9. Capítulo Nueve #4
Cole se inclinó hacia delante y su propia brocheta se tambaleó sobre las llamas, pero se detuvo de golpe cuando la mano de Telok se plantó contra su cara.
Cole no era precisamente un hombre pequeño.
Probablemente medía alrededor de un metro ochenta y cinco, tenía una constitución atlética y esa clase de fuerza que provenía de trabajar con las manos todos los días. Pero Telok no pareció necesitar ningún esfuerzo para empujarlo de vuelta a su sitio pese a que Cole se resistía activamente.
Finalmente, Cole se rindió y apartó la cara aplastada de la palma de Telok.
—Vale. Si la jodes, es cosa tuya. Espero que disfrutes de la carne quemada.
—Eh, Cole… —Lacey señaló su brocheta—. Quizá quieras prestar atención a tu carne.
Los ojos de él se abrieron al mirar el palo, cuyo extremo estaba completamente metido dentro del fuego. Lo sacó de un tirón.
—¡Joder!
Sopló frenéticamente para apagar las llamas que envolvían la carne carbonizada.
Telok gorjeó. El sonido era grave y retumbante, surgido desde lo más profundo de su pecho.
Lacey lo observó sorprendida. Había oído reír a Telok muy pocas veces y casi nunca lo había visto tan relajado.
Las escasas ocasiones en que lo había hecho habían sido cuando estaba con Ketahn, Urkot y Rekosh.
La mayor parte del tiempo era severo, serio y estaba alerta.
Siempre vigilando. Siempre preparado. Siempre protegiendo.
Y, por supuesto, cuando estaba cerca de ella normalmente también parecía molesto.
Pero verlo así, bromeando con Cole, con los ojos verdes entrecerrados de diversión, hizo que el corazón de Lacey diera un pequeño salto.
Se inclinó hacia delante y ladeó la cabeza mientras contemplaba a Telok. ¿Cómo serían sus ojos si alguna vez pudiera bajar completamente la guardia? ¿Si pudiera dejar de lado sus preocupaciones? ¿Si consiguiera librarse del peso que parecía cargar dentro de sus corazones?
Cole se aclaró la garganta.
—Eh, Lacey.
Ella parpadeó y se obligó mentalmente a reaccionar, sintiendo cómo le ardían las mejillas al darse cuenta de que había estado mirando fijamente a Telok. ¿Cuánto tiempo llevaba haciéndolo?
Dirigió la atención hacia Cole.
—Perdona, ¿qué?
Él señaló su comida.
Lacey frunció el ceño y bajó la mirada. Había relajado tanto el agarre que la brocheta descansaba directamente sobre las llamas, que ya empezaban a trepar por la propia madera.
Abrió mucho los ojos.
—¡Oh, mierda!
Levantó bruscamente el palo y sopló para apagar las llamas, revelando los restos ennegrecidos que quedaban. Golpeó con un dedo uno de los trozos del extremo. Estaba duro como el carbón.
Lacey hizo un puchero.
Cole silbó.
—Jodeeeer. Eso sí que es una putada.
Telok giró su palo para cocinar otro lado de la carne.
—Kir’ur gansha humans’ur ithaa ongahl dera ithin.
«Creía que los humanos erais hábiles con esto».
Lacey arrojó el palo al fuego.
—Me he distraído.
—Yo también —dijo Cole con un suspiro—. Pero al menos lo mío todavía se puede salvar.
—Ven’dak ithaa elthan, Lacey —retumbó Telok.
«No te preocupes», básicamente la versión vrix de aquella expresión.
Hizo un suave gesto hacia ella con el palo.
—Yo daré.
Lacey miró su brocheta, con la carne perfectamente asada, y después levantó los ojos hacia él.
—¿Vas a… compartirla conmigo?
Telok retiró el palo del fuego y reajustó el agarre para ofrecerle el extremo frío.
Lacey lo aceptó con cautela, sin saber muy bien qué pensar.
—Gracias.
Bajó la mirada hacia la brocheta y comprobó la temperatura de la carne con los dedos. Cuando vio que no quemaba al tocarla, deslizó el gran trozo del extremo y volvió a ofrecerle el palo a Telok. Él mostró la palma y negó con la cabeza.
—Quédatelo.
—¿Eh? ¿Y tú?
—No tengo hambre.
Lacey entrecerró los ojos.
—¿Cómo puedes no tener hambre? Mides más de dos metros y eres todo músculos y culo de araña.
—No culo de araña. Culo vrix.
Telok cerró una de sus grandes manos alrededor de la de ella y guio el palo de nuevo hacia Lacey.
—Come.
Su contacto y la forma en que aquella enorme mano envolvía por completo la suya enviaron un estremecimiento por su brazo. Lacey no pudo evitar ser consciente de la aspereza de su piel, de la inmensa fuerza de sus dedos y de cómo todo aquello contrastaba con la delicadeza con la que la trataba.
—Cabrón astuto —dijo Cole con la boca llena—. Ya has comido, ¿verdad? Solo has preparado eso para que ella pudiera comer más.
Telok desplazó una pata delantera y golpeó con fuerza la articulación flexionada contra la rodilla de Cole.
—¡Eh!
Cole fulminó a Telok con la mirada y se apartó un par de pasos mientras se frotaba la rodilla.
—Ponerte así a la defensiva solo me demuestra que tengo razón, ¿lo sabes?
—Sheevix —espetó Telok.
Los ojos de Lacey se abrieron.
¿Telok había reservado aquello para ella? ¿Lo había cocinado para ella?
Con las mejillas ardiendo cada vez más, se volvió hacia el fuego e intentó contener la sonrisa encantada que pugnaba por aparecer mientras se llevaba la carne a la boca y le daba un mordisco.
Era una de las mejores carnes que había probado en su vida… Porque Telok la había cocinado y se la había dado a ella.