3. Capítulo Tres
CAPÍTULO TRES
Telok no había conseguido protegerla. Había fracasado en mantenerla a salvo. Si no se hubiera esforzado tanto por evitarla, si no hubiera…
«No. La desesperación no la ayudará».
Tenía que actuar con rapidez y hacer lo que habría hecho Diego: localizar la herida y detener la hemorragia. Los humanos tenían muy poca sangre que perder, y el trozo de tela arrugada y el musgo que había sobre la piedra cerca de ella ya estaban empapados de carmesí.
Telok se precipitó hacia delante. El agua chapoteaba a su alrededor, pero no podía oírla por encima del martilleo de sus corazones, cuyos latidos sacudían su cuerpo cada vez más rápido, más fuerte y con mayor intensidad.
Saltó fuera del agua, apoyando una mano sobre el saliente para estabilizarse mientras caía sobre las patas delanteras flexionadas detrás de Lacey.
Ella se movió con tanta rapidez y de forma tan inesperada que únicamente los reflejos de Telok lo salvaron. Su mano salió disparada y atrapó el asta de la lanza que ella había blandido contra él. La punta de roca negra se detuvo a apenas un dedo del mayor de sus ojos izquierdos.
Lacey jadeó.
La mirada de Telok pasó de la punta de la lanza a sus enormes ojos verdes.
—¿Tú? —Ella gimió y soltó la lanza antes de volver a darle la espalda y abrazarse el vientre—. Uff... ¿Por qué tenías que ser tú?
Un gruñido comenzó a formarse en la garganta de Telok, pero lo contuvo antes de que pudiera escapar. Arrojó la lanza sobre la roca y posó una mano en el hombro de Lacey.
—¿Dónde estás herida?
Ella hizo girar el hombro para librarse de su mano, pero él mantuvo el agarre, curvando los dedos alrededor de su suave carne. Esta vez no consiguió contener el gruñido.
—Lacey, ¿dónde…?
Lacey le respondió con otro gruñido e intentó apartarle los dedos del brazo.
—Maldita sea, Telok, vete. ¿No puedes dejarme morir aquí en paz?
Telok se quedó rígido.
«¿Morir?»
El olor de su sangre se intensificó. Los pelos de sus patas se erizaron.
—No.
La palabra brotó áspera de su garganta, retumbando más fuerte que la cascada, más pesada que la piedra bajo ellos.
A pesar de su resistencia, Telok hizo rodar a Lacey hasta dejarla boca arriba, le agarró las muñecas con las manos superiores y obligó a sus brazos a apartarse del vientre.
—¡Telok, para! —Lacey tiró de las muñecas, que él mantenía sujetas contra la piedra. Volvió a gruñir—. ¿Por qué no te largas? Y me ignoras el resto del tiempo.
Telok ignoró sus palabras mientras recorría su cuerpo con la mirada. La seda marrón y mojada del vestido se adhería a su piel, pero no presentaba desgarros ni manchas de sangre.
Sus mandíbulas se crisparon y entrecerró los ojos. Había olido sangre, aún podía olerla, y ella se había estado agarrando el vientre como si sufriera, pero no había ninguna herida visible.
—¿Dónde estás herida?
—No es asunto tuyo —espetó ella mientras seguía forcejeando contra su agarre y dando patadas contra la piedra.
Telok extendió una pata y la colocó sobre las de ella para inmovilizarlas. Iba a hacerse aún más daño si seguía luchando así contra él.
¿Por qué se aferraba con tanta obstinación a su orgullo ahora, estando allí fuera sola y herida?
Su mirada descendió hasta donde la falda se le había subido, y todo su cuerpo se quedó rígido.
Había abundante sangre extendida por el interior de sus rodillas y muslos, brillante sobre su piel pálida. Los corazones de Telok se detuvieron.
Y entonces sus manos inferiores se pusieron en movimiento, una agarrando la falda de Lacey y levantándola de un tirón mientras la otra sujetaba su cadera para mantenerla inmóvil.
—¡Telok, no! ¡Suéltame! ¡Por favor! ¡Por favor, para!
A pesar de la sangre, no había heridas visibles ni en los muslos ni en el abdomen. Nada salvo las toscas cicatrices rosadas y arrugadas que ya tenía: una que le cruzaba el bajo vientre por debajo del ombligo y otra que recorría el interior de cada muslo hasta las rodillas.
Telok le separó los muslos, buscando el origen de la sangre.
Lacey luchó contra él con fuerzas renovadas y gruñó.
—Dios, te odio.
Todo el aire abandonó los pulmones de Telok. No solo por sus palabras. Sino por lo que estaba viendo.
Aunque la sangre de los muslos de Lacey era indudablemente suya, no procedía de ninguna herida. Salía de su abertura. De… dentro de ella.
Sabía lo que era. Sus amigos lo habían mencionado y las hembras humanas habían hablado abiertamente de aquello en otras ocasiones. Era el tiempo de sangrado de Lacey. Su regla.
El agarre de Telok se relajó mientras abría la boca.
—Oh…
Lacey se apartó de sus extremidades inferiores y, al incorporarse, alzó el brazo. La palma de su mano impactó con un fuerte chasquido contra la cara de Telok.
La cabeza se le volvió hacia un lado por el golpe inesperado y un escozor se extendió por su piel. Parpadeó.
¿Acababa de… abofetearlo? Dioses, se había vuelto rápida. Igual que con la lanza.
—¡Ay! ¡Joder! —gritó ella—. Ay, ay, ay…
Telok volvió la cara hacia Lacey e inclinó la cabeza.
Ella se balanceaba hacia delante y hacia atrás, apretando contra el pecho la mano con la que lo había golpeado.
Las mandíbulas de Telok descendieron.
—¿Estás herida, Lacey?
Ella lo fulminó con la mirada, con lágrimas brillándole en los ojos.
—Sí, estoy herida, capullo. Creía que Urkot era el cabeza de piedra, pero la tuya es todavía más dura.
Telok recogió la pata contra los cuartos traseros y se frotó un lado de la cara. El escozor había desaparecido, pero el calor persistente de la mano de Lacey continuaba allí.
—Mi cabeza no es dura. Tu mano es blanda.
—Tu cabeza es definitivamente dura y jodidamente gruesa, porque parece que no entiendes el significado de palabras tan sencillas como «no», «para» y «suéltame».
—Conozco «déjame morir» —gruñó él, apenas consiguiendo impedir que los colmillos de sus mandíbulas chasquearan. Señaló sus muslos—. Estás herida y sangrando.
—Estoy sufriendo un dolor insoopotableh y estoy hormoonal. Tengo todo el derecho del mundo a ser exagerada ahora mismo. No es culpa mía que te lo hayas tomado literalmente.
—Es culpa tuya haberme golpeado y haberte hecho daño en la mano.
—Vale. Lo que sea. Ahora que hemos establecido que en realidad no estoy herida ni muriéndome, puedes irte —hizo un gesto con la mano para espantarlo—. Fuera. Largo. Déjame sufrir sola.
Los ojos de Telok descendieron, entrecerrándose ante aquel gesto, antes de volver a encontrarse con los de ella.
—No. Demasiado peligroso. Ven, te llevaré de vuelta.
Lacey cruzó los brazos sobre el pecho.
—No voy a volver contigo.
«Hembra testaruda».
Telok se puso en pie, pasó junto a ella y recogió sus botas empapadas. Volcó una y el agua se derramó sobre la piedra. Volvió a mirar a Lacey.
Sus mejillas, más pálidas de lo habitual, se cubrieron de manchas rojas y frunció las cejas.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como me estás mirando ahora… Decepcionado.
—Decepcionado no—dijo él, pronunciando con cuidado aquella palabra incómoda, llena de sonidos poco naturales—. Enfadado.
Lacey levantó las manos.
—Claro, porque eso es muchísimo mejor.
Telok le dio la espalda, recogió su bolsa, también mojada, y metió las botas dentro. Hizo lo mismo con el paño ensangrentado después de enjuagarlo bajo la cascada. Arrojó el trozo de musgo al agua y cerró la bolsa de Lacey.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella.
Telok se colgó la bolsa al hombro y recogió su lanza.
Estaba enfadado, sí, pero no podía negar el hilo de orgullo entretejido con aquella emoción. Había llevado consigo la bolsa y la lanza pese a no haberse alejado mucho de Kaldarak, que era más de lo que había hecho él. Y sus manos eran mucho más rápidas y seguras que cuando se conocieron.
«¿Estoy orgulloso de que casi me haya clavado una lanza en la cara?»
Una pregunta que había oído muchas veces de boca de Cole parecía encajar perfectamente con la situación.
«¿Qué coño te pasa?»
—Telok… —dijo Lacey.
Cuando se volvió hacia ella, se aseguró de que ninguno de aquellos indicios de orgullo apareciera en sus ojos.
—Nos vamos. Ahora.
—No voy a ninguna parte. Voy a quedarme aquí sentada hasta desangrarme.
Los ojos de Lacey se abrieron de par en par y levantó las manos para mantenerlo alejado cuando Telok gruñó y se acercó.
—¡Espera! ¡Lo decía meetafórikamenteh!
—No conozco tus palabras —dijo él, inclinándose y extendiendo las manos hacia ella.
Lacey retrocedió apresuradamente.
—Telok, no. ¡Ni se te ocurra!
La última palabra se convirtió en un chillido cuando él la agarró por la cintura y las caderas y la levantó con facilidad sobre su hombro.
Lacey pataleó y forcejeó.
—¡Maldito seas, hijo de puta arácnido! ¡Bájame!
Telok gruñó y rodeó con un brazo la parte posterior de sus muslos, inmovilizándolos contra su pecho.
—Quédate quieta.
—¡No me digas lo que tengo que hacer!
Telok apretó la mandíbula y cerró el puño alrededor del asta de la lanza. Expulsó con fuerza el aire por los orificios nasales.
«Cazador, si tienes algo de paciencia de sobra, te ruego que me la concedas».
Al volverse hacia la cascada, sus ojos se posaron sobre el charco carmesí que había quedado en la piedra donde Lacey había estado sentada. Su sangre. Y dentro había acumulaciones más oscuras y espesas que se habían coagulado.
Algo dentro de él se tensó y retorció.
«Voy a quedarme aquí sentada hasta desangrarme».
¿Podía ocurrir algo así? No importaba que los humanos dijeran que aquello era natural. La sangre era vida, y Telok no podía aceptar que la de Lacey se hubiera derramado allí ni que siguiera sangrando.
Su ira volvió a encenderse. Bajó del saliente de piedra y entró en el agua. ¿Cómo podía ser tan necia, tan descuidada, como para salir allí sola? Se había dejado vulnerable, convertida en un premio fácil para cualquier bestia hambrienta que pudiera haberse encontrado con el aroma de su sangre.
—Telok, te juro que si no me bajas ahora mismo, voy a darte una patada en tu culo arácnido…
Telok atravesó la cascada y su rugido ahogó el resto de las palabras.