El Cazador (Vrix nº 3) 7. Capítulo Siete #2
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7. Capítulo Siete #2

Todos sus amigos habían reclamado compañeras y estaban formando sus propias familias.

Telok jamás había imaginado que aquello fuera posible.

Nunca lo había querido para sí mismo. Ni siquiera lo había considerado.

Ya había perdido a demasiados seres queridos.

¿Cómo iba a soportar el dolor de perder a alguien más?

Especialmente a una compañera y a sus propias crías.

Pero ver a sus amigos con sus compañeras, verlos felices, ver a Ketahn e Ivy con Akalahn y ahora saber que Ahmya y Callie llevaban crías en su interior…

Telok resistió el impulso de arañarse el pecho, sabiendo que eso no conseguiría disminuir el enorme y profundo dolor que lo dominaba.

Pasó junto a Rekosh y regresó a la mesa de trabajo.

—Mañana tendré todo lo que necesito, pero agradezco tu ofrecimiento.

—Por supuesto.

Telok recogió dos puntas de lanza de roca negra de la mesa y comprobó su peso sobre las palmas abiertas. Aunque apenas tres segmentos separaban a Telok de su amigo, aquel espacio parecía tan ancho como toda la extensión de tierra entre Kaldarak y Takarahl.

Lo cual hacía que el abismo entre Telok y Lacey fuera tan inmenso como la oscuridad entre las estrellas que ella y los demás humanos habían cruzado para llegar hasta allí.

Despreciaba aquella distancia. Despreciaba aquella tensión.

Pero ¿no era aquello la confirmación de que estaba destinado a caminar solo?

¿Que su lugar nunca había estado realmente ni en Takarahl ni en Kaldarak?

—Yo…

Telok cerró las manos alrededor de las puntas de lanza.

Apenas percibió cómo sus filos afilados mordían sus palmas.

Las palabras que pretendía decir se enredaron en su garganta hasta convertirse en una masa demasiado densa y confusa para poder salir.

Así que dejó que murieran y aceptó sus fantasmas dentro de sus corazones. Una cosa más que lo perseguiría.

—Me alegro por ti y Ahmya. También por Urkot y Callie. Vuestras crías serán sanas y fuertes.

Habían dado la noticia nueve días atrás, mientras él buscaba a Lacey, y desde entonces no había encontrado la oportunidad de felicitar a sus amigos.

—Gracias.

Los pasos de Rekosh fueron prácticamente silenciosos mientras se acercaba.

—Tienes mucho que hacer y tu espíritu está cargado. Te dejaré trabajar. Hablaremos más cuando regreses a Kaldarak.

Telok asintió.

«Cargado» era una palabra tan buena como cualquier otra para describir su estado de ánimo, aunque «dividido» probablemente fuera más precisa. Pasar tiempo en la Maraña le despejaría la mente. Una distancia real de Lacey haría más fácil…

¿Qué? ¿Cortar los hilos entre ambos? La única manera de que aquello funcionara sería cortar también sus vínculos con todos los demás.

Rekosh apoyó una mano sobre el hombro de Telok.

—Hace mucho tiempo, un cazador sabio me enseñó que permanecer eternamente al acecho solo da al destino la oportunidad de dejarte con el estómago vacío.

Las mandíbulas de Telok se crisparon mientras volvía la cabeza hacia Rekosh.

—Soy el único cazador que te ha enseñado algo.

—Exactamente.

La mano de Rekosh apretó con firmeza su hombro.

—Si de verdad la caza es todo lo que conoces, hermano… caza. Porque sea lo que sea que has estado haciendo en su lugar, está haciendo daño a alguien más aparte de ti.

Los puños de Telok se cerraron todavía más. Ahora sí sintió el dolor. Pero no era nada comparado con la creciente opresión de su pecho.

Rekosh retiró la mano y se marchó sin producir más sonido que el roce de la tela al apartar la cortina de la entrada.

Hacer daño a Lacey conseguiría mantenerla alejada, ¿no? ¿Y no era ese precisamente su objetivo? ¿No era la distancia lo que buscaba?

El dolor de ella era como una hoja hundida en su espalda, empuñada por su propia mano, pero era necesario. Necesario porque…

Porque Telok no podía mantenerse alejado de ella.

¿Cuántas veces se había descubierto buscándola o contemplándola desde lejos? ¿Cuántas veces había permanecido oculto entre las sombras, sin ser visto, observándola mientras hablaba con los demás, mientras trabajaba, mientras comía, mientras dormía, mientras se bañaba?

Un estremecimiento lo sacudió y su miembro se agitó detrás de la abertura. El deseo floreció en lo más profundo de su cuerpo y se extendió en espiral hacia el exterior, inundándolo y tiñendo su mente de rojo.

El cuerpo suave y pálido de Lacey no debería haberle resultado atractivo.

Todo en él era extraño. Su tamaño. Su forma.

Su color. La manera en que se movía. La forma en que su carne cedía ante el más leve contacto.

Aquellos abultamientos redondeados de su pecho, coronados por carne rosada como una baya.

Sus curvas pronunciadas. El pequeño parche de pelo rojo sobre su abertura.

Sus pies, con aquellos dedos extraños y delicados…

Y, sin embargo, apenas podía apartar los ojos de ella. No podía contemplarla sin sentir curiosidad. Sin hambre. Incluso sus cicatrices, diferentes a cualquiera que hubiese visto jamás, lo atraían.

Ansiaba verla ahora. Llenarse los pulmones con su aroma. Tocarla, y… Saborearla.

Hacerla suya.

«Está a apenas unas zancadas de distancia…»

Gruñendo, descargó los puños sobre la mesa, haciendo temblar todo lo que había encima.

La sangre caliente comenzó a filtrarse entre sus dedos.

—No puedo tenerla —dijo con voz ronca.

El viaje del día siguiente le vendría bien.

Lo mantendría alejado de ella, le proporcionaría otras cosas en las que concentrarse y permitiría que aquellos fuegos que lo consumían se enfriaran hasta apagarse.

Necesitaba pasar un tiempo con Lacey fuera de su alcance, sin posibilidad de ceder al impulso de verla.

Porque si tomaba a Lacey como compañera, si la reclamaba y se permitía acercarse a ella tanto como ansiaba… No sobreviviría cuando la Maraña le recordara inevitablemente que era el principio y el final de todas las cosas.