El castillo de las rosas negras Capítulo 19 El Juicio de los Hombres
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Capítulo 19 El Juicio de los Hombres

El viaje a Inverness fue un tránsito entre dos mundos.

Dejábamos atrás las Tierras Altas brumosas, cargadas de fantasmas y secretos enterrados bajo la piedra negra, para adentrarnos en un mundo de orden, leyes escritas y juicios humanos.

El carruaje del Sheriff era cómodo, forrado en terciopelo rojo desgastado, pero para mí se sentía como una jaula móvil.

Cada bache en el camino me recordaba la inestabilidad de mi nueva realidad.

William viajaba a mi lado, su mano descansando sobre la mía, un ancla constante en el mar de incertidumbre que nos rodeaba.

Catherine iba en el asiento opuesto, observando el paisaje con una melancolía distante, como si ya estuviera despegándose de la tierra que había sido su prisión y su hogar.

Llegamos a Inverness al atardecer. La ciudad era un contraste vibrante con la austera soledad de Blackwood.

Las calles estaban empedradas y limpias, las casas de piedra gris alineadas con precisión militar, y el aire olía a pescado salado, a carbón y a vida cotidiana.

No había sombras acechando en cada esquina, ni susurros en el viento.

Solo el bullicio normal de un puerto comercial.

Y, sin embargo, me sentía más expuesta aquí que en las ruinas humeantes del castillo.

Aquí, mis secretos no podían esconderse detrás de leyendas antiguas; tendrían que ser examinados bajo la luz cruda de la ley.

Nos alojaron en la casa del Magistrado principal, un hombre llamado Lord Sterling, conocido por su integridad inflexible y su desdén por la superstición.

Era un hombre de mediana edad, con cabello canoso cortado al rape y ojos grises que parecían pesar el alma de quienquiera que miraran.

Nos recibió en su estudio, una habitación llena de libros legales y mapas náuticos, con una chimenea encendida que luchaba contra el frío húmedo de la costa.

—Siéntense —ordenó, señalando tres sillas de cuero frente a su escritorio—.

El Sheriff me ha informado de los acontecimientos en Blackwood.

Una tragedia, sin duda. Pero también una serie de acusaciones graves: conspiración, asesinato ritual, traición a la corona.

Necesito escuchar vuestra versión de los hechos. Sin adornos. Sin magia. Solo hechos.

William tomó la palabra primero. Habló con claridad y precisión, relatando los eventos desde la llegada de Dacre hasta la explosión final.

Omitió los detalles sobrenaturales, enfocándose en las acciones tangibles: los secuestros, los diarios encontrados, la quema de pruebas, el intento de ejecución pública.

Su testimonio fue sólido, lógico, convincente para una mente racional.

Lord Sterling tomaba notas meticulosas, asintiendo ocasionalmente, pero sus ojos permanecían escrutadores.

Cuando William terminó, fue mi turno. Sentí cómo la garganta se me cerraba.

¿Cómo podía explicar lo inexplicable? ¿Cómo podía hablar de entidades de sombra, de pactos sanguíneos y de visiones sin sonar como una loca?

Miré a William, quien me animó con una leve inclinación de cabeza.

Luego, miré a Catherine, quien asintió imperceptiblemente.

Comencé a hablar. No hablé de magia. Hablé de miedo.

Hablé de la presión psicológica ejercida por Dacre y Lady Marguerite.

Hablé de los símbolos, de las marcas, de la atmósfera de terror que permeaba el castillo.

Describí la Fuente no como un portal místico, sino como un lugar de manipulación mental, donde Dacre usaba drogas y sugestión para controlar a sus víctimas.

Presenté la "entidad" como una metáfora del trauma colectivo y la locura heredada.

Fue una mentira necesaria, una traducción de la verdad sobrenatural a un lenguaje que Lord Sterling pudiera aceptar.

—Entonces, señorita Eris —dijo Lord Sterling, dejando la pluma sobre el papel—, ¿afirma que Lord Dacre estaba loco? ¿Que actuaba bajo delirios de grandeza y poder?

—Afirma que creía en algo antiguo —corregí yo, eligiendo mis palabras con cuidado—. Algo que él interpretó como poder, pero que era simplemente obsesión. Y esa obsesión lo llevó a cometer actos atroces.

Lord Sterling me estudió durante un largo momento. Luego, se giró hacia Catherine.

—Y usted, Lady Catherine. Usted es hija de Lord Dacre por línea materna. ¿Por qué ayudó a estos jóvenes? ¿Por qué traicionó a su familia?

Catherine se enderezó, su postura regia intacta a pesar de la ropa sucia y las heridas.

—No traicioné a mi familia, milord —reconoció, con voz firme—.

Traicioné a un criminal. Mi madre, Lady Eleanor, fue víctima de la misma locura que consumió a mi tío Dacre.

Ella huyó para protegerme. Yo he pasado mi vida escondida, temiendo convertirse en la siguiente víctima.

Ayudar a William y a Eris no fue traición. Fue justicia. Fue supervivencia.

Lord Sterling pareció satisfecho con la respuesta. Cerró su cuaderno de notas.

—Sus testimonios coinciden con las pruebas físicas encontradas en las ruinas: los diarios, los restos de las víctimas, la correspondencia de Dacre con contactos oscuros en el continente.

Parece haber suficiente evidencia para declarar a Lord Dacre y Lady Marguerite culpables post mortem de alta traición y asesinato múltiple.

Sus títulos serán revocados, sus propiedades confiscadas por la Corona.

Sentí un peso enorme levantarse de mis hombros. La validez legal de nuestra lucha estaba asegurada. Éramos víctimas reconocidas, no criminales fugitivos.

—¿Y nosotros? —preguntó William—. ¿Qué será de Blackwood? ¿De nuestro futuro?

Lord Sterling suspiró, quitándose las gafas para frotarse los ojos cansados.

—Blackwood está destruido. Las tierras pasarán a la Corona. Vosotros, como últimos supervivientes de las líneas Blackwood y Blackthorne, tenéis derecho a reclamar una compensación, pero no el título ni la propiedad. Sois, efectivamente, ciudadanos libres. Sin hogar, sin patrimonio, pero libres.

Libres. La palabra resonó en la habitación, dulce y aterradora a la vez. Libres para empezar de cero. Libres para definir quiénes éramos sin el lastre de un apellido maldito.

Salimos del estudio del Magistrado aturdidos por la simplicidad burocrática de nuestra liberación. El Sheriff nos esperaba en el pasillo, con una expresión más amable de lo habitual.

—El Magistrado ha ordenado que se os proporcione alojamiento temporal y una pequeña estipendia hasta que podáis estableceros —dijo—. Hay una posada cerca del puerto, La Gaviota Coja. Es limpia y discreta. Os esperarán allí.

Agradecimos su ayuda y salimos a la calle.

La noche había caído sobre Inverness, y las farolas de aceite comenzaban a encenderse, proyectando círculos de luz amarilla sobre las piedras mojadas.

Caminamos en silencio hacia la posada, procesando la magnitud de nuestro nuevo estatus.

Éramos huérfanos del mundo, sin pasado legal, sin futuro asegurado. Pero estábamos juntos.

La posada era modesta, con olor a cerveza rancia y a sopa de cebolla.

Nos asignaron dos habitaciones pequeñas en el segundo piso.

William y yo compartimos una; Catherine, la de al lado.

Era un espacio diminuto, con una cama estrecha y una ventana que daba a un callejón oscuro, pero nos pareció un palacio comparado con las mazmorras de Blackwood.

Esa noche, mientras William dormía profundamente, exhausto por el viaje y el estrés, me quedé despierta mirando por la ventana. La luna estaba alta, brillante y fría. Y entonces, la vi.

En el reflejo del cristal, detrás de mí, apareció la niña de blanco. No estaba en la habitación físicamente, sino en el espejo de mi mente, proyectada en el vidrio. Me señalaba hacia abajo, hacia el callejón.

Bajé la vista. En la oscuridad del callejón, había una figura encapuchada, observando la ventana de nuestra habitación. No se movía. Solo observaba.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. ¿Era un espía de los antiguos aliados de Dacre? ¿O algo más?

La niña en el reflejo sonrió, una sonrisa triste y sabia. Luego, desapareció.

Me giré rápidamente hacia la puerta de la habitación, pero estaba cerrada. William seguía durmiendo. ¿Debía despertarlo? ¿Debía bajar a investigar?

Antes de que pudiera decidir, escuché un golpe suave en la puerta. Tres golpes rítmicos. Toc, toc, toc.

No era la forma de llamar de un enemigo. Era la señal que Gareth solía usar cuando venía a visitarme en secreto.

Mi corazón dio un vuelco. Gareth estaba muerto. Lo había visto morir. Pero el código... el código era inconfundible.

Me acerqué a la puerta con cautela, sin hacer ruido.

—¿Quién es? —susurré, con la voz temblorosa.

Silencio. Luego, una voz familiar, ronca y débil, respondió desde el otro lado.

—Abre, niña. La rata aún tiene dientes.

Era Gareth.