4. Capítulo Cuatro #2
Ahora, con la Somnium estrellada y los supervivientes atrapados en aquel planeta junto a los vrix, no había colonia ni Iniciativa Mundo-Hogar.
Todas aquellas obligaciones habían desaparecido.
Lacey no tenía que convertirse en una máquina de parir niños para ayudar a establecer la presencia de la humanidad en Xolea.
Pero sería una tía cojonuda para los hijos de sus amigos.
Ya adoraba pasar tiempo con Akalahn, por muy loco que pudiera ser aquel pequeño vrix.
Todos estaban construyéndose una vida allí pese a las circunstancias. Todos eran felices.
Entonces ¿por qué sentía Lacey como si tuviera un enorme agujero en el corazón?
Los ojos verdes de Telok ardieron en su memoria.
Casi podía sentirlo inclinado sobre ella otra vez, casi podía sentir el cosquilleo de su cabello suelto rozándole los hombros, casi podía sentir su aliento caliente contra los labios.
«Eres mi tribu. Eres mi familia. Eres…»
Ella era… ¿qué?
¿Qué había estado a punto de decir?
Porque la forma en que había interrumpido aquellas palabras, la aspereza de su voz, el fuego posesivo que había brillado en sus ojos…
Lacey se cubrió la cara con las manos y gimió.
«¡Argh! ¿Por qué coño estoy pensando siquiera en ese capullo arácnido, maleducado, mandón, cabezota y, a su extraña manera, dulce y considerado?»
Ahmya le dio unas suaves palmaditas en el hombro, sacándola de sus pensamientos.
—Esperemos que la infusión haga efecto para que puedas descansar un poco.
Lacey obligó a sus manos a apartarse de la cara y ofreció una sonrisa a Ahmya y Diego.
—Gracias, chicos.
Diego asintió.
—Estaré justo abajo si me necesitas.
La sonrisa de Lacey desapareció cuando sus amigos salieron.
La pequeña guarida pareció quedar de repente vacía, tan silenciosa y aislada como la cápsula en la que había dormido a bordo de la Somnium. Como si aquella inesperada oleada de soledad no fuera suficiente, ahora tampoco tenía nada que la distrajera del dolor.
Con una exhalación áspera y temblorosa, apretó la piedra envuelta en la toalla contra el vientre, deseando que el calor penetrara en su interior.
Era como si su ciclo menstrual estuviera vengándose después de que se lo hubieran negado durante casi ciento setenta años.
Lacey recorrió la habitación con la mirada. La luz del sol se apagaba con la llegada de la tarde y pronto su guarida quedaría a oscuras salvo por la escasa iluminación verde azulada del fuego.
Sus ojos se detuvieron en el montón de cuerda de seda que había en el suelo. La cuerda que Telok había utilizado para atarla.
Lacey la miró con el ceño fruncido, pero tanto su expresión como su enfado se desvanecieron rápidamente. Las cosas no siempre habían sido así entre ellos. ¿Qué había cambiado?
Cuando se conocieron, Telok se había quedado prendado de ella. Le fascinaban su pelo rojo y sus ojos verdes, e imitaba sus palabras y sus gestos.
Y, pese a lo aterrador que le había parecido entonces, ella lo había encontrado… entrañable.
El dolor floreció en su pelvis, extendiéndose por el abdomen y ascendiendo por la columna. Lacey cerró los ojos con fuerza y gimoteó mientras se tumbaba, abrazando con fuerza la piedra caliente.
«¿Todo este dolor y ni siquiera basta para impedirme pensar en él?»
Pero los recuerdos siguieron llegando.
Los días posteriores a que ella y los demás humanos despertaran en su nave espacial destrozada habían sido caóticos. Sus mundos habían cambiado radicalmente, y no precisamente de la forma que habían esperado. Casi todo lo que Lacey había conocido había… desaparecido.
Y mientras todavía intentaban asimilarlo todo, les habían presentado a una especie alienígena inteligente y les habían dicho que tenían que abandonar lo único familiar que todavía les quedaba: el fragmento de la Somnium que los había llevado hasta aquel planeta.
La estación de lluvias inundaría el foso y su nave, convirtiendo su refugio en una tumba sumergida.
Peor aún, la ira de una tirana narcisista y enfurecida, Zurvashi, reina de Takarahl, había reducido tanto el tiempo del que disponían que parecía imposible realizar unos preparativos adecuados.
Pese a todo el estrés, la confusión y el miedo, Lacey había adorado aquella época.
Había adorado explorar un planeta nuevo, hablar con alienígenas de verdad y aprender a sobrevivir en plena naturaleza.
Incluso con todos los peligros y dificultades, le había encantado.
Las amistades que había formado eran más fuertes y profundas de lo que jamás habría imaginado.
Su tribu, incluidos los vrix, era más familia para ella de lo que jamás lo habían sido sus parientes de sangre. Y no podía mentirse a sí misma. Telok había sido una parte importante de todo aquello.
Había mostrado una alegría discreta cada vez que los emparejaban durante sus expediciones y lecciones.
Lacey se había montado muchas veces sobre sus cuartos traseros mientras él escalaba las empinadas paredes del foso.
Por mucho que los vrix la hubieran intimidado entonces, aquellas ascensiones casi habían resultado emocionantes.
Y con Telok siempre se había sentido segura.
Protegida. Había sido paciente mientras le enseñaba a rastrear, a recolectar alimentos y a sujetar, utilizar y lanzar una lanza.
Sin conocer su idioma, la había elogiado y le había mostrado respeto.
Joder, hasta había hecho con ella una escena digna de la película «Ghost» delante de todo el mundo.
Aún podía recordar el calor sólido de su pecho presionando contra su espalda, el agarre de aquellas grandes manos con garras sobre sus caderas y la fuerza de sus brazos mientras corregía cómo sostenía la lanza, con su cuerpo rodeándola prácticamente por completo.
Y jamás olvidaría el grave trino que había emitido cuando acercó el rostro a la cabeza de Lacey y olió su cabello.
Aquel sonido había vibrado desde el pecho de Telok directamente hacia ella, enviando una oleada de sensaciones confusas pero placenteras por todo su cuerpo que la había dejado aturdida.
Lacey gimió y rodó sobre un costado, encogiéndose alrededor de la piedra caliente.
Esas mismas sensaciones confusas y placenteras la habían recorrido cuando Telok se había colocado sobre ella en aquella misma cama unas horas antes.
Su dolor, su vergüenza y su enfado habían desaparecido mientras ella y Telok se miraban a los ojos, mientras respiraban el uno al otro, mientras permanecían tan cerca que casi parecían uno solo.
No debería sentir aquellas cosas. No después de cómo la había tratado Telok durante todos aquellos meses.
Pero no podía controlarlo. No podía olvidar cómo la había protegido mientras huían de aquella reina loca de mierda.
No podía olvidar lo desesperado que había estado por salvarla de los acechadores del fango con forma de anguila en el pantano.
No podía olvidar cómo la había acunado con seguridad entre sus brazos después, ni cómo había temblado al apoyar la cresta contra la frente de Lacey.
Ella no lo había sabido entonces, pero aquel sencillo gesto era una de las mayores muestras de afecto y confianza entre los vrix, algo que no hacían a la ligera.
Pero Telok había cambiado después de la muerte de Zurvashi, como si alguien hubiera accionado un interruptor dentro de él.
Ahora se comportaba como si nada de lo que Lacey y él habían compartido hubiera significado algo. Mantenía las distancias, permanecía frío y parecía sentir repulsión cada vez que se tocaban.
«Sheevix’ven, vi’jatai».
«Silencio, pequeña espina».
¿Era así como realmente la veía? ¿Solo como una espina clavada en el costado, una minúscula molestia?
Las lágrimas le escocieron en los ojos y un sollozo silencioso escapó de su garganta.
Lacey sabía lo que era sentirse abandonada. Desechada. Despreciada. Ni siquiera sus propios padres la habían querido. Telok no le debía nada, pero la forma en que la había estado tratando había vuelto a abrir aquellas viejas heridas.
Durante el poco tiempo que llevaban conociéndose, se había abierto paso hasta su corazón.
Y al hacerlo había excavado un agujero mucho más grande de lo que Lacey había comprendido.
¿Cuándo se había torcido todo entre ellos? ¿Qué había dicho o hecho para que él se volviera tan frío?
¿Era realmente tan imposible quererla?
«¿Qué me pasa?»