El castillo de las rosas negras Capítulo 16 El Colapso de la Piedra
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Capítulo 16 El Colapso de la Piedra

El mundo no se hizo pedazos en silencio; estalló con un rugido que desgarró el cielo nocturno y sacudió los cimientos de la tierra.

La explosión no fue solo un sonido, sino una fuerza física, una onda de choque invisible que nos golpeó el pecho y nos lanzó hacia atrás.

El aire se llenó instantáneamente de polvo, escombros y un calor sofocante que olía a azufre y a piedra pulverizada.

Caí al suelo, protegiéndome la cabeza con los brazos mientras fragmentos de roca llovían sobre nosotros como granizo mortal.

William estaba a mi lado, cubriéndome con su cuerpo, su peso pesado y protector contra la cascada de escombros.

Tosí, escupiendo tierra, mis oídos zumbando con un pitido agudo que anulaba todos los demás sonidos.

—¡William! —grité, mi voz ahogada por el caos.

Él se incorporó lentamente, sacudiéndose el polvo del cabello. Su rostro estaba pálido, cubierto de hollín, pero sus ojos buscaban los míos con urgencia.

—¿Estás bien? —preguntó, revisándome rápidamente en busca de heridas.

Asentí, aunque todo mi cuerpo dolía. Miré hacia el castillo.

La torre oeste ya no existía. En su lugar, había un agujero humeante en la estructura, una herida abierta en el flanco de Blackwood desde la cual brotaban llamas naranjas y negras.

Las piedras gigantes habían caído al foso seco, bloqueando parcialmente la entrada principal.

El fuego comenzaba a extenderse rápidamente, alimentado por las cortinas de terciopelo y la madera seca de las vigas antiguas.

El Sheriff de Inverness, que había sido derribado por la explosión, se levantaba tambaleándose, ordenando a sus hombres que mantuvieran la formación.

—¡Controlad el perímetro! —gritó, su voz apenas audible sobre el estruendo del colapso—. ¡Nadie entra ni sale hasta que el fuego esté bajo control!

Pero Dacre no iba a permitir el control. Desde las ruinas de la muralla, vi figuras moviéndose entre el humo. Guardias leales a Dacre, armados con ballestas y espadas, emergían como espectros de la niebla gris. No huían. Atacaban.

—¡Defended la brecha! —ordenó el Sheriff, desenvainando su espada.

La batalla comenzó de inmediato. El choque del acero contra el acero resonó en la noche, mezclado con los gritos de los heridos y el crujir del fuego consumiendo el castillo.

Era una escena dantesca, iluminada por el resplandor anaranjado de las llamas que danzaban sobre los rostros deformados por el esfuerzo y el terror.

William me tomó de la mano.

—Tenemos que entrar —dijo, con determinación férrea.

—¿Entrar? —pregunté, incrédula, señalando el infierno ante nosotros—. ¡Se está derrumbando!

—Catherine sigue dentro —respondió él, mirando hacia la figura de la joven, que había desaparecido entre el humo tras la explosión—. Y Dacre también. Si dejamos que el fuego consuma el castillo, perderemos las pruebas. Perderemos la verdad. Y quizás, perdamos a Catherine para siempre.

Miré hacia las ruinas. El fuego era implacable, devorando siglos de historia en minutos. Pero William tenía razón. No podíamos huir ahora. No cuando el final estaba tan cerca.

—Vamos —dije, ajustándome el vestido rasgado y siguiendo a William hacia la brecha humeante.

Nos deslizamos entre los escombros, evitando las vigas ardientes y las piedras inestables.

El calor era intenso, quemando nuestra piel y secando nuestras gargantas.

El aire era irrespirable, lleno de cenizas que picaban en los ojos.

Avanzamos a ciegas, guiados por el instinto y la memoria de la planta del castillo.

Llegamos al gran salón. El techo había colapsado parcialmente, dejando ver el cielo negro salpicado de chispas ascendentes. Las mesas largas estaban volcadas, la comida quemándose en platos de plata. Y en el centro de la sala, rodeado por un círculo de guardias leales, estaba Lord Dacre.

No parecía derrotado. Entendía trascendido.

Llevaba una capa negra chamuscada, y en su mano sostenía una espada larga, cuya hoja brillaba con un reflejo rojo a la luz del fuego.

A su lado, Lady Marguerite observaba la escena con una calma aterradora, como si el apocalipsis fuera simplemente otro evento social aburrido.

—Bienvenidos a la fiesta final —indicó Dacre, su voz sorprendentemente clara sobre el ruido del incendio—. Habéis llegado justo a tiempo para ver cómo renace Blackwood de sus cenizas.

—Tu castillo arde, Dacre —dijo William, avanzando hacia él, con la daga negra aún en la mano—. Tu poder se desvanece con el humo. Ríndete.

Dacre rio, una risa loca y quebrada.

—¿Rendirme? Yo no he perdido nada. He ganado todo. El miedo. El caos. La destrucción. Eso es el verdadero poder, primo. No la magia antigua. No los pactos oscuros. Sino la capacidad de reducir el mundo a nada. Y vosotros... vosotros sois testigos de mi obra maestra.

Antes de que William pudiera responder, Lady Marguerite dio un paso adelante. Sostenía algo en la mano. No era un arma. Era un diario. El diario original de Eleanor Blackthorne, el que habíamos encontrado en la cripta.

—Este libro contiene la verdad —dijo ella, con una sonrisa triste—. La verdad de que los Blackthorne no eran víctimas. Eran monstruos. Y nosotros, los Blackwood, somos sus herederos. No hay redención para nosotros. Solo fuego.

Arrojó el diario al suelo, junto a una pila de pergaminos antiguos que habían caído de las estanterías rotas. Luego, acercó una antorcha encendida.

—¡No! —grité, lanzándome hacia adelante.

Pero era demasiado tarde. Las llamas lamieron el papel seco, consumiéndolo en segundos. La historia, la genealogía, las pruebas de los crímenes... todo se convertía en ceniza ante nuestros ojos.

Dacre observaba la quema con satisfacción.

—Sin pruebas, no hay juicio —comentó—. Sin historia, no hay culpa. Solo quedamos nosotros. Y el fuego.

William cargó contra Dacre, su daga buscando el corazón del villano.

Dacre paró el golpe con su espada, el metal chocando con una chispa brillante.

Comenzaron a luchar, dos sombras danzando en medio del infierno.

Sus movimientos eran rápidos, letales, desesperados.

William luchaba con la furia de quien defiende su futuro; Dacre luchaba con el nihilismo de quien ya ha aceptado su fin.

Mientras ellos combatían, yo busqué a Catherine. La vi al otro lado de la sala, atrapada bajo una viga caída que bloqueaba la salida lateral. Estaba consciente, pero herida, intentando liberarse sin éxito.

Corrí hacia ella, apartando los escombros más pequeños con las manos desnudas, ignorando el dolor de las quemaduras en mis palmas.

—Catherine —llamé, llegando a su lado—. ¡Agárrate!

Ella me miró, sus ojos llenos de lágrimas y hollín.

—Eris... lo siento —farfulló—. Lo siento por todo.

—No hables —dije, tirando de la viga con toda mi fuerza—. Ayúdame.

Con un esfuerzo conjunto, logramos mover la madera lo suficiente para que ella pudiera arrastrarse fuera. Se incorporó, tosiendo, apoyándose en mí para mantener el equilibrio.

—Debemos salir —dijo ella, señalando una puerta lateral que aún estaba intacta—. Lleva a las cocinas. Hay una salida secreta allí.

Miré hacia William y Dacre. Seguían luchando, indiferentes al colapso inminente del techo sobre sus cabezas.

—¡William! —grité—. ¡Vámonos!

Él me oyó, pero no pudo separarse. Dacre lo tenía acorralado contra una pared ardiente, su espada presionando contra la garganta de William.

—¡Ahora o nunca, primo! —gritó Dacre, empujando la hoja hasta que una línea de sangre apareció en el cuello de William.

Sabía que no podía dejarlo. Pero tampoco podía salvarlo sola. Necesitaba ayuda.

Miré a Catherine. Ella entendió. Con una fuerza sorprendente, tomó una piedra grande del suelo y la lanzó con precisión hacia la cabeza de Dacre.

La piedra golpeó a Dacre en la sien, aturdiéndolo momentáneamente. William aprovechó la distracción para patearlo en el estómago, liberándose de su agarre.

—¡Corred! —gritó William, uniéndose a nosotras.

Los tres corrimos hacia la puerta lateral, justo cuando una parte del techo se desplomaba detrás de nosotros, sellando la sala principal en una tumba de fuego y piedra.

Salimos al pasillo de las cocinas, jadeantes, cubiertos de hollín y sangre. La salida secreta estaba allí, tal como Catherine había dicho. Una pequeña puerta de madera que daba al exterior, lejos del fuego principal.

Abrimos la puerta y salimos al aire fresco de la noche. El castillo de Blackwood ardía detrás de nosotros, una pira funeraria gigante que iluminaba el cielo nocturno con un resplandor siniestro.

El Sheriff y sus hombres habían logrado contener a los guardias leales, pero el fuego era imparable. Observamos cómo las llamas consumían las torres, cómo las paredes se desmoronaban, cómo siglos de secretos se reducían a polvo.

Dacre no salió. Lady Marguerite tampoco.

Habían elegido su destino. El fuego. La purificación. La nada.

William cayó de rodillas, observando la destrucción de su hogar, de su legado, de su familia. Lágrimas silenciosas corrían por su rostro sucio.

—Ha terminado —murmuró.

Me arrodillé a su lado, abrazándolo. Catherine se unió a nosotros, formando un círculo de supervivientes en medio de la devastación.

Sí, había terminado. El castillo había caído. Los villanos habían muerto. Pero mientras miraba las llamas, sentí que algo más acababa de comenzar. Algo nuevo. Algo libre de las cadenas del pasado.

Pero entonces, vi algo entre las llamas. En la ventana más alta de la torre este, la única que aún permanecía en pie, vi una figura.

No era Dacre. No era Marguerite.

Era una niña. Pequeña, vestida de blanco, con el cabello largo y oscuro. Me miraba directamente. Y sonreía.

Luego, desapareció en el fuego.