3. Capítulo Tres #3
Pese a sus forcejeos y chillidos furiosos, Telok terminó rápidamente, atándole los brazos contra los costados y las piernas entre sí. Ella se retorció y tensó el cuerpo, pero no consiguió mucho más que desplazar su peso de un lado a otro, y se habría caído si él no la hubiera mantenido en pie.
Lacey lo fulminó con la mirada.
El fuego de sus ojos, aquella rabia, brillaba más que nunca.
—De verdad que eres un capullo.
Bien. Sería más fácil mantenerse alejado de ella si lo odiaba. Más fácil controlarse. Resistirse.
Decidió no reconocer lo mal que había funcionado aquello hasta ahora.
Con Lacey inmovilizada, volvió a echársela sobre el hombro.
Ella soltó un gruñido seguido de un gemido de dolor.
—Ya verás, gilipollas. Me voy a vengar por esto.
Telok la sujetó firmemente, se agachó para recoger la lanza y puso rumbo a Kaldarak. Su aroma seguía mezclándose con el de su sangre.
Telok apretó la mandíbula y se dijo que no estaba transportando a la hembra que podría convertirse en su compañera, ahora atada e indefensa. Estaba… llevando una cosecha de vuelta a Kaldarak. Nada más. No podía permitir que fuera nada más.
Aunque tanto sus forcejeos como sus maldiciones habían disminuido cuando las escaleras de Kaldarak aparecieron a la vista, Telok había escuchado varios insultos humanos nuevos que tendría que pedirle a Cole que le explicara.
Elharat y Okkor seguían ocupando sus puestos en la base de las escaleras. El primero inclinó la cabeza y abrió la boca como si pretendiera decir algo, pero volvió a cerrarla de golpe cuando Okkor siseó y golpeó el suelo con su lanza.
Telok pasó junto a ellos sin decir una palabra.
Lacey se tensó sobre su hombro.
—¿De verdad vais a quedaros ahí mirando y permitir que pase esto?
Detrás de ellos, Okkor murmuró en vrix:
—No conozco tus palabras, humana.
—Yo tampoco —añadió Elharat.
Aquello arrancó un gruñido salvaje de la hembra atada.
—¡Mentirosos!
Permaneció en silencio mientras Telok ascendía por los escalones, pero él podía sentir la ira irradiando de ella, sentir las palabras afiladas acumulándose detrás de sus labios.
Sin embargo, su silencio persistió incluso después de llegar arriba y dirigirse hacia las guaridas humanas del extremo opuesto de la ciudad.
Cuando pasaron junto a la plataforma central, donde continuaban las partidas de lanzamiento de piedras de Urkot, muchos de los allí reunidos miraron a Telok con expresión interrogante. Los humanos se quedaron mirándolos con la boca abierta y los ojos como platos.
El cuerpo de Lacey se calentó contra la piel de Telok a través de la seda.
—Te odio —dijo ella con voz baja y ronca.
Ya le había dicho aquellas palabras antes, con mucho más veneno.
Pero la forma en que las había pronunciado ahora…
Telok siguió caminando, intentando ignorar la punzada en el pecho, la opresión de su garganta y el peso que descendía hasta su vientre.
«Esto es lo que quería, ¿no?»
Lacey no volvió a hablar ni a forcejear durante el resto del trayecto hasta las guaridas humanas.
Cuando llegó a su guarida, Telok apartó la cortina de la entrada y se agachó para entrar.
El aroma de ella lo envolvió. A pesar de todo, su deseo volvió a encenderse.
Apretando los cierres sobre la abertura, dejó la lanza de Lacey apoyada junto a la entrada, tiró su bolsa al suelo a su lado y avanzó hasta la cama.
Telok tomó una manta de repuesto, la dobló y la colocó sobre el lecho antes de dejar a Lacey encima.
Con el húmedo cabello rojo extendido alrededor de la cabeza, ella lo fulminó con la mirada.
—¿Vas a desatarme ya?
—No.
—¿Qué? ¿Hablas en serio? No puedes simplemente…
—Silencio, pequeña espina —gruñó Telok en vrix, enfatizando las palabras con un chasquido de los colmillos de sus mandíbulas.
Lacey se sobresaltó y apretó los labios.
—Te quedarás aquí —continuó él, señalando la cama— y pensarás. Entraste sola en la Maraña, sangrando. No avisaste a nadie. ¿Deseas morir? ¿Eres tan necia?
—¿Y a ti qué coño te importa? —murmuró ella en su idioma.
Telok se lanzó hacia delante y dejó caer el cuerpo sobre Lacey, apoyando las cuatro manos en la cama a ambos lados de ella y deteniéndose con la cara a la anchura de un hilo de la suya.
Lacey jadeó y abrió los ojos mientras el cabello de Telok caía alrededor de ambos, ocultando el resto del mundo entre sombras y dejándola únicamente a ella.
El lugar donde lo había mordido palpitó. Una sensación apagada. Deliciosa. Enloquecedora.
—Eres mi tribu —dijo con voz ronca—. Eres mi familia. Eres…
«Mía».
La palabra quedó atrapada en su garganta y se negó a salir.
Lacey lo contemplaba desde abajo, con las cejas juntas y escrutándolo con la mirada.
El silencio se prolongó entre ambos, denso y pesado.
Estaban tan cerca que compartían el mismo aliento, y Telok podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Su aroma, más intenso que el de cualquier hembra vrix, nublaba sus pensamientos de lujuria.
«Joder».
Tenía que marcharse.
Telok expulsó pesadamente el aire. Aquellos ojos lo mantenían allí. Lo invitaban a perderse…
«Vete. Ahora».
Se impulsó hacia arriba, giró bruscamente y avanzó hacia la puerta. Apartó la cortina de un tirón, se agachó para cruzar la entrada y vaciló cuando algo se tensó en su pecho.
Telok cerró los puños. Y se obligó a abandonarla.