Capítulo 15 La Sinfonía del Caos
El pasillo este era una garganta de piedra oscura, tragándose la luz de mi linterna sorda con avidez.
Mis pies descalzos apenas hacían ruido sobre las losas frías, pero cada respiración me parecía un trueno en el silencio sepulcral del castillo.
Diez minutos. Isobel había dicho diez minutos antes de que el relevo de guardia descubriera a Tom dormido por el vino adulterado.
Cada segundo que transcurría era un grano de arena menos en el reloj de nuestra supervivencia.
Llegué a la oficina del capitán Ross. La puerta estaba cerrada, pero no asegurada con llave; la confianza excesiva de Dacre en su control absoluto era su talón de Aquiles.
Entré rápidamente, cerrando la puerta tras mí.
El interior olía a tabaco rancio y a cuero viejo.
Sobre el escritorio, desordenado, había mapas, informes y un juego de llaves colgando de un gancho junto a la ventana.
Las busqué frenéticamente, mis dedos temblorosos rozando el metal frío.
Había docenas de llaves, todas similares, todas oxidadas.
¿Cuál era la de la celda de William? No tenía tiempo para probarlas una por una.
Entonces, recordé. William me había dicho una vez, durante uno de nuestros paseos secretos, que la llave de su celda tenía una muesca distintiva en forma de hoja de roble, un detalle heráldico que Ross había añadido por vanidad.
Encontré la llave. Era más pesada que las demás, con el mango tallado cuidadosamente. La guardé en el bolsillo de mi vestido y salí de la oficina, corriendo de vuelta hacia el ala norte.
El camino de regreso fue una tortura de ansiedad. Cada sombra parecía un guardia, cada crujido de madera un paso enemigo. Pero llegué a la celda de William sin ser detectada. Inserté la llave en la cerradura. Giró con facilidad. La puerta se abrió.
William estaba sentado en el jergón, la cabeza entre las manos. Al oír la puerta, se levantó de un salto, los ojos brillando con esperanza al verme.
—Eris —susurró, abrazándome con fuerza, como si temiera que fuera una ilusión—. ¿Cómo...?
—Isobel —dije rápidamente, separándome de él—. Nos dio diez minutos. Tenemos que irnos. Ahora.
—¿Y Catherine? —preguntó él, mirando hacia la puerta.
—No hay tiempo. Si vamos a buscarla, nos atraparán a todos. Debemos salir nosotros primero. Luego, desde fuera, organizaremos un rescate. Es la única manera.
William dudó un instante, el conflicto moral reflejándose en su rostro. Dejar a Catherine atrás iba contra su naturaleza protectora, pero sabía que tenía razón. Una muerte segura para tres era peor que una posibilidad de libertad para dos, que luego podría salvar a la tercera.
—De acuerdo —dijo finalmente, con dolor en la voz—. Vamos.
Salimos de la mazmorra y nos dirigimos hacia las cocinas, la ruta más rápida hacia la salida trasera que Gareth nos había mostrado. Pero cuando llegamos al pasillo principal, nos detuvimos en seco.
Había gente.
No eran guardias. Eran sirvientes. Docenas de ellos. Cocineros, doncellas, mozos de cuadra. Todos estaban reunidos en el gran salón, iluminado por cientos de velas. Y en el centro, de pie sobre una mesa, estaba Lord Dacre.
—¡Escuchadme! —gritaba, su voz resonando en las bóvedas—. ¡Esta noche, la traición ha sido descubierta! ¡Los herederos falsos han intentado huir! ¡Pero la justicia de Blackwood es implacable!
Mi corazón se detuvo. ¿Cómo lo sabía? ¿Había despertado Tom antes de tiempo? ¿O Isobel nos había traicionado?
Miré alrededor, buscando una salida alternativa. Pero las puertas del salón estaban bloqueadas por guardias armados. Estábamos atrapados en el pasillo lateral, ocultos parcialmente por una columna, pero visibles si alguien miraba en nuestra dirección.
—Debemos escondernos —susurró William, tirando de mí hacia una alcoba oscura llena de tapices antiguos.
Nos ocultamos detrás de los gruesos tejidos, conteniendo la respiración. Desde nuestro escondite, podíamos ver parte del salón. Dacre continuaba su discurso, gesticulando dramáticamente.
—¡Mañana, al amanecer, serán ejecutados públicamente! ¡Su sangre lavará la mancha de la deslealtad! ¡Y aquellos que los ayuden compartirán su destino!
Un murmullo de miedo recorrió la multitud de sirvientes.
Vi a Isobel entre ellos, pálida como un fantasma, evitando mirar hacia nuestra dirección.
No nos había traicionado por malicia, sino por coerción.
Dacre debía haber descubierto su acto antes de que pudiéramos actuar, o quizás, simplemente sospechaba y usaba el discurso para atraernos a una trampa más grande.
Entonces, escuché un sonido familiar. Un rasguño suave. Proveniente de debajo de los tapices.
Me agaché y levanté una esquina de la tela. Había una trampilla pequeña, oculta bajo una alfombra persa. Era una entrada de servicio antigua, usada antiguamente para pasar comida directamente a las bodegas sin usar las escaleras principales.
—William —susurré, señalando la trampilla.
Él asintió, entendiendo inmediatamente. Levantamos la trampilla con cuidado. Revelaba una escalera estrecha que descendía hacia la oscuridad. Bajamos rápidamente, cerrando la trampilla tras nosotros justo cuando escuchamos pasos acercándose a nuestra posición anterior.
Estábamos a salvo, temporalmente. Pero ahora estábamos bajo el castillo, en los túneles de servicio, sin mapa, sin luz adecuada y con el tiempo agotándose.
Encendí la linterna sorda. El túnel era estrecho, húmedo y olía a ratas. Caminamos en silencio, guiados solo por la corriente de aire fresco que provenía del exterior. Después de varios minutos de marcha tensa, llegamos a una salida que daba al foso seco, cerca de los jardines traseros.
Salimos al aire libre. La noche era fría, el viento cortante. El castillo se alzaba detrás de nosotros, una silueta negra contra el cielo estrellado. Éramos libres. Pero estábamos solos. Sin recursos. Sin aliados. Y con Catherine aún cautiva.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó William, mirando hacia el bosque oscuro que se extendía ante nosotros.
Antes de que pudiera responder, escuchamos un ruido. No era el viento. Era el sonido de cascos de caballo. Muchos caballos.
Del borde del bosque emergieron jinetes. No eran guardias de Blackwood. Llevaban libreas diferentes, colores azul y plata. Y al frente de ellos, montando un corcel negro imponente, había un hombre que reconocí instantáneamente.
Era el Sheriff de Inverness. Y no venía solo. Traía consigo a una docena de hombres armados con arcabuces y espadas largas.
El Sheriff detuvo su caballo frente a nosotros, mirándonos con curiosidad severa.
—William Blackwood. Eris Blackthorne —dijo, su voz grave y autoritaria—. He recibido una carta anónima esta tarde. Alega corrupción, secuestro y rituales ilegales en este castillo. Vengo a investigar.
Miré a William, confundida. ¿Una carta anónima? ¿Quién podría haber enviado tal cosa?
Entonces, vi una figura salir de las sombras de los árboles, detrás de los jinetes del Sheriff. Era una mujer joven, envuelta en una capa gris. Se quitó la capucha.
Era Catherine.
Sonreía, pero no era la sonrisa fría de antes. Era una sonrisa de alivio, de victoria cansada.
—Yo envié la carta —dijo ella, caminando hacia nosotros—. Antes de que me capturaran. Sabía que Dacre planeaba algo grande para la Luna Llena. Sabía que no podríamos vencerlo solos. Así que pedí ayuda externa. Ayuda legal. Ayuda real.
El Sheriff miró a Catherine, luego a nosotros, y finalmente hacia el castillo de Blackwood, donde las luces comenzaban a encenderse frenéticamente mientras Dacre se daba cuenta de la llegada de autoridades reales.
—Parece que vuestra investigación ha terminado, jóvenes —dijo el Sheriff, desenvainando su espada—. O quizás, apenas comienza.
Dacre apareció en la muralla del castillo, gritando órdenes a sus guardias. Pero era demasiado tarde. Los hombres del Sheriff ya estaban desplegándose, rodeando la entrada principal. El elemento sorpresa estaba de nuestro lado.
William me tomó de la mano, apretándola con fuerza.
—Lo lograste, Catherine —dijo, con voz emocionada.
—No fui yo sola —respondió ella, mirándome a mí—. Fue la verdad. Y la verdad, aunque tardía, siempre llega.
Pero mientras observábamos cómo el Sheriff preparaba el asalto al castillo, sentí una punzada de inquietud.
Dacre no parecía asustado. Parecía... resignado.
Pero en la ventana más alta de la torre oeste, vi una figura observándonos.
Era Lady Marguerite. Sostenía algo en la mano.
Algo que brillaba bajo la luz de la luna.
Una antorcha.
Debajo de ella, en los cimientos del castillo, donde almacenábamos la pólvora para las celebraciones...
—¡Cuidado! —grité, señalando la torre.
Pero el estruendo de la explosión ya había comenzado.