2. Capítulo Dos
CAPÍTULO DOS
Telok cruzó los cuatro brazos sobre el pecho mientras volvía a observar su entorno.
Los cráneo-espinas abarrotaban la plataforma central de Kaldarak.
Las pieles brillantes y coloridas de los machos contrastaban con los tonos más apagados y terrosos de las hembras, de mayor tamaño.
La mayoría estaban reunidos alrededor de círculos de carbón dibujados sobre las tablas del suelo, que servían como campos de batalla para las partidas de lanzamiento de piedras que se estaban disputando.
A juzgar por sus vítores, exclamaciones, gorjeos y burlas amistosas, se lo estaban pasando bien.
Aunque había tenido más que suficiente de multitudes durante el Día de la Ofrenda de Takarahl, y últimamente no estaba de humor para juegos, Telok encontraba cierto entretenimiento observando jugar a sus amigos.
Bajó la mirada hacia la partida que tenía delante. Urkot, el corpulento excavador convertido en modelador, estaba sentado a un lado del círculo, estudiando atentamente las pequeñas piedras que había en su interior.
A ambos lados de él se sentaban Rekosh, el alto y larguirucho tejedor, y Ketahn, de complexión poderosa, a veces tejedor y a veces cazador.
Los tres acechasombras eran como hermanos para Telok, y su alegría era también la suya.
Akalahn, la cría de Ketahn, estaba inclinado junto a su padre con el trasero en alto, absorto en el juego. La mezcla de rasgos humanos y vrix del pequeño lo hacía completamente único: el primero y único de su especie.
—Ahora sí que me centro —dijo Cole, el humano de pelo rubio que estaba arrodillado frente a Urkot.
Hubo un tiempo en que sus palabras no habrían significado nada para Telok. El idioma de los humanos era extraño, torpe y exasperantemente confuso. Después de varios ciclos lunares de esfuerzo, Telok había conseguido entender parte de él.
Pero seguía sin comprender qué tenía que ver el centro con aquel juego.
Cole pasó los dedos sobre las piedras pulidas colocadas frente a él, cada una de las cuales tenía un punto amarillo que indicaba que era suya. Los tres jugadores vrix tenían sus piedras pintadas para que coincidieran con sus marcas: azules para Urkot, rojas para Rekosh y púrpuras para Ketahn.
El humano eligió una piedra y la hizo rebotar sobre la palma de la mano, comprobando su peso.
—Observad cómo vuestro campeón reclama su título.
Colocó la mano recta, inspiró y lanzó la piedra. Esta golpeó una piedra marcada de azul dentro del círculo con un «clac», empujándola hacia el límite.
Allí chocó contra una de las piedras amarillas de Cole y la expulsó del círculo.
Cole levantó las manos.
—¿Me estás tomando el pelo? ¡Venga ya!
Telok gorjeó junto a Urkot y Ketahn.
—Las piedras dicen lo contrario —dijo Urkot—. Ellas conocen al verdadero campeón.
Rekosh recogió una de sus piedras con sus largos dedos.
—Así es, cabeza de piedra.
Con un movimiento despreocupado de muñeca, Rekosh lanzó la piedra. Golpeó el suelo, rebotó y chocó contra dos de las piedrecillas de Urkot, enviándolas a ambas más allá de la línea de carbón.
Akalahn rio, dando pequeños saltos de emoción con una amplia sonrisa y sus brillantes ojos púrpura.
Gruñendo, Urkot volvió la mirada hacia Rekosh y rechinó los colmillos de sus mandíbulas.
—¿Qué ha sido eso, patas de aguja?
—Las piedras hablando —aportó Telok.
Ketahn rozó una pata delantera de Urkot con la suya.
—Parece que no siempre te gusta lo que tienen que decir.
Se inclinó para elegir una piedra para su turno. Antes de que pudiera hacerlo, Akalahn extendió sus dos pequeñas manos regordetas de cinco dedos, recogió un montón de piedras y se las ofreció a su padre.
Con un suave gorjeo y las mandíbulas levantadas en una sonrisa, Ketahn aceptó la ofrenda y dio las gracias a su cría, revolviéndole el pelo negro y dorado.
Una extraña punzada atravesó el pecho de Telok.
Durante un instante fugaz, casi pudo ver a su propio padre en su mente, pero apartó la imagen antes de que pudiera tomar forma.
Lo que compartían Ketahn y Akalahn era puro, alegre y esperanzador.
La visión de Telok solo se contaminaría si se adentraba en sus recuerdos, porque el suyo de su propio padre estaba eclipsado por la última lección transmitida de padre a hijo.
«La Maraña lo devora todo».
Obligó a sus ojos a moverse y volver a recorrer el entorno, buscando, vigilando.
La luz del sol era intensa aquel día, haciendo más vivos todos los colores y reforzando el buen ánimo que reinaba en el ambiente.
Los aromas de los vrix reunidos y de la comida que compartían se mezclaban con los demás olores familiares de Kaldarak: madera, plantas en crecimiento, aceites perfumados, flores secas, cuero, piedra, savia dulce, humo, y una bruma refrescante.
Sin embargo, faltaba un aroma en particular, el único que Telok ansiaba y temía al mismo tiempo.
El aroma de Lacey.
Apretó la mandíbula y presionó más los cierres contra la pelvis mientras algo caliente se enroscaba en lo más profundo de su vientre. Que el Cazador le concediera paciencia, ¿cómo podía el simple pensamiento de su fragancia provocar semejante reacción en él?
Sus ojos se detuvieron en un grupo de humanos que cruzaba uno de los puentes de cuerda que conducían a la plataforma central.
Caminaban uno detrás de otro, moviéndose con una seguridad y confianza que ninguno de ellos había poseído cuando llegaron por primera vez a Kaldarak y tuvieron que enfrentarse a aquellos largos puentes colgantes.
Se dispersaron al llegar a la plataforma. Aunque sus tamaños y colores parecían limitados en muchos aspectos en comparación con los de los vrix, los humanos de la tribu de Telok tenían apariencias muy distintas entre sí.
Ivy iba delante. Tenía el pelo largo y dorado, y su piel clara poseía un matiz rosado.
Callie venía después, un poco más alta, con piel marrón cálida y pelo grueso y rizado.
Ahmya era la más pequeña de los humanos por media cabeza, con piel blanca, sedoso cabello negro y unos oscuros y expresivos ojos marrones.
Los dos machos que caminaban detrás eran más altos y anchos, aunque la diferencia entre machos y hembras estaba invertida y era mucho menos pronunciada que entre los vrix.
Will era el más alto de los dos, con el pelo muy corto, ojos marrón oscuro y una piel de un tono similar a la de Callie.
La piel de Diego era de un marrón más claro, al igual que sus amables y perceptivos ojos.
Pero no había ni rastro de una piel pálida y pecosa, un pelo rojo ni unos radiantes ojos verdes.
Lacey no estaba.
Las mandíbulas de Telok descendieron y un peso se instaló en su pecho.
Diego y Will se separaron de las hembras, que continuaron hacia Telok y los demás.
Ketahn, Rekosh y Urkot se levantaron de un salto en cuanto vieron a sus compañeras, corriendo a su encuentro y levantándolas del suelo en enormes abrazos.
Callie rio mientras hundía los dedos en el pelo de Urkot.
—¿Me has echado de menos?
—Siempre —retumbó Urkot.
—Yo también te he echado de menos.
—¿Qué coño? —protestó Cole mientras se ponía en pie. Señaló el círculo de piedras abandonado—. No podéis parar así sin pedir tiempo muerto.
—Tiempo muerto —dijo Rekosh sin apartar la mirada de Ahmya.
Cole negó con la cabeza, sonriendo.
Mientras los demás vrix intercambiaban palabras y muestras de afecto con sus compañeras, otra punzada atravesó los corazones de Telok, tan afilada como cualquier hoja.
¿Cómo era posible sentirse solo estando rodeado de sus amigos más cercanos?
¿Cómo podía contemplar a sus hermanos con sus compañeras, rebosantes de satisfacción, llenarlo de alegría y al mismo tiempo de un dolor vacío?
Telok apartó la atención de ellos y sus ojos volvieron a recorrer el lugar.
Se dijo que estaba vigilando posibles peligros. Protegiendo a su tribu. Pero, en el fondo, sabía que estaba buscando el inconfundible pelo rojo de Lacey en algún lugar de los puentes y plataformas de Kaldarak. Era la única integrante de su tribu que faltaba en aquella reunión.
Sin ella, todo parecía… incompleto.
—¿Dónde está Lacey?
La pregunta de Cole golpeó a Telok como una lanza de púas, cuya cuerda se tensó para arrastrar sus pensamientos de vuelta al presente.
—¿No está aquí? —Ivy frunció el ceño mientras Ketahn la dejaba en el suelo. Se agachó para recoger al pequeño Akalahn, que estaba extendiendo los brazos hacia ella—. Pensábamos que estaba aquí con vosotros.
—No la hemos visto —dijo Ketahn.
—Pensábamos que te había acompañado, Ivy —añadió Rekosh.
Callie negó con la cabeza.
—No estaba con nosotras.
Las manos de Telok se flexionaron y sus garras se clavaron en sus brazos. Un fuego floreció en su pecho, pequeño pero abrasador, palpitando con cada latido de sus corazones.
No podía estar seguro de hacia quién iba dirigida su frustración. ¿Hacia Lacey, por desaparecer sin avisar? ¿Hacia los demás, por no saber dónde estaba una integrante de su tribu? ¿Hacía él mismo por estar igual de desinformado, o…?
¿O por la posibilidad de que él fuera el motivo por el que ella había decidido no acudir?
—Iré a buscarla.
Sus patas ya se movían antes de que las palabras hubieran terminado de salir de su boca.
Telok sintió las miradas de su tribu sobre él mientras se alejaba a grandes zancadas. Aunque la piel le hormigueó bajo aquellas miradas, no vaciló ni volvió la cabeza. Podía imaginar lo que estaban pensando.
¿Por qué iba él a buscar a Lacey cuando ninguno de los dos podía pasar más de unos instantes sin intercambiar miradas fulminantes y palabras hirientes? ¿Por qué Telok, cuando ella se habría alegrado más de ver a cualquier otro miembro de su tribu?
Porque alguien tenía que actuar. Porque él tenía que actuar antes de que la inactividad permitiera que sus pensamientos corrieran desbocados como vientos de tormenta azotando la jungla.
No importaba que no hubiera ningún motivo para alarmarse, ni que existieran muchas explicaciones sencillas y probables para su ausencia.