11. Capítulo Once
CAPÍTULO ONCE
Algo raspó contra la corteza.
Los ojos de Telok se abrieron de golpe. La penumbra gris que solía preceder al amanecer envolvía la jungla, y el aire estaba fresco, pesado e inmóvil.
«¿Cómo puede ser que ya casi haya amanecido?»
Eso no importaba. Un sonido lo había despertado y había puesto sus corazones a martillear.
Levantando la cabeza, examinó el tronco cercano en busca de movimiento. La Maraña estaba tranquila, como solía estarlo durante aquel breve intervalo entre la noche y el día, pero Telok no encontraba ningún consuelo en ello.
Había oído algo. Estaba seguro.
El roce de un aliento cálido contra su pecho llamó su atención y Telok se quedó rígido.
«Lacey».
Estaba acurrucada contra él, con una pierna echada sobre su cintura y un brazo rodeándole el cuello.
Su último recuerdo era el de Lacey hecha un ovillo entre sus brazos bajo la reciente oscuridad de la noche.
¿Cuándo se había quedado dormido? ¿Cómo había podido hacerlo con la mente sumida en semejante caos y los instintos exigiéndole tanto?
Telok apretó los brazos alrededor de Lacey y la atrajo con mayor seguridad contra él. Su dulce fragancia le llenó la nariz y se adhirió a los finos pelos de su piel, rodeándole, y su cuerpo aceptó con avidez el calor que ella irradiaba.
La tensión que se había apoderado de él al despertar ya empezaba a desvanecerse, y un agradable peso descendía sobre sus extremidades, arrastrándolo de nuevo hacia el sueño.
Por los Ocho, aquella paz y aquella satisfacción eran más que bienvenidas después de tantos ciclos lunares de lucha. No se había dado cuenta de lo cerca que habían estado de desgarrarse los hilos de su ser.
Pero ¿podía aceptar realmente aquello? La satisfacción nunca llegaba sin riesgos, y los riesgos de permitirse hundirse en aquello, en ella, eran inmensos. Nunca había experimentado nada parecido. Si lo abrazaba… Tendría muchísimo que perder.
Tendría todo que perder.
Era como quedar atrapado en un río desbordado por las inundaciones, arrastrado hacia lo desconocido por corrientes demasiado poderosas contra las que nadar. ¿Era aquello a lo que se habían referido sus amigos cuando hablaban del destino que los había unido a sus compañeras?
Telok bajó la cabeza. Sus ojos comenzaron a cerrarse mientras inspiraba lenta y profundamente. El aire estaba cargado del aroma de Lacey, aunque había otro matiz mezclado con él, un tenue almizcle terroso.
En el fugaz instante de silencio entre la inhalación y la exhalación, volvió a sonar aquel roce contra la madera. Mucho más cerca esta vez.
Los finos pelos de Telok se erizaron con un hormigueo vibrante y abrió los ojos.
A menos de medio segmento detrás de Lacey había un vithkha, con el largo cuerpo carente de extremidades enroscado alrededor del tronco.
Los duros segmentos acorazados de su espalda coincidían con el color de la corteza oscura, haciéndolo casi indistinguible del árbol.
Su cuerpo enrollado se tensó. Levantó la cabeza y abrió las mandíbulas de par en par, estirando la fina piel que las conectaba y dejando al descubierto una carne blanda y pálida, y una boca vertical llena de colmillos.
Unas gotas de veneno relucían en las puntas de sus colmillos interiores.
Iba a atacar.
Y sus ojos negros estaban clavados en Lacey.
Telok se impulsó hacia arriba con los brazos izquierdos y arrastró a Lacey bajo su cuerpo con el inferior derecho.
Ella despertó sobresaltada con un jadeo.
El vithkha lanzó su poderoso cuerpo hacia delante y Telok extendió la mano superior derecha, cerrándola justo debajo de la cabeza de la bestia.
Sus músculos se tensaron contra la fuerza de la embestida, que se detuvo con la boca abierta de la criatura a apenas un palmo de su rostro.
El vithkha siseó con tanta agresividad que Telok sintió la vibración del sonido sobre la piel.
Lo estampó contra la rama. La criatura se retorció y azotó el aire antes de lanzar la cola hacia arriba y enrollarla alrededor de su brazo.
Lacey retrocedió encogiéndose, con las manos apoyadas contra el pecho de Telok.
—Oh, Dios… —dijo con voz ronca.
Las mandíbulas del vithkha rechinaron buscando carne que desgarrar, y los apéndices semejantes a ganchos de su vientre se engancharon en la piel de Telok, aferrándose a él mientras la bestia apretaba sus anillos.
La mano inferior derecha de Telok encontró el asta de la lanza.
Apretando la mandíbula, recogió el arma y la llevó hacia atrás, por detrás de su cuerpo.
Atrapó el asta con la mano superior izquierda, la hizo girar para corregir el agarre y la lanzó hacia abajo por encima del hombro.
La punta golpeó la boca del vithkha, atravesó la parte posterior de su cabeza y se incrustó en la madera que había debajo.
La criatura se puso rígida. Su cuerpo se enroscó todavía más. Con un último siseo roto, quedó inmóvil y su fuerza desapareció, aunque el cuerpo permaneció enganchado al brazo de Telok.
Lacey salió de debajo de él y se incorporó.
Su pecho subía y bajaba con las pesadas respiraciones, tenía los ojos abiertos y redondos, y sus mejillas estaban más pálidas de lo habitual, haciendo que las pecas resaltaran todavía más.
Aquel pelo de fuego estaba completamente revuelto, con mechones salvajes escapando de las trenzas.
Estaba… Preciosa.
—¿Qué coño es esa cosa? —preguntó Lacey.
—Muerta —gruñó Telok.
—Eso ya lo veo.
Unos pasos apresurados golpearon la rama mientras se acercaban. Telok gruñó, arrancó la lanza de un tirón y se volvió hacia la nueva amenaza.
Droztar se detuvo bruscamente y levantó tres palmas; en la cuarta mano sostenía su lanza.
—Tranquilo, Piel de Cicatrices.
Ayali se detuvo detrás de él, con su lanza mucho más larga preparada.
La tensión de Telok disminuyó y dejó el arma junto a sí. Sus corazones martilleaban y un dolor sordo palpitaba a lo largo de su antebrazo.
—Telok, ¿estás bien? ¿Te ha mordido? —preguntó Lacey, con preocupación en la voz.
—Estoy bien. No mordió.
Telok se sentó sobre los cuartos traseros, levantó el brazo superior derecho y bajó la mirada hacia el vithkha. La cabeza destrozada de la criatura colgaba flácida, derramando sangre verde oscura sobre la rama.
Lacey arrugó la nariz y apartó las piernas bruscamente de la sangre, subiéndolas hacia su cuerpo y rodeándolas con los brazos.
—¡Puaj! En serio, ¿qué es eso? Parece un cruce entre el Predator y una serpiienteh.
—Vithkha. Cazan en los árboles. Matan con veneno.
Telok giró el brazo para localizar el extremo de la cola de la criatura.
Lo agarró y comenzó a desenrollar al vithkha, gruñendo cada vez que uno de los ganchos de su vientre se negaba obstinadamente a soltar su piel.
Por el rabillo del ojo vio acercarse a los dos cráneo-espinas, pero no levantó la vista de lo que estaba haciendo.
No sabía cómo reaccionaría un humano a la mordedura de un vithkha y, después de haber visto lo que el veneno de la vid de fuego les había hecho a Ahmya e Ivy, haría todo lo que estuviera en su poder para proteger a Lacey y asegurarse de que jamás tuvieran que descubrirlo.
—Debo ofrecer disculpas —dijo Droztar en voz baja mientras juntaba los brazos delanteros e inclinaba la cabeza—. Yo estaba vigilando, pero no vi al vithkha. La culpa es mía.
Telok se detuvo y volvió la mirada hacia Droztar. Apretó la mandíbula. No le preocupaba el peligro para sí mismo; aquello formaba parte de todos sus días en la Maraña. Pero el peligro para Lacey… Eso encendía fuego en sus entrañas. Un fuego hirviente, abrasador y furioso.
Aun así, sabía que no podía dirigir aquella ira contra Droztar. Era demasiado grande. Demasiado ardiente. Amplificada por lo mucho que le importaba Lacey y por el sentimiento posesivo que despertaba en él.
Y, por muy atento que fuera alguien vigilando, nadie era infalible, especialmente a la hora de detectar depredadores silenciosos y sigilosos como los vithkha.
—Esta vez no ha ocurrido ningún daño.
Telok liberó el último gancho de su piel y arrojó al flácido vithkha hacia la jungla. La criatura solo le había hecho sangrar en unos pocos puntos, pero las heridas eran pequeñas, ni siquiera merecían un manojo de seda.
—La próxima vez vigilaremos todos con más atención.
Droztar se irguió y se golpeó el pecho con un puño.
—Con los ocho ojos.
Ayali le dio un fuerte golpe en el hombro con una de sus grandes manos, haciéndolo balancearse. Ella gorjeó mientras él le gruñía.
—¿Casi os matan ahí arriba? —gritó Cole desde la rama inferior.
«Debería haberle tirado el vithkha encima».
—¡Sí! ¡Casi nos gankea un cruce de Predator con booah konstríctoor! —respondió Lacey.
—Espera, ¿quieres decir como Predator de la peli?
—Sí.
Aunque Cole no podía verla, Lacey se llevó los dedos a las mejillas e imitó unas mandíbulas.
—Con esas cosas rarísimas de la boca abriéndose y todo.
—¡Eso es la puta hostia!
—No es la puta hostia —espetó Telok.
Cole tosió y se aclaró la garganta.
—Obviamente no me refería a la parte en la que casi morís.
—No. Es. La. Puta. Hostia.
—No seas aguafies…
Telok silenció a Cole con un siseo afilado.
—…tas —terminó Lacey con una sonrisa burlona.
Telok la fulminó con la mirada.
—Vi’jatai…
Ella rio, con los ojos brillantes y centelleantes, y el calor del interior de Telok disminuyó y cambió. Así era como quería verla. Radiante. Alegre. No pálida y con miedo en los ojos.
Que estuviera viva y sana para poder reír y sonreír en aquel momento lo llenó de una gratitud sin límites.
«Mi pequeña espina de fuego…»