El castillo de las rosas negras Capítulo 21 El Abismo de Sal
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Capítulo 21 El Abismo de Sal

El mar no era azul bajo la luz de la luna; era negro, una extensión infinita de tinta líquida que se agitaba con una furia contenida.

La Estrella del Norte cortaba las olas con la gracia depredadora de un tiburón, sus velas grises hinchadas por un viento que olía a sal y a tormenta inminente.

Me aferraba a la barandilla de proa, los nudillos blancos por la tensión, observando cómo las luces de Inverness se desvanecían en la distancia, convirtiéndose en meros destellos parpadeantes antes de ser tragadas por la oscuridad absoluta.

No sentía alivio. Sentía un vacío gélido en el estómago, más profundo y aterrador que cualquier abismo oceánico.

La imagen del Dr. Thorne sonriendo desde el muelle se repetía en mi mente como un bucle tortuoso.

Había visto su cuerpo consumirse, o eso creí.

Había visto el castillo arder. ¿Cómo podía estar allí?

¿Era un gemelo? ¿Una ilusión? ¿O algo que había trascendido la muerte física, tal como la entidad de la Fuente había trascendido la lógica humana?

—El viento cambia —apuntó una voz grave a mi lado.

Era el Capitán Moray. Se apoyaba en el timón con una calma imperturbable, sus ojos fijos en el horizonte donde el cielo y el mar se fundían en una línea borrosa. Llevaba una pipa apagada entre los dientes, masticándola pensativamente.

—¿Quién es él, Capitán? —pregunté, mi voz apenas audible sobre el rugido del viento—. ¿Por qué usó la imagen de Gareth?

Moray escupió por la borda, un gesto tosco pero honesto.

—Thorne no es un hombre común, niña. Es un estudioso de lo prohibido.

Dicen que encontró la manera de separar la conciencia del cuerpo, de proyectarla como una sombra sólida.

Pero eso tiene un precio. Necesita anclas.

Necesita recuerdos fuertes para darle forma a sus apariciones.

Usó a Gareth porque sabía que era tu punto débil.

Sabía que el dolor te cegaría a la verdad.

—¿Y la verdad? —insistí, sintiendo cómo la rabia comenzaba a sustituir al miedo—. ¿Cuál es la verdad?

Moray se giró para mirarme. Sus ojos, del color del acero oxidado, me estudiaron con una intensidad que me hizo sentir desnuda.

—La verdad es que no estás huyendo de un hombre. Estás huyendo de una idea. Una idea que ha echado raíces en la mente de hombres poderosos durante siglos. Thorne sirve a esa idea. Y mientras haya alguien que crea en el poder de la sangre antigua, él tendrá fuerza. Pero hay algo que él no tiene.

—¿Qué?

—El mar. El agua salada purifica. Disuelve las ilusiones. Aquí, en alta mar, sus sombras se debilitan. Por eso te traje aquí. Para limpiar tu mente. Para que veas claramente lo que eres realmente.

Me volví hacia el mar oscuro. Las olas rompían contra el casco, enviando rocío frío a mi rostro.

Cerré los ojos, intentando seguir el consejo del Capitán.

Intenté disolver el miedo, la confusión, la imagen falsa de Gareth.

Pero en lugar de claridad, encontré resistencia.

Algo dentro de mí se negaba a soltar el dolor.

Porque el dolor era real. La pérdida de Gareth era real.

Y si aceptaba que su aparición había sido una ilusión, sentía que estaba traicionando su memoria verdadera.

Pasé la noche en cubierta, empapada por la lluvia y el rocío, vigilando la oscuridad. William y Catherine dormían abajo, exhaustos por el viaje y el trauma. Yo no podía dormir. Cada sombra en las velas me parecía la silueta de Thorne. Cada crujido de la madera, un paso acercándose.

Al amanecer, el cielo se tiñó de un gris pálido, lavando la noche con una luz fría y clínica.

El mar estaba más calmado, aunque las olas seguían siendo largas y pesadas.

Bajé a la bodega, donde el Capitán me había indicado que podía encontrar algo de comida seca.

Necesitaba distraer mi mente con algo tangible.

La bodega olía a especias, a cuerda mojada y a madera vieja.

Estaba llena de barriles y cajas apiladas hasta el techo.

Mientras buscaba un saco de galletas, mi mano rozó una caja pequeña, escondida detrás de un barril de vino.

No tenía marca alguna. Era de madera clara, pulida, incongruente con la rusticidad del resto de la carga.

La saqué con curiosidad. Pesaba poco. Al abrirla, encontré un mapa enrollado y una brújula antigua.

El mapa no era de costas ni de rutas comerciales.

Era un mapa estelar. Mostraba constelaciones desconectadas de las habituales, unidas por líneas rojas que formaban una espiral.

En el centro de la espiral, había una isla marcada con un símbolo: una rosa negra.

Debajo, una inscripción en latín: Umbra Veritas. La Sombra es la Verdad.

Y junto al mapa, una nota escrita con la caligrafía elegante y afilada de Thorne.

"La Fuente no está en Blackwood. Blackwood era solo un espejo. La verdadera Fuente está en la Isla de las Sombras, al norte de las Hébridas. Allí nació el pacto. Allí debe morir. Si quieres acabar conmigo, Eris, ven a buscarme. Pero ten cuidado: en la Isla, tus sueños se hacen carne."

Sentí cómo el suelo se movía bajo mis pies. Thorne no huía. Me estaba invitando. Me estaba guiando hacia su terreno, hacia el origen de todo. Sabía que no podría resistir la llamada. Sabía que necesitaba respuestas finales, no parches temporales.

Subí a cubierta con el mapa en la mano. El Capitán Moray estaba limpiando el timón. Al verme, arqueó una ceja.

—¿Encontraste lo que buscabas?

Le mostré el mapa. Él lo examinó brevemente, y su expresión se endureció.

—La Isla de las Sombras —murmuró—. Un lugar maldito. Los marineros evitan esas aguas. Dicen que la niebla allí nunca se disipa, y que los que desembarcan no vuelven iguales.

—Thorne está allí —dije, con una certeza absoluta—. O irá allí. Es el origen.

Moray negó con la cabeza.

—Es una trampa, niña. Una trampa perfecta. Si vas allí, entras en su dominio total. No hay ley, no hay refugio. Solo él y sus secretos.

—No tengo opción —respondí, enrollando el mapa con firmeza—. Si no voy, siempre me perseguirá. Siempre tendré miedo de que aparezca en mi puerta, usando el rostro de alguien que amo. Necesito enfrentarlo en su propio terreno. Necesito destruir la raíz, no solo las ramas.

William apareció entonces en la escotilla, despeinado y con ojeras profundas. Al ver el mapa en mis manos, palideció.

—¿Qué es eso? —inquirió, bajando rápidamente a cubierta.

Se lo expliqué. Mientras hablaba, vi cómo la preocupación en su rostro se transformaba en determinación. No intentó disuadirme. Sabía, como yo, que la huida no era una solución viable cuando el enemigo vivía en tu mente.

—Iremos juntos —dijo simplemente, tomando mi mano.

Catherine subió tras él, envuelta en una manta gruesa. Al escuchar el plan, no mostró sorpresa.

—Mi madre mencionaba esa isla en sus diarios —comentó, con voz tenue—.

Decía que era el lugar donde el velo entre los mundos era más fino.

Donde los muertos podían hablar con los vivos.

Si Thorne está allí, significa que está intentando abrir el velo completamente.

Quiere traer a la entidad al mundo físico, no solo contenerla.

El silencio que siguió fue pesado. Traer a la entidad al mundo físico significaba el fin de la normalidad. Significaba caos, locura, destrucción a escala global. Thorne no quería solo poder personal; quería apocalipsis.

—Entonces, Capitán —dije, mirando a Moray con ojos suplicantes pero firmes—. ¿Nos llevará a las Hébridas?

Moray nos miró a los tres. Vio la resolución en nuestros rostros, la locura necesaria que impulsa a los héroes y a los necios. Suspiró, encendiendo finalmente su pipa.

—El viento sopla hacia el norte —dijo, soltando una nube de humo gris—.

Y mi barco necesita reparaciones en puerto seguro.

Pero si insistís en buscar vuestra perdición, no os dejaré solos en medio del mar.

Subiremos velas. Iremos al infierno, si es necesario.

Pero recordad: en la Isla de las Sombras, no luchareis contra hombres. Luchareis contra vosotros mismos.

Asentí, guardando el mapa en mi pecho, cerca del corazón. Sentía el peso de la decisión, la gravedad del destino que acabábamos de aceptar. Pero también sentía algo nuevo: propósito. Ya no era una víctima arrastrada por la corriente. Era una navegante, trazando su propia ruta hacia la tormenta.

Mientras La Estrella del Norte giraba su proa hacia el norte, hacia las aguas brumosas y prohibidas, miré hacia atrás una última vez.

La costa de Escocia era una línea difusa en el horizonte.

Dejaba atrás mi pasado, mi infancia, mis fantasmas.

Frente a mí, solo había niebla, misterio y la promesa de una verdad terrible.

En esa niebla, supe que Thorne me esperaba. No con odio, sino con la paciencia de un arañero que sabe que la mosca ya ha picado el anzuelo.

Pero esta vez, yo no era la mosca. Era el aguijón.