El Cazador (Vrix nº 3) 5. Capítulo Cinco #3
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5. Capítulo Cinco #3

—¿Yo? —Lacey forzó una sonrisa inocente y se inclinó hacia delante pese a que la culpa la estaba devorando—. ¿Y por qué iba yo a hacer algo así?

—Lacey —gruñó Telok a modo de advertencia mientras se acercaba, apoyando pesadamente las patas delanteras entre las astas de dos lanzas.

Ella se mantuvo firme pese a que todos sus instintos le gritaban que corriera.

El sol estaba detrás de Telok y sumía sus rasgos en sombras, excepto aquellos brillantes ojos verdes. Con las cicatrices que le cubrían el rostro y el cuerpo, resultaba verdaderamente aterrador.

Pero, pese a toda su furia, Lacey sabía que jamás le haría daño.

Al menos físicamente.

—Sé que estuviste en mi guarida —dijo él con voz áspera, hablando su idioma de manera pausada, pero con un fuerte acento.

—No estuve.

—Te olí.

El calor inundó el rostro de Lacey.

«Malditos vrix y su superolfato».

—¡Vale, sí! Entré en tu guarida y tiré tus lanzas al suelo —Lacey le clavó un dedo en el duro pecho—. Te lo merecías por atarme y llevarme de un lado a otro como si fuera un saco de patatas delante de todo el mundo. ¿Sabes cuánto me dolió y la vergüenza que pasé?

—Mejor tú avergonzaadah que muerta.

Lacey apretó los labios y lo fulminó con la mirada mientras bajaba la mano.

No tenía ninguna respuesta porque él tenía razón, aunque jamás fuera a reconocerlo.

El dolor y su necesidad de estar sola le habían impedido pensar con claridad, y eso la había vuelto imprudente.

Telok devoró la distancia que quedaba entre ambos con una sola zancada y se inclinó hasta dejar la cara justo encima de la de ella.

Lacey echó la cabeza hacia atrás para mantener sus miradas unidas.

A aquella distancia, el aroma de Telok dominaba el aire y no le dejaba más remedio que respirarlo.

Madera cálida de cedro, musgo y un ligero trasfondo de humo.

Aunque no era ni el momento ni el lugar, el calor comenzó a enroscarse en la parte baja de su vientre.

—Una lanza sirve para cazar. Para proteger.

Para vivir —dijo, y señaló bruscamente las armas dañadas—.

Con estas proveo a nuestra tribu. Protejo a nuestra tribu.

Te protejo a ti. Son… Othan elad rayathi elush et sythex tes kir’ani althai.

Ul inkahl tes kir, kir vishaxx saal othirn jeika ithaa kir’ani eshtai, kir vishaxx kuix’zak niktera iln kir kala’al kir’ani nedahl vux dask.

«Están entretejidas en los hilos de mi alma. Son una parte de mí que entrego sin dudarlo a aquellos que me importan, igual que entregaría mi sangre y mi trabajo».

—Fuiste descuidada con ellas —continuó Telok en su idioma, con una voz todavía más áspera y ronca de lo habitual—. Las rompiste.

Solo entonces Lacey se dio cuenta de que estaba temblando. Permaneció en silencio, asimilando sus palabras, ahogándose en el remordimiento mientras las lágrimas le abrasaban los ojos y le nublaban la vista.

—No te gustó lo que hice, pero yo no fui descuidado contigo, Lacey.

El corazón de ella se encogió y tuvo la sensación de que todo su pecho iba a derrumbarse sobre sí mismo. Ella había roto sus lanzas. Pero sus palabras la estaban rompiendo a ella.

Lacey luchó por cada respiración superficial, luchó por impedir que un sollozo le desgarrara la garganta, luchó por mantener las lágrimas contenidas.

Pero era una batalla perdida. Incapaz de seguir sosteniendo su mirada, bajó los ojos hacia las lanzas destrozadas a sus pies y las lágrimas comenzaron a recorrerle las mejillas.

—Lo siento —dijo, con una voz pequeña y tensa—. Lo siento muchísimo.

Los dedos largos y poderosos de Telok atraparon su barbilla y guiaron su rostro de nuevo hacia él. Por mucho que no quisiera hacerlo, por mucho que lo temiera, Lacey volvió a encontrarse con sus ojos.

El verde de aquellos ojos se intensificó.

Telok levantó otra mano. Con una vacilación poco habitual en él, apoyó el dorso de un dedo flexionado contra la mejilla de Lacey y atrapó una lágrima que caía. Entreabrió la boca mientras observaba la gota de humedad sobre su oscura piel.

Lacey sintió cómo se tensaba la mano que le sujetaba la barbilla, aunque no aumentó la presión. Telok expulsó el aire de forma inestable. Después emitió un zumbido profundo y angustiado, seguido de un estremecimiento que recorrió todo su cuerpo.

La soltó. Durante un instante permaneció allí, con las manos aún tan cerca de su rostro y el cuerpo todavía tan próximo al suyo. Entonces gruñó con aspereza y se apartó.

Se marchó sin decir una palabra. Sin siquiera mirar atrás.

Lacey lo observó alejarse mientras las lágrimas caían sin impedimento y la brisa agitaba su cabello. Solo cuando Telok desapareció de su vista consiguió escapar un sollozo.

¿Cómo había podido ser tan desconsiderada? ¿Tan cruel? Aquello ni siquiera era propio de ella, y aquella breve y equivocada sensación de justicia no había valido la pena. Nada de aquello merecía hacerle daño a Telok. Ni siquiera un poco.

Lacey bajó la mirada hacia las lanzas que él había dejado atrás. Las lanzas que significaban tanto para él. Se agachó y extendió una mano, recorriendo con los dedos la profunda grieta de una de las astas.

—Lo arreglaré.