6. Capítulo Seis
CAPÍTULO SEIS
Lacey apretaba contra el pecho el regalo largo y estrecho, envuelto en seda, mientras cruzaba un puente oscilante con una mano apoyada en la barandilla de cuerda para mantener el equilibrio.
Hizo una mueca por la sensibilidad de las palmas y la rigidez de los dedos.
El viento tiraba de su corto vestido amarillo y le azotaba el pelo.
Aunque ya se había acostumbrado a recorrer los puentes de Kaldarak, eso no impedía que el estómago le diera un pequeño vuelco con cada balanceo y rebote.
Pero aquel día sus nervios eclipsaban esa sensación.
Alzó la mirada hacia la plataforma que tenía delante. La guarida de Telok se encontraba allí, en las afueras de la ciudad, encaramada en uno de los niveles más altos. Hacía dos días que no lo veía, dos días desde su enfrentamiento, y no sabía qué esperar.
¿Seguiría enfadado? ¿Seguiría dolido?
¿La… odiaría?
—Supongo que voy a averiguarlo —murmuró mientras apretaba con más fuerza el regalo, conteniendo las lágrimas que amenazaban con aparecer.
Dios, últimamente había llorado muchísimo y lo odiaba. Odiaba la culpa, la preocupación, la incertidumbre. Odiaba que, para empezar, todo aquello hubiera sido culpa suya.
Y, por encima de todo, odiaba haber hecho daño a Telok.
Cuando Lacey pisó la plataforma, echó un vistazo a su alrededor.
No había nadie. No era de extrañar. Muchos cráneo-espinas preferían reunirse cerca del centro de la ciudad para trabajar y socializar durante los días cálidos y soleados como aquel.
Aquella plataforma permanecía escondida entre las ramas, donde apenas llegaba la luz del sol.
No era precisamente el lugar ideal para tomar el sol, algo que parecía gustarle a la mayoría de los vrix.
Una sensación inquietante y hormigueante se extendió por su pecho mientras se acercaba a la guarida de Telok, y las manos comenzaron a sudarle.
«Quizá no esté en casa».
Podía limitarse a dejar allí el regalo y marcharse sin tener que enfrentarse a él.
«Cobarde».
Lacey se detuvo frente a la guarida de Telok y contempló la cortina marrón que cubría la entrada. No. No iba a huir de aquello. Si no estaba en casa… Bueno, tendría que averiguar dónde se encontraba o esperar hasta poder entregarle el regalo personalmente.
Inspiró profundamente para armarse de valor, levantó el puño y llamó sobre el marco de la entrada.
No oyó ningún movimiento en el interior, pero una enorme mano negra, provista de garras y con una cicatriz cruzándole uno de los dedos, agarró la cortina y la apartó. Y entonces Telok apareció ante ella.
Sus anchos hombros ocupaban prácticamente toda la entrada y su cresta casi rozaba la parte superior. Incluso con aquella postura relajada debía de medir al menos dos metros diez, haciendo que el metro setenta y tres de Lacey pareciera insignificante. Ella no pudo evitar recorrerlo con la mirada.
Aunque la parte superior de su cuerpo era más o menos humanoide, era imposible confundir a Telok con un humano.
Tenía un segundo par de brazos plegados bajo los superiores, y ambos pares poseían peligrosas puntas que sobresalían más allá de los codos.
La forma en que su piel negra se ceñía a los poderosos músculos que había debajo hacía que pareciera tener el torso cubierto de placas de armadura.
La mitad inferior era completamente arácnida.
Seis patas largas y segmentadas dispuestas hacia delante, unos grandes cuartos traseros con hileras en la parte posterior y dos cierres a ambos lados de la abertura cerrada de su pelvis.
Brillantes dibujos verdes, bordeados por franjas blancas, recorrían su espalda, patas, brazos y cresta, y rodeaban las articulaciones de sus dedos y mandíbulas.
Detrás de la cresta de tres puntas, el cabello negro, atravesado por mechones verdes y blancos, estaba recogido en un grueso y desordenado moño sobre la cabeza.
Su piel era un tapiz de cicatrices de todas las formas y tamaños, heridas infligidas tanto por bestias como por vrix a lo largo de una vida de peligros y conflictos.
Las de peor aspecto eran los tres profundos tajos que atravesaban el lado derecho de su garganta y las cicatrices irregulares que descendían por el lado izquierdo de su rostro.
Pero, de todo él, lo que más atraía a Lacey eran sus ojos. Brillaban con un verde intenso y contenían todas las emociones que aquel rostro semejante a una máscara era incapaz de expresar.
Y aquellos fascinantes ojos inhumanos la observaban ahora.
Las mandíbulas de Telok se crisparon mientras su mano se tensaba sobre la cortina.
Lacey sonrió con incomodidad y agitó una mano.
—Holaaaa… Solo quería pasarme un momento. Espero no molestarte.
Telok entrecerró los ojos mientras sus mandíbulas descendían lentamente.
—¿Puedo… entrar?
El peso del regalo presionaba contra su hombro y Lacey lo rodeó con una mano mientras cambiaba el peso de un pie al otro.
Su silencio solo consiguió aumentar el temor que crecía dentro de ella. Lacey desplazó ligeramente un pie hacia atrás.
—O… ¿prefieres que me vaya?
El pecho de Telok se expandió con una lenta inspiración. Expulsó el aire con un áspero resoplido por los orificios nasales y se apartó, manteniendo abierta la cortina.
Sorprendida, Lacey se quedó quieta unos instantes, alternando la mirada entre él y la entrada. De verdad había esperado que la mandara a la mierda. Joder, una parte de ella incluso se habría sentido aliviada si lo hubiera hecho. Habría sido mejor que aquel silencio.
Le dedicó otra sonrisa y pasó junto a él. En cuanto entró en su guarida, el embriagador aroma de Telok a madera y humo la golpeó. Algo cálido se agitó en su interior.
«No has venido aquí para ponerte cachonda, Lacey. ¡Concéntrate!»
Aun así, no pudo evitar aspirar un poco más de su aroma. Es que olía jodidamente bien.
Ya había estado una vez en la guarida de Telok, pero entonces apenas había observado el lugar: su furiosa y equivocada misión había ocupado toda su atención. Ahora se tomó su tiempo para estudiar su hogar.
Aunque entraba algo de luz natural por las ventanas abiertas, era escasa, y el resplandor azul de los fragmentos de cristal colocados en las paredes y sobre la mesa de trabajo apenas aportaba claridad.
A ella le resultaba un poco sombrío, pero probablemente fuese perfectamente adecuado para los agudos ojos de un vrix.
Había cortinas de seda marrón recogidas junto a las ventanas y unas pocas pieles extendidas por el suelo.
La bolsa de Telok, confeccionada con piel de yatin muy usada pero cuidadosamente mantenida, colgaba junto a la entrada, no muy lejos del soporte donde habían estado las lanzas que Lacey había robado y dañado.
En las paredes colgaban algunas otras armas, entre ellas hachas de obsidiana, cuchillos e incluso un pesado garrote con fragmentos de obsidiana incrustados.
Lacey se adentró un poco más.
Unos pequeños estantes colocados contra una pared contenían tarros de barro y cestas, mientras que sobre otro más grande había varios trozos de seda cuidadosamente doblados.
La cama de Telok, un enorme nido de seda esponjosa y pieles de animales, ocupaba una esquina.
El lugar estaba ordenado y apenas amueblado. Práctico. No había objetos personales a la vista. Ni adornos. Era…
Solitario.
La cortina de la entrada volvió a caer en su sitio, haciendo más profunda la penumbra.
La mirada de Lacey se detuvo sobre la mesa de trabajo. A juzgar por las herramientas y materiales que había encima, incluidos varios palos largos y tallados apoyados contra ella, supuso que estaba fabricando nuevas lanzas.
Sus manos se tensaron alrededor del regalo cuando una nueva oleada de culpa la invadió.
—No toques —advirtió él detrás de ella.
Lacey se volvió.
—¿Que no toque qué?
—Nada.
—Ah —respondió con una risa nerviosa—. Entendido. No tocar las cosas de Telok.
Él cruzó ambos pares de brazos sobre el pecho.
—¿Por qué has venido, Lacey?
«No quiere que esté aquí».
Lacey bajó la mirada hacia el suelo y se mordisqueó el labio inferior. Más que nunca, se sintió como una intrusa. Quizá no debería haber ido. Quizá debería haber dejado simplemente el regalo frente a su guarida para que lo encontrara cuando ella ya estuviera lejos. Quizá…
No. Telok merecía algo mejor.
Lacey enderezó los hombros y se acercó a él.
—He venido a decirte otra vez que siento muchísimo lo que hice. Estuvo mal. Estaba enfadada y dolida, pero jamás debería haber entrado a escondidas en tu casa, haber cogido tus cosas y haberlas dañado.
Se detuvo ante él y levantó la cabeza para mirarlo a los ojos.
Todavía aferrada al regalo, lo apartó del hombro, lo colocó horizontalmente y se lo ofreció.
—También quería darte esto.
Telok inclinó la cabeza y bajó la mirada hacia lo que le ofrecía. Sus mandíbulas volvieron a crisparse. Lacey no supo distinguir si aquella vacilación provenía de la reticencia o de la incertidumbre mientras él descruzaba lentamente los brazos, extendía las manos y aceptaba el regalo.
Telok lo levantó de sus palmas. Antes de que Lacey pudiera bajar los brazos, sus ojos se intensificaron y sus manos inferiores salieron disparadas para atraparle ambas muñecas. Lacey jadeó.
Telok levantó sus manos y bajó la cabeza para examinarlas, dejando escapar un gruñido de desagrado.
—Estás herida.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos.
—Estoy… bien.
Telok sostuvo su mirada y bajó bruscamente la barbilla, como preguntándole si acaso ella estaba viendo lo mismo que él.
Lacey tiró suavemente de los brazos.
—De verdad, estoy bien. Solo tengo las manos un poco irritadas de… trabajar en tu regalo.
Telok continuó sujetándole las muñecas y manteniendo su mirada mientras algo ardía lentamente en sus ojos.
El corazón de Lacey marcó con fuertes latidos el paso de los segundos.
Las manos de él eran sólidas y estaban llenas de callos, pero su agarre era contenido y cálido, y su aroma estaba por todas partes, llenando cada una de sus respiraciones.