El castillo de las rosas negras Capítulo 20 El Fantasma de la Rata
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Capítulo 20 El Fantasma de la Rata

El aire en la pequeña habitación de la posada se volvió súbitamente gélido, como si el invierno hubiera decidido colarse por las grietas de la ventana mal cerrada.

Mis dedos, entumecidos por el miedo y la incredulidad, temblaban sobre el pestillo de madera.

Gareth. La palabra resonaba en mi mente con una fuerza dolorosa, chocando contra la realidad innegable de su muerte en la mazmorra de Blackwood.

Había visto su cuerpo inerte, había sentido el frío de su piel, había escuchado el silencio final de su aliento.

Los muertos no golpean puertas. Los muertos no usan códigos secretos.

—Abre, niña —repitió la voz, más urgente esta vez, aunque seguía siendo esa misma cadencia ronca y familiar que me había arrullado durante años—. No tenemos mucho tiempo. Los gatos están despiertos.

Miré a William. Dormía profundamente, su respiración regular y pesada, ajeno a la pesadilla que se desplegaba a pocos metros de él.

Despertarlo podría ser peligroso si lo que estaba al otro lado era una trampa; el ruido alertaría a los guardias del Sheriff o a quienquiera que estuviera vigilando desde el callejón.

Pero dejarlo dormido mientras yo enfrentaba lo imposible era una traición a nuestra promesa de no separarnos nunca más.

Opté por un término medio. Me vestí rápidamente con mi capa y mis botas, asegurándome de llevar la daga que William había recuperado de las ruinas. Luego, abrí la puerta apenas una rendija, lo suficiente para ver el pasillo oscuro de la posada, pero no para permitir el paso de nadie.

El pasillo estaba vacío. Las velas de las paredes parpadeaban, proyectando sombras largas y danzantes. Y allí, de pie junto a la escalera que descendía hacia la cocina, estaba él.

Llevaba una capa grisácea y sucia, el rostro cubierto parcialmente por una capucha baja.

Pero cuando levantó la vista, vi sus ojos.

Eran los ojos de Gareth. Pequeños, brillantes como cuentas de azabache, llenos de esa mezcla única de ternura astuta y cansancio eterno.

Sin embargo, había algo diferente. Su piel tenía un tono ceroso, casi translúcido bajo la luz tenue, y se movía con una rigidez antinatural, como si cada articulación le doliera.

—Gareth —suspiré, sintiendo cómo las lágrimas nublaban mi visión. Quería correr hacia él, abrazarlo, pero mis pies permanecieron clavados en el suelo, retenidos por un instinto primitivo de supervivencia.

—No hagas ruido, Eris —dijo él, haciendo un gesto imperioso con la mano enguantada—. Baja. Ahora.

—Pero... tú moriste —balbuceé, mi voz quebrándose—. Te vi. En la celda.

Gareth negó con la cabeza lentamente, un movimiento que pareció costarle un esfuerzo enorme.

—Lo que viste fue una sombra, niña. Una ilusión creada por Thorne para quebrarte.

Yo escapé. Usé los túneles que solo yo conocía.

He estado escondido, recuperándome, esperando el momento adecuado para reunirme contigo.

Pero el tiempo se agota. Dacre puede estar muerto, pero sus aliados no.

Y hay alguien más buscando lo que tú tienes.

Bajé las escaleras con cautela, cada paso resonando como un trueno en mi conciencia.

Cuando llegué al pie de la escalera, Gareth me tomó del brazo.

Su tacto era frío, helado, como el mármol de una tumba.

Un escalofrío recorrió mi columna vertebral, pero ignoré la advertencia de mis sentidos. Era Gareth. Mi protector. Mi padre.

—¿Qué quieres decir con "lo que tengo"? —pregunté, siguiendo su mirada hacia la puerta trasera de la posada, que daba al callejón oscuro.

—El libro —dijo él, señalando el bulto que llevaba bajo la capa—.

El que encontraste en la biblioteca subterránea.

Ese libro no es solo historia, Eris. Es un mapa.

Un mapa hacia la verdadera Fuente. La que Dacre nunca pudo encontrar porque buscaba poder, no verdad. Y ahora, otros saben que lo tienes.

Antes de que pudiera procesar esta nueva revelación, escuchamos pasos en el callejón. Pasos rápidos, múltiples. Gareth me empujó suavemente hacia la sombra de la pared.

—Escóndete —ordenó—. No salgas hasta que yo te llame.

Se giró hacia la puerta trasera, desenvainando una daga oxidada que llevaba escondida en la bota.

La puerta se abrió de golpe y tres figuras entraron en la cocina.

No eran guardias del Sheriff. Llevaban capas negras y máscaras de cuero que cubrían la mitad inferior de sus rostros.

En sus manos, espadas cortas brillaban con una luz aceitosa.

—Entregad el libro —dijo el líder, su voz distorsionada por la máscara—. Y quizás os dejemos vivir.

Gareth rio, una risa seca y desafiante.

—Venid a buscarlo, cobardes.

La lucha fue breve y brutal. Gareth, a pesar de su aparente debilidad, luchaba con una ferocidad desesperada, moviéndose con una agilidad que contradecía su edad y su estado físico.

Pero eran tres contra uno. Y estaban mejor entrenados.

Uno de los atacantes logró herirle en el brazo, y otro le propinó una patada en el estómago que lo hizo doblarse.

Yo no podía quedarme escondida. Grité, saliendo de las sombras con la daga de William en la mano, y me lancé contra el atacante más cercano. Clavé la hoja en su hombro, haciéndole gritar de dolor y soltar su espada. El elemento sorpresa nos dio una ventaja momentánea.

—¡Corre, Eris! —gritó Gareth, aprovechando la distracción para barrer las piernas del segundo atacante—. ¡Ve hacia el puerto! ¡Busca el barco La Estrella del Norte! ¡Pregunta por el Capitán Moray!

—¡No te dejaré! —grité, intentando ayudarle a levantarse.

Pero Gareth me empujó con una fuerza sorprendente hacia la puerta abierta.

—¡Vete! ¡Es una orden! ¡Protege el libro! ¡Protege la verdad!

Los otros dos atacantes se recuperaron y cargaron contra nosotros. Gareth se interpuso entre ellos y yo, bloqueando el paso con su cuerpo.

—¡Ahora! —rugió.

Dudé un segundo, el corazón destrozado por la repetición de la pérdida. Pero vi la determinación en sus ojos, la misma que había visto el día que me encontró en el bosque. Sabía que si me quedaba, moriríamos ambos. Y el libro, la verdad, se perdería para siempre.

Salí corriendo al callejón, dejando atrás los sonidos de la lucha, los gritos de Gareth y el choque del acero.

Corrí como si el diablo mismo me persiguiera, doblando esquinas, saltando charcos, sin mirar atrás.

Las lágrimas corrían por mi rostro, mezclándose con la lluvia que comenzaba a caer, lavando la sangre imaginaria de mis manos.

Llegué al puerto jadeante, el pecho ardiendo. Los muelles estaban oscuros y desiertos, salvo por unos pocos marineros borrachos que cantaban canciones obscenas cerca de una taberna. Busqué con la mirada frenética entre los barcos amarrados. La Estrella del Norte. ¿Dónde estaba?

Entonces, la vi. Un bergantín pequeño, de casco negro y velas grises, anclado al final del muelle principal. En su proa, pintado en letras blancas desgastadas, estaba el nombre.

Me acerqué corriendo, pero antes de poder subir a bordo, una figura emergió de la sombra de un barril de carga. Era un hombre alto, robusto, con una barba roja espesa y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda. Llevaba un tricornio calado hasta los ojos y una chaqueta de cuero gastada.

—¿Buscas pasaje, muchacha? —preguntó, su voz grave y áspera como la lija.

Asentí, sin aliento.

—Gareth... Gareth me envió. Dijo que preguntara por el Capitán Moray.

El hombre estudió mi rostro, luego miró hacia la ciudad, donde se escuchaban sirenas de alarma y voces de guardia acercándose. Sus ojos se estrecharon.

—Gareth está muerto —dijo simplemente.

Mi corazón se detuvo.

—No... él... él estaba allí. Hace cinco minutos.

El Capitán Moray negó con la cabeza, una expresión de tristeza profunda en su rostro curtido por el mar.

—Gareth murió hace tres días, muchacha. Lo enterramos nosotros mismos, lejos de aquí, para que su descanso fuera paz. Lo que viste... lo que te habló... no era Gareth.

Sentí cómo el mundo se inclinaba bajo mis pies. Si Gareth estaba muerto, entonces ¿quién era el hombre en la posada? ¿Un impostor? ¿Un espíritu? ¿O algo peor?

—Sube al barco —ordenó Moray, tendiéndome la mano—. No hay tiempo para explicaciones. Si lo que te persigue es lo que creo que es, necesitas salir de tierra firme. El agua es el único lugar donde las sombras no pueden seguirte fácilmente.

Subí a bordo, temblando, confundida, aterrorizada. Mientras el barco se desataba de las amarras y comenzaba a alejarse del muelle, miré hacia la orilla. En la punta del muelle, bajo la luz de una farola parpadeante, vi una figura. Era el hombre de la capa gris. Se quitó la capucha.

No era Gareth. Era el Dr. Thorne. Y sonreía.