Capítulo 26 El Hilo Rojo del Destino
El medallón pesaba en mi bolsillo como una brasa viva, irradiando un calor que parecía contradecir la frialdad del viento marino.
Lo saqué de nuevo, examinándolo bajo la luz pálida del atardecer.
La plata estaba impecable, pulida hasta un brillo cegador, sin una sola marca de óxido o desgaste.
Las iniciales E.B. estaban grabadas con una precisión quirúrgica, las letras entrelazadas con una delicadeza que recordaba a la joyería de alta corte, no a los artefactos rústicos encontrados en el barro de Blackwood.
—¿Qué es eso? —inquirió William, acercándose a mí mientras ayudaba a Moray a vendar el brazo herido del capitán. Sus ojos se fijaron en el objeto metálico con una mezcla de curiosidad y recelo.
Se lo mostré. William palideció visiblemente.
—Es idéntico al que encontraste en el jardín —murmuró, tomando el medallón con cuidado—. Pero este... este parece nuevo. Como si acabara de salir del taller del orfebre.
—Exacto —dije, sintiendo cómo un escalofrío recorría mi espalda—. Y los piratas... no eran piratas comunes. No buscaban oro. Buscaban esto. O me buscaban a mí para entregármelo.
Catherine se unió a nosotros, limpiándose el hollín de la cara con un trapo sucio. Al ver el medallón, sus ojos se ampliaron.
—Ese símbolo... el entrelazado de las letras —dijo, señalando el diseño—. No es solo una inicial. Es un cifrado. Los Blackthorne usaban un código familiar para marcar sus pertenencias más valiosas. Si miras de cerca, verás que las curvas de la 'E' y la 'B' forman una rosa estilizada.
Me acerqué el medallón a los ojos. Efectivamente, bajo la aparente simplicidad de las letras, había líneas sutiles que formaban pétalos y espinas. Era la Rosa Negra. El emblema del linaje.
—¿Quién podría tener acceso a este diseño? —curioseé, sintiendo cómo el misterio se cerraba alrededor de mí como una red—. Dacre está muerto. Thorne está incapacitado. Lady Marguerite murió en el fuego. ¿Quién queda?
Catherine dudó, mordiéndose el labio inferior.
—Hay rumores... viejas historias que mi madre mencionaba en voz baja.
Se decía que antes de que los Blackthorne fueran exiliados o destruidos, existía una rama colateral.
Una línea secreta que permaneció en las sombras, operando desde las sombras, protegiendo los intereses de la familia cuando el nombre principal cayó en desgracia.
Se llamaban a sí mismos "Los Jardineros".
—Los Jardineros —repetí, probando el sabor de la palabra. Sonaba inocente, pero en el contexto de nuestra historia, sonaba siniestro.
—Dicen que cultivaban secretos como otros cultivan rosas —continuó Catherine—. Y que tenían un líder. Alguien que nunca aparecía públicamente, pero cuya influencia se sentía en cada decisión importante de la nobleza escocesa durante el último siglo.
William frunció el ceño.
—Si existen, ¿por qué no intervinieron antes? ¿Por qué dejaron que Dacre masacrara a nuestras familias?
—Quizás porque no podían —sugirió Catherine—. O quizás porque esperaban. Esperaban a que surgiera la Guardiana verdadera. Alguien capaz de integrar la sombra y sobrevivir. Alguien como tú, Eris.
Miré el medallón de nuevo. Ya no parecía un simple adorno. Era una invitación. Una citación. Los Jardineros sabían quién era yo. Sabían dónde estaba. Y habían enviado a los piratas no para matarme, sino para probarme. Para ver si era digna de recibir el legado.
—Debemos ir a Edimburgo —dije finalmente, guardando el medallón con firmeza.
William me miró, sorprendido.
—¿Edimburgo? ¿Por qué allí?
—Porque es el centro del poder en Escocia.
Si hay una sociedad secreta operando en las sombras, su sede estará allí.
Además, William tiene contactos. Amigos de tu padre que pueden ayudarnos a moverte sin levantar sospechas.
Necesitamos recursos. Necesitamos información.
Y necesitamos encontrar a estos "Jardineros" antes de que ellos nos encuentren a nosotros.
Moray, que había estado escuchando en silencio mientras terminaba de vendar su brazo, asintió gravemente.
—Edimburgo es una ciudad de dos caras, niña. La cara brillante de la aristocracia y la cara oscura de los callejones y las conspiraciones. Si vais allí, debéis ser cuidadosos. Los ojos están en todas partes.
—Lo sabemos —respondí, mirando hacia el horizonte donde las luces de la costa comenzaban a aparecer—. Pero ya no podemos huir. Es hora de enfrentar el pasado de frente.
El viaje a Edimburgo duró tres días. Tres días de navegación tranquila, durante los cuales tuvimos tiempo para sanar nuestras heridas físicas y reflexionar sobre las emocionales.
Thorne permaneció en la bodega, vigilado por turnos rotativos.
Apenas hablaba, pasando la mayor parte del tiempo dormido o mirando al vacío con una expresión de paz vacía.
Parecía haber aceptado su destino, liberado de la carga de la entidad que lo había poseído.
Cuando finalmente avistamos el puerto de Leith, la capital de Escocia se alzaba ante nosotros como una fortaleza de piedra gris coronada por el castillo en la roca volcánica.
La ciudad era vibrante, bulliciosa, llena de carruajes elegantes, mercaderes gritando y nobles paseando con aire de superioridad.
Era un mundo lejos de la soledad gótica de Blackwood y la niebla eterna de las Hébridas.
Aquí, la vida continuaba con una indiferencia brutal hacia los dramas personales.
Desembarcamos discretamente, evitando los muelles principales y utilizando una entrada secundaria que Moray conocía.
Llevábamos poco equipaje, solo lo esencial, y a Thorne oculto en un carruaje de carga cubierto.
William nos guio a través de las calles empedradas, hacia una casa segura en el barrio antiguo, propiedad de un viejo amigo de su familia, Lord Abernathy.
La casa era modesta pero elegante, escondida entre edificios más grandes, con un jardín interior que ofrecía privacidad. Lord Abernathy, un hombre anciano de cabello blanco y modales impecables, nos recibió con sorpresa, pero con calidez genuina.
—William, hijo mío —dijo, abrazando a William con emoción—. Te creíamos muerto. Todos lo creíamos.
—Casi lo estuve, tío Robert —confesó William, con una sonrisa triste—. Pero tuve ayuda.
Presentó a Catherine y a mí. Lord Abernathy nos estudió con curiosidad, pero sin juicio. Era un hombre inteligente, acostumbrado a los secretos de la corte.
—Entiendo que traéis bagaje complicado —dijo, mirando hacia el carruaje donde Thorne descansaba—. Pero esta casa es vuestra. Estáis seguros aquí. Por ahora.
Durante los siguientes días, nos establecimos. William comenzó a reconstruir su red de contactos, visitando antiguos aliados de su padre en secreto. Catherine investigaba en la biblioteca real, buscando referencias históricas a los Blackthorne y a la sociedad de los Jardineros. Y yo... yo esperaba.
Esperaba una señal. Una visita. Un movimiento de los Jardineros. Y llegó al cuarto día.
Estaba sentada en el jardín interior, leyendo uno de los diarios de Eleanor, cuando escuché un golpe suave en la puerta trasera. No era un golpe agresivo. Era rítmico. Tres golpes. Pausa. Dos golpes.
El código de Gareth.
Mi corazón dio un vuelco. Me levanté rápidamente, dejando el diario sobre la mesa, y caminé hacia la puerta. William estaba en la sala contigua, hablando con Lord Abernathy, pero no me oyó.
Abrí la puerta apenas una rendija.
No había nadie. Solo un sobre blanco, sellado con lacre rojo, colocado en el umbral. El sello no tenía escudo de armas. Solo una rosa negra grabada en la cera.
Tomé el sobre y lo abrí con manos temblorosas. Dentro, había una sola tarjeta de visita gruesa y cremosa. En ella, escrita con una caligrafía elegante y antigua, había una dirección y una hora.
La Orangerie Real. Mañana al mediodía. Ven sola. Y debajo, una firma: El Jardinero Jefe.
Miré hacia la calle vacía. Nadie observaba. Pero sabía que me estaban viendo. Siempre me estaban viendo.
Guardé la tarjeta en mi vestido, sintiendo cómo la anticipación se mezclaba con el miedo. Mañana, conocería a la cabeza de la serpiente. Mañana, descubriría si los Jardineros eran aliados o enemigos.
Pero supe, con una certeza absoluta, que mi vida tal como la conocía estaba a punto de cambiar para siempre. Porque el juego apenas comenzaba.