9. Capítulo Nueve
CAPÍTULO NUEVE
Al mediodía, el sol estaba alto y brillante, y la jungla era calurosa y húmeda.
Lacey deseó haber elegido unos pantalones cortos o una falda simplemente para poder sentir la brisa sobre las piernas, pero aquella mañana había sido práctica y había optado por unos pantalones largos, que proporcionaban cierta protección contra las espinas y ramas que pudieran engancharse, aunque ninguna contra el calor.
El sudor le corría entre los pechos, por la parte baja de la espalda y entre el cabello, haciéndole picar el cuero cabelludo, y tenía el chaleco empapado bajo la bolsa.
Para empeorar las cosas, la fricción de caminar con los pantalones húmedos de sudor estaba irritando las largas cicatrices del interior de sus muslos.
Aunque habría sido mucho peor si hubiera sido piel rozando contra piel.
«Haga lo que haga, estoy jodida».
Lacey gimió.
—Creo que me estoy muriendo.
Cole, que caminaba a su lado sin camiseta, rio.
—Solo llevamos medio día.
—Me estoy derritiendo.
—Se llama sudar y es bueno para ti.
Lacey pellizcó la tela del chaleco y la separó de su piel, permitiendo que una corriente de aire muy necesaria llegara hasta su pecho.
—Creo que soy alérgica.
—¿A tu propio sudor?
—Al calor.
Cole soltó una risita y extendió una mano para coger una de sus trenzas.
—Debe de ser por lo de ser pelirroja.
—¡Ves! —Lacey lo señaló—. Justo eso. Mi pelirrojo y yo somos intolerantes al calor.
Él le dio un pequeño tirón del pelo.
—Pues mala suerte que tu culo haya acabado en una jungla. Tú…
—¡Ay!
Cole tropezó hacia delante, soltando la trenza para llevarse una mano a la parte posterior de la cabeza.
—¿Qué coño?
Se detuvo, giró sobre sí mismo y examinó el suelo a sus pies antes de agacharse para recoger algo.
Se incorporó con una piedrecilla entre el índice y el pulgar.
—Muy bien, Cole, has encontrado una piedrecita bebé —dijo Lacey, acercándose para darle unas palmaditas en el hombro.
—Eso no ha tenido gracia —gritó Cole mientras arrojaba la piedra a un lado.
Lacey miró hacia atrás y vio a Okkor, el cráneo-espinas de piel verde, observándolos con los ojos muy abiertos. Rápidamente cruzó los brazos superiores frente al pecho y señaló detrás de él con el pulgar de una mano inferior.
—Kir’dak.
«Yo no».
Lacey desplazó la mirada hacia el vrix que caminaba detrás de Okkor, encargado de proteger la retaguardia de la partida de caza.
Telok. Sus ocho ojos verdes estaban entrecerrados, brillando amenazadores y clavados en Cole.
¿Había…? ¿De verdad acababa de lanzarle una piedra a Cole por tocarle el pelo?
«No, eso no puede ser. Él no…»
«¿O sí?»
—¿A qué coño ha venido eso? —exigió Cole mientras Okkor se apresuraba a alejarse.
—Bicho —dijo Telok.
—No tenía ningún bicho en la cabeza.
Telok se encogió de hombros, y la aparente despreocupación del gesto contrastó con la mirada que seguía dirigiendo a Cole.
—Ups.
Cole apretó los labios y respiró pesadamente por la nariz mientras se frotaba la nuca.
—¿Sabes? Si vosotros, cabrones, aprendierais a hablar de las cosas, nos ahorraríais a todos un montón de putos problemas.
—No conozco tus palabras.
—Y una mierda. Las conoces tan bien como conoces esto —dijo Cole, y le levantó el dedo corazón, se dio la vuelta y continuó caminando.
Lacey intentó contener una sonrisa y fracasó… aunque tampoco se había esforzado demasiado.
—¡Sí! ¡Toma eso!—dijo mientras le levantaba también el dedo corazón a Telok antes de echar a trotar para alcanzar a Cole.
Telok gruñó.
—Vas a conseguir que me mate —dijo Cole cuando Lacey volvió a situarse junto a él.
Ella frunció el ceño.
—¿Eh?
—¿En serio? ¿De verdad necesitas que te lo explique?
—De verdad que no tengo ni idea de qué estás hablando.
Cole se pasó una mano por la cara y murmuró varias maldiciones.
—¿Recuerdas cómo se ponía Ketahn cada vez que alguien siquiera miraba a Ivy durante más de unos segundos? ¿O a Rekosh cuando Ahmya estaba herida y casi le arranca la cabeza a Diego de un mordisco por tocarla?
—Sí, pero ¿qué tiene eso que ver conmigo?
—Volvería a tocarte el pelo para enseñártelo, pero no me hace ninguna puta gracia que me disparen piedras a la cabeza, Lace.
Lacey lo miró boquiabierta.
—¿En serio me estás culpando a mí de que Telok te haya tirado una piedra?
—No te estoy culpando, pero tú eres el motivo.
—¡No lo soy!
Cole se detuvo y levantó una mano delante de ella.
—Espera un segundo.
Cuando Lacey se detuvo, él giró sobre sí mismo.
—¿Tengo algún bicho?
—Eh… no.
Cole se volvió hacia ella con una expresión decididamente poco divertida, levantó una mano y volvió a agarrar una de sus trenzas, acariciándola esta vez con el pulgar.
Lacey arrugó la nariz y echó la cabeza hacia atrás, tensando la trenza.
—¿Qué estás haciendo?
Cole se agachó bruscamente.
Los ojos de Lacey se abrieron cuando algo diminuto silbó sobre la cabeza del hombre. Dirigió inmediatamente su atención hacia el vrix negro y verde que caminaba detrás.
—¡Telok!
—Bicho —dijo Telok con total indiferencia, todavía fulminando a Cole con la mirada.
Cole se incorporó de golpe y señaló al vrix con un dedo.
—¡No había ningún puto bicho!
Telok se limitó a encogerse de hombros otra vez.
Cole volvió a mirar a Lacey y juntó las palmas frente a él.
—Por favor, dime que ahora lo entiendes. Por favor, Lacey.
Ella lo agarró por la muñeca y lo arrastró hacia los demás, que caminaban por delante. Cuando hubo puesto cierta distancia entre ellos y Telok, soltó a Cole.
—No lo entiendo —dijo en un susurro áspero.
Cole gimió.
—Deja que me mate y ya está.
—¡No, hablo en serio! Telok no soporta estar cerca de mí. Viste lo cabreado que se puso cuando se dio cuenta de que iba a venir esta mañana. Has visto cuánto intenta evitarme, lo molesto que parece siempre que está conmigo. No se comporta así con nadie más.
Cole se apretó las sienes entre el índice y el pulgar.
—Voy a explicártelo de forma sencilla. Muy, muy sencilla. ¿Me estás escuchando?
Ella asintió.
Cole bajó la mano y la miró directamente a los ojos.
—Quiere. Follarte.
Lacey jadeó y se echó hacia atrás.
—¡Cole!
—Es verdad.
—¡Ni siquiera le gusto!
—Oh, claro que sí. Muchísimo. Y al parecer, todo el mundo lo sabe menos tú.
Lacey negó frenéticamente con la cabeza. Cole se equivocaba. Tenía que equivocarse. Era imposible que Telok la deseara, imposible que le gustara. Imposible que quisiera… follársela. Apenas soportaba tenerla cerca.
Pero, por mucho que intentara negarlo, la verdad arañaba el fondo de su mente, justo donde siempre había estado escondida.
Porque bajo el exterior áspero, lleno de cicatrices y malhumorado de Telok había un alma atenta y considerada.
Y por eso le habían dolido tanto su frialdad y su desdén, ¿verdad?
Porque aquel no era el Telok que Lacey había conocido durante su viaje.
No era el Telok que la había instruido, que la había mirado con orgullo, que se había mostrado encantado de llevarla sobre sus cuartos traseros con el cuerpo de ella apretado contra su espalda y los brazos rodeándolo.
Aquel no era el Telok que había perdido la cabeza cuando casi la habían matado los acechadores del fango.
Si Lacey conseguía mirar más allá de su propio dolor, si por fin se quitaba la venda de los ojos, las pruebas estaban justo delante de ella.
Cuando Telok había ido a buscarla a la cascada, se había preocupado porque creía que estaba herida y se había enfadado porque ella se había puesto en peligro.
Cuando Lacey le había llevado la lanza que había fabricado, él la había tratado como si fuese el regalo más valioso que hubiera recibido jamás.
Y la forma en que la había mirado entonces, con aquel calor abrasador en sus ojos, había dejado ardiendo a Lacey…
Aquello no había sido odio. Había sido lo más alejado posible del odio.
Había sido lujuria.
Lo había reconocido incluso mientras intentaba fingir que no era real. Y había huido. De aquello. De él.
«Telok me desea».
El pie de Lacey tropezó con una irregularidad del terreno y ella cayó hacia delante, evitando por poco estamparse de cara contra el suelo.
Cole la agarró del brazo y la estabilizó.
—¿Estás bien?
Con el rostro ardiendo, Lacey asintió.
—Sí.
«¡No, no estoy jodidamente bien!»
Se arriesgó a mirar por encima del hombro hacia Telok.
Efectivamente, la mirada de Telok estaba clavada en la mano de Cole sobre su brazo. Tenía los puños cerrados, los diminutos pelos de las patas erizados y la tensión de sus movimientos irradiaba amenaza, como si fuera una bestia que acechara a una presa a la que pretendía despedazar.
«Oh, mierda».
Lacey se soltó rápidamente del brazo de Cole y reanudó la marcha a paso ligero.
—¡Será mejor que muevas el culo si quieres seguir vivo, Cole!
—¡Creía que éramos amigos!
Los humanos se recolocaron en el centro del grupo, utilizando a Elharat, Okkor y Ayali como barrera entre ellos y Telok.
Elharat resopló y dijo en vrix:
—Si Piel de Cicatrices viene a por vosotros, huu-nanos, no lo detendré.
—Creía que debías protegernos —respondió Lacey lentamente en vrix, de manera torpe—. Somos de Kaldarak.
El gorjeo de Ayali fue grave y poderoso, aunque de algún modo también cálido y profundo.
—Ha usado las palabras equivocadas. Dice «no lo haré», pero quiere decir «no podré».
Elharat gruñó, echó hacia atrás los hombros cubiertos de púas e hinchó el pecho amarillo.
—Podría.
Okkor gorjeó, negando con la cabeza.
—No si quieres conservar la piel.
—¿Y tú lo harías mejor?
El cráneo-espinas verde levantó la barbilla y se irguió.
—Sí.
—Entonces permítenos contemplar tu shar’thai —respondió Elharat, haciendo un gesto hacia Telok.
Okkor resopló y aceleró el paso.
—Debo conservar mis fuerzas para protegerte de las bestias.
—Entonces yo conservaré las mías para cuando fracases.
—Parece que estás sola en esto, Lace —rio Cole.
Lacey arqueó una ceja.
—Tú eres quien lo ha cabreado.
—Pero tú eres la causa de su frustración. Ese culo malhumorado solo necesita meter la polla…
—Cole, ni se te ocurra terminar esa frase.
Lacey se acercó un poco y bajó la voz.