El Cazador (Vrix nº 3) 15. Capítulo Quince
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15. Capítulo Quince

CAPÍTULO QUINCE

—Vale. Baño y hora del cuento —dijo Lacey, sonrojándose.

«Menuda historia para contar sabiendo que va a tener las manos por todo mi cuerpo».

Telok la levantó con incluso más facilidad de lo habitual y se dejó caer hasta quedar sentado, alzando una pata delantera flexionada frente a él.

Cuando la acomodó sobre ella y rodeó a Lacey con el brazo inferior izquierdo, su sexo entró en contacto con la piel de Telok y ella dejó escapar un pequeño sonido de sorpresa.

Telok se quedó inmóvil. Lacey sintió cómo se erizaban los pelos de su pata alrededor de su culo y sus muslos. Sabía perfectamente por qué.

Se cubrió el rostro con las manos.

—Telok… —gimió de vergüenza.

Él se estremeció y flexionó los dedos alrededor de sus caderas, pinchándola ligeramente con las garras.

—Tu historia, vi’jatai. Ahora.

Su historia. Cierto. Sería una buena distracción para ambos.

Lacey bajó lentamente las manos hasta el regazo y volvió a mirar corriente abajo. Aunque podía oír parte de las conversaciones de Cole y los cráneo-espinas, no conseguía distinguir las palabras y seguían fuera de su vista.

Telok y ella estaban solos.

Aquello no consiguió disminuir su inseguridad. Estaba en mitad de la jungla, desnuda y completamente expuesta, a punto de abrirse y desnudar su alma con la misma profundidad con la que Telok había desnudado su cuerpo.

Lacey lo miró. Él la observaba con una intensidad silenciosa.

—Yo… nunca he hablado con nadie de nada de esto.

Telok colocó un dedo bajo su barbilla y le levantó el rostro.

—Cuéntamelo todo.

—Vale —susurró ella—. Vale.

Después de pasar la pastilla de jabón a una mano superior, Telok apartó el cabello de Lacey hacia un lado y lo dejó caer frente a su hombro.

Comenzó a frotar el jabón por su espalda y hombros con movimientos lentos y relajantes.

—Ya te he dicho que antes era más grande —empezó Lacey—.

Mi peso fue algo contra lo que luché toda mi vida, desde que era niña.

Tuve unos padres de mierda. Una madre que no me quería y un padre que me utilizaba como saco de boxeo verbal.

Mi madre se marchó cuando yo tenía siete años, y mi padre era alcohólico y jugador.

Casi siempre estaba sola, así que tenía que cuidar de mí misma y comía lo que hubiera por casa, que normalmente era comida basura porque él nunca cocinaba.

La comida… acabó convirtiéndose en una fuente de consuelo.

Una vía de escape, un subidón, aunque solo fuera durante unos minutos.

Y ese hábito se quedó conmigo durante años.

Aquellos movimientos tranquilizadores descendieron por su columna.

—Y eso hizo que acabara gorda —continuó, bajando la mirada hacia sus muslos.

Pasó un dedo junto a una de las cicatrices inflamadas—.

Intentaba estar fuera de casa todo lo posible cuando papá estaba allí.

Odiaba que me gritara, que me culpara de todos sus problemas, que me llamara cosas como cerdita o gorda de mierda.

Pero no tenía ningún otro sitio al que ir. Ni nadie a quien recurrir.

—Estabas sola —dijo Telok con suavidad, pese a la aspereza de su voz.

—Sí. No tenía amigos íntimos y vivíamos en una caravana en un pueblo pequeño, así que todo el mundo sabía lo de mis padres. Lo de mi padre.

Telok le sujetó la muñeca izquierda, levantó su brazo y llevó el jabón hasta el hombro, frotando suavemente hacia abajo. Cuando alcanzó la cicatriz del interior de su bíceps, se detuvo para acariciarla delicadamente con el pulgar antes de continuar por el brazo.

Lacey observó sus cuidados. Aquellas manos tan grandes y letales, armadas con garras perversamente afiladas, eran increíblemente tiernas con ella.

—Estaba decidida a terminar mis estudios —continuó mientras Telok le separaba los dedos y limpiaba entre ellos—.

Quería hacer algo con mi vida. Así que estudié mucho, me gradué y salí de aquella caravana, me alejé de mi padre, tan rápido como pude.

Durante un tiempo viví en mi coche destartalado y trabajé todo lo posible hasta que conseguí ahorrar lo suficiente para dar la entrada de una casa diminuta y montar un pequeño negocio desde casa.

—¿Qué es negoocioh? —preguntó Telok mientras cogía la otra mano de Lacey y comenzaba a pasarle el jabón por el brazo.

—Perdona, probablemente no entiendas ni la mitad de estas palabras. Un negocio es lo que hacía para trabajar, como tú eres cazador y Rekosh es tejedor. Mi negocio consistía en fabricar jabones, lociones y cosas así. Como las cosas que hago ahora.

—Ah —dijo Telok, y le apretó suavemente el antebrazo de forma reconfortante—. No conozco todas tus palabras, pero entiendo tu historia. Preguntaré cuando necesite saber más.

Lacey asintió y sonrió mientras lo veía entrelazar los dedos con los suyos y utilizar una garra para limpiar meticulosamente debajo de sus uñas.

Telok levantó la mirada hacia ella.

—No habías terminado. Habla.

—Estás bastante interesado, ¿eh?

—No conozco esa palabra, pero quiero tu historia.

Lacey rio suavemente. Aunque odiaba hablar del pasado y desenterrar aquellas viejas heridas, era… agradable poder compartirlo por fin con alguien. Jamás habría imaginado que ese alguien sería Telok. Y mucho menos mientras él ponía semejante cuidado en bañarla.

—Me iba bastante bien y estaba contenta con lo que había conseguido.

Me encantaban las cosas que creaba y el trabajo que hacía.

Pero… no sé —Frunció el ceño y miró hacia la jungla, apenas consciente de que Telok había dejado su mano y recogía agua entre las palmas para enjuagar el jabón—.

Un día me descubrí hablando con las cabras como si fueran mis mejores amigas y de repente me di cuenta de lo jodidamente sola y aislada que estaba.

Y me quedé allí sentada, rodeada de mierda de cabra, y me puse a llorar.

Es como si, por mucho que intentes escapar del pasado, de ti misma, siempre estuviera ahí acechando, esperando a que estés en tu momento más vulnerable para atacar.

»Pensé en cuánto me había odiado mi propia madre para abandonarme, en cómo mi padre prefería beber hasta perder el conocimiento y solo me prestaba atención cuando quería decirme alguna crueldad para hacerme sentir como una mierda. Su propia hija. Su propia sangre.

»Sus palabras se me metieron en el cerebro como un parásito. Cada vez que me miraba al espejo, cada vez que me veía, solo podía pensar en todas las cosas horribles que me había dicho y en lo poco querida e indeseada que me sentía. Y eso hizo que me odiara a mí misma. Solo era capaz de ver lo feo.

Lacey bajó la mirada hacia el agua que fluía a su alrededor, pero lo único que veía era el fantasma del rostro de su padre, con las mejillas enrojecidas y aquellos ojos vidriosos y llenos de odio clavados en ella.

Incluso por encima del sonido del arroyo podía escuchar el eco de sus gritos.

Podía oír todas aquellas palabras hirientes a través de aquella inmensa distancia de tiempo y espacio.

—Por eso me dolió tanto cuando cambiaste conmigo —dijo, con la voz cargada de emoción mientras las lágrimas se acumulaban en sus ojos—. Cuando… cuando pensé que me odiabas. Sentí que me abandonaban otra vez.

Telok repitió aquel zumbido, esta vez todavía más angustiado y triste. Colocó una mano sobre su mejilla, giró el rostro de Lacey hacia él y se inclinó hasta apoyar la cresta contra su frente.

—No te odiaba. Nunca podría odiarte. Sentía… mucho por ti. Siento mucho. Y… —Gruñó bajo y frustrado—. Kir ven’dak ithaa ikarex saal ikar arvok kir shendar. Kir ven’dak unir arvok saal najar othan —dijo con voz ronca.

«No tengo las palabras para decir lo que siento. No sé cómo llamarlo».

La profundidad de la emoción en su voz le dijo mucho más que todas aquellas palabras que no poseía.

Telok levantó la cabeza, sostuvo su mirada y pasó cuidadosamente las garras entre el cabello mojado de Lacey.

—No dejaré que estés sola.

Lacey sonrió entre lágrimas y tocó suavemente su mandíbula bajo las mandíbulas.

—¿Lo prometes?

—Kir rayathi kir’ani ikarex elush ul sythal.

«Tejo mis palabras en un vínculo».

Sin dejar de sostenerla con seguridad, Telok se echó ligeramente hacia atrás, recogió agua con una mano y la derramó sobre la espalda y los hombros de Lacey para retirar los últimos restos de jabón.

—No más lágrimas, Lacey —dijo Telok. Su mano descendió por su espalda y sus brazos en una caricia tranquilizadora—. Estás aquí ahora. Conmigo.

Lo estaba. Dios, lo estaba de verdad. Sentada desnuda sobre su pata mientras sus manos recorrían su cuerpo.

Durante los últimos meses jamás habría podido imaginar algo semejante, y aún no estaba del todo segura de cómo estaba ocurriendo aquello, ni por qué tantas cosas habían cambiado entre ambos tan deprisa.

La mano inferior derecha de Telok se cerró alrededor de la parte superior de su muslo y a Lacey se le cortó la respiración. Bajó la mirada hacia ella. Hacia aquellos dedos oscuros y rematados en garras que ahora estaban tan cerca de su sexo.

El pulgar de Telok acarició su piel, enviando corrientes de hormigueo a través de ella que terminaron concentrándose en su interior. Telok bajó el jabón hasta su pierna y comenzó a lavarla, con movimientos todavía más suaves y relajantes que antes.

Pero aquella mano inferior permaneció donde estaba. Su pulgar ascendió lentamente y trazó la piel justo por debajo del punto cercano a la pelvis donde la cicatriz rodeaba la parte delantera de la pierna.

—Tus cicatrices. Aún estabas contando la historia.

Lacey tragó con dificultad. Era jodidamente difícil pensar con él tocándola de aquella manera. No creía que fuese sexual, pero desde luego era sensual. Íntimo.

Aferró las manos a ambos lados de su cuerpo.

—Fue… fue más o menos por entonces, cuando estaba en mi peor momento, cuando oí hablar de la Iniciativa Mundo-Hogar. Lo vi como una oportunidad para escapar. Para empezar de nuevo.

»Pero cuando presenté la solicitud por primera vez, no cumplía los requisitos.

Estaba demasiado gorda y los análisis de sangre mostraron que era prediabética y que tenía la tensión y el colesterol altos, lo que suponía la descalificación inmediata.

Pero cuando la reclutadora vio mi frustración y mi decepción, se compadeció de mí y me dijo que podía volver a presentarme.

Me explicó que, si conseguía hacer los cambios necesarios, eso me convertiría en una candidata más atractiva porque demostraría mi determinación.

»Y eso significaba perder peso. Rápido. Porque quedaba poco más de un año para que terminara el plazo de solicitudes.

Cuando Telok pasó cuidadosamente el jabón alrededor de la cicatriz del interior de su muslo derecho, Lacey se estremeció de dolor y separó más las piernas mientras se aferraba a la pata de Telok para apoyarse.

Él se quedó completamente inmóvil.

—No quiero hacerte daño.

—Lo sé. No pasa nada. Es que ahora mismo están muy, muy sensibles.

Telok reanudó el lavado, aunque pasó el jabón alrededor de la cicatriz en lugar de directamente sobre ella.

Mientras le limpiaba las piernas, acarició con el pulgar el muslo izquierdo como si pretendiera distraerla.

Y aunque consiguió apartar su mente del dolor, solo hizo que Lacey fuera todavía más consciente de lo cerca que estaba de acariciarle su sexo.

Lacey dejó escapar una respiración temblorosa.

—Resumiendo mucho, hice lo necesario. A veces… no de la manera más saludable. Tenía un objetivo y me dejé el culo para perder peso. Y lo hice rápido. Físicamente me sentía increíble, mejor de lo que me había sentido en toda mi vida.

»Pero ¿mentalmente? Cuando me miraba al espejo, lo único que veía eran estrías y toda aquella piel sobrante y flácida.

Un nuevo defecto que reemplazaba al anterior.

Me había esforzado muchísimo por conseguir un cuerpo nuevo y lo único que era capaz de ver eran sus imperfecciones.

Lo odiaba. Pero yo simplemente… —Levantó un brazo y pasó los dedos por la cicatriz que recorría desde la axila hasta el codo—.

No tenía seguro ni demasiado dinero, y se me acababa el tiempo.

Así que hice la mayor estupidez de mi vida.

Encontré a un médico de dudosa reputación que se ofrecía a hacerme barata la cirugía para eliminar el exceso de piel —dijo.

Bajó la mano y negó con la cabeza, soltando una breve risa sin humor—.

Me cortó la piel y me cosió como al monstruo de Frankenstein, dejándome todas estas cicatrices.

Tuve suerte de no morir por la infección que sufrí después, teniendo en cuenta su negligencia.

Dios, el puto dolor que soporté durante semanas…

—dijo, bajando la mirada—. Y estuve sola durante todo aquello.