2. Capítulo Dos #2
Lacey podía estar descansando. Quizá no le apetecía asistir a una reunión tan multitudinaria, algo con lo que Telok se identificaba por completo. Tal vez simplemente lo había olvidado o se había concentrado tanto en su trabajo que había perdido la noción del tiempo.
«O sabía que yo estaría aquí y decidió no venir».
El fuego de su pecho se intensificó, extendiendo un calor abrasador bajo su piel.
Fuera cual fuera la razón, tenía que saberlo. Tenía que ver con sus ocho ojos que ella estaba bien.
Y si lo estaba evitando… era lo mejor, ¿no? Lo mejor para ambos. Pero no tenía por qué privarse de la compañía de sus amigos para mantenerse alejada de él.
Su camino lo llevó a través de Kaldarak hasta las guaridas de los humanos del extremo más alejado, construidas sobre tres plataformas conectadas mediante escaleras de madera.
La plataforma inferior, la más grande, albergaba la guarida de Will y Diego, desde donde proporcionaban cuidados médicos a la tribu, y un edificio más grande que los humanos utilizaban como lugar de reunión.
A veces se reunían allí para comer y «pasar el rato», aunque Telok todavía no entendía qué rato tenían que pasar exactamente.
La plataforma más alta albergaba la guarida de Cole, con su impresionante terraza de madera.
Pero los ojos de Telok se clavaron en la guarida central de la plataforma intermedia, situada entre las viviendas que no hacía mucho habían pertenecido a Callie y Ahmya. Ahora solo Lacey vivía allí, pues sus amigas se habían trasladado a guaridas más grandes con sus compañeros vrix.
Subió las escaleras hasta la segunda plataforma sin hacer ningún esfuerzo por silenciar sus pasos sobre las tablas.
El sonido pareció resonar entre los árboles; allí todo estaba mucho más tranquilo, con el ruido de los juegos desarrollándose a gran distancia, dejando únicamente el murmullo continuo de la cascada y el canto de los pájaros de la Maraña para llenar el vacío.
Telok se detuvo frente a la entrada de la guarida de Lacey. Una cortina de seda blanca, cosida con hilo teñido formando dibujos de hiedra y flores, cubría la abertura y se mecía ligeramente con la suave brisa.
Un rastro de su aroma rozó los finos pelos de las patas de Telok y un escalofrío lo recorrió.
Aquello era una estupidez. Pero… iba a llegar hasta el final.
—Ven, Lacey —dijo, sintiendo cómo las palabras le arañaban la garganta—. Los demás te esperan.
Las hojas susurraron sobre su cabeza. Un estallido de vítores surgió del corazón de Kaldarak, convertido en algo fantasmal por la distancia.
De la guarida de Lacey solo llegó el silencio.
—Lacey —gruñó, cerrando las manos en puños a ambos lados del cuerpo.
Ella había utilizado muchas veces aquella táctica humana de hacerle el vacío cuando trataba con Telok. Le irritaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Los latidos de sus corazones marcaron el paso de los instantes. Luchó por impedir que sus mandíbulas se cerraran de golpe, por no clavarse las garras en las palmas con suficiente fuerza para hacerlas sangrar, por no golpear ni raspar la plataforma con una pata.
Apenas había contado diez latidos cuando extendió una mano, apartó la cortina y se agachó para cruzar la entrada.
—No voy a…
El aroma de Lacey chocó contra él y borró las palabras de su mente.
Era complejo, potente y seductor. Recordaba a hierba bañada por el sol, a dulces crestas doradas calentadas por su luz, hierbas, incienso y un ligero toque de hojas de limpieza, todo ello unido por un aroma más profundo que pertenecía únicamente a ella.
Era embriagador y al mismo tiempo relajante, suave pero insistente, terroso, cálido y seductor; una niebla que lo envolvía y penetraba en su mente.
Inspiró profundamente, llevando aún más el aroma de Lacey a sus pulmones.
El calor crepitó bajo su piel y se acumuló en su vientre.
Telok cruzó los cierres sobre la abertura y presionó con fuerza, luchando contra la creciente presión de su miembro, el hambre que despertaba en su interior y los instintos que gruñían en el fondo de su mente.
Por los Ocho, ansiaba verse envuelto en aquella fragancia y que nunca lo liberara. Ansiaba reclamar a la hembra a la que pertenecía, necesitaba reclamarla. Estaba destinada a ser suya. Lacey era…
Telok gruñó y presionó una de sus manos inferiores sobre los cierres, aumentando la presión contra la abertura mientras su miembro se tensaba contra aquella restricción.
No tenía ningún derecho sobre Lacey. No iba a reclamarla.
Porque, tarde o temprano… la Maraña lo devoraba todo.
Con una exhalación entrecortada, retiró la mano y obligó a su atención a centrarse en la guarida.
El lugar era tan colorido como desordenado.
Manojos de plantas y flores de todo tipo colgaban del techo en distintas fases de secado.
Tarros, vasijas y cestas colocados junto a las paredes y sobre los estantes contenían más plantas y otros ingredientes, y la mesa baja que había a un lado estaba cubierta con aún más de ellos, además de trozos de jabón, cuencos hondos con mezclas en polvo y notas escritas con los pequeños y extraños símbolos humanos.
La ropa de Lacey colgaba en un pequeño hueco.
Las pocas prendas que conservaba de la nave estaban gastadas y descoloridas por el uso intensivo y los difíciles viajes, mientras que la ropa de seda que había junto a ellas era nueva y de colores vivos.
Cerca se encontraba el lecho de mantas y pieles que utilizaba como cama.
Pero Lacey no estaba allí.
La visión de su cama despertó recuerdos que comenzaron a tomar forma en la mente de Telok.
Recuerdos de Lacey tumbada allí con los ojos cerrados en un sueño tranquilo, sus oscuras pestañas descansando sobre las mejillas, el pelo recogido en un moño suelto que dejaba al descubierto su esbelto cuello y su piel desnuda y pecosa bañada por la plateada luz de la luna que entraba por la ventana.
Desnuda, despreocupada, vulnerable… libre.
Y más seductora que nunca.
Era una imagen que Telok nunca debería haber contemplado; lo había sabido desde el primer momento en que la vio de aquella manera.
La inquietud y la preocupación lo habían sacado de su guarida y lo habían impulsado a recorrer Kaldarak, pero un instinto primario había guiado sus pasos hasta la guarida de Lacey.
El deseo y la curiosidad lo habían atraído hasta la ventana para mirar al interior.
Y el hambre lo había mantenido allí, oculto entre las sombras, observándola dormir.
Se había dicho que todo aquello era para proteger a su tribu, para vigilar posibles peligros mientras los demás dormían. ¿Quién iba a hacerlo si no él? Lo único que necesitaba era saber que estaban a salvo y dormían tranquilamente.
Pero cuando finalmente abandonó la guarida de Lacey aquella noche, no había ido a comprobar cómo se encontraba nadie más.
Había regresado a su propia guarida, donde permaneció despierto con el miembro dolorido detrás de la abertura y las imágenes de Lacey en su cama atormentándolo hasta el amanecer.
La noche siguiente había repetido aquel recorrido entre las sombras.
Había vuelto una y otra vez, más veces de las que quería contar, durante las últimas semanas.
El impulso se había convertido en una costumbre, la costumbre se había transformado en una necesidad y ahora se encontraba dando vueltas sin poder dormir, con la serenidad del sueño fuera de su alcance, cualquier noche en la que se obligaba a abstenerse.
Cada vez que iba se decía que lo hacía para proteger a su tribu, pero sabía que nunca había sido verdad.
Y reconocer la mentira que se contaba a sí mismo no había conseguido detenerlo.
Ahora podía verla con total claridad en su imaginación, justo delante de él. Una presa provocando a un depredador, desafiándolo a atacar, incitándolo a tocarla.
Ojalá los recuerdos de cómo se sentía su cuerpo fueran tan claros como los de su aspecto. Las veces que la había tocado habían sido tan escasas, tan fugaces, y habían sucedido hacía tanto tiempo…
Dioses, cuánto ansiaba volver a sentir aquella piel tersa bajo sus manos, sentir cómo su suavidad cedía ante su dureza, explorar cada rincón de ella mediante el tacto.
Ansiaba respirar la fragancia de Lacey directamente de su piel mientras el calor de ella irradiaba contra su piel, atraerla hacia sus brazos y descubrir hasta qué punto aquel pequeño y flexible cuerpo encajaría contra él.
Telok dio un paso hacia la cama antes de obligarse a detenerse. El fuego de su interior palpitaba por todo su cuerpo, inundando sus músculos de una tensión enloquecedora, y un dolor pulsante se extendía por sus ingles.
Necesitaba marcar aquel lugar con su aroma, asegurarse de que ella supiera que había estado allí, que él pertenecía allí, que ella era suya. Necesitaba encontrar a Lacey y marcarla. Reclamarla.
Levantó una pata delantera, dobló su segmento inferior y lo rozó contra la ropa de cama para dejar allí su aroma. La fragancia de Lacey acarició los finos pelos de su piel y lo hizo estremecerse.
«¿Qué cojones estoy haciendo?»
Siseando, Telok hundió los dedos de sus manos superiores en el pelo y retrocedió tambaleándose, apretando los dientes contra aquellos impulsos insistentes. Cada hilo de su ser rugía furioso ante su resistencia.
Lo único que tenía que hacer era tomarla, aparearse con ella, y su sufrimiento terminaría.
Pero sabía que no terminaría. La vida era sufrimiento. La vida era pérdida. Y los humanos eran criaturas pequeñas y delicadas que procedían de un mundo más pequeño y más delicado. Por mucho que Telok y su tribu luchasen, la Maraña acabaría imponiéndose.
Ese pensamiento hizo añicos la neblina que se había apoderado de él.
Sacó las manos de su cabello, abandonó la guarida de Lacey y recorrió varios segmentos antes de permitirse volver a respirar el aire fresco.
Algunos mechones que habían escapado de su moño le colgaban delante del rostro, meciéndose con la brisa.