El Cazador (Vrix nº 3) 16. Capítulo Dieciséis #2
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16. Capítulo Dieciséis #2

Recogió el cabello con las manos superiores y exprimió el exceso de agua, respirando lenta y profundamente.

«Todavía no es momento de aparearse. Esta cacería debe continuar».

Cuando volvió a mirar a Lacey, estaba sentada sobre la roca, con los codos apoyados en las rodillas y la barbilla entre las manos, observándolo. Su cabello rojo caía suelto alrededor de los hombros, invitándolo a pasar los dedos entre…

«¡Malditos sean mis ojos, no!»

¿De verdad había esperado que unos pocos latidos de concentración fueran a facilitarle las cosas?

Cada vez que la miraba, la tentación erosionaba su voluntad de resistirse.

Pronto no quedaría de ella más que polvo, que saldría volando la primera vez que el viento llevara el aroma de Lacey hasta sus orificios nasales.

Pero tenía que resistir. Sus instintos tendrían que esperar.

Le había dicho a Lacey que cuidaría de ella, y aún quedaba una cosa más que debía hacer por su compañera antes de reunirse con los demás y continuar el viaje.

Telok avanzó hacia ella. Los ojos de Lacey no se apartaron de él mientras sacaba de la bolsa el tarro de aceite de raíz de vid y se acomodaba frente a ella, plegando las patas a ambos lados de su cuerpo.

—Déjame ver —dijo.

Lacey se incorporó, dejó caer las manos sobre el regazo y frunció el ceño.

—¿Eh? —preguntó ella.

Con las manos superiores, Telok retiró la tela que le cubría las rodillas y los muslos.

—Tus cicatrices.

—Ah…

Lacey metió el labio inferior entre los dientes y lo mordisqueó. Sus mejillas adquirieron aquel delicioso tono rosado mientras separaba los muslos apenas un palmo.

Telok cerró las manos alrededor de sus rodillas y guio sus piernas para que se abrieran más.

Ella jadeó y metió una mano entre los muslos, empujando la tela hacia abajo para cubrirse su abertura.

—¡Telok!

Él gruñó.

Soltó sus piernas, le atrapó las muñecas con las manos superiores y se inclinó sobre ella, obligándola a llevar los brazos hacia atrás hasta que sus palmas quedaron apoyadas sobre la piedra.

—Manos aquí.

—Pero…

Telok la silenció con un siseo afilado.

—Manos. Aquí. Dejarás que te atienda y no te moverás a menos que yo lo diga.

Lacey lo observó con los ojos muy abiertos.

—Oh, joder…

—Di que comprendes mis palabras —ordenó.

—Las comprendo.

Telok no pasó por alto cómo los círculos negros de sus ojos se habían expandido hasta casi engullir el verde. Ni cómo se había acelerado su respiración. Ni el ascenso y descenso de sus pechos, ocultos de su vista únicamente por una fina tela. Telok se echó hacia atrás y le soltó los brazos.

Lacey los mantuvo exactamente donde los había colocado mientras él atrapaba la tela entre las garras y la doblaba hacia atrás hasta dejarla alrededor de su pelvis, exponiendo de nuevo su sexo.

—Oh, Dios mío, Telok —susurró ella.

Los dedos de sus pies se curvaron contra el musgo mientras sus rodillas intentaban juntarse.

—No te muevas.

Telok obligó a su atención a permanecer sobre sus propias manos y se dijo que la abertura de Lacey no estaba allí mismo. Que no estaba abierta ante él como los pétalos de una flor cubierta por el rocío de la mañana. Que el aroma de su excitación no se estaba intensificando otra vez.

Abrió el tarro. El aroma fuerte y familiar del aceite de raíz de vid diluyó la fragancia de Lacey, aunque no consiguió dominarla.

Telok levantó su pierna derecha, la estiró y la apoyó sobre su pata delantera flexionada. El ángulo orientó la cicatriz más directamente hacia él. No permitió que sus ojos siguieran el recorrido de aquella cicatriz. Sabía demasiado bien hacia dónde conducía.

Inclinó el tarro y dejó caer un poco de aceite de raíz de vid sobre su muslo, permitiendo que resbalara sobre la cicatriz. Sus manos superiores se cerraron alrededor del interior de su muslo.

Los músculos de Lacey se tensaron y Telok levantó la mirada hacia ella en advertencia.

—No me estoy moviendo —dijo entrecortadamente.

—Bien, vi’jatai. Esto dolerá, pero el dolor pasará. Lo prometo.

Con toda la delicadeza de la que era capaz, masajeó con los pulgares el aceite sobre la cicatriz y la piel circundante.

Lacey dejó escapar un pequeño gemido de dolor y Telok volvió a sentir cómo se tensaban sus músculos, pero ella no se apartó de su contacto mientras él avanzaba lentamente hacia arriba.

Cuanto más ascendían sus manos, más fuerte se hacía la respiración de Lacey, hasta que dejó caer la cabeza hacia atrás con un gemido tenso.

Aquel sonido estrujó los corazones de Telok. Y, sin embargo… No sabía si había surgido únicamente del dolor. Era evidente que su contacto le hacía daño, pero el aroma de su deseo no había disminuido. ¿Era posible que estuviera disfrutando de aquello pese a las molestias?

Cuando alcanzó el punto en que la cicatriz cambiaba de dirección, cerca de donde el muslo se unía a la pelvis, se detuvo. Sintió la atracción de un vínculo invisible, reforzada por el insistente reclamo de su aroma, y su mirada descendió hasta la abertura de Lacey.

Telok apretó los dientes. Sus manos se crisparon y un estremecimiento recorrió su cuerpo cuando el fuego de su interior volvió a rugir. Estaba tan cerca. Solo un poco más arriba. El más mínimo movimiento de un dedo. Y estaría tocando su sexo. Sintiendo su calor. Su humedad. Sintiendo a Lacey.

—¿Telok?

La voz de ella arrastró su atención de nuevo hasta su rostro.

Había levantado la cabeza para mirarlo, con los labios entreabiertos y los ojos ardiendo de deseo. Llamándolo.

«Aquí no. No tomaré a mi compañera aquí».

Pero, joder, quería saber qué se sentiría al tener la abertura de Lacey rodeando su miembro. Quería saber cómo se sentiría ella por dentro.

«Concéntrate. Debo concentrarme».

Telok obligó a su pulgar a moverse y extendió el aceite sobre la última parte de la cicatriz.

Sus corazones martilleaban mientras retiraba las manos, se echaba hacia atrás y cambiaba la posición de sus piernas.

Un temblor apenas perceptible recorrió su mano cuando dejó caer aceite sobre el muslo izquierdo.

Mantuvo los ojos fijos en la cicatriz mientras masajeaba la pierna, sintiendo en todo momento el peso y el calor de la mirada de Lacey sobre él.

Todo el cuerpo de Telok estaba tenso cuando terminó.

Sus movimientos eran rígidos mientras cerraba el tarro, lo devolvía a la bolsa y sacaba el rollo de tela que utilizaba para vendajes.

Con movimientos rápidos y, por fortuna, precisos, envolvió los muslos de Lacey y remetió cuidadosamente los extremos de la tela para mantenerla en su sitio.

Telok se inclinó sobre ella y le atrapó la mandíbula. Era dolorosamente consciente de sus muslos abiertos a ambos lados de su cuerpo. Separados de su piel únicamente por las vendas. Dolorosamente consciente del calor que palpitaba desde el sexo de Lacey. Del temblor de su respiración.

«No debería…»

Con un ronroneo grave, Telok bajó la cabeza y presionó la boca contra aquellos labios tan, tan suaves. Movió la boca sobre la suya, deseando dejar su marca en ella, aunque solo fuera de aquella pequeña forma. Un hormigueo se extendió por su rostro y fuego líquido se acumuló en su vientre.

Lacey se estremeció y dejó escapar una exhalación temblorosa. Telok absorbió su aliento. De algún modo consiguió romper el beso.

Cuando los párpados de Lacey aletearon al abrirse y sus ojos se encontraron con los suyos, Telok acarició su mandíbula.

—Buena hembra.

Antes de que pudiera volver a ceder a sus instintos y hacer algo todavía más insensato, se apartó de ella y se incorporó.

—Debemos reunirnos con los demás. Vístete.