10. Capítulo Diez #2
Luchando contra el instinto y la necesidad, avanzó hasta la base del árbol.
Cuanto antes subiera, antes podría romper aquel contacto entre ambos.
Era la única forma de mantener el control.
Su única oportunidad de resistirse. Hundió las garras en la corteza y tiró de su cuerpo hacia arriba.
En cuanto abandonaron el suelo, el peso de Lacey se desplazó hacia atrás, tensando la cuerda, y ella reforzó su abrazo.
Telok sintió las uñas romas de Lacey clavándose en su piel.
Sintió cómo los músculos de sus piernas temblaban apenas perceptiblemente.
Incluso sintió los latidos de su corazón contra la espalda.
Lo único que tendría que hacer era llevarla hasta la parte delantera de su cuerpo, enganchar sus cierres alrededor de los muslos de ella y hundir su polla en ella, y su necesidad quedaría satisfecha.
«¡No!»
Por grande que fuera la tentación, por insistente y torturadora que resultara, no se sometería a ella.
Pero sabía que su fuerza de voluntad sólo resistiría un poco… Y ya estaba peligrosamente desgastada.
Telok no podía culpar a nadie más de aquel tormento. Él había elegido ayudarla. Él había elegido apartarla de Koss. Llevarla sobre su propia espalda. Tenerla aferrada a él. Atada a él. Pero se negaba a verla abrazada a otro macho.
Aunque le ardían los músculos, su piel palpitaba y el miembro le dolía, mantuvo sus extremidades en movimiento y continuó ascendiendo. Llegó hasta la amplia rama donde Garahk, Koss, Okkor, Elharat y Cole estaban sentados con sus pertenencias, preparándose para dormir.
El humano sonrió, le guiñó un ojo a Telok y levantó ambos pulgares.
Gruñendo, Telok continuó subiendo, perseguido por la risa de Cole.
—¿De qué coño te ríes, Cole? —exigió Lacey.
—Ah, de nada. ¡Dulces sueños!
—Es un mierda grande —gruñó Telok.
Lacey rio.
—La palabra es gilipollas. Y sí, lo es.
Pese a todo, el sonido de su risa emocionó a Telok. Le calentó el pecho y provocó un ligero aleteo en su interior. Ansiaba escuchar más.
«Algún día la Maraña silenciará esa risa para siempre».
Telok apretó los dientes y otro gruñido resonó en su pecho.
Lacey le dio unas palmaditas en el abdomen.
—Ea, ea. Al menos mientras Cole duerma no tendrás que escuchar sus mierdas.
El calor se extendió hasta el vientre de Telok mientras sus corazones se contraían. Aunque Lacey no había adivinado el oscuro rumbo que habían tomado sus pensamientos, aquel juguetón intento de consolarlo le resultó entrañable.
Llegó a una rama más alta, donde Ayali y Droztar estaban acomodados, y se subió a ella.
El peso de Lacey volvió a descansar sobre sus cuartos traseros y ella aflojó el abrazo, vacilando un instante antes de apartar finalmente los brazos.
Parte de la tensión desapareció de las extremidades de Telok, pero su cuerpo no podía relajarse mientras Lacey siguiera sentada a horcajadas sobre él.
Incluso entonces tuvo que contener el impulso de alargar las manos hacia atrás y volver a colocarse sus brazos alrededor.
Telok se agachó y desató la hebra de seda, soltando uno de los extremos para que cayera. Aferrándose a su hombro, Lacey se inclinó hacia un lado y descendió, pasando la pierna por encima de sus cuartos traseros en cuanto el primer pie tocó la rama.
—Gracias —dijo ella retirando la mano.
Telok asintió.
Lacey se volvió y avanzó hacia el tronco, donde la rama era más ancha y donde los cráneo-espinas habían dejado la bolsa de Telok y el haz de lanzas de repuesto.
Él la observó mientras se incorporaba lentamente.
Sabía que debería haber apartado la mirada.
Que debería haberse alejado. Pero a su cuerpo no le interesaba lo que debería hacer.
Solo sabía lo que quería. Lo que él quería.
Lacey se quitó la bolsa y la dejó junto a la suya, colocándola en posición vertical.
La abrió y rebuscó dentro hasta sacar una manta blanca enrollada.
La tela ondeó con la brisa cuando la sacudió para extenderla.
Cerró la bolsa, se sentó, estiró las piernas frente a ella y se cubrió con la manta.
Después se tumbó, rodó sobre un costado con la espalda hacia el tronco y dobló un brazo bajo la cabeza.
—¡Buenas noches a todos! —gritó Lacey.
—¡Buenas noches! —respondió Cole desde abajo.
Varios cráneo-espinas también contestaron, mientras Droztar se limitó a gruñir.
Lacey rio mientras se subía la manta alrededor del hombro.
Entonces sus ojos se encontraron con los de Telok y su sonrisa se suavizó.
—Buenas noches, Telok.
Los hilos enroscados alrededor de los corazones de Telok se contrajeron al ver aquella sonrisa, al escuchar aquellas palabras pronunciadas con tanta suavidad, con tanta calidez, exclusivamente para él.
Se llevó una mano al pecho y curvó los dedos para hundirse las garras en la piel.
Si pudiera desgarrar aquellos hilos, aliviaría la presión.
Calmaría aquel dolor. Lo libraría de aquella agonía.
Pero sabía que no podían cortarse. No sin deshacerlo a él también. Estaban unidos a Lacey… Y a su alma. Su hilo del corazón.
Con las patas rígidas, Telok se alejó de ella. Aquel vínculo se tensó un poco más con cada anchura de hilo que aumentaba la distancia entre ambos.
—Tranquilo, Piel de Cicatrices —dijo Ayali con un gorjeo grave—. Descansa. Yo vigilaré.
Estaba sentada en el punto más alejado del tronco, con su enorme lanza apoyada transversalmente sobre las patas delanteras flexionadas. Droztar ya dormía cerca, tendido boca abajo con las patas abiertas y los brazos superiores cruzados bajo la cabeza.
Aunque dormir era lo único que podía ofrecer algo de paz a Telok, ¿cómo iba a hacerlo cuando sus corazones y su mente estaban tan inquietos y enredados? Sin embargo, sabía que pasar la noche sin dormir solo lo convertiría en una carga para los demás al día siguiente.