El Cazador (Vrix nº 3) 5. Capítulo Cinco #2
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5. Capítulo Cinco #2

—Mira a Diego, por ejemplo. El tío mantiene una calma que da miedo cuando todo se va a la mierda, pero se entrega por completo a ayudar a los demás y es increíblemente amable y atento.

Puedes hablar con él de cualquier cosa y jamás te hará sentir juzgado.

Y Will no tiene miedo de admitir cuando no sabe algo o cuando está asustado, y nunca deja que eso lo detenga.

Simplemente aprende lo que necesita aprender, se enfrenta a sus miedos y sigue adelante.

Cuando la cagan, no se ponen a la defensiva.

Asumen la responsabilidad y hacen todo lo posible por arreglarlo.

»Quiero a mi padre. Siempre lo querré. Pero a veces desearía haber tenido un padre como alguno de ellos.

Alguien que me hubiera enseñado otra forma de hacer las cosas, ¿sabes?

Y ni siquiera estoy hablando de Ketahn, Rekosh, Urkot, Telok, ni de ti, Ivy, Callie o Ahmya.

He aprendido muchísimo de todos vosotros sobre lo que significa la verdadera fortaleza. Sobre la persona que quiero ser.

La pierna de Cole empezó a moverse nerviosamente y sus cejas descendieron cuando miró a Lacey. Su voz sonó cargada de emoción.

—Sé que esto es muy cursi, pero… gracias. De verdad. Por aguantar mis mierdas y por ser mi amiga.

Lacey sonrió mientras las lágrimas amenazaban con aparecerle en los ojos.

—Somos familia, Cole. Es inevitable que acabemos discutiendo de vez en cuando, pero siempre estamos ahí los unos para los otros. Y aunque a veces seas un capullo, sé que siempre me cubrirás las espaldas.

—Sí, lo haré —respondió con una risita.

Ella le dio un ligero puñetazo en el brazo.

—Ahora para o vas a hacerme llorar.

Cole sonrió, pero la expresión fue desapareciendo lentamente mientras volvía a mirar más allá de la barandilla de la terraza.

—No se lo he contado a nadie, pero cuando terminé esta terraza y me senté aquí por primera vez, contemplando todo esto…

—Una expresión distante y melancólica apareció en sus ojos—.

Lloré. Intenté contenerme, pero en cuanto cayó la primera lágrima ya no pude parar.

Porque este lugar es precioso y se siente como un hogar, y…

por todo lo que tuvimos que pasar para llegar aquí.

Fue como si todo me golpeara de repente, ¿sabes?

Lo duro que había sido todo y la puta suerte que tengo de estar aquí con todos vosotros.

Las propias lágrimas de Lacey rodaron por sus mejillas y se las limpió rápidamente.

No esperaba que su día de relajarse al sol terminara siendo tan emotivo, ni que Cole fuera quien la hiciera llorar, pero allí estaban. Y entendía demasiado bien cómo se sentía.

—Todos tenemos muchísima suerte.

Sorbiendo discretamente por la nariz, parpadeó con la esperanza de que la brisa le secara los ojos.

Cole la miró y le dedicó una sonrisa arrepentida.

—Perdona.

Lacey hizo un gesto para restarle importancia.

—No pasa nada.

Su mirada se desplazó por las plataformas de Kaldarak y por los vrix que vivían sus vidas sobre ellas.

—¿Crees que las cosas habrían sido realmente distintas si hubiéramos llegado a Xolea?

—¿Distintas de esto? Desde luego. ¿Distintas de la Tierra? —rio—. La misma mierda, distinto planeta.

—Probablemente tengas razón.

Lacey volvió a ofrecerle el cuenco de semillas dulces.

—¿Más?

Él cogió otro puñado.

—Gracias. En realidad, eso me recuerda algo. Dentro de unos días saldré con un grupo de caza y recolección. Vamos a ir más lejos de lo habitual para buscar flores ojos del Cazador, porque Garahk dice que nuestras reservas están bajas. Por lo visto son algún tipo de medicina.

—Tío, funcionan de puta maravilla.

Cole rio.

—Supongo que probaste alguna.

—Siiiií. Hicieron que mis calambres fueran soportables.

—Eso está bien. No es como si pudiéramos bajar a la tienda a comprar un bote de aspirinas.

Cole echó la cabeza hacia atrás y se metió todo el puñado de semillas en la boca. Mientras masticaba, preguntó:

—¿Quieres venir a buscar más flores analgésicas mágicas?

—Claro. Estaría bien volver a salir y explorar un poco.

Cole se limpió la mano en los pantalones cortos y se levantó de la silla. Entró en la zona iluminada por el sol, se detuvo junto a la barandilla y se inclinó para apoyar las manos sobre ella.

—Saldremos poco después del amanecer dentro de tres días. Ya sabes dónde…

Inclinó la cabeza.

—¿Qué coño le pasa?

Lacey frunció el ceño.

—¿Eh? ¿A quién?

Cole señaló hacia abajo.

—A Telok.

A Lacey se le cortó la respiración.

No había visto a Telok desde que la había dejado atada en su guarida, pero sabía que tarde o temprano iría a buscarla. Y, extrañamente, su corazón ahora desbocado no latía por miedo ni por ira. Sino por expectación.

Lacey dejó el cuenco sobre el chaise longue, bajó las piernas y se levantó para reunirse con Cole junto a la barandilla.

Tres niveles más abajo, Telok acababa de llegar al puente que conducía a la pequeña zona humana de la ciudad. Sus brazos inferiores rodeaban un haz de lanzas que permanecía inquietantemente estable pese a la velocidad y fuerza de sus pasos, que hacían rebotar y balancearse el puente bajo él.

Iba por la mitad cuando levantó la cabeza. Sus ocho ojos furiosos se clavaron en Lacey. Sus mandíbulas rechinaron, sus brazos se tensaron alrededor de las armas y cerró las manos superiores en puños. Su gruñido fue lo bastante fuerte como para llegar hasta ella.

«Oh, está que echa chispas».

Lacey soltó una risita.

—Eh… ¿qué coño has hecho? —preguntó Cole.

—Solo una pequeña venganza.

Cole miró a Lacey, después a Telok y otra vez a Lacey.

—Ya, vale.

Se colocó detrás de ella, puso las manos sobre sus hombros y la giró hacia las escaleras que descendían.

—Ha sido muy amable por tu parte venir a visitarme, pero estoy bastante cansado. ¡Nos vemos!

—¡Eh! ¡Espera! —gritó Lacey mientras él la empujaba, obligándola a avanzar—. ¡Cole!

—Con todos mis respetos, ese tío ya da bastante miedo cuando no está cabreado. Ni de coña voy a ponerme en medio de la mierda que sea que hayas montado con él.

Lacey volvió la cabeza para fulminarlo con la mirada.

—¿Y qué pasó con eso de cubrirme las espaldas?

Cole se detuvo cuando los pies de ella llegaron al primer escalón y le dio unas palmaditas en la espalda.

—Todos tenemos que aprender alguna vez a librar nuestras propias batallas, ¿no?

Se dio la vuelta y salió corriendo mientras gritaba por encima del hombro:

—¡Buena suerte!

Si Cole hubiera entrado en su guarida un poco más rápido, Lacey habría jurado que había dejado detrás una nube de polvo con forma humana como en los dibujos animados.

Lacey suspiró y empezó a bajar lentamente las escaleras.

—Bueno, toca pagar las consecuencias.

Al llegar al último escalón, vio a Telok avanzando hacia ella con rapidez, golpeando las tablas de madera con cada zancada.

Lacey sonrió con dulzura mientras caminaba a su encuentro.

—Hoy pareces especialmente gruñón.

Telok se detuvo a pocos pasos de ella, con los anchos hombros subiendo y bajando al ritmo de su respiración entrecortada. Sus brillantes ojos verdes ardían en aquel rostro lleno de cicatrices, semejante a una máscara.

—Tú hiciste esto.

Con una sonrisa burlona jugando en sus labios, Lacey levantó la barbilla, cruzó los brazos bajo los pechos y ladeó una cadera.

—¿Que hice qué?

Telok dejó caer los brazos inferiores y arrojó las lanzas sobre la plataforma.

Cayeron pesadamente, con las astas de madera chocando entre sí y las puntas de piedra golpeando y repiqueteando contra el suelo. A Lacey se le cortó la respiración.

Telok señaló el montón con un dedo rematado en una garra.

Había tierra y hojas adheridas a las armas, y algunas habían perdido las cuentas, plumas, dientes y garras con las que Telok las había adornado.

Una de las astas estaba partida por la mitad, varias más estaban agrietadas y al menos dos puntas de roca negra se habían roto.

Una punzada de arrepentimiento le retorció el vientre.

«No, no, no…»

Aquello no debía haber ocurrido.

No se suponía que fueran a romperse.

«Bueno, ¿qué esperabas? ¡Estás a cientos de metros del suelo!»

Solo había pensado lo suficiente como para asegurarse de que no hubiera nadie en el suelo antes de arrojar las armas desde la plataforma donde estaba la guarida de Telok.

Había sido su venganza por cómo la había tratado, pero únicamente había querido causarle molestias, obligarlo a bajar todos aquellos escalones y volver a subir las lanzas.

No había esperado… aquello.

Intentando apartar la culpa, Lacey se llevó los dedos a la boca.

—Oh, noooo... Parece que alguien debería cuidar mejor sus armas.

Él la señaló.

—Fuiste tú.