10. Capítulo Diez #3
Telok se tocó la cresta con un nudillo para mostrar respeto y agradecimiento a Ayali antes de tumbarse sobre la rama.
Se recostó de lado, recolocando una y otra vez brazos y patas antes de volverse boca abajo y repetir el proceso.
La corteza era dura y áspera, pero había dormido en condiciones mucho peores durante sus años en la Maraña. Aquel malestar provenía de su interior.
Rodó hasta quedar boca arriba, con las seis patas apoyadas sobre la rama a ambos lados del cuerpo, y contempló el cielo.
Las estrellas brillaban a través de diminutas aberturas entre las hojas y ramas que tenía encima.
El suave chirrido de los insectos y el susurro de las hojas componían una familiar canción nocturna, cuya serenidad solo se veía interrumpida por los ocasionales aullidos y llamadas de las bestias.
Como siempre, la jungla permanecía indiferente a los problemas de un vrix solitario.
Telok aún sentía los ecos del contacto de Lacey.
De su aliento acariciándole la piel. De su cuerpo aferrado al suyo.
Y percibía su presencia con la misma claridad.
Sentía aquel hilo permanente que lo unía a ella. Que lo llamaba hacia ella.
Había sobrevivido una y otra vez a situaciones sin esperanza.
Había obtenido la victoria en batallas que jamás debería haber podido ganar, se había enfrentado a peligros abrumadores, había sangrado, sufrido y luchado con toda la obstinación que había sido capaz de reunir.
Pero la batalla por resistirse a la atracción de Lacey…
El resultado era inevitable. Por primera vez en su vida, sabía que sus esfuerzos no servirían de nada. No podía ganar aquello. Sus instintos prevalecerían. Porque en sus corazones… Ya la había reclamado como compañera.
«Joder».
Una brisa fría recorrió la jungla, haciendo suspirar a los árboles y provocando un escalofrío sobre la piel de Telok. Cruzó los brazos sobre el pecho.
Los humanos eran más sensibles al calor y al frío que los vrix. Si Telok tenía frío, ¿cómo se sentiría Lacey? Allí no había fuego que pudiera calentarla y aquella manta de seda serviría de poco contra el viento.
Apoyando los codos inferiores sobre la rama, se incorporó para mirarla.
Sus mandíbulas descendieron. Lacey parecía tan pequeña, tan vulnerable.
Acurrucada bajo la manta. Tenía los ojos cerrados, con una pequeña arruga entre las cejas, y en la oscuridad su piel parecía demasiado pálida.
El viento agitaba la tela que la envolvía y movía los mechones sueltos de su cabello.
Pero había dos detalles que preocupaban verdaderamente a Telok. Los leves escalofríos que recorrían su cuerpo. Y el hecho de que se hubiera acercado al borde de la rama.
Incluso mientras la observaba, Lacey se encogió todavía más bajo la manta y se deslizó otro palmo hacia una caída de veinte segmentos.
Los corazones de Telok comenzaron a atronar.
Se volvió de inmediato, recogió la lanza y se incorporó.
Avanzó hasta Lacey y se tumbó de lado junto a ella antes de concederse siquiera un instante para pensar en lo que estaba haciendo.
Después de dejar la lanza sobre la rama a espaldas de Lacey, pasó los brazos derechos alrededor de ella y la arrastró contra su pecho.
Lacey jadeó y abrió los ojos de golpe mientras empujaba las palmas contra él, pero Telok la mantuvo firmemente sujeta.
—Etorri’ven, Lacey.
Ella se tensó.
—¿Telok?
Telok acunó la parte posterior de su cabeza con la mano superior y la atrajo de nuevo hacia su pecho, acomodándola bajo su barbilla.
El viento golpeaba la espalda de él, permitiendo que su cuerpo, mucho más grande, protegiera a Lacey de su mordedura.
—Duerme.
—Vale.
Lacey se acurrucó más estrechamente contra él, frotó el rostro contra su piel y apoyó la nariz fría en la base de su cuello. Inspiró profundamente. Y su cuerpo se relajó.
Telok se obligó a permanecer inmóvil. Después de luchar contra su deseo durante tanto tiempo, colocarse voluntariamente en aquella posición había sido una estupidez, pero lo que él quisiera no importaba ahora.
Lacey necesitaba descansar. Y él tampoco podría hacerlo si no sabía que estaba segura y cómoda.
Pero no podía ignorar lo bien que encajaba el cuerpo de ella contra el suyo. Parecía no importar cómo la sostuviera. Lacey se amoldaba a él como si ambos hubieran sido creados el uno para el otro.
Telok curvó una pata delantera alrededor de ella y sus cierres, sin que él se lo ordenara, rodearon sus caderas.
Poco después, los temblores de Lacey desaparecieron y su respiración se volvió más lenta y profunda.
Telok cerró los ojos. El calor de ella penetraba en su cuerpo, contrastando con el aire frío que golpeaba su espalda.
Cada vez que había visto dormir a Lacey había estado inquieta, retorciéndose, rodando y cambiando de posición durante toda la noche.
Ahora permanecía completamente quieta salvo por los leves e irregulares roces de un dedo contra su pecho.
Que pudiera dormirse con tanta facilidad entre sus brazos…
Significaba que, pese a cómo la había tratado, Lacey todavía confiaba en él. Pese al daño que le había causado, todavía conseguía que se sintiera segura.
Una vez más, los hilos alrededor de sus corazones se enroscaron con fuerza.
«Mía».
«Ella… es mía».