El Cazador (Vrix nº 3) 4. Capítulo Cuatro
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4. Capítulo Cuatro

CAPÍTULO CUATRO

Lacey gimió y se apretó las manos contra el bajo vientre mientras permanecía sentada sobre su lecho, doblada sobre sí misma.

Cerró los ojos con fuerza ante el intenso dolor que irradiaba desde la pelvis.

Siempre había sufrido unos calambres terribles durante la regla, pero ¿esto?

Esto era completamente incapacitante. No podía pensar, no podía estarse quieta, no podía dormir. Solo existía la agonía.

Una mano reconfortante le acarició la espalda.

—Estarás bien —dijo Ahmya en voz baja, arrodillada junto a Lacey.

—Si con estar bien quieres decir que voy a caer redonda dentro de una hora, entonces sí. Lo que sea con tal de dejar de sentir esto.

—Aquí no va a morir nadie.

Lacey resopló ante el tono conciliador de Ahmya.

El suave crujido de unos pasos sobre la alfombra de hierba tejida le anunció que Diego se acercaba.

—Toma —dijo—. Bebe esto.

Lacey abrió los ojos y lo encontró agachado junto a ella, ofreciéndole una taza de madera.

Se incorporó un poco, sintiendo cómo la gruesa almohada de musgo cedía bajo su trasero, y aceptó la taza con ambas manos.

El calor se filtró en sus palmas y el potente aroma de las hierbas ascendió desde la infusión humeante.

Frunció el ceño; había una nota agridulce en aquel olor que nunca había percibido.

—¿Qué lleva? —preguntó, mirando a Diego mientras acercaba la taza para olerla.

—Una flor llamada ojos del Cazador. Debería ayudarte con el dolor. Primero la probé yo mismo y es segura. Pero Nalaki dice que aquí ya queda muy poca, así que tendremos que utilizarla con moderación.

Con cautela, Lacey inclinó la taza y tomó un sorbo. El calor y el dulzor le llenaron la boca. Después de tragar, esperó el regusto amargo que el aroma del té parecía prometer, pero no llegó. Satisfecha, bebió un trago más largo.

Diego se puso en pie.

—¿Es tu primera regla desde que despertaste del sueño criogénico?

—Sí.

—¿Normalmente son tan dolorosas?

—Me dolían, pero nunca tanto como ahora —Lacey apretó los dedos alrededor de la taza y frunció el ceño—. ¿Es… algo por lo que debería preocuparme? Porque, por mucho que esté dramatizando con lo de morirme, en realidad no quiero morir.

Diego y Ahmya rieron.

—No te estás muriendo —Diego se volvió y caminó hasta el calentador, una caja abierta construida con losas planas de piedra que contenía un gran cuenco de savia de árbol de madera espinosa ardiendo con llamas verde azuladas—.

La estasis es dura para el cuerpo, sobre todo con todos los productos químicos que nos metieron, y puede llevar tiempo volver a ajustarse.

Probablemente hayas tenido algunos desequilibrios hormonales y ahora tu cuerpo está intentando ponerse al día.

—¿Los coágulos son normales? Yo… antes a veces tenía algunos pequeños, pero nada parecido a esto.

—Muchas mujeres con reglas abundantes los tienen. Es normal. Por lo que he visto de la tuya, no tienes nada de qué preocuparte.

El ceño de Lacey se acentuó. Odiaba saber tan poco sobre su propio cuerpo, pero también le entristecía.

Cuando había tenido su primera regla, su madre ya no estaba allí para orientarla en cuestiones femeninas, y ni siquiera de adulta había podido acudir a médicos en busca de consejo porque, desde luego, no podía permitirse atención sanitaria.

Esa había sido una de las razones por las que se había unido a la Iniciativa Mundo-Hogar, al menos en Xolea habría recibido atención médica periódica.

Diego cogió una toalla cercana, la extendió sobre ambas manos y la utilizó para recoger una piedra que estaba calentándose encima del calentador.

—Si quieres, cuando te encuentres mejor puedo hacerte una exploración pélvica.

Envolvió cuidadosamente la piedra con la toalla.

Lacey asintió y terminó la infusión.

—¿Por qué no nos dijiste que te dolía tanto? —preguntó Ahmya, inclinándose hacia ella con tanta preocupación en sus ojos marrón oscuro que Lacey sintió una punzada de culpabilidad.

El calor le inundó el rostro. Bajó la mirada hacia la taza y movió distraídamente el pequeño resto de líquido que quedaba en el fondo.

—Todo el mundo se lo estaba pasando tan bien y yo…

no quería estropear el momento. No quería que nadie se preocupara ni se sintiera obligado a cuidarme por culpa.

Y, siendo sincera, me dolía tanto que lo único que quería era estar sola.

Pensé que remojarme en agua caliente podría aliviar el dolor, pero sé que las aguas termales del templo pueden estar bastante concurridas durante el día, así que fui al pie de la cascada.

Diego regresó junto a ella y se arrodilló.

—Eso fue peligroso…

—Lo sé —murmuró Lacey malhumorada—. Ya me lo ha dicho Telok.

Diego sonrió de medio lado.

—No puedo creer que Telok te atara y te dejara aquí así —dijo Ahmya.

«Te quedarás aquí y pensarás».

Lacey frunció el ceño.

—Ese capullo me castigó a pensar en lo que había hecho.

Por suerte, su castigo no había durado demasiado, porque Ahmya había llegado para desatarla poco después de que Telok se marchara. Al parecer, había informado secamente a los demás de la situación de Lacey antes de largarse a saber dónde.

Pero eso no lo hacía menos capullo.

Diego rio y colocó la piedra envuelta sobre el regazo de Lacey.

—Úsala como almohadilla térmica.

Después de entregarle la taza, Lacey acercó la piedra al vientre e inmediatamente sintió el calor atravesando la manta. Gimió suavemente. No eliminaba el dolor, pero al menos era algo.

—Joder, sí que tuvimos suerte de que el doctor Diego sobreviviera al accidente.

—Soy enfermero.

—Aham. Lo que tú digas, Doc.

Ahmya asintió con una sonrisa.

—Sí. Oficialmente eres nuestro médico. Adueñate del título.

Las comisuras de los ojos marrones de Diego se arrugaron cuando sonrió.

—Entonces será doctor Diego —Se levantó, llenó la taza de agua y la dejó sobre la mesa junto al lecho de Lacey—. Y como médico tuyo, te ordeno que descanses y te mantengas hidratada.

Lacey lo saludó militarmente.

—Sí, señor.

Ahmya puso una mano sobre el brazo de Lacey y su expresión alegre se volvió seria.

—Prométeme que la próxima vez que te duela tanto nos lo dirás. Y si necesitas estar sola, al menos avisa a alguno de nosotros para que alguien pueda hacer guardia o algo. No te pongas en peligro. No queremos perderte.

Sus palabras, combinadas con aquella expresión tan sincera, golpearon a Lacey directamente en el estómago.

Durante toda su vida, Lacey nunca había tenido a nadie de quien depender. Estaba acostumbrada a cuidarse sola, defenderse sola, mantenerse apartada. Saber que ahora había tanta gente que se preocupaba por ella, que se inquietaba por ella, solo aumentaba su sufrimiento.

Mirar aquellos ojos llenos de sentimiento de Ahmya casi hizo que Lacey quisiera echarse a llorar y suplicarle que la perdonara.

Dios, ¿cómo lo soportaba Rekosh? No era de extrañar que Ahmya tuviera a aquel vrix comiendo de la palma de su mano.

—Lo prometo —juró Lacey.

Una sonrisa iluminó el rostro de Ahmya.

—Bien.

«Si hubiera tenido amigos así en la Tierra, quizá nunca me habría marchado».

Y entonces jamás habría conocido a Telok…

«Lacey, ni se te ocurra pensar en él».

Apartando de su mente a aquel enorme capullo arácnido, Lacey dejó una mano sobre la de Ahmya y sonrió.

—Siento haberme perdido vuestro gran anuncio, el tuyo y el de Callie. Felicidades a las dos. No puedo creer que vayáis a dar a luz más o menos al mismo tiempo.

Ahmya apoyó la otra mano sobre su vientre.

—Es extraño saber que está creciendo un bebé aquí dentro y no poder sentirlo. Al menos todavía. Pero, Lacey, ¡estoy tan emocionada! También un poco asustada, pero no se lo digas a Rekosh. Ya está perdiendo la cabeza.

—Haré todo lo posible para asegurarme de que salga de la forma más tranquila y segura posible —dijo Diego.

—Sé que lo harás. Pero también sé que nunca existen garantías cuando se trata de dar a luz.

El corazón de Lacey se encogió y apretó la mano de Ahmya.

—Tú y Callie estaréis bien.

Ni siquiera quería considerar la posibilidad de perder a ninguna de las dos.

La sonrisa de Ahmya se suavizó.

—Lo estaremos. Y estoy deseando formar una familia con Rekosh.

Familia.

Hasta entonces, Lacey apenas había tenido un concepto real de lo que significaba.

Su propia familia había sido una mierda: una madre que se había desentendido de sus responsabilidades, aunque siempre se aseguraba de recordarle a Lacey cuánto se arrepentía de haberla tenido; un padre alcohólico que pasaba el tiempo apostando cuando no estaba discutiendo con su mujer.

Cuando se divorciaron, su madre se había largado, se había vuelto a casar y había conseguido la familia perfecta que siempre había querido, convirtiéndose en la vida de Lacey en poco más que un mal recuerdo.

Sin su esposa cerca, el padre de Lacey había dirigido sus ataques verbales hacia ella.

Nada como que tu propio padre te llame «cerdita» o «culo gordo» cada vez que te ve.

Por eso Lacey había buscado cualquier cosa que hacer para mantenerse fuera de casa el mayor tiempo posible.

También era la razón por la que había hecho todo lo que estaba en su mano para entrar en la Iniciativa Mundo-Hogar, aprovechando la oportunidad de abandonar la Tierra… Que le dieran por culo a aquel lugar.

Y uno de los requisitos no negociables para que cualquier candidata femenina fuera aceptada en el programa había sido la capacidad, y la disposición, para tener hijos.

Lacey nunca había pensado demasiado en tenerlos antes de aquello.

No sabía qué clase de madre habría sido, y tampoco era que la suya hubiera constituido un ejemplo brillante.