El castillo de las rosas negras Capítulo 28 La Arquitectura del Silencio
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Capítulo 28 La Arquitectura del Silencio

La casa de Lord Abernathy, que hasta entonces había sido un refugio seguro, se transformó overnight en una fortaleza sitiada por la paranoia.

Las cortinas estaban corridas durante el día, bloqueando la luz grisácea de Edimburgo y sumiendo las habitaciones en una penumbra constante.

Los sirvientes hablaban en susurros, evitando mirar directamente a William o a mí, como si el mero contacto visual pudiera transmitir la maldición que nos perseguía.

Silas no había enviado asesinos inmediatos, pero su amenaza pesaba más que cualquier espada: la certeza de que estábamos siendo observados, estudiados, catalogados como especímenes defectuosos en el gran jardín de la humanidad.

William pasaba las horas trazando mapas en la mesa del estudio, marcando rutas de escape, identificando puntos débiles en la seguridad de la ciudad.

Sus ojos estaban inyectados en sangre, oscurecidos por noches sin sueño.

Catherine, por su parte, se había encerrado en la biblioteca de Abernathy, buscando referencias históricas sobre los Jardineros, intentando encontrar una debilidad estructural en su organización milenaria.

Yo, sin embargo, no podía quedarme quieta.

La conversación con Silas había dejado una semilla de duda en mi mente, una grieta en mi confianza que necesitaba sellar.

—El amor es caos —había dicho Silas.

Esas palabras resonaban en mi cabeza como un eco persistente.

¿Era cierto? ¿Estaba poniendo en peligro a William simplemente por existir cerca de él?

La entidad dispersa... ¿podía realmente corromper nuestro vínculo?

Necesitaba saberlo. No podía vivir con esa incertidumbre colgando sobre nosotros como una guillotina invisible.

Esa noche, mientras William dormía un sueño inquieto en el sofá del estudio, me escabullí hacia el jardín interior de la casa.

Era pequeño, cerrado por altos muros de piedra, pero ofrecía una vista clara del cielo nocturno.

La luna estaba en cuarto menguante, proyectando una luz plateada y fragmentada sobre las losas húmedas.

Me senté en un banco de piedra, cerrando los ojos, intentando conectar con esa parte de mí que había integrado la sombra en Blackwood.

Quería sentir la entidad, o lo que quedaba de ella. Quería verificar si Silas tenía razón.

Al principio, solo sentí el frío de la noche.

Luego, lentamente, como una marea subiendo desde las profundidades de mi subconsciente, sentí algo.

No era una voz. No era una presencia externa.

Era una vibración interna, un zumbido sutil en la base de mi cráneo. Y con esa vibración, vinieron imágenes.

Vi a William. Pero no al William actual, cansado y preocupado. Vi a un William futuro, envejecido, con el cabello canoso y los ojos vacíos. Estaba de pie frente a una tumba. Mi tumba. Y lloraba. Pero no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de rabia. De culpa.

La visión cambió. Vi a Catherine, encadenada en una celda oscura, gritando nombres que nadie escuchaba. Vi a Lord Abernathy, traicionado por sus propios aliados. Y vi a Silas, sonriendo, regando una rosa negra que crecía directamente de mi corazón.

Abrí los ojos de golpe, jadeando, el corazón martilleando contra mis costillas.

El sudor frío empapaba mi espalda. No era una predicción del futuro.

Era una advertencia. La entidad no quería destruirnos físicamente; quería alimentarse de nuestro dolor emocional.

Cada momento de miedo, cada duda, cada lágrima derramada por nuestra situación era nutriente para ella.

Silas tenía razón en una cosa terrible: nuestro amor, si se basaba en el miedo a perderse, era combustible para la oscuridad.

Pero también vi algo más en la visión. Vi que la rosa negra no crecía sola. Sus raíces estaban entrelazadas con otras plantas, con flores blancas y doradas. Flores de esperanza. De resistencia. De alegría genuina.

No debíamos dejar de amar. Debíamos cambiar cómo amábamos. Debíamos amar no por posesión o miedo, sino por elección consciente. Por libertad.

Me levanté, decidida. Volví al estudio. William despertó al escuchar mis pasos.

—¿Eris? —farfulló, incorporándose rápidamente, la mano buscando instintivamente su daga—. ¿Qué ocurre?

—Nada malo —dije, acercándome a él y tomando su rostro entre mis manos—. Solo necesito decirte algo. Algo importante.

Él me miró, confundido, pero atento.

—Silas tiene miedo —dije, con voz firme—.

Tiene miedo de nuestro amor porque no puede controlarlo.

Dice que es caos, pero yo digo que es orden superior.

Es el único orden que importa. No voy a renunciar a ti, William.

Ni ahora, ni nunca. Pero prometo algo más: no te amaré desde el miedo.

Te amaré desde la fuerza. Y juntos, seremos invencibles.

William me miró durante un largo momento, buscando cualquier signo de duda en mis ojos. Al no encontrarlo, sonrió. Una sonrisa verdadera, cálida, que iluminó la habitación oscura.

—Entonces, lucharemos —dijo, besando mi frente—. Lucharemos con todo lo que tenemos.

En ese momento, escuchamos un ruido en la puerta principal. No era un golpe suave. Era una patada brutal. Madera astillándose. Gritos.

—¡Abajo! —grité, empujando a William detrás de un sillón pesado.

La puerta del estudio fue derribada. Hombres vestidos de negro entraron en tromba, armados con espadas cortas y ballestas. No llevaban máscaras de hojas. Llevaban capuchas simples. Eran mercenarios. Contratistas. Los Jardineros no ensuciaban sus propias manos; usaban herramientas desechables.

William desenvainó su daga. Yo saqué la mía. Nos pusimos espalda contra espalda, defendiendo el pequeño espacio.

—¡Entregad a la chica! —increpó el líder, un hombre corpulento con una cicatriz en la mejilla—. ¡Y quizás os dejemos vivir!

—Venid a buscarla —respondió William, con una calma gélida.

La lucha fue breve y violenta. Éramos dos contra seis.

Pero luchábamos con la desesperación de quienes no tienen nada que perder.

William movía su daga como un relámpago, cortando tendones y desviando hojas.

Yo usaba mi agilidad, esquivando golpes y atacando puntos vulnerables: gargantas, ojos, articulaciones.

Uno de los mercenarios logró alcanzarme en el brazo izquierdo. El dolor fue agudo, inmediato. Sangre caliente brotó, empapando mi manga. Grité, pero no me detuve. Usé el impulso del dolor para girar y clavar mi daga en el muslo del atacante. Cayó gritando.

William eliminó a otros dos con movimientos precisos y letales. Quedaban tres. El líder retrocedió, viendo que la presa era más peligrosa de lo esperado.

—Retirada —ordenó, haciendo una señal a sus hombres.

Salieron corriendo por la puerta rota, desapareciendo en la noche de Edimburgo tan rápido como habían llegado.

Quedamos solos, jadeantes, cubiertos de sangre propia y ajena. Lord Abernathy apareció en el umbral, pálido y temblando, sosteniendo una pistola antigua.

—Dios santo —murmuró, mirando el desastre—. Debemos irnos. Ahora. Saben dónde estamos.

Asentí, presionando la herida en mi brazo. El dolor era intenso, pero claro. Real. Y en esa claridad, supe que Silas había cometido un error. Al atacarnos, había confirmado que éramos una amenaza real. Y al hacernos sangrar, nos había recordado que estábamos vivos.

—Preparad los caballos —dije, con voz firme, ignorando el mareo—. Vamos al norte. A las Highlands. Hay un lugar donde los Jardineros no se atreven a pisar. Un lugar antiguo.

—¿Dónde? —preguntó William, ayudándome a levantarme.

—En las ruinas de la capilla donde encontré el primer medallón —respondí—. Allí comenzó todo. Allí debe terminar.