El castillo de las rosas negras Capítulo 14 La Danza de las Cenizas
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Capítulo 14 La Danza de las Cenizas

El aire en la Capilla de las Sombras se había vuelto espeso, cargado con el peso de una sentencia inminente.

Los hombres encapuchados formaban un círculo impenetrable alrededor de nosotros, sus túnicas negras absorbiendo la poca luz que filtraba la luna a través de los vitrales rotos.

Lord Dacre observaba la escena con la satisfacción de un director de orquesta que ha logrado la armonía perfecta entre el caos y el control.

Lady Marguerite, de pie junto al altar profanado, sostenía un cáliz de plata que brillaba con un reflejo siniestro, como si estuviera lleno de algo más denso que el vino.

El Dr. Thorne ajustaba sus instrumentos en una mesa lateral, preparándose para lo que él llamaba "el testimonio final".

William mantenía la daga en alto, pero su postura había cambiado.

Ya no era la de un guerrero a la defensiva, sino la de un hombre que ha aceptado su destino y ha decidido dictar los términos de su caída.

Yo estaba a su lado, mi mano descansando sobre su brazo, sintiendo la tensión muscular bajo la tela de su camisa.

Catherine gemía débilmente a nuestros pies, aún aturdida por los sedantes que Thorne le había administrado.

—Arrodillaos —ordenó Dacre, su voz resonando con una autoridad absoluta—. La ceremonia comienza.

Nadie nos obligó físicamente. No fue necesario.

La presión psicológica del momento, la inevitabilidad de la tragedia, nos empujó hacia el suelo de piedra fría.

Nos arrodillamos frente al altar, frente a los símbolos de nuestra supuesta condenación.

Pero mientras mis rodillas tocaban la piedra, sentí una extraña claridad.

La entidad de la Fuente ya no estaba en mi cabeza.

Los susurros habían cesado. Lo único que quedaba era el silencio de mi propia mente, limpia, afilada, libre.

Dacre comenzó a recitar un latín corrupto, una mezcla de rezos antiguos y maldiciones personales.

Sus palabras eran huecas, carentes del poder real que creía poseer.

Sin la conexión energética con la Fuente, su ritual era solo teatro.

Un espectáculo vacío diseñado para alimentar el miedo de los espectadores imaginarios, para consolidar su poder mediante el terror simbólico.

Lady Marguerite se acercó a nosotros con el cáliz. Dentro, un líquido rojo oscuro burbujeaba suavemente. Sangre. Probablemente de animales, quizás de alguien más. No importaba el origen; importaba el significado.

—Bebed —ordenó ella, ofreciéndonos el cáliz primero a William, luego a mí—. Bebed la verdad de vuestra sangre. Aceptad vuestro lugar en la historia.

William miró el cáliz, luego miró a Dacre. Una sonrisa triste curvó sus labios.

—La verdad no se bebe, madre —dijo él, con una calma que desconcertó a Lady Marguerite—. La verdad se vive. Y nosotros hemos vivido más en estos últimos días que vosotros en toda vuestra existencia vacía.

Antes de que Lady Marguerite pudiera reaccionar, William tomó el cáliz de sus manos. No para beber, sino para lanzarlo contra el suelo de piedra.

El sonido del metal chocando contra la roca fue estruendoso. El líquido rojo se derramó, formando un charco irregular que parecía una herida abierta en el suelo gris.

—¡Insolente! —vociferó Dacre, dando un paso adelante, su máscara de compostura agrietándose por primera vez—. ¡Guardias! ¡Sujetadlo!

Los hombres encapuchados se abalanzaron sobre nosotros. Pero no luchamos. No intentamos escapar. En cambio, hicimos algo que nadie esperaba.

Nos besamos.

No fue un beso de despedida desesperada.

Fue un beso de desafío. De afirmación. De vida.

Un beso que duró segundos, pero que pareció detener el tiempo mismo.

En ese contacto, transmitimos todo lo que éramos, todo lo que habíamos sufrido, todo lo que amábamos.

Y en ese acto de intimidad pública y radical, despojamos al ritual de su poder.

Convertimos la ejecución en una boda. Transformamos el sacrificio en una celebración.

Cuando nos separamos, los guardias nos sujetaron con fuerza, arrancándonos el uno del otro. Pero ya era tarde. El momento había pasado. La narrativa de Dacre se había fracturado. No éramos víctimas temblorosas. Éramos amantes desafiantes.

Dacre estaba furioso. Su rostro estaba congestionado, las venas de su cuello hinchadas.

—¡Llevadlos a las mazmorras! —ordenó, escupiendo las palabras—. ¡Mañana, cuando salga el sol, serán ejecutados en la plaza del pueblo! ¡Que todos vean el precio de la traición!

Fueron arrastrados fuera de la capilla, mientras Catherine era llevada por dos sirvientes, aún inconsciente.

Mientras me alejaban, miré atrás. Vi a Dacre recogiendo los fragmentos del cáliz con manos temblorosas.

Vi a Lady Marguerite llorando silenciosamente, no por tristeza, sino por frustración.

Y vi al Dr. Thorne anotando algo en su cuaderno, observándome con una curiosidad clínica que me heló la sangre.

Nos llevaron de vuelta a las mazmorras, pero esta vez no a la celda de Gareth. Nos separaron. A William lo llevaron a una celda en el ala norte. A mí, a una en el ala sur. Las puertas de hierro se cerraron con un golpe definitivo, sellando nuestro destino.

La soledad era absoluta. La oscuridad, total.

Me senté en el jergón húmedo, abrazando mis rodillas.

El beso aún ardía en mis labios, un recuerdo tangible de libertad en medio de la prisión.

Sabía que Dacre tenía la ventaja física.

Tenía los guardias, el castillo, la ley.

Pero yo tenía algo que él nunca podría tener: la certeza de que mi amor era real.

Y esa certeza era una fortaleza que ninguna pared de piedra podía contener.

Pasaron las horas. La noche avanzó, lenta y pesada. Escuché los sonidos del castillo: los pasos de los guardias, el viento aullando fuera, el goteo constante del agua. Y entonces, escuché algo más. Un rasguño suave, rítmico, proveniente de la pared opuesta de mi celda.

Ras, ras, ras.

Me acerqué a la pared, poniendo la oreja contra la piedra fría.

Ras, ras, ras.

Era código. Un código simple, de golpes. Uno para sí, dos para no. Tres para espera.

Uno. Dos. Uno. Tres.

Sí. No. Sí. Espera.

¿Quién era? ¿William? No, su celda estaba demasiado lejos. ¿Alguien más?

De repente, una pequeña piedra cayó al suelo de mi celda, rodando desde una grieta en la pared superior. La recogí. Atada a ella había una nota minúscula, enrollada apretadamente.

La desenrollé con dedos temblorosos. La letra era torpe, infantil.

"La rata tiene la llave. El gato duerme. Medianoche. “I."

Isobel.

La envidiosa, la traidora, la espía. Isobel.

Miré hacia la puerta de mi celda. El guardia de turno, un hombre joven y nervioso llamado Tom, estaba sentado en una silla fuera, jugando con los dados. Era conocido por su debilidad por el juego y por su admiración secreta hacia Isobel.

"La rata tiene la llave". Isobel había robado la llave de mi celda. "El gato duerme". Tom estaba distraído o sobornado. "Medianoche".

Miré el reloj de arena que colgaba en la esquina de la celda. Quedaban pocos granos.

El corazón me latía con fuerza. ¿Era otra trampa?

¿O era la redención de Isobel? Recordé su mirada en la cocina, llena de miedo y arrepentimiento.

Recordé cómo me había entregado la llave maestra antes.

Quizás, en el fondo, Isobel también quería romper las cadenas.

No solo las mías, sino las suyas propias.

Esperé. Cada segundo era una eternidad. Finalmente, el último grano de arena cayó. Medianoche.

Escuché pasos acercándose a la puerta. No eran los pasos pesados de un guardia. Eran ligeros, rápidos. La llave giró en la cerradura. La puerta se abrió lentamente.

Isobel estaba allí. Llevaba una linterna sorda y una expresión de terror absoluto.

—Rápido —masculló, entrando en la celda—. Tom está borracho. He puesto algo en su vino. Tenemos diez minutos antes de que llegue el relevo.

—¿Por qué haces esto, Isobel? —pregunté, levantándome.

Ella evitó mi mirada, fijando sus ojos en el suelo.

—Porque estoy cansada de tener miedo —murmuró—. Y porque... porque vi lo que le hicieron a Gareth. Y no quiero ser la siguiente. Vete. Ve a buscar a William. La llave de su celda está en la oficina del capitán, al final del pasillo este. Te daré cobertura.

Me abrazó brevemente, un gesto torpe y desesperado.

—Corre, Eris. Corre como si tu vida dependiera de ello. Porque depende.

Salí de la celda, sintiendo cómo la libertad volvía a llenar mis pulmones. Isobel cerró la puerta tras mí, fingiendo revisar la cerradura para ganar tiempo.

Corrí por el pasillo oscuro, mi corazón martilleando contra mis costillas. Tenía diez minutos. Diez minutos para liberar a William, encontrar a Catherine y escapar del castillo antes de que amaneciera y Dacre ordenara nuestra ejecución pública.

Era imposible. Era una locura. Pero mientras corría hacia el pasillo este, sentí esa misma calma extraña que había experimentado en la capilla. La calma de quien no tiene nada que perder.

Entonces en la oscuridad del castillo, comencé a tejer mi propia trama.