Capítulo 25 La Tormenta de Acero
El primer impacto sacudió La Estrella del Norte con una violencia que hizo crujir las costillas de madera del casco.
El sonido fue ensordecedor, un trueno artificial que resonó en el pecho y vibró en los dientes.
Polvo y astillas volaron desde el techo de la bodega, cubriéndonos como una lluvia gris.
Thorne gimió en su escondite, despertando sobresaltado por el caos repentino.
—¡Quédense abajo! —gritó el Capitán Moray desde la escotilla, su voz compitiendo con el estruendo de los cañones enemigos—. ¡No salgan hasta que les dé la señal!
Pero sabía que no podíamos quedarnos quietos.
Los piratas no solo disparaban cañones; ya estaban lanzando garfios y cuerdas para abordar el barco.
Escuchaba los gritos salvajes de los atacantes, el choque metálico de las espadas contra las hachas de abordaje, y los alaridos de dolor de los marineros de Moray.
William me miró, sus ojos oscuros y decididos. Llevaba la daga negra en una mano y una pistola de chispa robada del arsenal del barco en la otra.
—No podemos dejar que Moray luche solo —expuso, su voz firme a pesar del temblor del suelo bajo nuestros pies—. Si abordan, nos encontrarán. Y si encuentran a Thorne, nos matarán. Debemos ayudar a defender el barco.
Catherine asintió, aunque su rostro estaba pálido. No era una guerrera, pero tenía una mente aguda y rápida.
—Puedo ayudar desde aquí —dijo, señalando un montón de barriles de pólvora apilados cerca de la entrada de la bodega—. Si logran entrar, puedo hacer explotar esta sección. Nos hundiremos todos, pero ellos también. Es un último recurso.
—Esperemos no llegar a eso —dije, tomando una espada corta que había encontrado entre el equipaje olvidado de un pasajero anterior.
Pesaba más de lo esperado, pero mi mano se cerró alrededor del mango con una familiaridad instintiva.
Gareth me había enseñado a usar herramientas, sí, pero también me había enseñado que cualquier objeto podía ser un arma si la necesidad era suficiente.
Subimos a cubierta por una escotilla lateral, evitando la principal donde el combate era más feroz.
La escena era dantesca. El cielo estaba negro de humo de pólvora, mezclado con la niebla matutina.
Hombres vestidos con harapos y cuero sucio saltaban desde el barco pirata, aterrizando en nuestra cubierta con agilidad brutal.
Llevaban máscaras de hueso y pinturas de guerra rojas en los rostros.
Eran los Lobos de Mar, legendarios por su crueldad y su falta de piedad.
El Capitán Moray luchaba en el centro de la tormenta, su espada larga moviéndose como un látigo de plata, manteniendo a raya a tres atacantes simultáneamente. Pero eran demasiados. Los marineros leales caían uno tras otro, superados por la ferocidad numérica.
William se lanzó a la batalla sin vacilar.
Su estilo no era elegante ni académico; era eficiente, mortal.
Usaba la daga para desviar golpes y la pistola para disparar a quemarropa cuando tenía oportunidad.
Vi cómo derribaba a un pirata con un golpe preciso en la garganta, salvando a un joven grumete que estaba a punto de ser decapitado.
Yo me uní a la lucha cerca de la popa, bloqueando el avance de dos piratas que intentaban flanquear a Moray.
Mi corazón latía con tanta fuerza que temía que estallara, pero mi mente estaba extrañamente clara.
Cada movimiento de mis oponentes era predecible, lento comparado con la velocidad de mis pensamientos.
Era como si la entidad, al irse, me hubiera dejado un regalo residual: una percepción aumentada, una capacidad de leer la intención antes de que se convirtiera en acción.
Desvié el hacha de uno de los piratas con mi espada, girando sobre mí misma para patear al otro en la rodilla.
Cayó gritando, y aproveché su caída para empujarlo por la borda.
El primer pirata, enfurecido, cargó contra mí.
Pero antes de que pudiera alcanzarme, una sombra pasó volando sobre mi cabeza.
Era Catherine. Había subido desde la bodega con un mosquete pesado en las manos. Disparó. El tiro fue imperfecto, rozando el hombro del pirata, pero fue suficiente para distraerlo. William aprovechó la distracción para clavarse su daga en el brazo del atacante, haciéndole soltar el hacha.
—¡Bien hecho! —grité, sonriendo brevemente a Catherine. Ella me devolvió la sonrisa, una expresión feroz y triunfante que transformaba su rostro delicado en algo formidable.
Pero la victoria táctica no cambiaba la realidad estratégica. Éramos tres contra treinta. Y Moray estaba sangrando por una herida en el brazo izquierdo.
El líder de los piratas, un gigante barbudo con un parche en el ojo y una cicatriz que le cruzaba el torso, abrió paso entre sus hombres. Llevaba un machete oxidado pero enorme. Se detuvo frente a Moray, riendo con una boca llena de dientes negros.
—Ríndete, viejo lobo —rugió el líder—. Entrega al hombre de las sombras y quizás te dejemos vivir como esclavo.
Moray escupió sangre a los pies del pirata.
—Antes me comeré mi propia lengua —respondió, alzando su espada con dificultad.
El pirata levantó el machete para el golpe final. Yo sabía que no llegaría a tiempo para interceptarlo. William estaba demasiado lejos, luchando contra otros dos. Catherine recargaba el mosquete.
Entonces, recordé algo. La Isla de las Sombras. La disonancia. Thorne había usado el miedo y la ilusión. ¿Podía yo usar algo similar? No magia, sino psicología. Pura, dura psicología de guerra.
Grité, no de miedo, sino con una autoridad que resonó en todo el barco.
—¡Deteneos!
El grito fue tan inesperado, tan lleno de una certeza sobrenatural, que incluso el líder pirata dudó un instante. Giró la cabeza hacia mí, confundido.
—¿Quién eres tú, niña? —preguntó, bajando ligeramente el machete.
Di un paso adelante, ignorando el peligro, caminando hacia él con la espalda recta y la mirada fija en sus ojos.
—Soy la que habla con los muertos —dije, mi voz baja pero penetrante—. Y los muertos de este barco... tus hombres que han caído... me dicen que tu capitán te traicionó. Me dicen que el oro que buscas no existe. Que es una mentira para llevarte a tu muerte.
Era una apuesta desesperada. Una mentira basada en la paranoia natural de los piratas. Pero funcionó. El líder frunció el ceño, mirando a sus hombres, luego a mí, luego a sus propios subordinados. La duda, esa semilla venenosa, comenzó a germinar.
—Mientes —dijo, pero su voz carecía de convicción.
—¿Lo hago? —pregunté, señalando hacia el horizonte, donde una mancha oscura comenzaba a aparecer en el agua. Una mancha que crecía rápidamente.
Todos miraron. No era un barco. Era una ballena. Una ballena franca enorme, que emergió del agua justo al lado del barco pirata, golpeando el casco con su cola masiva. El impacto fue brutal, haciendo tambalear el barco enemigo y lanzando a varios piratas al mar.
Fue coincidencia. Pura suerte natural. Pero en medio del caos y la superstición, pareció un signo divino. Un presagio.
Los piratas entraron en pánico. Gritaron sobre maldiciones, sobre brujería, sobre la ira del mar. El líder, desconcertado y temeroso de perder a su tripulación ante el "monstruo marino", ordenó la retirada.
—¡Retirada! ¡Volvamos al barco! ¡Esta nave está maldita!
En minutos, los piratas se desengancharon, remando frenéticamente de vuelta a su navío mientras la ballena volvía a sumergirse, dejando solo olas agitadas y confusión.
Cuando el último pirata hubo abandonado nuestra cubierta, el silencio cayó sobre La Estrella del Norte. Un silencio pesado, roto solo por los gemidos de los heridos y el viento que volvía a soplar limpio.
Moray se dejó caer contra la barandilla, exhausto pero vivo. William corrió hacia mí, abrazándome con fuerza, enterrando su rostro en mi cuello.
—Esa ballena... —murmuró Catherine, acercándose con el mosquete aún humeante—. Fue increíblemente oportuna.
Sonreí, sintiendo cómo la adrenalina se retiraba, dejándome temblorosa.
—A veces, el universo tiene sentido del humor —dije, besando la mejilla sucia de William.
Pero mientras celebrábamos nuestra suerte, miré hacia el agua donde la ballena había desaparecido. En la superficie, flotando entre la espuma, vi algo brillante. No era parte del animal. Era un objeto pequeño, metálico.
Me incliné sobre la barandilla y lo recogí con una red de pesca. Era un medallón. Idéntico al que había encontrado en el jardín de Blackwood. Con las iniciales E.B. grabadas.
Pero esta vez, no estaba oxidado. Estaba nuevo. Brillante. Y caliente al tacto.
Algo no encajaba. Los piratas no tenían conexión con Blackwood. ¿Cómo habían conseguido ese medallón? ¿O no eran piratas comunes? ¿Habían sido enviados específicamente por alguien que sabía quién era yo?
Miré a William y a Catherine. Sus rostros reflejaban alivio, pero no entendían la implicación del objeto en mi mano.
Guardé el medallón en mi bolsillo, sintiendo cómo el frío de la duda volvía a instalarse en mi vientre.
Habíamos sobrevivido a la isla. Habíamos sobrevivido a los piratas.
Pero el misterio de mi origen, ese hilo rojo que tejía mi destino, seguía tirando de mí hacia aguas más profundas y desconocidas.
Esta vez, no tenía la sensación de que fuera una coincidencia. Tenía la sensación de que alguien me estaba guiando. Alguien que quería que encontrara lo que el medallón prometía.