El Cazador (Vrix nº 3) 13. Capítulo Trece
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13. Capítulo Trece

CAPÍTULO TRECE

—Mataría por darme un chapuzón en un lago ahora mismo —gimió Lacey.

—¿Tú matar? —Koss volvió la cabeza hacia ella, con interés brillando en sus ojos negros—. ¿Qué tú matar?

Por supuesto, «matar» había sido la palabra que Koss había captado.

—No, no. Yo no…

—Lacey cazará una presa hoy —declaró Koss a los demás en vrix.

Los cráneo-espinas vitorearon con sus voces ásperas.

Okkor se golpeó el pecho con un puño.

—Nuestra pequeña cazadora quiere hacer una presa.

—¿Qué cazarás? —preguntó Garahk en su idioma—. ¿Un soota? ¿Un nurunal?

Lacey suspiró pesadamente y se apretó las sienes con los dedos mientras los vrix hablaban entre ellos demasiado rápido y con demasiada emoción para que pudiera entenderlos.

Cole rio por delante de ella.

—No matar —dijo Lacey con una sonrisa mientras bajaba el brazo—. Siento decepcionaros, pero era una forma de hablar. Una exageración. Una broma.

—¿Qué sinifica? —preguntó Koss vacilante.

—Ah’ul ikar ikarex tes edar —dijo Telok justo detrás de ella, y su voz áspera y ronca atravesó el bullicio de la conversación.

«Ha dicho palabras de broma».

—Solo quiero mucho mucho darme un baño —dijo Lacey en vrix.

—¿Qué tiene que ver nadar con matar? —preguntó Ayali.

—Zet. Nada —respondió Lacey antes de volver a su idioma—. Estoy desesperada por

refrescarme porque hace un calor de la hostia.

Aunque aquello se quedaba muy corto. Llevaban tres días atravesando aquella jungla sofocante, casi siempre avanzando penosamente cuesta arriba, y Lacey se sentía francamente miserable.

Aunque habían encontrado pequeños arroyos donde rellenar los odres y enjuagarse un poco, no habían dado con ninguna masa de agua lo bastante profunda como para que pudiera sumergirse.

Tenía la ropa empapada de sudor y pegada al cuerpo como una segunda piel, el pelo húmedo y grasiento, y el interior de sus muslos, junto con las cicatrices que los recorrían, gritaba de dolor por las rozaduras.

Sabía que caminaba de una forma extraña por culpa de aquello.

Y, pese a haberse aplicado y reaplicado con bastante generosidad su desodorante casero, estaba segura de que olía fatal.

No es que a Telok pareciera importarle.

Cada noche insistía en que durmiera con él, atrayéndola posesivamente entre sus brazos.

Cuando le tocaba montar guardia, lo hacía con Lacey acurrucada contra su cuerpo.

Siempre estaba cerca. Y ella no pensaba quejarse.

No solo impedía que, con sus vueltas durante el sueño, terminara cayéndose de un árbol, sino que también mantenía alejado el frío que solía aparecer durante la noche.

El Telok que viajaba con ella ahora la trataba de una forma muy distinta al Telok que había conocido en Kaldarak.

No la evitaba ni actuaba como si su presencia le produjera repulsión, y el cambio era tan radical que hacía que Lacey se cuestionara todo lo que había ocurrido entre ellos antes de aquel viaje.

Seguía siendo mandón, autoritario y sobreprotector, pero estaba claro que aquello nacía de una profunda preocupación por ella.

Y parecía aprovechar cualquier oportunidad para lanzarle una mirada a escondidas, acercarse o tocarla.

Después de tantos meses, por fin volvía a ser el mismo vrix que había sido mientras huían juntos de Zurvashi.

«Ah no, Lacey. No es ni de lejos el mismo. ¿Recuerdas su pequeña confesión?»

¿Pequeña? Lacey todavía estaba intentando recuperarse del impacto.

Impacto y… placer. Un placer que todavía le hacía apretar los dedos de los pies cada vez que pensaba en ello.

Telok la había estado espiando. Acechándola en secreto como un puto depravado.

Cualquier persona cuerda se habría enfadado y alarmado ante semejante intromisión, pero al parecer el voyerismo, al menos cuando se trataba de Telok, era una perversión que Lacey no sabía que tenía.

Porque, joder, le gustaba muchísimo la idea de que él la observara en secreto.

¿Cuánto tiempo llevaba haciéndolo? ¿Desde el principio? Si la había deseado tanto, ¿por qué se había esforzado tanto por alejarla? ¿Y por qué había dejado de hacerlo de forma tan repentina?

—Deberíamos detenernos a descansar —dijo Telok en vrix, sacando a Lacey de sus pensamientos.

—Oh, por favor, por favor, por favor —susurró ella mientras juntaba las palmas con la lanza atrapada entre ambas.

—Das buenas palabras, Piel de Cicatrices —dijo Garahk con un gorjeo antes de ordenar que se detuvieran.

«Gracias a Dios. ¿O a los Ocho? A quien sea».

Droztar, que había estado fuera de la vista en la cabeza del grupo, regresó junto a los demás mientras se reunían.

Los cráneo-espinas buscaron lugares donde la luz del sol atravesaba el follaje y se acomodaron para relajarse bajo ella, charlando ya mientras sacaban los odres y pequeños trozos de comida de sus bolsas.

Antes siquiera de que Lacey pudiera buscar un sitio donde dejarse caer y derretirse, Telok le quitó la bolsa, la recogió por detrás y la acunó entre sus brazos como si fuera una novia.

Lacey soltó un chillido y le echó un brazo alrededor del cuello mientras él la llevaba hasta un lugar sombreado cerca del resto del grupo.

Telok tanteó con la lanza el terreno cubierto de helechos y hierba antes de depositarla suavemente con la espalda apoyada contra una roca. La piedra era dura, pero estaba maravillosamente fresca.

De pie sobre ella, abrió su bolsa, sacó el odre y se lo tendió.

—Descansa. Bebe.

Lacey negó con la cabeza entre risas, dejó la lanza a su lado y aceptó el odre antes de retirar el tapón.

—Gracias.

Telok se irguió y clavó en ella su mirada inamovible. Lacey bebió profundamente y con gratitud.

Al parecer satisfecho, Telok se inclinó, la agarró por la muñeca y depositó algo grande, redondo y pesado en su palma. Lacey bajó la mirada cuando él se apartó. Era una fruta flor de luna.

Antes de que pudiera decir nada, Telok se volvió y caminó hasta los cráneo-espinas. Se inclinó junto a Garahk y dijo algo que Lacey no consiguió oír antes de internarse solo en la jungla.

Lacey frunció el ceño mientras lo veía marcharse. ¿Iba a explorar por delante?

Una sensación inquietante se deslizó por su pecho en cuanto Telok desapareció de su vista. Desde que habían iniciado aquel viaje, él había sido una presencia firme y constante. Había permanecido cerca de ella a cada instante, incluso cuando iba a hacer sus necesidades, para su enorme vergüenza.

Pero ahora notó su ausencia de inmediato y con una intensidad sorprendente. Como si le faltara físicamente una parte de sí misma.

Estiró las piernas y hizo una mueca cuando un dolor punzante y abrasador la atravesó al rozarle los pantalones las cicatrices inflamadas de los muslos. Volver a ponerse en pie iba a ser una tortura.

Cole se dejó caer a su lado sobre una roca baja y plana y dejó la bolsa junto a sí.

—Mírate, recibiendo trato de princesa.

Lacey resopló.

—Ni de coña.

Él le dirigió una mirada inexpresiva.

—El tío acaba de pedir un descanso por ti, te ha llevado en brazos hasta la sombra y te ha dado bebida y comida.

—Primero, ya iba siendo hora de que todos descansáramos. Telok simplemente ha sido quien lo ha dicho. Y segundo, esta bebida es mía.

Cole señaló la fruta blanca.

—¿Y la comida?

—Eh…

No tenía ninguna respuesta real para aquello.

—¿Ves? Básicamente te está tratando como si fueras su compañera.

—Todos compartimos comida constantemente. No significa nada.

Y, sin embargo, algo cálido se extendió por su pecho mientras contemplaba la fruta flor de luna y no pudo evitar sonreír.

«¿Como si fuera su compañera?»

¿Era por eso por lo que Telok se comportaba de forma diferente? ¿La estaba… cortejando?

Cole extendió las manos con las palmas hacia arriba.

—Entonces, ¿vas a compartir conmigo, ya que él no lo ha hecho?

Lacey apretó la fruta contra el pecho de forma protectora y se volvió para apartarla de él.

—Consigue la tuya.

—Vaya. Ya veo cómo están las cosas.

Cole hizo un puchero y bajó las manos.

—¡Era broma! —rio Lacey.

Cerró el odre, lo dejó a un lado y extendió la mano.

—¿Me prestas el cuchillo?

Cole sacó la hoja del cinturón y se la entregó.

Con cuidado, Lacey cortó la fina y dura corteza y la retiró, dejando al descubierto la pulpa de un rojo brillante. Cuando terminó, partió la fruta en dos y le dio a Cole una mitad junto con su cuchillo. Él arrancó un trozo y se lo lanzó a la boca.

—Eres la mejor.

—Deberías darle las gracias a Telok —dijo ella mientras se lamía el dulce jugo rojo de los dedos.

—¿Por qué? Él no me ha dado nada.

«No… Telok me lo dio a mí. Solo a mí».

Lacey sonrió ante el revoloteo que aquel regalo tan sencillo pero considerado provocaba en su vientre y se llevó otro trozo de fruta a los labios. ¿Era posible que supiera más dulce por quién se la había dado?

Escuchó los sonidos de la jungla y las conversaciones de los cráneo-espinas, captando alguna palabra aquí y allá pero sin prestarles demasiada atención.

Simplemente disfrutaba de aquel momento de descanso.

Con aquella humedad, la sombra no proporcionaba demasiado alivio frente al calor, pero al menos suponía un respiro de caminar, y la roca contra su espalda la mantenía algo fresca.

Sin embargo, Lacey no conseguía relajarse por completo. Ansiosa por que Telok regresara, no dejaba de recorrer los alrededores con la mirada. Sabía que era fuerte y capaz de cuidarse solo. Pero también sabía que la jungla era implacable y estaba repleta de peligros.

Cole terminó su mitad de la fruta y se limpió las manos en los pantalones. Se acomodó en el suelo, se recostó, cruzó los brazos y cerró los ojos.

—Despiértame cuando vuelva.

—Me aseguraré de darte una buena patada.

—Ja, ja. Qué cruel eres. Aunque supongo que mejor tú que Telok.

Lacey rio y tomó otro trago de agua.

Cole no fue el único que se quedó dormido.