El Cazador (Vrix nº 3) 12. Capítulo Doce #2
29%

12. Capítulo Doce #2

—Supongo que debería teñirme de rojo —comentó Cole—. Igual así le caigo bien a Telok.

Lacey rio entre dientes.

—Igual deberías. Creo que te quedaría bien ser pelirrojo —dijo Lacey.

Telok volvió la cabeza hacia ella, dispuesto a discrepar, pero las palabras se negaron a salir cuando se encontró con sus ojos.

El humor brillaba en ellos y les daba una luminosidad especial.

Sus corazones se contrajeron. No quería causar más dolor a Lacey.

Quería esto. Sus sonrisas. Su risa. Su alegría.

Su mirada se detuvo en una gota de sudor situada junto a la sien de Lacey y siguió su recorrido mientras descendía por el lateral de su rostro, trazando el camino sobre aquella piel que ansiaba acariciar con los dedos. La gota continuó por su cuello hasta dirigirse hacia la base de la garganta.

Mientras la observaba, Telok luchó contra el impulso de lamerla. ¿A qué sabría?

¿A qué sabría ella?

La gota rodó hacia el valle entre sus pechos. El calor prendió en su pelvis y su miembro se agitó detrás de la abertura. Telok apretó los dientes y apartó la mirada de allí, sin confiar en sí mismo para contemplarla ni un instante más.

El bienestar de Lacey debía ser lo primero. Debía pesar más que sus deseos sin importar lo urgentes que se volvieran.

—Debes beber, Lacey —dijo con rigidez—. Estás perdiendo líquido otra vez.

Ella agitó una mano.

—Estoy bien. Ahora beberé.

—No.

Telok agarró su bolsa y la hizo detenerse junto a él.

Lacey gruñó.

—¡Telok!

—Pierdes líquido, bebes.

Cole rio.

—Oh-oh, alguien está en problemas.

—Tú te callas.

Lacey intentó volverse hacia Telok, pero él le plantó una mano en el hombro para mantenerla mirando hacia delante.

Abrió la bolsa y sacó de ella el odre.

Por la cantidad de líquido que notó en el interior, Lacey apenas había bebido nada, si es que había bebido algo, hasta ese momento.

Telok gruñó:

—Vi’jatai…

—No soy una espina —murmuró ella, cruzándose de brazos mientras la lanza sobresalía a ambos lados.

—Sí que eres un poco espinosa —dijo Cole.

—Cállate —dijo Lacey.

—¡Ves! —respondió Cole.

Telok chasqueó los colmillos de sus mandíbulas hacia el hombre y siseó.

Cole retrocedió ligeramente y levantó las manos en señal de rendición.

—Vale, vale. Solo tú puedes llamarla así.

Telok entrecerró los ojos mientras observaba a Cole. Con los brazos flexionados, los músculos del humano volvían a marcarse, aunque no tanto como cuando había estado pavoneándose antes. Tal vez Cole fuera fuerte para ser humano, pero no podía compararse con un vrix. No podía compararse con Telok.

Si Lacey se había sentido impresionada por la fuerza de Cole…

Telok pasó su lanza a la mano inferior izquierda, se colocó delante de Lacey y se volvió hacia ella. Con el odre en una mano, flexionó el brazo superior derecho, marcando los músculos.

Ella se inclinó ligeramente hacia atrás y arqueó una ceja.

—Eh… ¿Telok?

Flexionando el brazo izquierdo y tensando también aquellos músculos, Telok alcanzó el tapón y lo retiró. Hinchó el pecho con una profunda respiración mientras le ofrecía el odre.

Lacey contempló sus brazos antes de levantar brevemente la mirada hasta sus ojos.

—¿Estás…? Ahh, ya veo.

Sus labios fueron curvándose lentamente en una sonrisa mientras aceptaba el odre y se lo llevaba a la boca.

Mientras bebía, mantuvo los ojos fijos en los de Telok, y él reconoció en ellos un pequeño pero inconfundible destello de picardía.

Lacey bajó el odre. Su lengua salió para humedecerse los labios, atrayendo la atención de Telok hacia su boca.

Aquella carne suave, flexible y expresiva debería haberle resultado extraña, pero había terminado pareciéndole tentadora.

No se atrevía a imaginar todas las cosas que aquellos labios, aquella lengua, podrían hacer. Cómo se sentirían.

Cole se aclaró la garganta.

—Empiezo a sentir que vosotros dos estáis teniendo un momento ahora mismo.

Lacey lanzó el odre y la lanza hacia Cole, que se sobresaltó y los atrapó por reflejo.

El agua salpicó el pecho y el rostro del humano.

Cole arrugó la nariz.

—Gracias…

Telok no pudo evitar sentir cierta satisfacción ante su disgusto.

Lacey tocó el hombro de Telok y recuperó de inmediato toda su atención. Se había acercado. Mucho. Tanto que él podía sentir el roce de su aliento contra la piel.

—Telok, nunca me había dado cuenta de lo grandes que son tus músculos.

Su sonrisa cambió de una forma que él jamás había visto antes. Se volvió sensual. Provocadora. Hipnótica. Lacey aleteó las pestañas.

—¿Puedo volver a verlos?

Con los ojos otra vez atrapados por su boca y un calor abrasador hirviendo dentro de él, Telok levantó los brazos superiores, los flexionó y marcó los músculos.

Ella deslizó una mano por su hombro, acariciando con los dedos el músculo abultado de su brazo.

—Eres tan fuerte…

Un estremecimiento lo recorrió y su miembro presionó contra el interior de la abertura, contenido únicamente por la presión de sus cierres. Pese a sí mismo, un suave trino escapó de él y sus mandíbulas se elevaron.

Lacey se acercó todavía más, deslizando la suave palma sobre su piel. Antes de que Telok pudiera anticipar sus intenciones, ella saltó y rodeó su brazo con los suyos, dejando caer inesperadamente todo su peso sobre él. Los ojos de Telok se abrieron mientras su cuerpo se inclinaba hacia ella.

Se tensó, enderezándose y levantando más el brazo para impedir que Lacey cayera al suelo o chocara contra él. Ella lanzó las piernas hacia delante y hacia atrás, balanceándose de su brazo.

—¡Wiiii! —gritó ella.

Telok parpadeó.

Estaba tan despreocupada y alegre como una cría balanceándose de una rama.

—Lace, eres ridícula —dijo Cole, mientras negaba con la cabeza y se pasaba una mano por el rostro.

Se agachó, dejó la lanza de Lacey en el suelo y apoyó el odre junto a ella.

—Voy a dejaros solos para que sigáis con… esto, sea lo que sea —dijo Cole.

—¡No puedes decir que nunca has querido hacer esto! —gritó Lacey mientras Cole se alejaba.

—Sí que puedo. ¡Disfruta trepando por tu árbol araña! —gritó Cole.

Lacey rio.

Telok la elevó un poco más, inclinó la cabeza hacia abajo y se encontró con su mirada. Ella le sonrió desde allí abajo.

—¡Hola!

Telok gorjeó. De algún modo, pese a tener a una hembra humana adulta colgando del brazo, se sentía lo bastante ligero como para dejarse llevar por la brisa. Era una estupidez.

Y, aun así, le resultaba absolutamente entrañable. Había visto aquella faceta de Lacey, aquella alegría juguetona y aquella energía, pero ella nunca la había compartido con él de aquella forma. Y… La estaba disfrutando. Inmensamente.

Telok comenzó a balancear el brazo, haciendo que Lacey volviera a columpiarse. Ella rio y movió las piernas, aumentando el impulso provocado por sus movimientos.

Por los Ocho, adoraba el sonido de su risa.

—¡Piel de Cicatrices, Lacey, debéis venir! —gritó Garahk desde más adelante.

Telok y Lacey se quedaron inmóviles a la vez y volvieron las cabezas hacia el cráneo-espinas, que estaba más arriba en la pendiente.

—Oh… ahora sí que estamos en problemas —susurró Lacey.

Telok resopló por los orificios nasales. Una vez más había descuidado sus deberes y se había dejado distraer por Lacey. Aquella comprensión debería haber traído consigo vergüenza, irritación y una pesada e insidiosa sensación de fracaso. Pero no sintió nada de eso.

En cambio, se sentía cálido. Satisfecho.

—No hay problema —susurró en su idioma antes de cambiar al vrix y alzar la voz—. Ve, Garahk. Ya vamos.

El gorjeo de Garahk fue grave y sus ojos se entrecerraron divertidos.

—Sed rápidos o enviaré a Ayali para que os lleve.

Cuando Garahk continuó su camino, Telok volvió la atención hacia Lacey. Sus mandíbulas descendieron.

—Se acabó la diversión.

—Sí… —dijo ella, sacando hacia delante el grueso labio inferior.

Telok apretó la mandíbula ante el repentino y salvaje impulso de mordisquearlo y bajó el brazo hasta que los pies de Lacey tocaron el suelo.

Ella lo soltó y se apartó.

—Supongo que será mejor que los alcancemos.

Telok recogió su lanza y su odre, y le tendió este último junto con el tapón que había permanecido todo aquel tiempo apretado en su mano superior izquierda.

—Bebe.

—Vale, vale.

Lacey puso en blanco aquellos extraños pero hermosos ojos humanos mientras aceptaba el odre y el tapón y bebía.

Telok observó cómo se movía su garganta al tragar y tampoco pasó por alto otra gota de sudor que descendió por su cuello en dirección a los pechos.

Obligándose a apartar los ojos de la tentación que era Lacey, recorrió los alrededores con la mirada. Tenía que mantenerse alerta. Y, aun así, sentía constantemente una atracción casi física que lo empujaba a volver a mirarla.

—¿Puedes volver a guardar esto en mi bolsa? —preguntó ella.

Telok intercambió su lanza por el odre y lo guardó en la bolsa.

Otro impulso comenzó a extenderse por él.

Más sutil que el anterior, pero no más fácil de resistir.

Podía simplemente llevársela. Llevarla a algún sitio tranquilo.

A algún lugar apartado. A algún lugar donde pudiera reclamarla fuera de la vista y el oído de sus compañeros.

Y durante un breve tiempo, él y Lacey podrían existir como si fueran los únicos seres de toda la Maraña.

Ella sería suya. Solo suya.

Sus dedos, habitualmente precisos, se volvieron torpes mientras cerraba la bolsa. Los hilos de su ser estaban siendo arrastrados en dos direcciones opuestas y amenazaban con deshacerse: el deber y el honor por un lado; el deseo y el instinto por el otro.

Se detuvo con las manos aún sobre la bolsa de Lacey. Su aroma llenaba sus pulmones. El calor palpitaba bajo su piel. El instinto gritaba al fondo de su mente. Si realmente se la llevaba y la reclamaba, nadie los encontraría jamás. No si él no quería que lo hicieran.

Podía follarla y alimentar a la bestia que llevaba rugiendo en su interior desde el momento en que la vio por primera vez. Podría aliviar por fin el dolor de su miembro. Satisfacer por fin el anhelo de sus corazones. Podía convertir de verdad a Lacey en su compañera.

«No. Ahora no es el momento».