8. Capítulo Ocho
CAPÍTULO OCHO
Una suave brisa recorría el suelo de la jungla cuando Telok llegó al pie de las sinuosas escaleras. Traía consigo un ligero calor, la promesa de que el sol no tardaría en ahuyentar la oscuridad y el frío de la noche.
Pero el cielo seguía apagado y gris bajo la tenue luz que precedía al amanecer, y las sombras bajo Kaldarak permanecían profundas.
La mayoría de los habitantes de la ciudad dormían plácidamente en sus guaridas.
Para cuando comenzaran su jornada, Telok y sus compañeros se encontrarían a muchos segmentos de distancia.
Las patas golpearon las tablas de madera mientras el resto de los cazadores descendía tras Telok. Después de saludar a la pareja de guerreros cráneo-espinas que custodiaban las escaleras, avanzó unas zancadas y se volvió hacia los demás.
Garahk, compañero de Nalaki, la gobernante de Kaldarak, llegó primero.
Era un cráneo-espinas de constitución poderosa, con una piel blanca que contrastaba con las manchas negras y las duras protuberancias de sus hombros y cresta.
Por su tamaño y porte era imposible no percibir su feroz espíritu guerrero, y la bondad y calidez de sus ojos negros no conseguían hacerlo menos imponente.
Habló con los guardias con ligereza, familiaridad y respeto, consiguiendo que gorjearan con una simple broma.
Cinco cráneo-espinas más lo siguieron, todos ellos cazadores con los que Telok había trabajado durante su estancia allí.
Okkor y Elharat, que a menudo custodiaban juntos la entrada de Kaldarak, caminaban uno junto al otro detrás de Garahk.
La piel del primero era de un verde que recordaba al follaje de la jungla; la del segundo, de un amarillo brillante.
Después venía Droztar, cuya piel naranja era tan viva como el cielo al atardecer.
A continuación estaba Koss, de una cálida e intensa tonalidad ámbar.
La cazadora que cerraba el grupo era casi un segmento más alta que los demás, una hembra de piel marrón llamada Ayali.
Telok nunca había conocido a una cazadora durante su época en Takarahl.
Los machos acechasombras tendían a encajar con más facilidad en aquella función, pues su constitución más pequeña y esbelta, junto con su sigilo y agilidad naturales, les permitían destacar acechando presas entre la densa jungla.
Y Zurvashi había reforzado aquella costumbre durante su reinado.
Para ella, los cazadores no habían sido distintos de cualquier otro trabajador: obreros sin especialización que desempeñaban una labor necesaria, pero servil.
Las hembras estaban destinadas a ser guerreras: una élite prestigiosa, respetada y temida a partes iguales.
Pero Telok sí había conocido cazadoras antes. Cuando él era una cría, su madre había cazado junto a su padre, y su hermana de cría había aprendido aquellas habilidades de sus padres al mismo tiempo que sus hermanos y él.
Todos los cráneo-espinas recién llegados llevaban lo necesario para el viaje que tenían por delante: cestas y sacos para transportar lo recolectado, bolsas con herramientas y provisiones, rollos de cuerda tejida, hachas y cuchillos.
La mayoría llevaba al menos dos lanzas, incluido Telok.
Él sostenía en una mano una de las lanzas que acababa de fabricar y llevaba otras dos unidas y colgadas del hombro.
Entre ellas estaba la que Lacey había hecho para él.
El octavo integrante del grupo solo quedó a la vista cuando Ayali se apartó de las escaleras.
Los humanos ya eran pequeños de por sí, pero comparado con la enorme hembra cráneo-espinas, Cole parecía una cría recién salida del cascarón.
Sin embargo, caminaba con confianza y parecía pertenecer allí tanto como cualquier vrix.
Él también llevaba una lanza en la mano, y tenía sujetos a la bolsa su arco y sus flechas: el primero sin cuerda y envuelto en seda, y las segundas protegidas con ella.
Mientras se acercaba a Telok, Cole levantó los brazos por encima de la cabeza y abrió la boca en un bostezo.
—Hoy debes de tener muchas ganas de salir. Es jodidamente temprano incluso para ti —dijo en su idioma.
Telok asintió y se ajustó la correa de la bolsa antes de responder en vrix:
—Tenemos mucho camino que recorrer.
—Bajo el sol y el cielo, cierto es —dijo Garahk con un gorjeo—. Aunque podríamos haber esperado al sol.
Telok levantó una mano y se golpeó la cresta con un nudillo.
—Cuanto antes partamos, antes regresaremos con las provisiones que necesita Kaldarak.
El cráneo-espinas blanco golpeó una gruesa pata delantera contra la de Telok.
—Kaldarak tiene la bendición de poder llamarte uno de los nuestros, Piel de Cicatrices.
—Yo tengo la bendición de poder llamar hogar a Kaldarak.
Aquella respuesta dejó una extraña sensación dentro de Telok, tensa y al mismo tiempo ligera. ¿Era posible que unas palabras fueran ciertas y falsas a la vez?
Aunque algunas de las numerosas cicatrices de su piel y de sus corazones procedían de la guerra contra los cráneo-espinas hace casi ocho años, no les guardaba rencor. Quería ayudar a Kaldarak y no dudaría en hacerlo.
Pero sabía que su entusiasmo por marcharse estaba motivado por algo más egoísta.
Su sueño inquieto de la noche anterior, provocado por pensamientos que no había sido capaz ni de dirigir ni de silenciar, solo había confirmado lo que ya sabía.
Necesitaba alejarse de aquel lugar. Alejarse de la tentación. Alejarse de…
Unas botas golpearon los escalones de madera sobre ellos. Un humano descendía apresuradamente a un ritmo que parecía demasiado rápido para que una criatura con solo dos piernas pudiera mantenerlo con seguridad.
La humana asomó la cabeza por el borde muy por encima de ellos, y todo dentro de Telok se paralizó.
Lacey agitó una mano hacia los cazadores.
—¡Esperad! —gritó, primero en su idioma y después en vrix, antes de reanudar el descenso y desaparecer de su vista.
Telok apretó la mandíbula mientras escuchaba cómo sus pisadas descendían por las escaleras alrededor del enorme árbol.
Algunos cráneo-espinas intercambiaron palabras, pero la mente de Telok ni siquiera llegó a asimilarlas.
¿Por qué estaba allí Lacey? ¿Cole había olvidado algo?
¿O había ido para retrasarlos despidiéndose?
De todas las personas que podían haberse presentado aquella mañana, ¿por qué tenía que ser ella?
Cole rio y se frotó una mejilla.
—No puedo creer que se me olvidara…
Así que el humano sí había olvidado algo. Telok se relajó. Un pequeño retraso era aceptable, aunque no era propio de Cole presentarse sin estar preparado.
Cuando Lacey llegó al pie de las escaleras, Telok no consiguió apartar los ojos de ella.
Su cabello rojo estaba recogido en dos trenzas que descansaban sobre sus hombros, con finos mechones enmarcando su rostro pecoso.
Llevaba unos pantalones verde oscuro ceñidos a las piernas y un chaleco sin mangas del mismo color que se ajustaba a su torso.
La prenda estaba acordonada por delante, empujando sus grandes pechos hacia arriba y juntándolos.
Un dedo de Telok se flexionó ante el repentino deseo de enganchar una garra bajo aquellos cordones, cortarlos y dejar que aquellos montículos quedaran libres. Su miembro palpitó detrás de la abertura.
Telok apretó los colmillos. Cuanto antes partieran, mejor.
Una amplia sonrisa apareció en el rostro de Lacey.
—Ya estoy aquí y lista para irnos.
Telok parpadeó.
«¿Irnos?»
Solo entonces se dio cuenta de que llevaba una lanza y una bolsa sujeta a la espalda.
Aquellas no eran las cosas de Cole.
Eran las de Lacey.
—Tú… —Las mandíbulas de Telok se crisparon.
Cole sonrió y le ofreció el codo.
—¿Partiremos juntos a domesticar esta naturaleza implacable?
Lacey se colocó junto a él, pasó el brazo por el suyo y asintió solemnemente.
—Conquistaremos a las feroces bestias de la Maraña, pues aunque seamos pequeños, somos pode…
—No —espetó Telok.
Todas las miradas se volvieron hacia él.
—¿Eh? —dijo Cole.
—Tú, vi’jatai —Telok señaló a Lacey y después apuntó hacia arriba—, regresarás a tu guarida.
Lacey frunció el ceño, retiró el brazo del de Cole y se volvió hacia Telok.
—No, no lo haré. Yo —se señaló a sí misma y después a él— voy contigo. Buena suerte intentando arrancarte esta pequeña espina.
Telok se cubrió el rostro con una mano y deslizó las garras por él mientras gruñía.
¿Cómo iba a poner distancia entre ambos?
¿Cómo iba a sacarla de sus pensamientos si estaba justo a su lado en la jungla, sin ningún otro lugar al que ir?
Estaría aún más cerca que en Kaldarak. La vería.
La olería. Compartiría las comidas con ella.
Dormiría cerca de ella cuando establecieran sus guaridas en la naturaleza.
Cada instante de su tiempo estaría dedicado a intentar protegerla.
Y toda su fuerza de voluntad estaría destinada a resistir el deseo de tomarla.
—Vuelve —dijo.
Lacey levantó la barbilla, con los ojos desafiantes.
—No.
Cole alternó la mirada entre ambos.
—¿Qué pasa, tío? Ya ha salido con nosotros un montón de veces.
Los cráneo-espinas hablaban ahora en voz baja entre ellos, pero Telok no apartó los ojos de Lacey mientras avanzaba hacia ella. Ella no retrocedió.
Telok la agarró por la parte superior del brazo y la apartó de los demás, dolorosamente consciente de la presión de sus dedos contra aquella carne cálida y suave.
—Telok, ¿qué estás haciendo? —exigió Lacey en voz baja y áspera.
Él se detuvo, se volvió hacia ella y se inclinó sobre su cuerpo.
—No puedes venir. Está demasiado lejos. Es demasiado peligroso.
Lacey frunció el ceño, arrancó el brazo de su agarre y lo fulminó con la mirada.
—Estaré bien.
—Aquí—dijo Telok, y golpeó el suelo con una pata—. Estarás bien aquí.
Ella clavó la lanza en el suelo.
—Voy a ir y no puedes impedírmelo.
Telok expulsó una respiración áspera por los orificios nasales mientras pegaba las mandíbulas contra el rostro y apretaba la mandíbula.
—Telok, ni se te ocurra —dijo Lacey, señalándole con un dedo.
Él se lanzó sobre ella, le arrebató la lanza con una mano y rodeó su cintura con un brazo.
Lacey pataleó y forcejeó mientras la levantaba del suelo.
—¡Telok! —chilló, empujando contra su pecho—. ¡No puedes agarrarme y llevarme a la fuerza cada vez que no consigues lo que quieres!
—Claro que puedo.
Telok se la echó sobre el hombro y cerró los brazos alrededor de sus piernas para impedir que lo pateara.
—Dios, eres un capullo. ¡Bá-ja-me!
—No.
Telok se volvió hacia las escaleras. Si tenía que volver a atarla y dejarla en su guarida, lo haría.
Lacey se incorporó, agarró el cabello recogido sobre la cabeza de Telok y tiró.
Él gruñó y echó el torso hacia atrás cuando una punzada de dolor le atravesó el cuero cabelludo.
Pese al dolor, algo prendió en lo más profundo de su vientre: un fuego voraz que se derramó en su sangre y despertó sus deseos más profundos y salvajes, reavivando el instinto de reclamarla.
Igual que cuando lo había mordido junto a la cascada.
Y, por los Ocho, quería más.
«¡Joder!»
Otro instante de contacto sería su perdición. Apretando los dientes, dejó rápidamente a Lacey sobre sus pies y la soltó. Ella retrocedió tambaleándose antes de recuperar el equilibrio.
Apartándose del rostro los mechones que habían escapado de sus trenzas, regresó hacia Telok completamente desafiante, con sus ojos verdes brillando de rabia.
—Entonces ¿por qué no puedo ir, Telok? ¿Eh? ¿Porque soy humana? Si es por eso, ¿por qué puede ir Cole? Oh, ¿o es porque soy mujer? Qué curioso, porque no tienes ningún problema con que ella vaya.
Lacey lanzó un brazo en dirección a Ayali.
—Ellos son cazadores, Lacey.
—¡Y yo también!
—Tú…
—¿Cómo se supone que voy a mejorar si no me dejas aprender? Todas las cosas que me enseñaste durante el camino hasta aquí, todas las habilidades que he desarrollado, ¿y ahora de repente quieres actuar como si no hubieran servido para nada? ¿Como si no fuera lo bastante buena?
Cruzó los brazos sobre el pecho y sus ojos adquirieron un brillo húmedo.
—Sé que no tengo tanta experiencia como tú, pero soy una superviviente. Y tengo mucho que aportar a nuestro hogar, tanto si estoy ahí arriba como aquí fuera, en la jungla.
Aunque sus lágrimas no llegaron a caer, verlas acumulándose supuso un golpe para los corazones de Telok.
Lacey y los demás humanos habían viajado una distancia que él jamás sería capaz de comprender, dejando atrás todo cuanto conocían, y habían luchado con enorme dureza para sobrevivir allí. ¿Quién era él para frenarla ahora? ¿Cómo podía comportarse de forma tan egoísta?
Pero, por sus óctuples ojos, ¿cómo iba a soportar viajar de nuevo con ella?
Los hilos de su autocontrol ya estaban deshilachados.
¿Cuánto faltaba para que se rompieran bajo la tensión de aquella tentación?
¿Cuánto antes de que sucumbiera al instinto?
¿Cuánto antes de que cediera a lo que exigían sus corazones?
Se aproximaron unas pisadas deliberadamente pesadas.
Los finos pelos de Telok se erizaron y un calor furioso crepitó a través de él. Otro macho se acercaba a su hembra mientras estaba vulnerable. Otro macho lo estaba desafiando y…
«No».
—Un feroz shar’thai arde en ambos —dijo Garahk al acercarse—. Debéis tener cuidado de que no deje cicatrices.
Lacey resopló y apartó la mirada.
—¿Qué importa una cicatriz más? —murmuró.
Garahk miró a Telok, después a Lacey y de nuevo a Telok, pero este solo percibía al cráneo-espinas por el rabillo del ojo. No podía apartar la mirada de Lacey. Un tenue brillo de lágrimas permanecía en sus ojos, pero eso no disminuía en absoluto su determinación ni su fuerza.
—En la Maraña, los nuestros deben actuar como uno —dijo Garahk con suavidad—. ¿Todo está bien ahora?
Lacey asintió, dio un paso adelante y recuperó su lanza de manos de Telok.
Él se la entregó sin oponer resistencia.
—Sí —Lacey sonrió a Garahk—. Estoy lista. Pongámonos en marcha.
Y se alejó para volver junto a Cole.
El humano miró a Lacey antes de dirigir los ojos hacia Telok y mover los labios formando unas palabras que solo podían significar «¿qué cojones?»
Garahk centró toda su atención en Telok e inclinó la cabeza.
Aunque nada dentro de él estaba tranquilo, Telok hizo un gesto sereno para indicarle que avanzara.
—No conozco el camino. Guíanos y yo protegeré la retaguardia.