El Cazador (Vrix nº 3) 9. Capítulo Nueve #3
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9. Capítulo Nueve #3

Cole se arrodilló, metió una mano en el bolsillo y sacó un encendedor eléctrico. Era uno de los pocos que aún conservaban de las provisiones de emergencia de la Somnium. Cuando apretó el mecanismo, se produjo un pequeño zumbido eléctrico y la yesca prendió casi de inmediato.

Lacey cruzó los brazos sobre el pecho y sonrió.

—¿Qué vamos a hacer cuando esas cosas dejen de funcionar?

—Desarrollar una fuerza de antebrazos y manos de la hostia haciéndolo a la antigua usanza.

—Uff...

Lacey se estremeció al recordar las clases básicas de supervivencia que todos los colonos habían realizado como preparación para el viaje a Xolea. Había tenido ampollas en las manos durante días después de aprender a encender fuego utilizando un taladro manual.

Cole rio y cogió una rama para mover parte de la yesca y extender las llamas.

—En realidad no es tan difícil.

—Lo dice el tío que lleva años haciéndolo.

—La práctica hace al maestro.

Cuando el fuego estuvo crepitando, Lacey regresó hasta su bolsa y sacó el odre.

Bebió un trago rápido antes de verter un poco de agua en la palma para echarse en la cara, el cuello y el pecho, limpiándose rápidamente la piel. Resultaba refrescante después de haber pasado todo el día sintiéndose sudada y pegajosa.

Pero había otro asunto urgente del que tenía que ocuparse.

—Voy a mear —anunció Lacey mientras agarraba la lanza.

—¿Quieres que vaya contigo a vigilar? —preguntó Cole.

—No —dijo Telok mientras se acercaba—. Yo vigilaré.

Las mejillas de Lacey se calentaron.

—Eh… estaré bien. No tardaré.

Telok señaló con la barbilla para que avanzara.

—Tú vas. Yo vigilo.

—Vale, vale.

Lacey se alejó del campamento, sorteando la espesa vegetación y las grandes rocas. Mientras caminaba, fue recogiendo trozos de musgo húmedo, muy consciente de la presencia de Telok detrás de ella.

—Creía que preferías evitarme.

Telok resopló.

—¿Has venido a hacer pis o a hacer palabras?

—Puedo hacer ambas cosas.

Cuando él no respondió, Lacey lo miró por encima del hombro. Sus ojos estaban clavados en ella, intensos e inamovibles, y una clase distinta de calor recorrió la piel de Lacey.

En aquel momento lo percibió con más claridad que nunca. La mirada de Telok podía devorarla. Y ella deseaba perderse en ella.

Volvió a mirar hacia delante.

—Ya sabes, Cole podría haber venido si tanto te molesta estar cerca de mí.

—No.

—¿No significa que él no podría haber venido o que no te molesta estar cerca de mí?

Un largo y grave gruñido retumbó desde Telok.

Lacey metió los labios hacia dentro y los mordió para no sonreír demasiado. Así que Telok estaba celoso y territorial. Por ella.

Cuando encontró un lugar detrás de un árbol que quedaba fuera de la vista de sus compañeros y estaba suficientemente despejado para ponerse en cuclillas sin que nada le hiciera cosquillas en el culo, señaló a Telok.

—Quédate ahí. Nada de mirar.

Las mandíbulas de él se crisparon y clavó el extremo de la lanza contra el suelo.

—Rápido.

Lacey se colocó detrás del árbol, apoyó la lanza contra el tronco, excavó un pequeño hoyo con el talón de la bota, se bajó los pantalones y se puso en cuclillas.

«Nada como sentir el culo desnudo al aire en plena jungla».

Pero lo peor de hacer sus necesidades allí fuera era que siempre parecía que todos los demás sonidos de la naturaleza se callaban solo para que todo el mundo pudiera escuchar el pis golpeando contra el suelo.

Lacey cerró los ojos, mortificada.

¿Por qué tenía que ser precisamente Telok quien montara guardia a solo unos pasos de distancia?

Habría preferido muchísimo más que fuera Cole, aunque seguramente hubiera hecho alguna broma sobre que estaba demasiado hidratada o que la temporada de inundaciones había empezado antes de tiempo. Joder, conociéndolo, probablemente él mismo habría estado meando al otro lado del árbol.

Lacey vació la vejiga y se limpió con parte del musgo húmedo, utilizando el resto para las manos antes de ponerse en pie y subirse los pantalones. Todavía tenía las mejillas sonrojadas cuando recogió la lanza y pasó junto a Telok.

—Ya está.

Aunque sus movimientos eran silenciosos, podía sentirlo acechando muy cerca detrás de ella.

Cuando regresaron al campamento, Garahk y Ayali ya habían vuelto y la carne que habían despiezado estaba dispuesta sobre grandes hojas extendidas encima de un tronco caído. Los cráneo-espinas se reunieron alrededor, cogiendo trozos y comiéndolos crudos.

Después de dejar su lanza apoyada junto a la bolsa, Lacey cogió un palo corto y puntiagudo y una hoja grande y se reunió con Cole para coger algo de carne.

Regresaron al fuego con la carne ensartada y Lacey se dejó caer al suelo con un gemido.

—No sé si voy a ser capaz de volver a levantarme.

Cole rio mientras se sentaba al otro lado de la hoguera.

—Oh, estoy seguro de que a Telok no le importará ayudarte.

Lacey sonrió sin apartar los ojos de él mientras recogía una pequeña piedra del suelo.

—Eh, Cole, creo que veo un bicho. Justo… en… tu frente.

—Te propongo una cosa, Lacey. Deja al bicho tranquilo y, cuando volvamos a Kaldarak, te construiré un muñeco al que puedas tirarle piedras hasta hartarte.

Lacey rio y arrojó la piedrecilla a un lado.

—Trato hecho. Pero tiene que parecerse a ti.

Cole negó con la cabeza, sonriendo.

—Eres una mujer cruel, muy cruel.

Mantuvieron las brochetas sobre el fuego. Mientras la carne chisporroteaba, un vrix se acercó, clavó contra el suelo el extremo romo de una lanza y se acomodó junto a Lacey.

Ella volvió la cabeza, preparada para saludar, pero las palabras murieron sobre su lengua.

No era un cráneo-espina de vivos colores.

Era Telok. Tenía las patas delanteras dobladas sobre el suelo frente a él y las otras cuatro recogidas junto a sus cuartos traseros.

En una mano sostenía un palo largo con varios trozos de carne ensartados, que extendió sobre las llamas.

—Eh… hola —dijo Lacey.

Telok le dedicó un breve asentimiento, aunque sus ojos se suavizaron.

—¿Qué pasa, colega? —preguntó Cole con suspicacia.

Telok se quedó mirándolo en silencio antes de señalar la comida que estaba asando, como si la respuesta debiera haber sido la cosa más evidente del mundo.

Cole arqueó una ceja.

—Creía que no te gustaba la carne cocinada.

—Silencio —respondió Telok—. Debo escuchar.

—¿El qué?

—Peligro.

—El único peligro aquí es que destroces esa carne porque no tienes ni puta idea de lo que haces.

Telok resopló y levantó una mano, colocando la palma frente a la cara de Cole.

—¿Acabas de…?

Telok acercó la mano un par de centímetros más.

Lacey soltó una risita.

Cole levantó las cejas y la miró.

—¿Va en serio?

Ella se encogió de hombros.

—Quiero decir, tú le enseñaste todos esos gestos humanos.

—¡Esto no es culpa mía!

Cuando volvió a mirar a Telok, Cole extendió una mano por debajo del brazo levantado del vrix.

—Dámelo. Me aseguraré de que quede bien hecho.

Telok chasqueó los colmillos de sus mandíbulas y giró el cuerpo, apartando el palo cargado de carne fuera del alcance del humano.

—Tú cocinas a menudo. Debe ser fácil.

—No voy a quedarme sentado mientras cometes un crimen contra la carne.