Capítulo 27 El Laberinto de Cristal
La mañana en Edimburgo no amaneció con la claridad esperada, sino bajo un manto de niebla baja y húmeda que se adhería a las piedras grises de la ciudad vieja como una segunda piel.
Desde la ventana de mi habitación en la casa de Lord Abernathy, observaba cómo los carruajes chapoteaban en el barro de las calles empedradas, sus ruedas chirriando con un sonido agudo que recordaba a lamentos antiguos.
La ciudad era un organismo vivo, ruidoso y caótico, muy diferente del silencio sepulcral de Blackwood o la quietud hipnótica de la Isla de las Sombras.
Aquí, los secretos no se escondían en criptas subterráneas, sino detrás de sonrisas corteses y abanicos de encaje.
Me vestí con cuidado, eligiendo un vestido de lana gris oscuro, sencillo pero elegante, que no llamara la atención innecesariamente.
No quería parecer una nobleza arrogante ni una sirvienta asustada.
Quería ser invisible, una sombra más entre las sombras de la corte.
Guardé la daga negra en una funda oculta bajo la falda, junto al medallón de plata que aún conservaba su calor inquietante.
William entró en la habitación mientras me ajustaba el último broche.
Su rostro estaba serio, las líneas de preocupación marcadas profundamente alrededor de sus ojos.
—No deberías ir sola, Eris —expresó, su voz baja pero firme—. Es una trampa. Lo sabes tan bien como yo. Los Jardineros no invitan a nadie a tomar el té por cortesía.
—Lo sé —respondí, mirándome al espejo. Mis ojos reflejaban una determinación que no sentía por completo, pero que necesitaba proyectar—.
Pero si no voy, nunca sabremos quiénes son.
Y si son enemigos, prefiero enfrentarlos en terreno neutral, donde puedan subestimarme.
Si son aliados... necesito saber qué precio piden por su ayuda.
William suspiró, acercándose para tomar mis manos. Sus dedos estaban fríos.
—Ten cuidado. Lord Abernathy dice que la Orangerie Real es un lugar de encuentros discretos, pero también de desapariciones silenciosas. Si no sales en una hora, enviaré a los hombres de Abernathy.
Asentí, besando su mejilla rápidamente antes de salir.
El aire exterior era gélido, cortante. Caminé hacia el centro de la ciudad, siguiendo las instrucciones de la tarjeta.
La Orangerie Real estaba situada en los jardines privados del Palacio de Holyrood, un edificio de vidrio y hierro forjado que brillaba débilmente bajo la luz difusa del sol invernal.
Era un lugar de belleza artificial, donde plantas exóticas luchaban por sobrevivir en un clima hostil, protegidas por cristales frágiles.
Una metáfora perfecta para nuestra situación.
Al llegar a la entrada, un guardián uniformado me detuvo. No pidió identificación. Simplemente asintió, como si me esperara, y abrió la puerta de cristal.
El interior olía a tierra húmeda, a jazmín intenso y a algo más sutil: incienso antiguo.
El aire era cálido, casi sofocante, cargado de humedad.
Las plantas crecían en profusión, enredaderas tropicales que cubrían las paredes de vidrio, flores de colores vibrantes que parecían observar con ojos pétalos.
En el centro del invernadero, sobre un suelo de mosaico blanco y negro, había una mesa de hierro forjado.
Y sentado frente a ella, leyendo un libro encuadernado en cuero verde, estaba un hombre.
No era anciano, como había imaginado. Tampoco joven.
Tenía la edad indefinida de quienes han vivido demasiado o muy poco.
Llevaba un traje impecable de terciopelo verde oscuro, y sus manos, largas y pálidas, pasaban las páginas con una delicadeza extrema.
Al verme entrar, cerró el libro lentamente y levantó la vista.
Sus ojos eran verdes, del mismo tono que las hojas que lo rodeaban, pero carecían de calidez. Eran ojos de observador, de científico, de alguien que disecciona mariposas para entender el vuelo.
—Señorita Eris —dijo, su voz suave como el roce de la seda—. Llegas puntual. La puntualidad es la cortesía de los reyes, y la necesidad de los espías.
Me acerqué a la mesa, manteniendo la distancia prudente.
—Usted es el Jardinero Jefe —dije, no como pregunta, sino como afirmación.
Él sonrió, una sonrisa pequeña que no llegó a sus ojos.
—Soy uno de ellos. Llámeme Silas. Es un nombre antiguo, bíblico. Significa "bosque". Apropiado, ¿no cree?
Me senté frente a él, manteniendo la espalda recta.
—¿Qué quieren de mí, Silas? He perdido mi hogar, mi familia, mi identidad. ¿Qué queda para que ustedes quieran cultivar?
Silas inclinó la cabeza, estudiándome con interés genuino.
—Quedamos nosotros, señorita Eris. Queda el linaje.
Queda la verdad. Los Blackthorne no fueron destruidos por accidente.
Fueron podados. Como una planta que crece demasiado rápido y amenaza con ahogar el jardín entero.
Dacre, su tío, era una rama enferma. Thorne, una plaga.
Nosotros... nosotros somos los jardineros que mantienen el equilibrio.
—Equilibrio —repetí, con sarcasmo—. ¿Llama equilibrio a asesinar mujeres jóvenes y vender sus almas a entidades oscuras?
Silas negó con la cabeza suavemente.
—Dacre actuaba por cuenta propia. Se desvió del camino.
Quería poder personal, no equilibrio cósmico.
Nosotros servimos a algo mayor. Servimos a la Estabilidad.
Y tú, Eris, eres la clave para restaurarla.
La entidad que Thorne liberó... no fue destruida completamente.
Fue dispersada. Y necesita un recipiente nuevo. Uno estable. Uno fuerte.
Sentí cómo el frío me recorría la columna vertebral.
—No soy un recipiente —dije, con voz tensa—. Soy una persona.
—Para el universo, todos somos recipientes —respondió Silas, con indiferencia filosófica—. La cuestión es: ¿prefieres ser un recipiente roto, derramando tu esencia en el caos, o un vaso intacto, conteniendo el poder para el bien común?
—¿Y cuál es ese "bien común"? —pregunté, apretando los puños bajo la mesa.
—El orden —explicó Silas simplemente—. Sin los Guardianes, la realidad se desgarra. Las sombras entran. La locura reina. Nosotros prevenimos eso. A cambio, pedimos lealtad. Y sacrificio.
—¿Qué sacrificio?
Silas se inclinó hacia adelante, sus ojos verdes brillando con intensidad.
—Tu libertad. Debes vivir bajo nuestra supervisión. Debes aceptar tu rol como Guardiana oficial. Debes renunciar a William.
El nombre cayó entre nosotros como una piedra en un estanque tranquilo.
—¿Renunciar a William? —pregunté, incrédula—. ¿Por qué?
—Porque el amor es caos —explicó Silas, con una lógica fría y cruel—.
El amor crea apego, y el apego crea vulnerabilidad.
Un Guardián no puede tener debilidades. William es tu debilidad.
Si lo amas, la entidad dentro de ti se alimentará de ese amor, corrompiéndolo, hasta que te consuma a ti y a él. Para salvarlo, debes dejarlo ir.
Me levanté de la silla, furiosa.
—Esa es la mentira más grande que he escuchado —dije, con voz temblorosa pero clara—. El amor no es debilidad. Es fuerza. Fue el amor lo que nos salvó en la Isla. Fue el amor lo que rompió el control de Thorne. Ustedes no entienden nada. Solo saben controlar, no vivir.
Silas no se inmutó. Siguió mirándome con esa calma exasperante.
—Entonces, elige —dijo suavemente—. Únete a nosotros, acepta nuestras reglas, y viviremos en paz, vigilando el mundo desde las sombras.
O recházanos, y serás cazada. No por nosotros, quizás, pero por aquellos que buscan el poder que tú contienes.
Y créeme, Eris, hay muchos más como Dacre. Muchos más hambrientos.
Antes de que pudiera responder, escuché un ruido detrás de mí. Pasos rápidos. Giré la cabeza.
Era William. Había venido. Contra mi voluntad, contra mi advertencia. Estaba jadeante, con la espada desenvainada, listo para luchar.
—¡Aléjate de ella! —gritó, apuntando la espada hacia Silas.
Silas suspiró, como si estuviera aburrido de la interrupción. Chasqueó los dedos.
De entre las enredaderas, surgieron figuras. Hombres altos, vestidos de verde, con máscaras de hojas que cubrían sus rostros. Llevaban arcos y flechas emplumadas. Rodearon a William en segundos.
—Veo que la lección no ha sido aprendida —dijo Silas, poniéndose de pie—. La emoción nubla el juicio.
William me miró, desesperado.
—Eris, vámonos —dijo.
Pero yo sabía que no podíamos luchar contra veinte arqueros en un espacio cerrado de cristal. Miré a Silas.
—Déjanos ir —dije—. Hoy. Pero no acepto tu oferta. No renunciaré a William. Y no seré su títere.
Silas me estudió durante un largo momento. Luego, sonrió. Una sonrisa verdadera, esta vez. Peligrosa.
—Muy bien —dijo—. Tienes espíritu. Eso es útil. Pero recuerda mis palabras, Eris. El tiempo se agota. La próxima vez que nos veamos, no habrá opción. Habrá solo consecuencia.
Hizo un gesto con la mano. Los arqueros bajaron las armas, permitiéndonos pasar.
Salimos de la Orangerie, caminando rápidamente hacia la salida. El aire frío de fuera nos golpeó como un bofetón. William me tomó del brazo, llevándome hacia un callejón seguro.
—¿Qué te dijo? —preguntó, con urgencia.
Le resumí la conversación. Cuando mencioné la exigencia de renunciar a él, William se detuvo en seco. Su rostro se endureció.
—Nunca —dijo, con una ferocidad que me asustó—. Nunca te dejaré, Eris. Ni por ellos, ni por Dios, ni por el diablo mismo.
Lo abracé, sintiendo cómo su corazón latía contra el mío. Sabía que Silas tenía razón en una cosa: éramos vulnerables. Pero también sabía que esa vulnerabilidad era nuestra mayor fortaleza.
Mientras volvíamos a casa, bajo la mirada indiferente de la ciudad, supe que habíamos declarado la guerra. No una guerra de espadas, sino de ideologías. Ellos querían orden a costa de la humanidad. Nosotros queríamos humanidad, incluso a costa del caos. Pero en ese conflicto, no habría cuartel.