16. Capítulo Dieciséis
CAPÍTULO DIECISÉIS
Cada hilo del ser de Telok estaba tenso, tirando en todas direcciones con tanta fuerza que resultaba sorprendente que aún siguiera entero. La abrasadora furia que hervía en sus venas solo permanecía contenida por el frío y pesado nudo de sus entrañas y por el peso de su impotencia y angustia.
Odiaba ver sufrir a Lacey. Odiaba haber provocado parte de aquel dolor. Y odiaba que ella hubiera sufrido tanto. No podía protegerla de lo que ya le habían hecho, no podía vengarla, no podía derrotar a los fantasmas que la habían seguido a través de las estrellas.
El labio inferior de Lacey tembló mientras sus ojos volvían a llenarse de lágrimas.
—Después de curarme, seguía sintiéndome igual de fea, solo que de una forma distinta.
Las entrañas de Telok se tensaron aún más.
—Lacey…
—Lo sé. Sé que no lo era. Que no lo soy —se secó los ojos con la base de la mano—. Pero es muy difícil librarse de esa forma de pensar. Es difícil curarse de algo así. Todavía no lo he conseguido del todo, pero cada día intento mirarme y quererme.
—Oh, Lacey… —murmuró Telok, rodeando su nuca con una mano y bajando la cabeza para acariciar con el rostro su cabello húmedo, respirando aquella embriagadora mezcla de su aroma natural y la fragancia del jabón.
Después se incorporó, manteniendo la mano sobre su cuello, y sostuvo su mirada húmeda—.
Ojalá pudieras ver lo que yo veo —Telok cubrió con una mano inferior la cicatriz de su vientre—.
Te miro y veo belleza. Veo fuerza. Veo un espíritu más brillante y ardiente que tu cabello —Deslizó suavemente los dedos sobre la cicatriz—.
Estas marcas han contribuido a darte forma, pero no son tú.
Son batallas que libraste. Batallas que sobreviviste.
Sigues aquí después de cada herida, de cada dolor, de cada lucha. Porque eres fuerte.
Lacey le dedicó una pequeña sonrisa mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.
—Ahnset me dijo algo parecido una vez, y sus palabras me ayudaron mucho.
—Ahnset es reina, así que debes escucharla.
—¿Entonces a ti no tengo que escucharte?
Telok inclinó la cabeza.
—¿Cuándo me has escuchado alguna vez?
Lacey rio.
Aquel sonido dulce y suave fluyó directamente hasta los corazones de Telok, aliviando la presión de su pecho.
Le limpió las lágrimas con el dorso de un dedo mientras acariciaba con el pulgar la cicatriz de su vientre.
—Desearía que no tuvieras estas cicatrices. No porque tú digas que son feas, sino porque eso te habría evitado mucho sufrimiento.
El labio inferior de Lacey tembló mientras fruncía el ceño.
—Telok…
Él sumergió la pastilla de jabón en el agua para volver a humedecerla y la llevó hasta el cuello de Lacey.
—Siempre te he visto. Desde el primer momento, te he visto. No tus cicatrices, Lacey. A ti.
Su mano descendió lentamente mientras la lavaba, y los labios de Lacey se separaron. Ella levantó la barbilla para facilitarle el acceso.
—Esta piel suave —dijo mientras deslizaba el jabón por su delicada clavícula y recorría con el pulgar la depresión de su centro.
El calor comenzó a acumularse en lo más profundo de Telok y se extendió hacia su miembro.
—Estos suaves montículos.
Deslizó el jabón hacia abajo y trazó un círculo alrededor de uno de sus pechos, deleitándose con lo blando que era.
Con su peso.
La respiración de Lacey se aceleró y sus dedos se cerraron alrededor de la pata de Telok conforme él se acercaba a la redonda carne rosada de la punta de su pecho.
Un solo roce del jabón hizo que su pezón se endureciera.
Telok gruñó.
—Por los Ocho, la forma en que tu cuerpo humano responde a mí… —Giró la mano y acarició aquel pequeño brote endurecido con un nudillo.
Lacey inspiró bruscamente y arqueó la espalda, inclinándose hacia su contacto mientras sus párpados descendían pesadamente.
—Telok…
Un tinte carmesí apareció en los bordes de la visión de Telok.
Su miembro palpitó, exigiendo escapar de su confinamiento, presionando hacia delante y retenido únicamente por sus cierres apretados.
La necesidad resonó a través de él, hasta los huesos.
Como si las reacciones del cuerpo de Lacey y la sensación de tenerla entre sus manos no fueran suficientes, el aroma de su deseo nubló la mente de Telok.
Le inundó los orificios nasales. Llenó sus pulmones.
Se adhirió a los finos pelos de su piel.
Y era especialmente intenso allí donde la abertura de Lacey estaba presionada contra su pata.
Aquella carne tentadora estaba caliente y húmeda, cubriendo la piel que tenía debajo con su esencia.
Estaba allí mismo. Deseándolo. Cediendo ante él. Una ofrenda esperando ser tomada…
Telok deslizó el jabón por su estómago y sobre la cicatriz, haciendo temblar el vientre de Lacey.
—Estas son hermosas porque forman parte de ti.
Sus ojos siguieron el movimiento de la mano mientras descendía hacia el origen de aquel calor y aquel aroma enloquecedor.
Observó sus dedos rozar el vello situado sobre su sexo.
Telok gruñó y sus cierres relajaron ligeramente la presión sobre su abertura.
—Igual que estos rizos rojos que cubren tu co…
—¿Seguís vivos por ahí? —gritó Cole.
Lacey jadeó y agarró la muñeca de Telok, deteniendo su mano. Lo miró con los ojos muy abiertos y sobresaltados, y las mejillas al rojo vivo.
Telok gruñó.
«Voy a matar a Cole».
Lacey soltó una risa nerviosa.
—Yo… eh… puedo seguir sola desde aquí.
Le arrebató el jabón y bajó rápidamente de su pata. Su piel resbaladiza escapó con facilidad del agarre de Telok. Cayó al agua con un chapoteo y se tambaleó ligeramente antes de recuperar el equilibrio.
—Oh, Dios mío, no puedo creer que haya pasado eso —murmuró con voz ronca, casi demasiado baja para que Telok la oyera por encima del sonido del arroyo, mientras se alejaba de él.
Telok permaneció inmóvil. Una tormenta rugía en su interior, con vientos aullantes, lluvia azotando y truenos atronadores mientras el deseo y el instinto chocaban contra la sorpresa y la razón. Había estado tan cerca de tomarla.
¿Cómo había permitido que ocurriera? ¿Cómo había perdido el control tan repentinamente?
—Eh, ¿chicos? —la voz de Cole llegó hasta Telok—. ¿Todo bien? Estoy a punto de ir hasta…
—¡Ni se te ocurra, joder! —gritó Lacey.
Telok cerró los puños y apretó los cierres sobre su abertura hasta que le dolió.
Si Cole aparecía allí… Si veía a Lacey así… Telok le arrancaría los putos ojos con las garras.
«Ella es mía».
—Joder, vale —respondió Cole—. ¡Si oigo algún grito, asumiré que te están follando a lo bestia!
Cada golpe de los corazones de Telok renovaba el dolor de su miembro, y las pulsaciones de aquella agonía, de aquella necesidad torturadora, reverberaban a través de cada hilo de su ser.
A varios segmentos de distancia, Lacey se detuvo de espaldas a él.
Murmurando entre dientes, hundió el cuerpo en el agua hasta quedar sumergida hasta el cuello. La neblina roja que cubría la visión de Telok retrocedió. Su mente se despejó con ella.
Estaban en un arroyo en mitad de la jungla, a días de distancia de Kaldarak, fuera de la vista de su grupo…
Pero no fuera de su oído. Había estado a unos instantes de caer en un frenesí de apareamiento que los habría dejado a ambos vulnerables e inconscientes de todo cuanto los rodeaba.
Si alguno de sus compañeros se hubiera acercado mientras Telok estaba sumido en aquel frenesí, no habría visto a un amigo.
Habría visto a un rival. A un enemigo al que destruir.
Aquel no era el lugar donde reclamar a su Lacey. Y tampoco era así como pretendía convertirla en su compañera. Por irritante que hubiera sido, la interrupción había resultado afortunada.
Quizá no le hiciera daño a Cole después de todo… Siempre y cuando el humano mantuviera las manos y los ojos lejos de la compañera de Telok.
Telok caminó hasta la orilla, sacó unas hojas de limpieza de su bolsa y regresó a la zona más profunda.
Mientras aplastaba los tallos entre los dedos, Lacey avanzó hacia la orilla.
Los ojos de Telok se clavaron inmediatamente en su redondeado trasero, observándolo balancearse mientras ella salía del agua y caminaba sobre las rocas.
Cuando se inclinó para abrir la bolsa, Telok alcanzó a ver su abertura rosada entre las piernas.
Su puño aplastó las hojas de limpieza restantes mientras la niebla roja volvía a extenderse por su mente.
Sus patas se tensaron, preparadas para impulsarlo hacia ella en una oleada de necesidad, y su miembro volvió a presionar desde el interior de su abertura.
Sus traicioneros cierres se relajaron por apenas la anchura de un hilo, amenazando con permitir que su polla saliera.
«Modelador, deshazme».
Lacey sacó una manta doblada, la sacudió para extenderla y se envolvió con ella.
Eso fue suficiente para que Telok consiguiera apartar la mirada.
Dándole la espalda, comenzó a frotarse con las hojas de limpieza, agradeciendo la abrasión de los fragmentos más ásperos que no había machacado lo suficiente. Era algo en lo que concentrarse que no fuera Lacey. Algo que lo mantuviera anclado.
Las partes blandas del interior de las hojas comenzaron a burbujear al entrar en contacto con el agua y su piel, eliminando la suciedad acumulada durante el largo viaje. Pero no podían eliminar sus deseos.
Telok deshizo el nudo de su cabello y se sumergió por completo.
Mientras el arroyo fluía a su alrededor y dominaba sus sentidos, pasó las garras entre el pelo.
Ojalá el agua estuviera lo bastante fría como para apagar las llamas de su interior.
Expulsó aire por los orificios nasales antes de emerger.
Al salir del agua, echó bruscamente la cabeza hacia atrás y lanzó el cabello tras él.
Su deseo no importaba ahora. Lacey y él estaban en la Maraña, rodeados de peligros, y todavía les quedaba mucho camino antes del ocaso.
Ya habían pasado demasiado tiempo alejados de sus compañeros.
Telok había ignorado sus deberes durante demasiado tiempo.