7. Capítulo Siete
CAPÍTULO SIETE
El agarre de Telok sobre la lanza se tensó mientras observaba cómo Lacey se alejaba. Sus corazones martilleaban y cada latido enviaba una oleada de calor inquieto y hormigueante a través de su cuerpo.
Deseó que aminorara el paso, que mirara atrás. No hizo ninguna de las dos cosas. Su pelo rojo rebotaba y se balanceaba al ritmo de sus apresurados pasos, y la distancia entre ambos aumentaba.
Un impulso salvaje se apoderó de él, como si mil hilos dentro de su pecho se entrelazaran hasta formar una masa enredada que tiraba a la vez de cada fibra de su ser.
«Persíguela».
«Reclámala».
Los músculos de sus patas se tensaron, ansiosos por obedecer la llamada de su instinto, y aquel calor se concentró en su interior. Sin embargo, pese a que todo su cuerpo y su alma le rugían que actuara, permaneció inmóvil, contemplando a Lacey hasta que desapareció de su vista.
Incluso entonces fue incapaz de apartar los ojos del lugar donde la había visto por última vez.
Necesitaba ir tras ella. Necesitaba tenerla.
Pero no podía. Lo único que podía hacer era dejarla marchar…
y continuar con sus inútiles intentos de convencerse de que aquello era mejor para ambos.
Seguir fingiendo que podía soportar aquel dolor con facilidad.
«Kir’ani vi’jatai».
«Mi pequeña espina».
—¿Qué has hecho esta vez? —preguntó Rekosh.
—Nada —respondió Telok.
Rekosh gorjeó.
—Cuando se trata de Lacey y tú, nunca es nada.
Telok finalmente consiguió apartar los ojos del espacio vacío que Lacey había ocupado momentos antes y miró a su amigo. El alto y larguirucho tejedor estaba de pie con la cabeza inclinada hacia un lado, los brazos inferiores cruzados sobre el pecho y un brillo de complicidad en sus ojos rojos.
Telok inspiró lenta y profundamente y contuvo el aire hasta que le ardió el pecho. El aroma de Lacey seguía presente en sus sentidos. Pero era de esperar, ¿no? Era un espíritu ligado a sus corazones que lo perseguía allá donde fuera. No había escapatoria.
Y una parte de él disfrutaba de aquel tormento.
—Tienes razón, Rekosh. No es nada. Es… —Telok levantó una mano e indicó al tejedor que se acercara.
Rekosh se inclinó hacia él.
—Nada que te importe —espetó Telok, enfatizando cada palabra con un chasquido de los colmillos de sus mandíbulas.
Volvió a entrar en su guarida, dejando caer la cortina en su sitio, y avanzó hacia la mesa de trabajo.
Sobre ella había herramientas y materiales: un cuchillo y una pequeña hacha para trabajar la madera, varias piedras y astas para dar forma a la roca negra, trozos de grueso hilo de seda y tiras de cuero para sujetar las piezas, puntas de lanza parcialmente afiladas y algunos adornos dispersos.
Después de dos días trabajando, no había terminado ni una sola arma. Sus pensamientos habían estado… dispersos, como hojas caídas abandonadas a merced de vientos caprichosos.
La seda susurró detrás de él cuando Rekosh entró.
—¿Así que de verdad piensas esconderte aquí otro día más? —preguntó Rekosh.
Con sumo cuidado, Telok dejó la lanza que Lacey le había regalado sobre la mesa.
—No me estoy escondiendo. Estoy trabajando.
Rekosh volvió a gorjear mientras se acercaba.
—Por lo que recuerdo, eso no cuenta como una razón válida. Al menos no según Urkot y tú, la última vez que estuvimos en Takarahl.
—Tú sí te estabas escondiendo —Telok pasó las manos sobre la lanza, familiarizándose con el tacto de la madera trabajada—. Yo estoy trabajando.
Rekosh se colocó a su lado y emitió un murmullo.
—Una forma extraña de trabajar.
—No implica agujas, hilo ni telar, así que te debe de resultar extraña.
La mano de Telok encontró la trenza decorativa. No pudo evitar acariciarla con el pulgar.
Rekosh extendió una mano para tocar el arma. El fuego estalló dentro de Telok y apartó la lanza antes de que la mano del tejedor pudiera entrar en contacto con ella, mientras un gruñido grave vibraba en su pecho.
Un trino satisfecho escapó de Rekosh cuando rozó la pata delantera de Telok con la suya.
—Entonces ¿es un regalo de Lacey?
Telok resopló y le dio la espalda para continuar examinando el arma.
—¿Por eso has estado tan enfa-dahdoh estos últimos días? —preguntó Rekosh—. ¿Por las lanzas?
—No estoy enfa-dahdoh —Telok recorrió con un dedo el filo de la punta de roca negra y se detuvo en el extremo para mirar a su amigo—. ¿Qué significa enfa-dahdoh?
Las mandíbulas de Rekosh se alzaron en una sonrisa.
—Es la palabra humana para Telok.
Telok levantó la lanza entre las manos.
—No te muevas. Debo probar la punta.
Rekosh levantó las manos y se apartó rápidamente.
—A mí me parece suficientemente afilada.
Telok inclinó la cabeza.
—¿Enfa-dahdoh?
—Significa malhumorado, hosco, gruñón —Rekosh pronunció las tres últimas palabras en su idioma mientras señalaba a Telok—. Tú.
Telok gorjeó y negó con la cabeza.
—No estoy enfa-dahdoh, Rekosh.
«Ya no».
En cambio, estaba… ¿Qué?
Sus ojos volvieron a desviarse hacia la lanza.
Aunque tenía sus imperfecciones —estaba ligeramente desequilibrada y torcida por apenas el grosor de un hilo—, era imposible negar el cuidado que había dedicado a fabricarla.
La veta de la madera del asta se había conservado lo suficiente como para proporcionar un agarre seguro.
Los hilos que sujetaban la punta al asta estaban enrollados con firmeza y uniformidad.
La punta estaba bien trabajada, lo bastante fina para mantener un filo, pero no tanto como para resultar demasiado quebradiza.
Tenía el estilo que él prefería. La longitud que él prefería. Y estaba adornada de la forma que él prefería.
Lacey no se había limitado a regalarle una lanza. La había fabricado específicamente para él, utilizando sus propias dos manos. Manos que habían quedado rojas y doloridas debido a su esfuerzo.
Telok había recibido regalos antes, pero ninguno había sido tan considerado, tan significativo. Ella había soportado el dolor para crear aquello para él y había prestado especial atención a cada detalle. Lacey había fabricado aquella lanza con todo su corazón y se la había entregado a Telok.
¿Cómo podía considerarse aquello un regalo corriente?
Rekosh emitió un murmullo pensativo.
Telok sintió los ojos del tejedor sobre él, pero no apartó la mirada de la lanza mientras la llevaba hasta la entrada. La colocó en el soporte junto a la abertura y retrocedió un paso.
Parecía pertenecer allí. Y durante un instante fugaz, no más largo que el silencio entre dos latidos, imaginó junto a ella una lanza más corta y ligera, adornada con una diminuta trenza negra, blanca y verde, encajando en la guarida con la misma naturalidad. Una lanza para Lacey.
—¿Alguna vez has pensado que simplemente hablar con ella con sinceridad podría poner fin a este conflicto? —preguntó Rekosh.
—¿Alguna vez has pensado que hablar menos proporcionaría paz a todos los que te rodean?
Pero la verdad de las palabras de Rekosh resonó dentro de Telok, abriendo un espacio frío y terrible en su pecho.
—He hablado con Lacey muchas veces —se encontró diciendo Telok— y nunca le he dicho nada falso.
Rekosh se limitó a emitir otro murmullo, con un leve matiz de incredulidad.
Cuando Telok se volvió hacia él, Rekosh había vuelto a cruzar los brazos inferiores mientras una de sus manos superiores jugueteaba con el extremo de la larga trenza que le colgaba frente al hombro. Toda su atención estaba puesta en Telok.
Había algo inquietante en aquella mirada. No contenía una mala intención, pero los ojos de Rekosh eran agudos y penetrantes, y Telok había tenido muchas veces la sensación de que el tejedor podía ver cosas que otros no podían. Que podía ver aquello que los demás creían haber ocultado.
Hacía que Telok se sintiera… Expuesto.
«¿Así se sienten los humanos cuando no llevan ropa?»
—No me mires así —dijo Telok con un resoplido.
Aunque Rekosh no apartó la mirada, aquel brillo penetrante de sus ojos se apagó y adquirió un matiz casi triste.
—De verdad, Telok, no necesitas esconderte.
—Soy cazador. A menudo debo esconderme.
Rekosh negó con la cabeza y suspiró.
—Sabes perfectamente a qué me refiero. No todo es una cacería.
Telok abrió los brazos, mostrando su piel cubierta de cicatrices.
—La caza es todo lo que conozco.
La postura de Rekosh se hundió ligeramente.
—No creo que eso sea cierto. Y si lo es… no tiene por qué seguir siéndolo.
Telok avanzó hacia su amigo y rozó su pata delantera con la suya.
—No te preocupes por mí. Estoy bastante bien.
«Mentiroso».
Estaba perdido, inquieto, confundido, en guerra consigo mismo. Kaldarak le parecía tanto una jaula como un hogar. Había demasiadas emociones arremolinándose en su interior, demasiada agitación, y no podía liberarlas. No podía sucumbir a ellas.
No podía permitirse tomar aquello que deseaba, por fácil que hubiera sido hacerlo.
—Bastante bien —repitió Rekosh con un gruñido—. A veces me pregunto si las palabras tienen significados distintos para ti que para el resto de nosotros.
—Quizá.
Eso explicaría por qué Telok siempre parecía escoger las palabras equivocadas cuando hablaba con Lacey.
Rekosh lanzó su larga trenza detrás de la espalda y recorrió la guarida con la mirada. Su atención se detuvo primero en la única lanza junto a la entrada y después en la mesa de trabajo.
—Te unirás mañana a la partida de caza de Garahk, ¿verdad?
—Sí.
—Si quieres que te preste una lanza, solo tienes que pedirla —Rekosh volvió a mirar a Telok—. Estoy seguro de que entre Ketahn, Urkot y yo debe de haber alguna que se adapte a lo que prefieres.
—¿Vosotros os quedaréis otra vez?
El tejedor asintió.
Aunque aquella respuesta no sorprendió a Telok, la comprensión que la acompañó lo cogió desprevenido.