación que contenían se transformó en algo más suave. Aunque no menos ardiente. El corazón de Lacey dio una pequeña voltereta.
Al acercarse a la rama donde se encontraba el ave, levantó la mirada. Por lo que sabía de los pájaros terrestres, estaba bastante segura de que era un macho.
El animal caminó con aire despreocupado por la rama sin perderla de vista y después saltó al vacío para planear hasta otro lugar más adelante. Sus alas eran más cortas y redondeadas de lo que Lacey habría esperado, pero volaba con una gracia y un control perfectos.
—Se llama larkhet —dijo Telok al acercarse hasta caminar junto a ella.
—Larkhet —repitió—. ¿Suelen ser… así?
Telok gruñó mientras observaba al pájaro.
—No. Son inteligentes. A menudo observan a los vrix, pero no los siguen.
—¿Comen… carne? —preguntó.
—Sí. También fruta y semillas.
Lacey torció los labios pensativa.
—¿Deberíamos lanzarle algo de comida?
—¡Dak! No, nada de comida —gritó Ayali desde la retaguardia.
Lacey se volvió hacia la enorme cráneo-espinas y siguió caminando de espaldas.
—¿Por qué no? —preguntó.
No se le escapó cómo Telok se acercaba un poco más, con una mano inferior extendiéndose hacia ella como si estuviera preparado para sostenerla si tropezaba.
Garahk, situado entre Lacey y Ayali, gorjeó.
—Tú alimentas, larkhet llama. Vienen más.
Lacey volvió a mirar hacia delante y alzó los ojos hacia el pájaro, que seguía observándolos fijamente.
Su mente imaginó la escena. Decenas de larkhets de colores intensos abalanzándose sobre el grupo de caza como una bandada de gaviotas en la playa después de que alguien cometiera el error de desenvolver un bocadillo.
Solo que los larkhets tenían picos y garras que, en comparación, hacían que una gaviota pareciera tan amenazadora como un peluche.
—Vale, entiendo por qué no queremos atraer a más —dijo. Una media sonrisa apareció en sus labios—. Aunque sería la bandada de pájaros asesinos más bonita de la historia.
—Nada te hará daño —declaró Telok.
Lacey lo miró. Tenía el puño firmemente cerrado alrededor de la lanza, las mandíbulas desplegadas y los ojos convertidos en peligrosas rendijas. No es que quisiera que tuviera que matar una jungla entera de animales por ella… Pero estaba convencida de que lo haría si fuera necesario.
Y saberlo hizo que su estómago se sumara a aquel sentimiento al que se negaba a poner nombre. También avivó las llamas que llevaban días ardiendo en su sexo. El calor de la jungla no era nada comparado con el de sus partes bajas.
«Por favor, que no pueda olerme».
«¡Espera! Por favor, que ellos tampoco puedan olerme».
«Por favor, que no puedan olerme, por favor…»
Con aquel mantra repitiéndose en su cabeza, Lacey continuó caminando.
La noche anterior, Garahk había dicho que se estaban acercando a su destino. Sabía que el final de su viaje estaba próximo. Al menos el final de aquella parte.
Pero cuando Droztar gritó desde delante que había encontrado tavitahl’ani’losa —ojos del Cazador—, su cerebro no comprendió inmediatamente lo que significaba.
¿Habían encontrado por fin aquello que buscaban?
El grupo alcanzó a Droztar, que estaba agachado junto a una zona de vegetación.
Apartó unas hojas más altas para revelar lo que había descubierto.
La pequeña planta tenía un tallo corto y no alcanzaba más que unos centímetros de altura, coronada por un grupo de flores de pétalos puntiagudos de color carmesí.
Droztar arrancó la flor, se incorporó y se la ofreció a Garahk, que la aceptó con delicadeza y se la mostró a los demás. El aroma sutil pero inconfundible de la flor llegó hasta Lacey.
Lo reconoció del té que Diego le había preparado durante su regla infernal.
Lacey se inclinó para observarla más de cerca.
Cada flor poseía un centro amarillo con forma de almendra.
Como los ojos de los vrix. Lacey se movió ligeramente de un lado al otro.
Los ojos parecían seguir cada uno de sus movimientos.
—Qué siniestro. Parece que me estén mirando.
Cole asomó la cabeza por encima de su hombro.
—¿Entonces no te importa que lo haga el pájaro, pero una flor te da mal rollo?
—Tío, teniendo en cuenta que en este planeta hay plantas que literalmente pueden comernos, ¿por qué no iba a darme mal rollo?
—Buen argumento. Tienes toda la puta razón. Pequeños cabrones siniestros...
Garahk cerró delicadamente los dedos alrededor de la pequeña flor. Habló en vrix, proyectando su profunda voz para que todo el grupo pudiera oírlo.
—Estamos cerca. Debemos buscar más y establecer nuestra guarida en la naturaleza donde haya muchos ojos del Cazador.
Telok se inclinó ligeramente para acercar la cabeza al oído de Lacey.