10. Capítulo Diez
CAPÍTULO DIEZ
Mientras el sol descendía, las sombras se hicieron más profundas y densas, y el aire se enfrió. Los cráneo-espinas fueron reuniéndose lentamente alrededor del fuego, que parecía volverse más brillante y cálido conforme se acercaba la noche.
Pero el calor que sentía Telok no tenía nada que ver con las llamas. Lacey estaba lo bastante cerca para que pudiera olerla incluso por encima del intenso aroma del humo, lo bastante cerca para que pudiera tocarla sin apenas esfuerzo.
Y, dioses, cuánto deseaba hacerlo.
Ojalá pudiera atraerla contra sí, acomodarla sobre sus patas delanteras y rodearla con los brazos. Ojalá pudiera hundir el rostro en aquel pelo de fuego, sentir su suave piel contra la suya y marcarla con su aroma.
Ojalá pudiera follarla y hacerla suya.
Su pequeña espina… Su compañera.
Pronto, todos salvo Ayali se habían apiñado alrededor del pequeño fuego. La conversación fluía libre y alegre, con palabras pronunciadas tanto en vrix como en su idioma, a menudo dentro de las mismas frases.
Lacey sonreía y reía, participando como si hubiera salido de caza un centenar de veces con sus compañeros.
El brillo de sus ojos provenía de mucho más que del reflejo de las llamas.
Y cuando aquellos labios gruesos y rosados se estiraban y sus comisuras se curvaban hacia arriba, cuando sonreía, Telok se sentía tan…
lleno. Deseaba poder hacer algo más que imitar torpemente aquella expresión con sus mandíbulas.
—¿Estás bien, Piel de Cicatrices? —preguntó Garahk junto a él.
Telok parpadeó y consiguió apartar la mirada de la humana de pelo de fuego.
—Sí.
Garahk emitió un murmullo pensativo, apenas audible por encima del estallido de gorjeos provocado por la historia que estaba contando Droztar.
«Por los Ocho, ¿cuándo se volvió tan fácil para todos leer mis corazones?»
Sin permitirse volver a mirar a Lacey, Telok se puso en pie.
—Ayudaré a Ayali a vigilar.
Se retiró antes de que Garahk pudiera responder, recuperó su lanza y avanzó varios segmentos lejos de los demás, mucho más allá del resplandor de la hoguera. Apretando el asta entre los dedos, dirigió su atención hacia la jungla.
Cuando habían abandonado Kaldarak, se había propuesto mantener cierta distancia entre él y Lacey.
Sin embargo, Telok había pasado todo el día observándola, ya la había obligado a beber de su odre, había montado guardia mientras hacía sus necesidades y había cogido una segunda ración de carne para ella, que además había cocinado él mismo.
Y apenas unos instantes antes había estado sentado justo a su lado. Mirándola. Ansiándola.
Aquel era solo el primer día de un largo viaje y ya había flaqueado varias veces.
«Está sentada ahí ahora, rodeada de machos…»
Conteniendo apenas un gruñido, apretó con más fuerza la lanza y hundió las patas delanteras en el suelo. La ira ardió en su interior con cada golpe de sus corazones. No era razonable. No estaba justificada. Pero era incapaz de librarse de ella.
«Mi deber ahora es vigilar, no defender a mi compañera de posibles rivales».
Telok gruñó.
«Porque… no es mi compañera».
Sin embargo, por mucho que intentara negar cuánto deseaba a Lacey, por muy decidido que estuviera a alejarla de él, no podía arrancarse aquella espina del costado.
Las plantas y los hongos del suelo de la jungla ya brillaban con suaves tonalidades púrpura, azul y verde, y los pequeños fragmentos de cielo visibles entre el follaje estaban oscuros.
Telok mantuvo los ojos en constante movimiento.
Ojalá sus pensamientos pudieran avanzar también.
Pero aquello no parecía posible mientras siguiera oyendo hablar y gorjear a los demás. Mientras siguiera oyendo a Lacey.
No mucho después, Garahk declaró que había llegado el momento de subir hasta el lugar donde dormirían. Telok inspiró profundamente para serenarse y regresó junto a los demás. Quizá el sueño le proporcionara algo de consuelo.
Elharat estaba apagando el fuego con tierra y agua.
—Sin toda esta mierda brillante, no vería absolutamente nada —dijo Cole mientras recogía la bolsa, el arco y la lanza.
Lacey rio mientras levantaba su bolsa y pasaba los brazos por las correas.
—Qué pena que no tengamos la visión nocturna de los vrix.
—¿Verdad? Sería la hostia.
Telok no entendía por qué se lamentaban, pero no fue capaz de obligarse a preguntar.
—Cole, ven —dijo Okkor, indicándole que subiera sobre sus cuartos traseros.
Cole sonrió y se acercó.
—¡Vamos allá!
Lacey echó la cabeza hacia atrás y miró hacia arriba.
Koss se acercó a ella, apoyó una gran mano sobre su hombro y dijo en vrix:
—Te ayudaré a subir, huu-nana.
Lacey sonrió y asintió.
—Kir vishaax niit —dijo ella.
«Te doy las gracias».
Las manos libres de Telok se cerraron en puños y las garras se clavaron en sus palmas. Cada hilo de su ser tiró violentamente hacia ella. Una vez más, hundió las patas delanteras en el suelo, esta vez con la intención de anclarse allí, de impedirse intervenir.
«No iré hacia ella».
Koss le dio la espalda a Lacey y extrajo una hebra de seda de sus hileras. Lacey reajustó la bolsa sobre los hombros y recogió su lanza.
Un gruñido comenzó a formarse en el pecho de Telok. Profundo. Áspero.
Koss se agachó y le indicó a Lacey que subiera sobre sus cuartos traseros, ofreciéndole la hebra con una mano, sin duda para que pudiera sujetarse el cuerpo al suyo.
Ella se sentaría a horcajadas sobre otro macho. Ella y aquellos suaves pechos quedarían apretados contra su espalda. Sus muslos rodearían su cintura. Su mano descansaría sobre su abdomen. Dejaría su aroma sobre él. Y el aroma de él quedaría sobre ella.
«No».
La palabra resonó con tanta profundidad dentro de Telok que no supo si se había limitado a pensarla o la había pronunciado en voz alta.
Una oleada de furia lo impulsó hacia delante y la distancia entre él y Lacey desapareció en un instante.
Ella colocó una mano sobre el brazo de Koss para mantener el equilibrio y levantó una pierna.
«¡Ni de puta broma!»
Antes de que Lacey pudiera pasar completamente la pierna sobre el cráneo-espinas, Telok le agarró las caderas con las manos superiores y deslizó la inferior derecha bajo su muslo, levantándola y apartándola de él.
Lacey jadeó, soltó la lanza y agitó los brazos buscando algo a lo que agarrarse.
Telok soltó su pierna, pero no sus caderas, la dejó de pie en el suelo, le arrancó la hebra de seda de la mano y se la lanzó a un desconcertado Koss.
—Yo la ayudaré.
—¡Telok! —lo reprendió Lacey.
—Silencio.
Extrajo de sus hileras una hebra de su propia seda y la pasó a la mano que esperaba mediante una pata trasera.
—No me digas que me calle. Has sido muy maleducado.
Telok le ofreció la seda. Ella bajó la mirada hacia la cuerda, volvió a mirarlo y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Deberías disculparte con Koss.
Telok volvió la cabeza y fulminó al cráneo-espinas con la mirada.
Koss gorjeó, volvió las cuatro palmas hacia el cielo y retrocedió mientras decía en su idioma:
—Yo bien. Tú llevar.
Telok volvió a mirar a Lacey y le presionó la hebra contra el pecho. Los dedos de ella se cerraron alrededor.
—Sigues sin haberte disculpado.
Él entrecerró los ojos.
—No hice nada malo.
Lacey extendió un brazo hacia Koss, que continuaba alejándose.
—Le has tirado su seda.
—Tengo la mía.
—Él iba a ayudarme.
—Ahora te ayudo yo.
Telok se volvió y se agachó hasta quedar cerca del suelo.
—Ven.
—Bruto mandón —murmuró Lacey.
Sin que pudiera evitarlo, los ojos de Telok descendieron hasta su trasero y observó cómo la tela de los pantalones se ceñía a él cuando se inclinó para recoger la lanza. Un dolor sordo floreció en su pelvis. Lacey regresó hasta él y levantó la lanza.
—¿Puedes ayudarme con esto?
En cuanto Telok aceptó el arma, ella se dio la vuelta.
Él pasó el asta por las presillas cosidas al lateral de su bolsa y apretó las ataduras para asegurarla. Cuando terminó, Lacey se colocó entre sus patas izquierdas, apoyó una mano sobre su hombro y pasó una pierna sobre sus cuartos traseros para impulsarse hacia arriba.
—Ya sabes, si querías ayudarme a subir, podrías haberte ofrecido sin más. No hacía falta que fueras tan borde.
Cualquier respuesta que Telok pudiera haber dado murió sobre su lengua cuando ella se deslizó hacia delante y se apretó contra su espalda, con los muslos ceñidos a ambos lados de su cintura.
Sus pechos rozaron su piel mientras pasaba los brazos alrededor de sus costados para entregarle los extremos de la cuerda.
Telok reprimió un estremecimiento mientras sus manos se movían, guiadas por la costumbre en lugar del pensamiento, y ataban la seda formando un nudo firme.
Solo podía concentrarse en el cuerpo de Lacey.
En cómo encajaba perfectamente contra el suyo.
En la reconfortante sensación de su escaso peso.
En su acogedor calor. En su suavidad. En el cosquilleo de su aliento sobre la piel.
Lacey abrazó su torso y apoyó las palmas sobre su abdomen.
Los cierres de Telok se cruzaron sobre la abertura mientras su miembro palpitante presionaba contra ella desde el interior.
La había transportado de aquella forma muchas veces cuando huían de Zurvashi, pero jamás había sido tan consciente de ella como ahora.
Cada fragmento de piel que Lacey tocaba ardía.
El deseo de destrozarle la ropa para poder sentir su piel desnuda arañó su camino desde lo más profundo de Telok.