3. Capítulo Tres #2
Lacey estaba escupiendo agua cuando emergieron al otro lado. Él aprovechó la distracción para reajustar su agarre, deslizando el cuerpo de Lacey más abajo contra su pecho y rodeándole el vientre con el brazo.
Ella gruñó, apoyó las manos en los hombros de Telok y sacudió la cabeza hacia un lado. Su largo pelo mojado le golpeó la cara.
—Capullo.
Telok se detuvo.
El agua, que le llegaba hasta el pecho, se agitaba a su alrededor y le hacía balancearse ligeramente.
«Paciencia».
Giró la cabeza. Varios mechones del cabello de Lacey se habían quedado pegados a su rostro, obstruyendo su visión. Levantó una mano, enganchó los mechones con los dedos, se los quitó y se los lanzó hacia atrás.
—Quédate. Quieta.
Ella lo fulminó con la mirada.
—Que. Te. Jodan.
Telok obligó a sus mandíbulas a permanecer pegadas contra las mejillas y apretó los dientes.
Aquella hembra era exasperante, pero el fuego de sus ojos verdes despertaba algo más en su interior. Algo profundo. Algo ardiente. Algo… hambriento.
—Agárrate, hembra.
No le dio tiempo a responder antes de impulsarse contra el fondo y adentrarse en las aguas más profundas.
Lacey jadeó y le echó los brazos alrededor del cuello, levantando la cara para mantenerla por encima de la superficie.
—¿Estás intentando ahogarme?
—Te he avisado.
De algún modo consiguió ocultar el esfuerzo en su voz. Nadar sujetando a una humana con un brazo y una lanza con otra mano no era precisamente sencillo.
—Puedo nadar yo sola —murmuró ella incluso mientras le rodeaba el abdomen con las piernas.
Telok gruñó. Toda su concentración estaba puesta en sus extremidades, en mantenerlas en movimiento y alcanzar la orilla.
Porque, de lo contrario, sus sentidos quedarían dominados por Lacey.
Su aroma. La sensación de su cuerpo cálido y suave contra él.
Sus brazos rodeándole el cuello. Su aliento entre su cabello. Sus piernas apretándole la cintura.
Sus cierres se crisparon, intentando alcanzarla, pero él los retrajo rápidamente y los cruzó con fuerza sobre su abertura.
¿Era realmente él el cazador? ¿O era la presa que había mordido el cebo?
En cuanto sus patas tocaron de nuevo el fondo, Telok se puso en pie y recorrió el resto del trayecto andando.
Sin el esfuerzo de nadar para mantener ocupada su atención, se hizo todavía más consciente de Lacey y del creciente calor tras su abertura, donde su miembro palpitaba sin descanso.
Y todavía aún más consciente del calor entre los muslos de ella, calentándole la piel.
Al alcanzar la zona menos profunda, Lacey soltó las piernas que tenía alrededor de él.
—Ya puedes bajarme.
Telok deslizó un brazo inferior bajo su trasero y apretó el superior alrededor de su vientre, manteniéndola firmemente pegada a él e impidiendo que sus pies alcanzaran el suelo.
Sin aminorar el paso, continuó hasta la orilla.
Lacey apoyó las palmas en sus hombros y se inclinó hacia atrás.
—Telok, bájame.
—No.
Ella entrecerró los ojos.
—Quiero bajarme ahora.
Telok entrecerró los suyos como respuesta.
—Te bajaré en tu guarida.
—¿Por qué te comportas así? —Lacey se removió, empujando contra su agarre—. Bájame. Puedo caminar.
Telok no aflojó el abrazo.
—¿Ahora quieres volver?
—¡Sí!
—Bien. Yo te llevaré.
—Tú… Yo no… ¡Ah!
Con un gruñido, Lacey lanzó la cabeza hacia delante y hundió los dientes en un lado del cuello de Telok.
El paso de Telok vaciló ante la punzada de dolor. Mucho más alarmante fue la oleada de placer que llegó inmediatamente después, derramándose hacia su pelvis. Su miembro se endureció con un dolor profundo.
Siseó y, por instinto, envolvió con una mano la parte posterior de la cabeza de Lacey, hundiendo los dedos en su cabello y manteniéndola en aquella posición mientras cerraba los ojos con fuerza.
Un escalofrío lo recorrió y los finos pelos de sus patas se erizaron. La presión cada vez mayor de sus cierres contra la abertura únicamente intensificó aquella inesperada mezcla de placer y dolor.
Un gruñido grave empezó a formarse en su pecho mientras el fuego crepitaba bajo su piel. Ella lo estaba marcando con los dientes. Necesitaba marcarla con los suyos, imponer su reclamo sobre ella. Atarla y tomarla.
Sus hileras se crisparon, preparadas para producir la seda con la que inmovilizarla, mientras su polla amenazaba con brotar de la abertura.
Telok había deseado a Lacey desde el instante en que la vio por primera vez. Había resistido durante ciclos lunares, pero ahora estaba allí, entre sus brazos, con la boca sobre su piel…
¿Qué podía ser aquello sino el destino? Un destino contra el que había luchado durante tanto tiempo. Un destino que había negado. Un destino del que no podía escapar.
«Tómala».
«Reclámala».
Sus dedos se flexionaron, hundiéndose en la carne suave de Lacey mientras sus garras rozaban su cuero cabelludo.
Un solo corte de aquellas mismas garras bastaría para arrancarle el vestido y dejar ante él aquel tentador cuerpo desnudo. Aquel tormento interminable podía acabar en un instante.
Los dientes de Lacey lo soltaron y ella sacudió la cabeza, intentando librarse de la mano que Telok mantenía entre su cabello mientras empujaba contra sus hombros.
Telok gruñó y apretó los brazos alrededor de ella.
—Telok, suéltame —dijo Lacey mientras se retorcía—. Me estás… apretando.
El leve rastro de dolor en su voz atravesó la neblina que estaba descendiendo sobre la mente de Telok.
¿Qué estaba haciendo? No podía permitirse perder el control de aquella manera. No podía permitirse… Reclamarla.
Porque algún día la Maraña se llevaría a Lacey, igual que se había llevado a tantos otros. Igual que acabaría llevándose a todos.
Y estaba claro que Lacey no había aprendido aquella lección pese a todas las pruebas que habían afrontado para llegar hasta Kaldarak, porque, de lo contrario, jamás habría salido sola. Todo aquello se habría evitado si simplemente se hubiera quedado arriba.
Por el bien de ambos, tenía que devolverla a su guarida lo más rápido posible. No iba a permitir que caminara y dejara tras de sí un posible rastro de sangre que atrajera a los depredadores. Pero tampoco estaba dispuesto a soportar sus bofetadas, patadas y mordiscos durante todo el trayecto.
Curvó una pata trasera, extrayendo seda de sus hileras, mientras dejaba a Lacey sobre sus pies.
—Por fin —dijo ella con un suspiro de alivio, poniendo en blanco aquellos extraños ojos humanos—. Ahora puedes largarte correteando y dejarme en paz.
Se alejó de él y comenzó a caminar hacia Kaldarak.
Con sangre diluida recorriendo el interior de sus piernas y goteando sobre la hierba.
Telok dejó caer su lanza y pasó la hebra de seda a su mano inferior derecha mientras acortaba la distancia entre ambos con una sola zancada. Agarró a Lacey por el codo. Los pasos de ella vacilaron y se volvió parcialmente hacia él, con las cejas inclinadas bruscamente sobre la nariz.
Con un movimiento de muñeca practicado incontables veces, Telok pasó la hebra alrededor de su pecho.
Los ojos de Lacey se abrieron de par en par.
—¿Qué coño haces, Telok?
Sujetándola por el codo, la hizo girar hasta que volvió a quedar frente a él mientras sus manos continuaban enrollando más cuerda de seda alrededor de ella.
Había hecho aquello con bestias más veces de las que podía contar; los movimientos eran instintivos. Pero tenía que recordarse una y otra vez que no estaba atando a Lacey para reclamarla. Lo hacía para protegerla de sus propias decisiones estúpidas.
—¿Pero qué cojones…? ¡Telok!
Lacey clavó los pies en el suelo y tiró hacia atrás, consiguiendo alejarse un par de pasos antes de que él le agarrara el otro brazo y la arrastrara de vuelta.