2. Capítulo Dos #4
Y él sabía perfectamente que tampoco debería estar allí sin su lanza ni su bolsa.
«Madre de Cría, ten piedad de mí, esta humana me tiene la mente enredada».
Si Lacey había resultado herida por haberse puesto en peligro… Dioses, esperaba que no le hubiera ocurrido nada.
Aunque tenue, su aroma estaba presente, y lo siguió a lo largo de un sendero sinuoso que los cráneo-espinas utilizaban con frecuencia.
Aún más claras eran las huellas que sus botas habían dejado en el suelo, con unas protuberancias parecidas a dientes en las suelas destinadas a impedir que quien las llevara resbalase.
Solo se detuvo una vez, cuando un destello rojo sobre una rama que sobresalía en el sendero llamó su atención. Se acercó y recogió varios cabellos largos y rojos enganchados en la protuberancia donde la ramita se bifurcaba, haciéndolos girar entre sus dedos.
Telok soltó una respiración áspera y pesada. Lacey no solo se había alejado sola de Kaldarak sin decirle una palabra a nadie, sino que ni siquiera había hecho el menor esfuerzo por ocultar su rastro.
Rara vez le importaba lo que Telok tenía que decir, pero aunque tuviera que atarla para conseguir que le prestara atención, cuando la encontrara iba a escuchar cada una de sus palabras.
Todas.
Y cada.
Una.
De ellas.
El rugido de la cascada aumentó conforme se acercaba y la vegetación que lo rodeaba empezó a escasear.
La bruma se posó sobre su piel, dejando diminutas gotas adheridas a los finos pelos de sus patas.
El sendero desembocó en la piscina situada al pie de la cascada, respaldada por la empinada colina rocosa cubierta de vegetación.
Aquel lugar era popular entre los cráneo-espinas tanto para bañarse como para nadar, pues el agua era más profunda que la de las piscinas del templo.
Muchos de los vrix cuyos trabajos los llevaban fuera de Kaldarak se detenían allí para lavarse la suciedad de la jornada antes de regresar a sus guaridas.
Pero aquel día no había nadie.
Telok avanzó por la orilla. El terreno era un caos, bañado por las suaves olas creadas por la caída del agua; la mezcla de barro y piedras conservaba y al mismo tiempo ocultaba las huellas de Lacey. Su rastro continuaba hasta el terreno rocoso. Y allí desaparecía.
Telok obligó a sus mandíbulas a separarse y recorrió la zona con los ojos. Ni siquiera el estruendo de la cascada podía imponerse al martilleo de sus corazones, que se aceleraban con cada instante que pasaba.
Aquello estaba mal. Todo estaba mal. El sol estaba alto, el cielo despejado, el aire agradablemente cálido y Kaldarak rebosaba buen ánimo. ¿Cómo podía faltar un miembro de su tribu en un día tan hermoso? ¿Cómo podía desaparecer Lacey?
Un rugido comenzó a formarse en su pecho. Quedó atrapado allí, acumulando calor y presión, haciendo arder sus pulmones y su garganta. Era insoportable y seguramente acabaría desgarrándolo.
Entonces lo oyó. Un pequeño sonido que jamás debería haber atravesado el ruido incesante de la cascada. Un sonido humano.
Un sollozo de agonía.
Sus corazones se detuvieron y contuvo la respiración, sin atreverse a mover nada salvo los ojos mientras se esforzaba por escuchar. El monótono estruendo de la cascada lo envolvía. Telok concentró sus sentidos más allá de él, y el ruido fue desvaneciéndose, desvaneciéndose, desvaneciéndose…
Otro grito llegó hasta él, débil pero inconfundible. No procedía de una humana. Procedía de su humana. De Lacey.
Los corazones de Telok se sacudieron y comenzaron a golpear con una fuerza atronadora mientras corría hacia el sonido.
Se internó en la piscina sin apenas notar el calor del agua sobre la piel.
Cuando el agua cada vez más profunda alcanzó su pecho, se impulsó desde el fondo y nadó hacia la cortina de agua, entrecerrando los ojos contra la bruma.
En cuanto sus patas volvieron a tocar el fondo, se puso en pie y atravesó la cascada, que durante unos instantes lo cegó, lo ensordeció e impidió que el aire llegara a sus pulmones.
Telok se apartó el agua y los mechones sueltos de pelo del rostro.
Su mirada cayó inmediatamente sobre el pequeño saliente rocoso que había detrás de la cascada, oculto desde la orilla.
Lacey estaba tumbada sobre él de espaldas a Telok, encogida de lado con los brazos apretados alrededor del vientre.
Su pelo, normalmente de un rojo vibrante, estaba apagado, oscuro y pegado a su cuerpo por el agua.
Y sus gritos… Ya no había ninguna barrera de agua que los amortiguara.
Resonaban con fuerza en aquel pequeño hueco, llenándole los oídos y oprimiéndole los corazones.
A pesar de la bruma que inundaba sus orificios nasales, Telok podía oler a Lacey.
Pero su fragancia ya no le nubló la mente con deseo.
Estaba contaminada por el inconfundible olor metálico de la sangre humana.
Aquel olor penetró en Telok, lo abrasó por dentro, calentando sus entrañas y agudizando sus sentidos al mismo tiempo que aceleraba sus corazones con terror.
«Modelador, deshazme».
Lacey estaba herida.